domingo, 13 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR 2018 DÍA DE LA MADRE


Y es que en realidad fue motivo de una inmensa e inefable alegría el hecho de que la naturaleza humana, en presencia de una santa multitud, ascendiera por encima de la dignidad de todas las creaturas celestiales, para ser elevada más allá de todos los ángeles, por encima de los mismos arcángeles, sin que ningún grado de elevación pudiera dar la medida de su exaltación, hasta ser recibida junto al Padre, entronizada y asociada a la gloria de aquel con cuya naturaleza divina se había unido en la persona del Hijo (S. León Magno).
Muy amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo,
¡Felicitaciones a todas las madres en su día! La cincuentena pascual concluye con dos grandes fiestas: la Ascensión del Señor a los cielos y la venida del Espíritu Santo. Los dos acontecimientos están estrechamente ligados. En el coloquio después de la última cena, Jesús les había dicho a sus discípulos que era menester que él se fuera para que les pudiera enviar el Espíritu Santo (Jn. 16,7).
Celebramos hoy la primera de ellas. La Ascensión marca el final del ministerio terrestre de Jesús. “Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo al mundo y voy al Padre” (Jn 16, 28). Jesús llegó solo. Ahora regresa a la casa con su divinidad y su cuerpo glorioso. Con él es toda la humanidad la que vuelve definitivamente a la casa, el paraíso, de donde había sido expulsada tras el pecado de los primeros padres (Gen. 3,24).
Pablo anuncia a los efesios con entusiasmo desbordante este acontecimiento: “Pero, Dios, rico en misericordia, y por el inmenso amor con el que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros delitos, nos ha hecho revivir en Cristo. ¡Gratuitamente hemos sido salvados! Dios nos resucitó con Cristo Jesús y nos hizo sentar con él en el cielo”. (Ef 2,4-6). Ya estamos introducidos en la casa del Padre, como hijos adoptivos del Padre, hermanos unos de otros y coherederos del Reino de los cielos. Una larga caravana de retorno se ha iniciado que se prolongará a través del tiempo hasta la Parusía. 
La partida de Jesús a la derecha de su Padre, marca también el nacimiento de la Iglesia y su envío en misión. Nos encontramos en el tiempo de la Iglesia, del testimonio discipular y de la misión a realizar en nombre de Jesús. En la liturgia de la Palabra de hoy tenemos dos relatos de la Ascensión: uno de S. Lucas, en la primera lectura, y otro de S. Marcos en el evangelio.
El relato de Lucas se encuentra al inicio del libro de los Hechos de los apóstoles. Lucas le presenta a Teófilo, un lector imaginario que significa amigo de Dios, el mismo a quien le dirigió el evangelio, las claves de todo el libro. Después de recordarle el contenido del evangelio, inicia esta nueva etapa de la historia de la salvación con la ascensión de Jesús a los cielos y las últimas consignas entregadas a los discípulos.  Les hace una promesa: el bautismo con el Espíritu Santo, que va asociada a un don: “cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, recibirán fuerza para ser mis testigos”. Y concluye abriendo el horizonte universal de la misión: empezando por Jerusalén han de llegar hasta los confines del mundo.
Dios ama la humanidad y quiere que la salvación llegue a todos. Los discípulos de su Hijo han de llevar ese mismo amor y ese mismo empuje dentro del corazón. Por eso la misión no puede ser sino universal. Así aparece en el evangelio de hoy en el que podemos descubrir tres momentos. A pesar de su pesada incredulidad para aceptar la realidad de la resurrección, Jesús les hace confianza y envía a los Once como heraldos suyos al mundo para que proclamen el evangelio a todas las criaturas, la necesidad de la fe y del bautismo y los signos que permitirán reconocer la eficacia de la acción evangelizadora. Luego, en un solo versículo narra la ascensión del Señor junto a su Padre en el cielo; finalmente el cumplimiento del envío por parte de los discípulos asistidos por una nueva presencia de Jesús en sus vidas, que sabemos por Lucas que es el Espíritu Santo.
La fiesta de la Ascensión nos revela, queridos hermanos, que una nueva fuerza expansiva de salvación está en marcha. Es una fuerza indetenible, propulsada por el Espíritu Santo, que no conoce límites. La misión que está en marcha en este momento de la historia de la salvación es la del Espíritu Santo. Él tiene sus propios caminos y su modo de llevar a cabo la salvación universal. Pero Jesús ha querido asociar la Iglesia a su misión de manera especial, como gran signo de su salvación. A la Iglesia le corresponde ser signo sacramental de la voluntad salvífica universal de Dios en el mundo. Los que formamos parte de ella, sabemos que hemos recibido sin duda esta misión desde nuestro mismo bautismo y nos toca asumir la parte que nos corresponde.
¿En qué consiste esa misión? Oigamos la enseñanza del Concilio Vaticano II: “Predicando el evangelio la Iglesia atrae a los oyentes a la fe, y a la confesión de la fe, los prepara al bautismo, los libra de la servidumbre del error, y los incorpora a Cristo para que por la caridad crezcan en El hasta la plenitud. Con su trabajo consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres y en los ritos y culturas de estos pueblos, no solo no desaparezca, sino que se purifique, se eleve y perfeccione para la gloria de Dios, la confusión del demonio y felicidad del hombre. La responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo en su parte.” (LG 17)
No es tiempo pues de quedarse parados como los discípulos, mirando al cielo. Como dice San Juan Pablo II, la misión acaba apenas de empezar. Aún queda mucho mundo sin conocer el mensaje de Jesús.  Es tiempo de ir, de salir, de moverse. El peligro de nosotros los católicos, y de otras confesiones religiosas, es el de quedarnos encerrados dentro de nuestros templos y organizaciones selectas y de olvidarnos que la misión está afuera, en la calle, en las periferias, en los laboratorios, en los medios de comunicación social. El Papa Francisco nos urge a llevar la Buena Noticia del Evangelio a las periferias, a las nuevas culturas, a las innumerables pobrezas que surgen en el planeta. Nuestra civilización moderna corre el grave peligro de materializarse y nosotros el de encerramos dentro de nuestros linderos de comodidad espiritual. Unos mirando al cielo y otros pegados a este suelo.
El mundo entero necesita conocer el amor de Dios revelado en Jesucristo. ¿Cuáles son los signos que han de ir autenticando nuestra misión? Hemos de proclamar la Buena Nueva en el mundo de la racionalidad ilustrada para que los avances de la ciencia y de la tecnología se coloquen al servicio del crecimiento en dignidad de todos los hombres y de todo el hombre, en su integralidad trascendente, empezando por los más pobres. Se ha proclamar en los infiernos humanos donde el demonio sigue aun campeando como gran señor. El infierno de la exaltación del poder abusivo y opresor, que siembra millones de muertes a su paso, a través del aborto, de la eutanasia, de la trata de niños y mujeres, del comercio de órganos, de la industria armamentista, del terrorismo nacionalista radical, del libertinaje sexual y la permisividad de la lujuria. Hemos de llegar hasta donde yacen millones de enfermos postrados con toda clase de enfermedades físicas, morales y mentales. El evangelio del amor y de la solidaridad ha de llegar a los millones de seres humanos totalmente abandonados, sin amor, sin reconocimiento de su dignidad, condenados a morir de hambre, de sed, de analfabetismo político y religioso, víctimas de toda clase de epidemias y pandemias.
Miles, millones de hombres, están esperando ansiosos de saber que son “Teófilos”, los amigos de Dios, dignos destinatarios de la Buena Nueva traída por Jesucristo a este mundo. A partir de la Ascensión, la Iglesia ha entendido que se le confía difundir lo que Jesús es, enseñó y hizo por las ciudades, aldeas y pueblos de su tiempo. Él lo hizo con pasión y dinamismo. Con entrañas de misericordia y un fuego ardiente en el corazón. Cada uno de nosotros está llamado a prolongar y hacer realidad ese fuego, esa pasión de amor, esa salvación.
Es cierto que no siempre hemos sido consecuentes con este envío. Nos hemos quedado dormidos. Peor aún lo hemos traicionado. Estamos abandonando espacios que han pasado a ocupar, como dice el Papa Francisco en el mensaje de este año para la jornada Mundial de la Comunicación social, toda clase de fake-news, de falsas noticias. Pero el Señor, mantiene su compromiso, nos sigue comunicando su Espíritu para que recobremos nuestras fuerzas testimoniales y nos lancemos con ganas al ruedo evangelizador. No hay mayor dicha para un cristiano y diría para un ser humano que ser y hacerse portador de una persona como Jesucristo y de difundir su mensaje por doquier. Muchos lo han hecho y otros muchos lo están realizando en el día de hoy. Hoy nos toca a nosotros.  Que esta santa eucaristía nos haga fuertes en la fe, animosos en la esperanza y fogosos en la caridad para llevar este evangelio de vida a tantos venezolanos y hermanos del mundo que lo están esperando.
Maracaibo 13 de mayo de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 6 de mayo de 2018

SEXTO DOMINGO DE PASCUA CICLO B 2018 JESUCRISTO Y LA BOMBA A

SEXTO DOMINGO DE PASCUA CICLO B 2018
JESUCRISTO Y LA BOMBA A

Muy amados hermanos,

El pasaje evangélico de hoy es continuación del texto proclamado el domingo pasado. Siguen resonando algunas palabras claves ya meditadas, permanecer, dar fruto, ser discípulos, pero ahora emerge con fuerte insistencia, repercutida a su vez en la segunda lectura, la revelación del amor entre el Padre y el Hijo, entre el Hijo y sus discípulos, entre los mismos discípulos de Jesús y entre los discípulos y el resto de la humanidad.

Jesús había anunciado al inicio del capítulo 13, que había llegado la hora del retorno definitivo de la humanidad a su redil original, la casa del Padre.  Como único y verdadero Gran Pastor, él va a ir delante para indicarles la ruta. En el largo coloquio, después de la cena eucarística, del cual estamos leyendo una parte en el evangelio de hoy, les va a indicar cuáles son las posturas claves que él va a asumir para unir ese rebaño y conducirlo de nuevo al paraíso perdido (Cf. Jn 14,6).

Será una obra de amor extremo (13,1); un servicio hecho con la humildad y sencillez con la que un esclavo lava los pies de los huéspedes de su amo (vv2-17). Será una entrega amorosa de su vida, hecha con libertad y alegría (15,13). La realizaría en estrecha e íntima unión con su Padre, para cumplir su voluntad y realizar plenamente su designio de salvación (14,8-11;15,9-11). Esas mismas posturas y actitudes claves han de ser asumidas por los que estén dispuestos a trabajar con él en la unificación del género humano (13,16).  

Sus discípulos han de ser personas dispuestas a servirse los unos a los otros, a lavarse los pies, con sencillez y humildad, abandonando toda pretensión de superioridad, de privilegios y de búsqueda de honores. Han sido elegidos por él para reunir a la humanidad en un solo rebaño. Para ello necesitan comprometerse en cumplir el mandamiento del amor mutuo que él les va a dejar como identificativo: “Ámense unos a otros como yo los he amado. Todos reconocerán en ello que son mis discípulos” (Jn 13,34).

El amor mutuo no es un mandato solo para sus discípulos. Es el único camino de salvación que tiene la humanidad. Para eso lo envió su Padre a este mundo y se hizo uno de nosotros (Cf Jn 1,14 y 3,16). Bien claro lo dijo el apóstol Pedro en una de sus comparecencias ante el Senado judío: “En ningún otro hay salvación, y en todo el mundo no se le ha dado a la humanidad otro Nombre por el cual podamos salvarnos” (Hech. 4,13). En la primera lectura se nos narra la elección de Pedro para entrar en la casa de un pagano y anunciarle el evangelio a su familia. La gran y única razón de ser del cristianismo y del cristiano en este mundo, es esa: anunciar y hacer presente el amor de Dios por la humanidad manifestado en su Hijo Jesús en todas las casas de la civilización humana.

Cristo Jesús nos habilita para esa misión derramando en nuestros corazones ese amor por medio del don del Espíritu Santo (Rm 5,5). Solo con ese amor de Cristo dentro de nosotros podremos transformar nuestras relaciones humanas en relaciones de amistad fraterna. Sin ese amor, la humanidad sencillamente permanecerá inacabada, por más evoluciones y revoluciones que produzca el ingenio humano.
Así se lo hacía entender el gran científico Albert Einstein en una carta al final ya de su vida a su hija Lieserl, a quien absorto como estaba en sus grandes descubrimientos y trabajos científicos, le había dedicado muy poca atención y cariño a lo largo de la vida. Vale la pena transcribirla:
“Cuando propuse la teoría de la relatividad, muy pocos me entendieron, y lo que te revelaré ahora para que lo transmitas a la humanidad también chocará con la incomprensión y los perjuicios del mundo. Te pido, aun así, que la custodies todo el tiempo que sea necesario, años, décadas, hasta que la sociedad haya avanzado lo suficiente para acoger lo que te explico a continuación. Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal.
Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el AMOR. Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas. El Amor es Luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El Amor es Dios, y Dios es Amor.
Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Ésta es la variable que hemos obviado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo. Para dar visibilidad al amor, he hecho una simple sustitución en mi ecuación más célebre. Si en lugar de E= mc2 , (su famosa ecuación de la teoría de la relatividad), aceptamos que la energía para sanar el mundo puede obtenerse a través del amor multiplicado por la velocidad de la luz al cuadrado, llegaremos a la conclusión de que el amor es la fuerza más poderosa que existe, porque no tiene límites.
Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser siente que en él habita, el amor es la única y la última respuesta. Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta. Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada. Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quinta esencia de la vida.
Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida. Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti, ¡he llegado a la última respuesta!”. Tu padre: Albert Einstein”
El verdadero poder humano que todo lo transforma no está por consiguiente en las armas, o en el dinero, o en la información, o en la ciencia. Está en el poder de servirnos los unos a los otros como hermanos y amarnos incondicionalmente, tal como Jesús nos lo ha enseñado. “Él es quien nos revela que Dios es amor (1 Jn 4,8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana y, por tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles.” (Documento conciliar Alegría y Esperanza-GS- No 38.

Aceptemos, hermanos este don que Jesús nos quiere hacer. Él es el que invita. El quien elige a los suyos. Él quiere compartir su misión con nosotros. No dudemos en hacerla nuestra. Si alguna bomba hay que hacer explotar en este mundo, corroído por el odio, la violencia, las desigualdades y la injusticia social, no son los artefactos que los terroristas se colocan en sus cuerpos sino la bomba A. La bomba del amor de Dios manifestado en Cristo, la bomba del amor mutuo. Está en nuestras manos. La llevamos dentro de nosotros. Hagámosla explotar en el corazón de la vida.

Maracaibo, 6 de mayo de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo




domingo, 15 de abril de 2018

DOMINGO TERCERO DE PASCUA CICLO B 2018 LA ESCUELA DE LOS TESTIGOS


DOMINGO TERCERO DE PASCUA CICLO B 2018
LA ESCUELA DE LOS TESTIGOS


Muy amados hermanos,
Pascua nos comunica la gran noticia de la resurrección de Jesucristo, tres días después de su crucifixión y sepultura. No hay registros científicos ni evidencias físicas de tal acontecimiento. Un sepulcro vacío. Sudarios y mortajas, no son suficientes pruebas de un fenómeno tan extraordinario. Jesús sólo quiso constituir testigos. Jesús resucitado se manifestó primero a unas mujeres. Las mujeres se lo comunicaron a los apóstoles. Luego Jesús se hizo presente a los apóstoles y los constituyó testigos suyos. Todo ha descansado desde entonces en el testimonio de estos hombres. La historia de la Iglesia es una sucesión viva de testigos que sostienen que Jesús no quedó prisionero de la tumba ni de la muerte, sino que resucitó y ofrece esa misma resurrección a los que creen en él.
Estos hombres no se volvieron testigos de una vez. Jesús los fue trabajando y moldeando, como si hacía falta volver a la casilla de partida, a raíz de su resurrección. “Vuelvan a Galilea, al lago. Me adelanto a ustedes y allí los espero” (Cfr. Mc. 16,7). Pasaron por todo un proceso de profunda conversión. Lo primero que Jesús hizo fue ratificarlos como sus apóstoles. Ellos sentían que habían perdido esa condición después de fuga cobarde en el momento del arresto. Habían quedado desnudos, frágiles, expuestos, como aquel joven del jardín de los Olivos que huyó dejando su túnica en las manos de sus captores (Cfr. Mc 14,51-52).
 El Señor se ocupó de ellos desde el mismo día de su resurrección. San Juan cuenta que se hizo presente en medio de ello esa misma tarde cuando, acogotados por el miedo y la vergüenza, se habían encerrado en una casa anónima. No les recriminó su cobardía. Exorcizó sus miedos y los volvió a revestir de la paz interior: “La paz esté con ustedes”. Sin paz interior siempre se anda desnudo, expuesto, vulnerable.
El evangelio de hoy, que es a la vez la continuación y el epílogo del episodio de Emaús, nos introduce nuevamente en esa sala. Una sala donde repentinamente el Señor se hace presente y la transforma en una escuela activa de formación de testigos. Entremos allí nosotros también y aprovechemos esa magnífica formación, bajo la batuta de tan prestigioso maestro. ¿Cómo transformar hombres cobardes y miedosos en ardientes testigos de Cristo resucitado? 
Allí están los once y los dos discípulos recién llegados de Emaús, relatando emocionados lo que les había ocurrido en el camino de ida y sobretodo en la posada, “al partir el pan”. Sin embargo, cuando Jesús glorioso se hace presente, los envuelve nuevamente la sorpresa, el terror, la duda y la confusión. ¿No será un fantasma? Después de devolverles la paz, Jesús les habla de su nueva condición resucitada de tres formas muy concretas.
Primero con su cuerpo llagado. “Miren mis manos y mis pies”. El que tienen allí es el mismo que fue torturado, clavado, perforado, taladrado en pies y manos. Es él. No hay duda.  ¡No nos cansemos nunca de mirar esas manos y esos pies llagados! El resucitado es un resucitado llagado. Llegó a la meta, pero las heridas del camino no se han borrado. ¡Las llagas de Cristo: puertas para entrar en su vida resucitada! Las llagas de él. Las llagas del mundo, envuelto en calamidades y discordias. Las llagas de los desheredados, de esa humanidad sobrante que estorba a los poderosos y buscan eliminar a través del “fastrack” del aborto y de le eutanasia. Ya no es solo el incrédulo Tomás, el invitado a tocar y ver. Ahora son todos los apóstoles. Ahora somos todos nosotros.
Segunda lección hacer comunidad de mesa con el resucitado. Compartir lo que tienes con él y con los suyos. “¿Tienen aquí algo para comer?” ¡Como resuena en nuestros oídos venezolanos en este momento esa pregunta! La oímos ahora tantas veces. Ayer se me acercó un señor al final de la misa. Padre, vengo del estado Falcón. He tenido que traer a mi hijo al hospital y ni yo ni mi esposa hemos comido desde ayer. ¿No tiene aquí algo para comer? Ya las ollas comunitarias, los bocados de la alegría, las caravanas de la sopa, los cinco panes y dos peces, las mesas de la misericordia se han vuelto un programa permanente en nuestras comunidades y parroquias. Y se agranda cada día más la lista de comensales.
A Cristo resucitado y a su vida se llega compartiendo su alimento en la eucaristía, compartiendo nuestro alimento, nuestra mesa con los necesitados como Jesús comparte la suya con nosotros. No hay forma de participar en la multiplicación de la vida y del amor que trae cada eucaristía sin oír al Señor decirnos: “Denles ustedes de comer” (Mc 6,37).  Como dice un bello himno de nuestra liturgia: “¿Cómo sabremos que eres uno de nosotros, si no compartes nuestra mesa humilde?” Dice el evangelio: “Ellos le ofrecieron un trozo de pescado asado. Él lo tomó y lo comió en presencia de todos”.
Tercera lección. Abrir nuestra mente a la inteligencia de las Escrituras. El Libro de la Biblia se comprende cuando se lee desde y con el libro de la vida. La clave para ensamblar estas dos lecturas la tiene el Señor. Cuando él se hace presente, colocando su Palabra viva en el corazón palpitante de nuestra vida, entonces nuestros ojos se abren, nuestra mente se ilumina, nuestro corazón arde. Entonces captamos con alegría lo que dice Hugo de San Víctor, gran teólogo de la Edad Media: “Toda la divina Escritura es un solo libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y se cumple en Cristo”.
Cristo Jesús no solo da unidad a toda la Escritura. Da unidad y coherencia a toda nuestra vida. Dejémonos leer por Cristo y nuestra vida cobrará ilación. Tendrá origen y meta. Para ser testigo de Cristo resucitado tenemos que dejarnos trabajar por la Palabra de Cristo desde el corazón de nuestra vida. Así podremos decir como S. Juan: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos acerca de la Palabra de vida…que hemos visto y de la que somos testigos, se lo anunciamos a ustedes” (1 Jn 1,1-4; Hech 10,39-41)).  
Estos son los caminos que el Señor hace recorrer a los suyos para enviarlos como testigos suyos. Solo falta el don supremo que hará el ensamblaje final: el don del Espíritu Santo prometido por el Padre para que sean testigos del perdón, de la misericordia y de la reconciliación. No habrá nunca testigos calificados capaces de dar fe del Resucitado y de su mensaje sin la acción del Espíritu Santo. Él es, con Cristo Jesús el supremo testigo (1 Jn 5,5-12). Nosotros somos simples instrumentos pasajeros.
De mil maneras, el mundo de hoy, los jóvenes de hoy necesitan testigos auténticos de la vida. Si prestamos atención oiremos sus preguntas: ¿Creen verdaderamente lo que anuncian? ¿Viven lo que creen? ¿Predican verdaderamente lo que viven? Vivimos el tiempo privilegiado de los testigos. Este siglo, como el anterior, tiene sed de autenticidad. Las nuevas generaciones les hacen más caso a los testigos que a los maestros y si atienden a los maestros es porque también son testigos.
Los acontecimientos pascuales poseen tal fuerza salvadora que nada escapa a su acción y todo queda regenerado en vida nueva. El Señor resucitado tiene sus propios caminos para introducir su savia transformadora en la historia del mundo y de los hombres. Pero ha querido valerse de las humildes y necias herramientas de la Iglesia, de la predicación y de la vida de sus testigos. Al escuchar los relatos de estos domingos nos damos cuenta que no les resultó fácil a sus discípulos llegar a la fe en Cristo resucitado. No es fácil, sin duda, llevar tal tesoro y encargo en pobres vasijas de barro. No es fácil forjar testigos auténticos. Pero son los únicos que sirven para esta tarea.
Que gozo poder decir como Pedro: “¡Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello!”. U oírse decir del mismo Jesús al final de esta eucaristía, cuando recibamos el envío del sacerdote, como al final de este evangelio lo oyeron sus apóstoles: “Ustedes son testigos de esto”. “Tú eres testigo de esto”. La responsabilidad es grande. ¿Seremos capaces de responderle al Señor? Siempre habrá dudas. Pero Jesús una y otra vez nos mostrará sus manos y pies llagados, se sentará pacientemente con nosotros para compartir el pan, y nos insuflará con su Espíritu una nueva inteligencia de su Palabra de vida y de amor. No nos desanimemos. El pecado sin duda nos acecha a todos en el recodo de cada camino, pero el Maestro, es también Pastor y el Justo Redentor.
Maracaibo 15 de abril de 2018
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo


sábado, 14 de abril de 2018

Homilía para la Misa del sábado II de Pascua, en la conmemoración del X Aniversario del tránsito de Chiara Lubich


Homilía para la Misa del sábado II de Pascua,  en la conmemoración del X Aniversario del tránsito de Chiara Lubich


Queridos hermanos y hermanas,
Hemos venido hoy a esta santa iglesia catedral, para hacer memoria agradecida al Señor, por la vida y obra de su sierva Chiara. Mujer de nuestro tiempo que supo contemplar, admirar y anunciar a Jesús abandonado, así como el de acoger y vivir la bienaventuranza de la presencia del Señor en medio de los suyos a través de su Palabra de Vida y de la eucaristía. Hoy su legado espiritual se manifiesta a través de múltiples expresiones tanto dentro como fuera de la Iglesia católica. Bendecimos al Señor por la presencia de la familia focolar en Maracaibo.
La Iglesia nos invita a realizar la ruta de estos 50 días del tiempo de Pascua hacia Pentecostés, de la mano de los primeros testigos de la Resurrección del Señor. Hoy nos guían Juan, el evangelista, y San Lucas. Así camina la Iglesia: de la mano de testigos del Señor, que él escoge y suscita de manera siempre sencilla y sorprendente.
El libro de los Hechos de los apóstoles, nos narra hoy la elección de siete servidores de las mesas de misericordia para atender a las viudas de procedencia helenista. A lo largo del camino, el Señor va suscitando, de esta manera, nuevos servidores de su Palabra y de su misericordia en favor de la humanidad desatendida y falta de amor. Estos siete primeros servidores fueron los precursores de los diáconos permanentes. Así se manifiesta la acción del Espíritu Santo y la presencia del Resucitado en el mundo.
El evangelio de hoy pertenece al capítulo 6 de san Juan, que nos muestra a Jesús como pan de vida. Pan con su Palabra. Pan con su Eucaristía. El Señor tiene muchas formas de forjar el corazón y el temple de los suyos. Hoy los asombra caminando, al anochecer, sobre las aguas tumultuosas del lago, donde ellos agonizan de miedo, agotados y remando hacia la nada. En medio de aquella tenebrosa realidad de miedo y abandono, el Señor se hace presente, calma a los suyos, revela su poder sobre las fuerzas del mal, apacigua, sobre todo, las tempestades interiores que agitan más fuerte aún sus corazones y lleva la barca a buen puerto.
Es muy clara la enseñanza de este evangelio: no hay tempestad, turbulencia, o desierto donde el Señor no se haga presente; no hay soledad que él no habite; no hay noche que él no ilumine; no hay distancias que la fuerza de su amor no transforme en cercanía. Así es como él forja discípulos y seguidores suyos. Siempre llega donde están los hombres y mujeres más desolados para redimirlos y llevarlos a la casa común de su gran familia.  Nunca nos cansaremos de admirar cómo suscita hombres y mujeres capaces de hacer brillar su luz en medio de las tinieblas y apaciguar los corazones llenos de miedo y angustia.
¿Quién iba a pensar que, en plena guerra mundial, en la tempestad de los bombardeos, allá en el Trentino, como en una nueva zarza ardiente, el Señor se iba a manifestar a una joven maestra y a su grupo de amigas, que atendían premurosas en el refugio antiaéreo, a sus hermanos y vecinos aterrorizados, para abrir una nueva ruta de su presencia y hacer resonar su palabra fuerte y animosa que todo lo calma: “¡No tengan miedo, soy yo”!  Fue allí donde el Señor fraguó, sin que ni la misma Chiara se diera completamente cuenta, un nuevo carisma que necesitaba la Iglesia y el mundo: el carisma de la unidad. Si es posible soñar y trabajar por la unidad de toda la humanidad. Y la herramienta para ello es uno solo: el amor tal como Jesús nos lo enseñó con su vida, su Palabra, su muerte y resurrección.
Una vez más, como en el caso de María en los albores de la salvación, se valió Dios de una mujer, como tantas veces a lo largo de la historia de la Iglesia. La Obra de María, así se llama esta nueva familia en la Iglesia, es una nueva comprensión, desde la experiencia de María, vivida por Chiara y sus amigas, de la espiritualidad de la unidad. De la mano de María, madre ejemplar, Chiara entra, deslumbrada por el Espíritu Santo, en el misterio de la unidad de Dios en el seno de la Trinidad. Descubre que la Trinidad es triunidad.
En el único Dios en quien creemos todas las realidades creadas, todas las personas creadas, todas las cosas confluyen en esa dirección. Allí en el corazón palpitante de amor de las tres personas divinas está el punto de encuentro, la cita final de todo lo creado. S. Pablo nos reafirma en esa certeza cuando nos presenta a Cristo Jesús muerto y resucitado, como la recapitulación de todos los seres, los de los cielos y los de la tierra (Ef 1,10; Fil 2,10). En ese camino, hacia esa meta, Dios colocó a María, la Theotokos, la Madre de Dios y también colocó a Chiara para que continuara, de algún modo, lo que inició con la madre de su Hijo.
Hoy, a 10 años de la pascua de esta sierva de Dios, vemos como ese carisma vivido en pequeña escala de un focolar, se ha difundido desde el ámbito católico hacia las demás confesiones cristianas y en el vasto mundo de las grandes religiones monoteístas. Ha sido grande la fuerza de esta convocatoria que el Señor ha querido suscitar en el mundo de hoy, en el corazón de tantos hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación, en la construcción de puentes que hagan posible la fraternidad universal. Los frutos recogidos ya nos dicen que estamos una vez más ante la acción y presencia del Espíritu Santo, que sopla donde y como quiere, conduciendo la barca de este mundo hacia un solo puerto.
Como los apóstoles en aquel momento, los venezolanos nos vemos envueltos hoy en una fuerte tempestad que amenaza con destrozarnos por dentro y por fuera. No solamente está amenazado el país. También lo están nuestros corazones, nuestra fe, nuestra capacidad de esperanza. En medio del oleaje brotan las angustiosas preguntas: ¿Cuándo llegaremos al puerto seguro de un país que nos ofrezca el pan, la salud y la seguridad de cada día? ¿Cuándo podremos de nuevo llevar una vida digna en justicia, paz y oportunidades de progreso para todos? El evangelio de hoy, en las palabras de Juan, el evangelio hecho vida por Chiara y sus amigas en plena descomposición física y moral de la segunda guerra mundial, nos anuncian que el Señor de la historia viene caminando sobre las aguas tempestuosas. y nos dice una vez más: “Soy yo. No tengan miedo.”
No dudemos. Llegaremos a buen puerto. Pero es de hoy, desde ya, que tenemos que construir entre nosotros esa sociedad unida y fraterna que anhelamos, fundamentada en la fe en Dios, tal como lo enseña la historia de fe de nuestro pueblo, enfocada en la búsqueda del bien común, del bien de todos, particularmente de los más necesitados. La generosidad, la fraternidad, la solidaridad real se pueden practicar y vivir ya, aquí, ahora, allí donde estamos. Jesús nos conduce. Jesús no nos ha abandonado. No importan lo sencillos y pequeños que sean nuestros gestos de amor, con tal sean gestos de esperanza que nos saquen de nosotros mismos y nos hagan ir, como Cristo Jesús, hacia los demás. Si actuamos así, la barca tocará tierra en el momento en que menos lo esperemos.
Hace 10 años, Chiara llegó a buen puerto y echó anclas en el corazón amoroso de la Trinidad. Sus hijos y sus hijas, hacen presente su carisma en múltiples expresiones religiosas, culturales, políticas, económicas, artísticas, llenos de confianza en la presencia de Jesús en medio de ellos. Oramos por ella por su pronta beatificación. Oramos con ella por los suyos. Oramos con la familia focolar presente en Maracaibo para que sigan ofreciéndoles a todos, este legado. “Padre santo, que todos sean uno, como tu y yo somos uno. Para que el mundo crea que tú me has enviado”. Amén.
Maracaibo 14 de abril de 2018
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo


domingo, 8 de abril de 2018

LA VIDA EN COMUNIÓN, FORMA CRISTIANA DE VIVIR Y DAR TESTIMONIO DE CRISTO RESUCITADO


SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA B-2018
LA VIDA EN COMUNIÓN, FORMA CRISTIANA DE VIVIR
Y DAR TESTIMONIO DE CRISTO RESUCITADO

Amaneció el primer día, En el jardín de la vida. ¡Cristo ha resucitado y con su claridad ilumina al pueblo rescatado con su sangre!

Muy amados hermanos.
El domingo de hoy lleva varios nombres. Es conocido, en primer lugar, como domingo. Es el único día de la semana que lleva un nombre cristiano, en honor a Jesús el Señor, (“dominus” en latín). Este día, primer día de la semana, fue escogido desde el principio, en vez del sábado judío, por los seguidores de Jesús, para reunirse en su nombre y celebrar la eucaristía, ya que fue ese día que él resucitó de entre los muertos.
Desde la antigüedad cristiana se le conoce también como domingo “in albis”. Los bautizados en la vigilia pascual, después de ser introducidos en los sagrados misterios a lo largo de la semana, mediante unas catequesis llamadas mistagógicas, son admitidos solemnemente el domingo siguiente -este domingo- en la comunidad eclesial. Entran con sus vestiduras blancas de neófitos (recién bautizados), comparten con sus hermanos por primera vez toda la liturgia eucarística dominical y, al salir, se despojan de sus túnicas blancas y se visten con la ropa de la vida ordinaria, para asumir su misión testimonial en la vida ordinaria.
Más recientemente, San Juan Pablo II, quiso distinguirlo también con el título de Domingo de la Misericordia, acogiendo así un deseo expresado por el Señor, en una revelación privada, a la santa religiosa polaca Faustina Kowalska, en plena segunda guerra mundial.
Las lecturas de este domingo y de todo el tiempo de pascua, quieren ayudarnos a asumir nuestra condición de bautizados y transformarnos en testigos convencidos de Cristo resucitado.  El Señor murió y resucitó, no para unas cuantas personas o un grupito de privilegiados, sino para renovar el mundo y la humanidad entera. Pero Jesús quiere que su evangelio de vida nueva se trasmita por medio de hombres y mujeres transformados en testigos suyos, no aisladamente sino unidos en la Iglesia. La Iglesia nace y crece por la comunicación de la experiencia vivida y celebrada de la pascua.
Por ese motivo, los textos de hoy están centrados en la vida en comunidad, como una de las notas fundamentales de la vida de los discípulos de Jesús. La primera lectura, describe, de forma resumida e ideal, el perfil de la comunidad primitiva de Jerusalén. La carta de S. Juan nos presenta la fe, como el principio activo y la herramienta fundamental de los hijos de Dios, para inyectar en el mundo el dinamismo de la vida nueva en el Espíritu. Finalmente, el evangelio describe la transformación que se produce en un grupo humano encerrado y miedoso, cuando Jesús resucitado se hace presente en medio de él. Vivir en comunidades testimoniales y misioneras, vivir en Iglesia, es por consiguiente una de las notas fundamentales de la nueva realidad iniciada por Cristo Jesús en este mundo con su muerte y resurrección. Les invito a leer todos los textos bíblicos de hoy en esta perspectiva.
San Lucas, en el libro de los Hechos, resume con la palabra comunión, koinonia en griego, la forma de vida de los primeros creyentes en Cristo. Esta comunión se entiende primero como comunión espiritual; “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”.  Como comunión formativa: “acudían con perseverancia a la enseñanza de los apóstoles (2, 42)”. Finalmente, como comunión material: “lo poseían todo en común” (v. 32). Los versículos siguientes resaltan la consecuencia “social de esta comunión de bienes: “Entre ellos no había necesitados”.


Es pues con esta manera concreta de vivir, “en comunión”, que los primeros cristianos dan testimonio, hacia afuera, de la resurrección del Señor. Hacia adentro asientan una forma resucitada de vivir. El anuncio del Señor no se hace solo con palabras. Se hace simultáneamente con palabras y hechos de vida. Así anunció Jesús el advenimiento del Reino: con hechos, actitudes y palabras.
Este modo de anunciar y testimoniar a Cristo Jesús ha de ser también el nuestro. Todos los bautizados, sin excepción, estamos llamados a vivir así. La vida cristiana se contrapone a los modelos civilizatorios que promueven el individualismo, la lucha entre hermanos, la libertad sin conciencia ni límites morales, el narcisismo a ultranza, la indiferencia e insensibilidad hacia el prójimo que sufre.  Tampoco es compatible con la uniformidad, la imposición de un único modelo, el avasallamiento de la libertad y de las conciencias, para imponer un falso igualitarismo populista. La comunión es el fruto del Espíritu Santo y sólo se alcanza cuando se busca la unidad en el respeto de la diversidad de dones que el Espíritu reparte libremente.
El primer testimonio que los cristianos debemos dar de la veracidad de la resurrección del Señor es, por consiguiente, nuestra vida comunitaria y fraterna. Ese es el gran mensaje de Cristo vivo que el cristianismo debe transmitir al mundo.  Es tan importante este testimonio, que San Juan, en su evangelio, lo presenta como una condición indispensable para que el mundo crea. “Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; que también ellos estén en nosotros para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn 17,21). Si el cristianismo no hace eso, traiciona su vocación fundamental y se vuelve como la sal que no sala, la luz que no alumbra, el fermento incapaz de levantar la harina para hacer pan (Mt 5,13; 15-16; 13,33).
La comunión fue asumida como categoría fundamental en el Concilio Vaticano II, para definir el modelo de Iglesia requerido por la evangelización de los tiempos actuales. Esta vida en comunión tiene que verificarse en todos los niveles y expresiones estructurales de la Iglesia. La familia está llamada a vivir esta comunión, constituyéndose en pequeña iglesia doméstica. Las parroquias han de llegar a ser el pueblo de Dios organizado en una gran comunidad formada por pequeñas comunidades sectoriales, serviciales y misioneras. La diócesis ha de ser y aparecer como una gran familia de los hijos de Dios unida por lazos fraternos.
 Hacia afuera, la vida en comunión, exige a los cristianos presentar modelos concretos de vida comunitaria fraterna y solidaria, así como proyectos sociales y políticos que se basen en la dignidad de la persona humana; favorezcan la conformación de núcleos humanos, fraternos, solidarios; que privilegien el bien común y el principio de la subsidiariedad por encima del centralismo y de los intereses individuales. En el nivel internacional, promover la comunión se traduce en un empeño permanente, junto con todas las demás organizaciones humanitarias, para favorecer iniciativas que promuevan la integración, la convivencia entre los pueblos; la interculturalidad, el diálogo interreligioso, el ecumenismo. Las guerras, los nacionalismos, las segregaciones, la industria armamentista, los militarismos nacionalistas, deben quedar definitivamente atrás, como trastes viejos y dañinos.
Este es también el mensaje contenido en el evangelio de San Juan. Una comunidad sin Jesús resucitado, es una comunidad que se encierra en sí misma, paralizada por el miedo. Una comunidad con Jesús, el llagado resucitado en medio de ella, es una comunidad que se llena de paz y serenidad interior, descubre la alegría de la fe, sale de sí misma y se proyecta con entusiasmo desbordante hacia los desheredados, los olvidados, los no tomados en cuenta. Es una comunidad impulsada por el Espíritu Santo, que aprende a vivir de fe, a dar testimonio de la fuerza que tiene la misericordia, el perdón y la reconciliación, para reconstruir este mundo desde sus cimientos.
No nos quedemos encerrados. Salgamos hacia los más alejados. No basta recibir la misericordia divina. Seamos transmisores y portadores de la misericordia que brota constantemente del costado abierto y de las llagas gloriosas del resucitado. Rompamos, a fuerza de perdón y amor, los cercos que el demonio ha colocado sobre nuestra patria y nuestras comunidades políticas, económicas, culturales, religiosas y sociales. Pero hagámoslo juntos. No sirve actuar y vivir como Tomás, solos, desgajados de la comunidad eclesial, pidiendo pruebas caprichosas. Nuestra fuerza, para lograr profundos cambios en nosotros, en nuestra Iglesia y en el mundo, reside en nuestra comunión, en nuestra unidad real. Solo si somos y actuamos como hermanos, comunitariamente, seremos los testigos que el Señor está esperando que aparezcan en Maracaibo y en toda Venezuela, para que su gracia empiece a fluir con fuerza, trayendo nuevamente vida y esperanza para todos.
Maracaibo 8 de abril de 2018, en el domingo “in albis” y de la Divina Misericordia.

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 1 de abril de 2018

MENSAJE DE PASCUA 2018


MENSAJE DE PASCUA 2018

¡Jesús ha resucitado! Este es el mensaje que resuena esta noche en todas las vigilias que los cristianos celebramos en el mundo entero. Nos hemos congregado, nosotros también, al término del largo camino cuaresmal, para recibir con inmenso gozo esta noche de fiesta, de luz y de vida, renovar con gozo nuestra condición cristiana y comprometernos a trasmitir tan maravillosa noticia.
La resurrección de Jesús de entre los muertos, tres días después de haber sido crucificado, junto con dos ladrones en el monte de la calavera, no marca solamente la conclusión de su historia personal y de su ministerio público en Palestina, sino también la conclusión gloriosa de toda la historia de la salvación.
Todo comenzó, como lo escuchamos en las lecturas de esta noche, en tiempos remotos. Dios creó un universo armonioso, que llegó a su culmen con la creación de la pareja humana “a imagen y semejanza” suya. Varias veces el autor del relato a medida que va desgranando, día tras día la obra creadora, deja claro que todo brotó de las manos de Dios con armonía y belleza. El “todo está bien”, se transforma en “todo está muy bien”, cuando tiene ante sí a la primera pareja humana. Esa belleza y esa bondad sufre un profundo descalabro con el pecado de Adán y Eva, y se prolonga, como una onda maléfica e indetenible, de división, odio, venganza, codicia, guerra y destrucción, envolviendo el orbe entero, su historia y sus pueblos, en un manto de tinieblas.  
Pero Dios no dejó a ninguna de sus criaturas en el abandono. Con Noé, con Abrahán, y luego con Moisés y seguidamente con Josué, los jueces, los reyes, los profetas y los sabios llevó adelante, a través la historia concreta de un pueblo, su plan salvador. Ni los tumbos del ser humano, ni las infidelidades del pueblo de Israel, por su dura cerviz y su corazón de piedra, detuvieron la persistente búsqueda de Dios-Pastor de sus ovejas perdidas.  A través de personas elegidas primero, y finalmente, en la persona de su mismo Hijo hecho hombre, hizo real y efectiva su presencia redentora.
La llegada de su Hijo a este mundo en el seno de María, la sierva pobre de Nazaret, marcó el inicio de la plenitud de los tiempos (Gal. 4,4). Con él, con su vida, su mensaje, su obra, su entrega y finalmente su muerte en cruz y su admirable resurrección, Dios llevó a feliz término lo empezado en la creación y desarrollado a través de los siglos con la primera alianza.
Es hermosa la historia que hemos escuchado llenos de exultación, en el himno que anuncia, al inicio de esta velada, la llegada de la Pascua. “Esta es la noche en que rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo”. En la primera pascua un solo pueblo, el pueblo hebreo, pasó a través del Mar rojo, de la esclavitud a la libertad. La noche en que Cristo resucita, es la humanidad entera que pasa el infranqueable Mar rojo, a través de las aguas del bautismo, de las tinieblas a la luz, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida.
Nunca terminaremos de gozarnos de esta victoria de Jesús. “¡Qué asombroso beneficio de su amor (el de Dios) por nosotros! ¡Qué incomparable su ternura y caridad!” Con esta Noche dichosa se inicia una nueva creación; se levanta un nuevo sol “que no conoce ocaso”. La nueva creación que se inicia el primer día de la nueva semana, es una obra “más maravillosa todavía que la misma creación del mundo”. Por obra de Jesucristo, el nuevo Adán y la nueva Eva, su Iglesia, todas las cosas empiezan a confluir hacia aquella unidad y belleza plural y armoniosa, que tuvieron en su origen.
Si. Exultemos, hermanos, ¡porque esa noche de liberación también es nuestra! ¡Es la Pascua de toda la humanidad! ¡Es nuestra Pascua, tu pascua! Cristo Jesús portando la cruz, no ya como signo de suplicio sino como trofeo de victoria, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes; expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos”.
El diablo pierde definitivamente su dominio sobre este mundo ¡Se une nuevamente y para siempre el cielo con la tierra, la humanidad con Dios, el tiempo con la eternidad, el ser humano con su semejante, los hombres con la creación! Dios Padre abre nuevamente las puertas de su casa a sus hijos pródigos, los viste de la dignidad de hijos suyos, les da un nuevo corazón sensible y apasionado por el bien, les comunica un nuevo Espíritu, los invita a todos a la fiesta y los habilita para cumplir amorosamente sus mandatos.
Lo ocurrido esa noche en Cristo, pasa a ser de ahora en adelante, patrimonio de la nueva humanidad. Todos estamos implicados en lo que vivió Jesús en las horas amargas de su pasión. Ahora todos también quedamos asociados a la vida nueva y viviremos con El para siempre.  Ya no estamos llamados a vivir perpetuamente en pugna, en guerra. Los enemigos nos podemos volver hermanos. Los egoístas acaparadores aprendemos a compartir; los rencorosos a perdonar, los codiciosos a compartir, los irrespetuosos y violentos a dialogar. La lucha y la destrucción mutua, a través de la explotación, no son ya el motor de la historia sino el amor y la misericordia, hechos perdón, compasión, cercanía y servicio desinteresado. Todo empezó bello y ahora es posible que todo pueda terminar también bello: otro mundo, otras relaciones humanas, otra organización política y social en beneficio de todos.
¡Todo puede concluir también bello! Así se lo comunica el joven lleno de luz, sentado a la derecha de la tumba vacía, a las mujeres, la madrugada del domingo.  “¿Buscan a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado? No está aquí. Ha resucitado”. Ahora vayan a decirle a los discípulos que no han perdido su condición de discípulos míos, pese a su fracaso rotundo y a su huida cobarde (Cfr. Mc 14,50). Díganles que la historia no ha terminado. Ahora es cuando empieza. Que vuelvan a Galilea, que la retomen, pero ahora conmigo, a la luz de mi resurrección, caminando delante de ellos, como su verdadero y definitivo Maestro y Señor.
Esta es la Pascua que nos ofrece el Señor. Nosotros también, estamos invitados, a la luz y bajo la fuerza irradiante del resucitado, a retomar el hilo de nuestras existencias, desde nuestras respectivas Galileas, y a releer, bajo esta luz, toda la historia de nuestra vida, con sus tumbos, sus caídas, sus tinieblas e infidelidades, sus negaciones, traiciones y zancadillas. Él nos precede. Él va adelante. Él marca el camino.
Renovemos con nuestras promesas bautismales este sagrado compromiso. Proclamemos con más fuerza y entusiasmo que nunca, la fe que hemos recibido. No tenemos mayor tesoro que éste. La luz de Cristo nos ha iluminado. No dejemos que otras falsas luminarias nos encandilen y engañen. Para elevar el nivel de calidad de nuestras vidas y la de nuestros hermanos más desposeídos, tenemos una medida formidable: la de Jesús. Esa es la única medida por la que tenemos que vivir, movernos, organizarnos y avanzar en este mundo. Él alumbra y comunica su luz consumiéndose. Así tenemos que vivir siempre, como Cristo: alumbrando, comunicando luz y consumiendo, de esta manera, entregada y servicialmente nuestras vidas por los más débiles. Esta es la fuente de la vida y de la verdadera felicidad.
“Con la resurrección del Señor, reafirmamos nuestra esperanza y nuestro compromiso caritativo” (Mensaje de la Presidencia de la CEV del 19-03-18). Oxigenemos a Venezuela con este nuevo soplo de esperanza. Devolvamos a los pobres y sencillos sus ganas de vivir y su protagonismo para emprender los cambios necesarios. Presionemos a nuestros gobernantes para que dejen de matar, de dividir, de robar y en vez de mantener al pueblo en la esclavitud, el hambre y la mendicidad, le devuelvan su dignidad y su protagonismo. Nuestra patria puede aún levantarse de su tumba y resucitar a una vida nueva. No estamos solos. El Señor Jesús, con toda la fuerza de su vida y de su amor, camina con nosotros. Con caridad y misericordia trabajemos unidos por la reconciliación de nuestra Patria.
Les invito a acoger las dos invitaciones que nos ha hecho la presidencia de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), en su reciente mensaje del 19 pasado:
a) Organizar este domingo de resurrección u otro cercano, en cada una de nuestras comunidades parroquiales, una olla solidaria, una mesa de misericordia, un convite fraterno con los pobres y necesitados, en la que todos participemos como expresión de nuestra fe en esta nueva vida en Cristo resucitado.
b) Llevar a cabo, en el fin de semana del 19 al 22 de abril, en todas las comunidades parroquiales de Venezuela una jornada nacional de oración, al estilo de las “Cuarenta Horas”, acompañadas con gestos significativos de misericordia y caridad.
¡No tengamos miedo! ¡La piedra ya está corrida! ¡El sepulcro está vacío! ¡El crucificado está vivo para siempre! Con humildad y valentía, pongamos nuestra parte, como María de Nazaret y sus compañeras, para que la luz y la vida de Cristo resucitado, que empezó a desparramarse por el mundo en la noche de Pascua, salgan al encuentro de nuestros hermanos, ilumine sus senderos y transforme sus existencias. Nuestra Iglesia, nuestro país, el mundo entero, por donde se están regando tantos compatriotas, lo necesitan hoy más que nunca.
¡Felices Pascuas de Resurrección! ¡Jesucristo ha resucitado!
Maracaibo, 31 de marzo de 2018.

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo


jueves, 29 de marzo de 2018

EL SACERDOTE MINISTERIAL UN SER TOTALMENTE RELATIVO


EL SACERDOTE MINISTERIAL UN SER TOTALMENTE RELATIVO


Solo Dios es absoluto, Sin principio ni fin. Nosotros los sacerdotes, como todas las criaturas, nosotros somos relativos.
Ser relativos significa en nuestro caso que estamos en estrecha relación, bajo régimen de dependencia, de cuatro instancias o realidades: de Dios creador, de Cristo pastor y cabeza de la Iglesia, su cuerpo; de una Iglesia concreta a la que somos incardinados por la misma ordenación en un presbiterio; finalmente al pueblo al que somos enviados a pastorear. Esta condición está muy claramente expresada en el texto clásico de la carta a los Hebreos: “Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto al servicio de los hombres en las cosas que se refieren a Dios” (Heb 5,1). Alguien nos ha tomado; alguien nos ha colocado y nos encomendado una clara misión. Nada de eso lo escogimos nosotros por nuestra propia y sola cuenta.
Existimos porque Dios nos ha creado. “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17,28). Hemos elegido la vocación sacerdotal porque Jesús nos llamó primero: “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto que permanezca “(Jn 15, 16). Esa elección y ese llamado se concretaron por medio de la Iglesia. No nos auto-ordenamos, ni nos auto-elegimos ni nos auto-enviamos.
Representantes de la Iglesia discernieron la autenticidad de nuestra vocación y nuestra idoneidad y, una vez confirmadas, un obispo debidamente autorizado nos confirió el sacramento del Orden. En el mismo rito sacramental de la ordenación fuimos incorporados a un presbiterio. Para manifestarlo todos los presbíteros presentes fueron pasando, uno por uno, nos impusieron las manos y luego nos acogieron dentro del colegio con un abrazo fraternal. Y finalmente fuimos enviados por un obispo al pueblo de Dios para asumir, con y para él, nuestra misión.
Desde cada una de esas dimensiones se viven todas las demás. En la vivencia fiel, gozosa y perseverante de estas cuatro dimensiones está el secreto de nuestra santificación y del sentido de toda nuestra vida. El diablo nos tentará para romper esos cuatro vínculos fundamentales. En el fondo es la misma tentación que enfrentó la primera pareja humana: la tentación de desgajarse de Dios, de independizarse de Él y hacerse a sí mismos dioses: “Se les abrirán los ojos y serán como como Dios” (Gen 3,5). Ya sabemos que la ruptura de este vínculo fundamental dividió la pareja humana, envenenó las relaciones fraternas y sometió a ruda esclavitud la creación entera. Volverse auto-referentes. Es el primer pecado capital: el orgullo, padre y raíz de todos los demás pecados.
Somos presbíteros según el corazón del Gran Pastor en la medida que vivimos en lo concreto de lo cotidiano esas cuatro dependencias. Vivir, existir y movernos en nuestro Padre Dios para glorificar y santificar su nombre. Permanecer en Cristo. Somos ramitas de la gran vid y solo unidos a ella damos fruto: “Separados de mí no pueden hacer nada” (Jn. 15,4).
Pertenecemos a un presbiterio. El presbiterio no es una entelequia, una simple estructura. Es la realidad donde puedo vivir concretamente la incorporación a nueva familia diocesana. Vivir intensamente la realidad de la incardinación: la comunión, la fraternidad sacerdotal, el fortalecimiento de nuestro presbiterio y la práctica de la solidaridad y la comunión de bienes. Un presbítero que vive desgajado de su presbiterio, que hace todo por su cuenta, es un presbítero en riesgo, que funciona a medio o a cuarto de máquina.
Finalmente somos enviados a una porción de pueblo. No escogemos nosotros la porción que más nos gusta. Somos don de Cristo Jesús para esa comunidad eclesial a donde me envía el Obispo. Vamos allí como simples servidores, no como dueños (Cf 1 Co 3,5-9). No llegamos a tumbar lo que los anteriores hicieron y a dejar nuestra propia huella. Llegamos para continuar la obra emprendida y dar nuestro aporte para que allí los bautizados avancen y, a partir de lo ya caminado, se constituyan en sujetos vivos y activos del pueblo de Dios. “Unos siembran y otros cosechan. Yo los envié a cosechar donde no han trabajado; otros trabajaron ustedes recogen el fruto de sus trabajos” dice el Señor (Jn 4,38). Esa porción de pueblo no me pertenece y debo estar pronto a salir a otro sitio cuando el Obispo nos lo pida (Cf Mc. 1,38). ¡Qué triste cuando un presbítero se aferra a una parroquia y no la quiere soltar! ¡Qué inmadura aquella comunidad que quiere a toda costa retener un sacerdote a su exclusivo servicio y dedicación!

LA EUCARISTÍA, EL VINCULO DE LOS VINCULOS

¿Cómo vivir fiel y alegremente este cuádruple nudo? Esos cuatro vínculos están todos atados por la fuerza del amor contenida en la eucaristía. La eucaristía es el culmen y la síntesis de la historia de amor de Dios por la humanidad y que se ha manifestado en Cristo Jesús su hijo. Es el horno ardiente, el manantial de donde brota nuestra identidad y de nuestra misión.
Hoy, jueves santo, Jesús, antes de ir al sacrificio redentor, nos entrega primero la eucaristía, luego nos instituye como sus ministros calificados y finalmente entrega el mandamiento del amor, pidiéndonos que, siguiendo su ejemplo, lo vivamos en una dimensión servicial y samaritana. El mandamiento cristiano, dentro de la comunidad eclesial, solo es posible vivirlo y comunicarlo a partir de la eucaristía y si nos nutrimos de ella.

Solo desde ella se vuelve una carga ligera y un yugo llevadero. Es en la eucaristía donde encontraremos la fuerza y la pasión de amor necesarios para ser fieles a esas cuatro dimensiones fundamentales de nuestra identidad y vocación. Amor filial al Padre, amor fraternal con Cristo, amor familiar con la Iglesia y el presbiterio; amor esponsal con el pueblo.
Y solo hay eucaristía si hay sacerdotes ministeriales para presidirla.  Contar con candidatos al sacerdocio no es asunto ante todo de campañas o pastorales vocacionales. No es que eso este mal, no. Pero es ante todo un asunto que atañe las comunidades cristianas en cuanto tales. Cuando el pueblo de Dios llegue a valorar realmente lo que significa la eucaristía para poder vivir el mandamiento del amor pedido por Jesús, según el modelo de Jesús y hacer presente su Reino, se empeñará entonces a fondo para lograr que Dios envíe esos operadores, esos pastores que la puedan celebrar.
Los primeros cristianos perseguidos que sus adversarios trataban de apartar de la misa dominical respondían: “Sin eucaristía no podemos vivir”. Una comunidad eclesial sin presbíteros, que no promueve dentro de si las vocaciones, es una comunidad que no ha llegado aún a su madurez eucarística y se encuentra en grave estado de desnutrición evangelizadora.
Jueves santo 2108.
+Ubaldo R Santana Sequera fmi
Arzobispo de Maracaibo