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domingo, 6 de mayo de 2018

SEXTO DOMINGO DE PASCUA CICLO B 2018 JESUCRISTO Y LA BOMBA A

SEXTO DOMINGO DE PASCUA CICLO B 2018
JESUCRISTO Y LA BOMBA A

Muy amados hermanos,

El pasaje evangélico de hoy es continuación del texto proclamado el domingo pasado. Siguen resonando algunas palabras claves ya meditadas, permanecer, dar fruto, ser discípulos, pero ahora emerge con fuerte insistencia, repercutida a su vez en la segunda lectura, la revelación del amor entre el Padre y el Hijo, entre el Hijo y sus discípulos, entre los mismos discípulos de Jesús y entre los discípulos y el resto de la humanidad.

Jesús había anunciado al inicio del capítulo 13, que había llegado la hora del retorno definitivo de la humanidad a su redil original, la casa del Padre.  Como único y verdadero Gran Pastor, él va a ir delante para indicarles la ruta. En el largo coloquio, después de la cena eucarística, del cual estamos leyendo una parte en el evangelio de hoy, les va a indicar cuáles son las posturas claves que él va a asumir para unir ese rebaño y conducirlo de nuevo al paraíso perdido (Cf. Jn 14,6).

Será una obra de amor extremo (13,1); un servicio hecho con la humildad y sencillez con la que un esclavo lava los pies de los huéspedes de su amo (vv2-17). Será una entrega amorosa de su vida, hecha con libertad y alegría (15,13). La realizaría en estrecha e íntima unión con su Padre, para cumplir su voluntad y realizar plenamente su designio de salvación (14,8-11;15,9-11). Esas mismas posturas y actitudes claves han de ser asumidas por los que estén dispuestos a trabajar con él en la unificación del género humano (13,16).  

Sus discípulos han de ser personas dispuestas a servirse los unos a los otros, a lavarse los pies, con sencillez y humildad, abandonando toda pretensión de superioridad, de privilegios y de búsqueda de honores. Han sido elegidos por él para reunir a la humanidad en un solo rebaño. Para ello necesitan comprometerse en cumplir el mandamiento del amor mutuo que él les va a dejar como identificativo: “Ámense unos a otros como yo los he amado. Todos reconocerán en ello que son mis discípulos” (Jn 13,34).

El amor mutuo no es un mandato solo para sus discípulos. Es el único camino de salvación que tiene la humanidad. Para eso lo envió su Padre a este mundo y se hizo uno de nosotros (Cf Jn 1,14 y 3,16). Bien claro lo dijo el apóstol Pedro en una de sus comparecencias ante el Senado judío: “En ningún otro hay salvación, y en todo el mundo no se le ha dado a la humanidad otro Nombre por el cual podamos salvarnos” (Hech. 4,13). En la primera lectura se nos narra la elección de Pedro para entrar en la casa de un pagano y anunciarle el evangelio a su familia. La gran y única razón de ser del cristianismo y del cristiano en este mundo, es esa: anunciar y hacer presente el amor de Dios por la humanidad manifestado en su Hijo Jesús en todas las casas de la civilización humana.

Cristo Jesús nos habilita para esa misión derramando en nuestros corazones ese amor por medio del don del Espíritu Santo (Rm 5,5). Solo con ese amor de Cristo dentro de nosotros podremos transformar nuestras relaciones humanas en relaciones de amistad fraterna. Sin ese amor, la humanidad sencillamente permanecerá inacabada, por más evoluciones y revoluciones que produzca el ingenio humano.
Así se lo hacía entender el gran científico Albert Einstein en una carta al final ya de su vida a su hija Lieserl, a quien absorto como estaba en sus grandes descubrimientos y trabajos científicos, le había dedicado muy poca atención y cariño a lo largo de la vida. Vale la pena transcribirla:
“Cuando propuse la teoría de la relatividad, muy pocos me entendieron, y lo que te revelaré ahora para que lo transmitas a la humanidad también chocará con la incomprensión y los perjuicios del mundo. Te pido, aun así, que la custodies todo el tiempo que sea necesario, años, décadas, hasta que la sociedad haya avanzado lo suficiente para acoger lo que te explico a continuación. Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal.
Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el AMOR. Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas. El Amor es Luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El Amor es Dios, y Dios es Amor.
Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Ésta es la variable que hemos obviado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo. Para dar visibilidad al amor, he hecho una simple sustitución en mi ecuación más célebre. Si en lugar de E= mc2 , (su famosa ecuación de la teoría de la relatividad), aceptamos que la energía para sanar el mundo puede obtenerse a través del amor multiplicado por la velocidad de la luz al cuadrado, llegaremos a la conclusión de que el amor es la fuerza más poderosa que existe, porque no tiene límites.
Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser siente que en él habita, el amor es la única y la última respuesta. Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta. Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada. Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quinta esencia de la vida.
Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida. Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti, ¡he llegado a la última respuesta!”. Tu padre: Albert Einstein”
El verdadero poder humano que todo lo transforma no está por consiguiente en las armas, o en el dinero, o en la información, o en la ciencia. Está en el poder de servirnos los unos a los otros como hermanos y amarnos incondicionalmente, tal como Jesús nos lo ha enseñado. “Él es quien nos revela que Dios es amor (1 Jn 4,8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana y, por tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles.” (Documento conciliar Alegría y Esperanza-GS- No 38.

Aceptemos, hermanos este don que Jesús nos quiere hacer. Él es el que invita. El quien elige a los suyos. Él quiere compartir su misión con nosotros. No dudemos en hacerla nuestra. Si alguna bomba hay que hacer explotar en este mundo, corroído por el odio, la violencia, las desigualdades y la injusticia social, no son los artefactos que los terroristas se colocan en sus cuerpos sino la bomba A. La bomba del amor de Dios manifestado en Cristo, la bomba del amor mutuo. Está en nuestras manos. La llevamos dentro de nosotros. Hagámosla explotar en el corazón de la vida.

Maracaibo, 6 de mayo de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo




domingo, 15 de febrero de 2015

HOMILIA DEL SEXTO DOMINGO ORDINARIO. CICLO B. Mc 1,40-45

HOMILIA DEL SEXTO DOMINGO ORDINARIO. CICLO B.
Mc 1,40-45

QUIERO, QUEDA LIMPIO
Muy queridos hermanos y hermanas,
Han pasado dos mil años de cristianismo y el fenómeno de la exclusión social y religiosa sigue campante. Ahí están los enfermos de sida, los emigrantes, los homosexuales buscando, como José y María en Belén, un lugar donde ser recibidos y poder dar a luz a una nueva vida como personas dignas de amor y de respeto tanto  en la sociedad como en la Iglesia. Al escuchar el evangelio de hoy demos gracias a Dios que vino en la persona de Jesucristo a buscarnos y sacarnos  de nuestros extravíos trayéndonos de nuevo sobre sus hombros hasta el redil de la Iglesia. Examinemos también nuestra consciencia y preguntémonos cuáles son hoy esas personas que la Iglesia y la sociedad excluyen e impide que puedan ejercer la plenitud de sus derechos y ser tomadas en cuenta en sus comunidades cristianas humanas y eclesiales. Tomémonos la temperatura para saber cómo está nuestro integrómetro social y eclesial. ¿Estamos creciendo en nuestra capacidad de inclusión y de integración o seguimos discriminando y condenando a otros seres humanos.

La narración de hoy se encuentra al final del primer capítulo del evangelio de Marcos y nos muestra el comportamiento de Jesús al toparse con un leproso. En aquel tiempo, los leprosos eran las personas más excluidas de la sociedad, evitadas por todos. Un doble oprobio pesaba sobre ellos: como no existía cura para su mal, la única manera de evitar el contagio colectivo era arrojarlos fuera de las poblaciones y mantenerlos a distancia de los demás seres humanos. A esta tara se añadía la expulsión religiosa. Eran considerados por las autoridades religiosas como gente impura, es decir inhábiles para entrar en contacto con Dios. No tenían salvación. Según el sistema vigente, también eran rechazados por Dios.

El encuentro con Jesús se da porque el leproso infringe las normas sanitarias y religiosas y al enterarse de que Jesús está en las cercanías, sale de su soledad, lo busca y cuando lo encuentra se planta ante él y de rodillas le pide curación: “Si quieres  puedes limpiarme”. Se sabe impuro, no le pide que lo toque porque sabe que no lo debe hacer y además está convencido de que Jesús no tiene necesidad de hacer ese gesto para sanarlo. La frase del leproso revela los dos males que padece: la lepra y la soledad producida por la exclusión por parte de sus parientes y de Dios mismo.

Jesús se conmueve y va a realizar a favor del leproso tres gestos maravillosos: lo acoge,  lo cura y lo reintegra a su comunidad.  Primero que todo lo acoge y cura el mal moral del abandono y la exclusión: extiende la mano y toca al leproso. Cuando el profeta Eliseo  en el relato del Libro de los Reyes, cura al funcionario sirio Naamán de su lepra,  no lo toca: lo manda por medio de su criado Guehazi a lavarse siete veces en el Jordán (Cf 2 Re 5). Jesús se deja abordar sin reparo por el leproso y lo toca. Impresionante lenguaje corporal para decirle: “Para mí, ya no eres un excluido. ¡Te acojo como hermano!”. Un gesto parecido tendrá Francisco de Asís con el leproso que le cerró el paso en el camino por donde iba; con la diferencia que fue el leproso que le cambió la vida a él y le hizo descubrir el verdadero rostro de Dios. En segundo lugar, cura la enfermedad de la lepra diciendo: “¡Quiero! ¡Queda limpio!” Para llegar hasta Jesús, el leproso había transgredido las normas sanitarias y de pureza ritual de su época. Jesús, para darle a entender que Dios no lo ha abandonado y hacerle descubrir su verdadero rostro lleno de misericordia, también transgrede las normas religiosas y toca al leproso, incurriendo en impureza legal.
Finalmente lleva a cabo la tercera curación: lo reintegra la comunidad humana y religiosa. Jesús no sólo cura moral y físicamente, sino que quiere que la persona curada pueda volver a su casa, ser tratada con respeto y consideración, circular libremente por las calles de su pueblo, entrar los sábados en las sinagogas para orar y escuchar la Palabra de Dios. Las curaciones de Jesús son integrales: alcanzan al ser humano en todas sus dimensiones: internas, externas, sociales y espirituales. Por eso el Señor le pide al ex leproso que cumpla con todo el ritual prescrito en el capítulo 14 del libro del Levítico.
Así ha de ser la postura de una sociedad humana y humanizadora y de una Iglesia compasiva y samaritana. La sanación debe ser integral. Ese fue el reclamo que el el Papa Francisco le dirigió a la comunidad europea y a la misma Iglesia cuando realizó aquel viaje sorprendente a la Isla de Lampedusa, en el sur de Italia, para visitar a los cientos de inmigrantes africanos indocumentados, confinados en campamentos,  en espera de la repatriación. Son miles los que han muerto ahogados al naufragar las sobrecargadas pateras en el que intentaban atravesar el Mediterráneo. Todos conocemos la posición valiente del episcopado estadounidense al pedirle a su gobierno que aplique medidas más humanitarias con los millones de inmigrantes que viven y trabajan ilegalmente en el país.
Todos debemos preguntarnos, mis queridos hermanos, cómo vamos a vivir con coherencia este evangelio del encuentro de Jesús con el leproso. La Cuaresma que se avecina es un tiempo especialísimo de gracia para activar la vivencia de la caridad cristiana y buscar cómo trabajar para superar las exclusiones, crecer en convivencia, abrir nuevas rutas de encuentro y de reconciliación.

Al finalizar la lectura de este primer capítulo del evangelio y despedirnos por un tiempo de la continuación de la lectura de este evangelio,  es bueno recoger las ocho enseñanzas que Marcos ha querido transmitirnos al presentarnos los inicios del ministerio público de Jesús. Nos servirán como criterios para evaluar la asimilación de su lectura y su puesta en práctica en nuestra vida familiar y comunitaria. Helas aquí: formar y vivir en comunidades fraternas, entregar la Palabra de Dios al pueblo y no solamente a unos poquitos, combatir con la fuerza de Dios la presencia del Mal, sanar integralmente a las personas para que sean capaces de entender la vida como un servicio y no como una dominación de unos sobre otros, acoger a los marginados, no emprender nada sin contar con Dios, anunciar el Reino de Dios en las periferias existenciales y territoriales y finalmente  integrar en la sociedad y en la Iglesia a todos los seres humanos que sufren cualquier tipo de exclusión.

Que iluminados por este Evangelio y alimentados por esta eucaristía dominical,  nos dejemos sanar en profundidad por el Señor y nos hagamos activos cooperadores de la proclamación de su Reino de inclusión y de vida abundante para todos.

Maracaibo 14 de febrero de 2015

+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Arzobispo de Maracaibo

sábado, 3 de enero de 2015

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR 2015

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR 2015
Muy queridos hermanos,
La fiesta de hoy es muy popular en nuestro país. Estamos acostumbrados desde pequeños a ver representar la escena de la llegada de los tres Reyes Magos, uno blanco, uno negro y otro amarillo, montados sobre sus camellos, trayendo en sus cabalgaduras regalos para el niño Dios que vienen a adorar. Hasta nombres le hemos puesto a cada uno de ellos: Melchor, Gaspar y Baltasar. La sencillez y la ingenuidad de estas imágenes nos pueden sin embargo esconder el núcleo del mensaje que trae este evangelio de San Mateo. Por eso los invito a detenernos ante el texto y repasar su historia. Es el mensaje de la salvación universal en Cristo Señor.
Mateo no dice que eran reyes. Solo magos procedentes del Oriente. La palabra magos no designa necesariamente gente dedicada a la magia sino astrónomos, que escrutan los astros y tratan de ayudar a la gente con su sabiduría. Del oriente para los judíos no puede venir nada bueno. De allá vinieron los persas, los babilonios, los asirios, poderosos imperios invasores que los mantuvieron sometidos a su pesado yugo opresor. Allá fueron desterrados por 70 años. Tierra poblada de  paganos opresores, de idólatras que ignoran al verdadero Dios y adoran los astros y los fenómenos celestes.
Pero sorprendentemente es precisamente de allá que van a venir ahora gente completamente diferente. Estos magos, estudiando las estrellas,  han descubierto una nueva y llegan a la conclusión, aplicando la lógica y  su sabiduría, de que esta Nova es la señal del advenimiento del anhelado y esperado salvador que va a nacer en el pueblo judío.  Deciden sin más dilación salir en su búsqueda hasta encontrarlo. Según sus datos humanos, se imaginan que lo hallarán en la capital, Jerusalén, en el palacio real de la ciudad y hacia allá se dirigen. Al enterarse de su llegada el rey Herodes se sobresalta. ¿Cómo? ¿Un nuevo rey de los judíos? Si él es el que ha sido nombrado por el emperador romano rey de los judíos. No puede haber otro y si lo hubiese hay que eliminarlo de una vez.
Herodes consulta a las autoridades religiosas judías. Los letrados y sumos sacerdotes saben dónde según las Escrituras, va a nacer el Mesías pero no hacen absolutamente nada para ir a corroborarlo, dar con el Mesías y adorarlo.  Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de toda su vida: rechazo frontal de las autoridades políticas e indiferencia y hostilidad de parte de los dirigentes religiosos. Al final los dos poderes se confabularán con los romanos para acabar con él. Solo los pequeños, los sencillos y los buscadores sinceros de la verdad, como estos magos, lo acogerán y se prosternarán ante él reconociendo su señorío mesiánico.
Los Magos prosiguen su camino. A sus conocimientos científicos se ha añadido la iluminación de las sagradas escrituras pero es la estrella la que, de allí en adelante, los va a guiar. Unas veces se esconde, otras veces aparece llenándolos de inmensa alegría. Por fin ésta se detiene donde está el niño con María, su madre, y  cayendo de rodillas ante él lo adoraron. Después, ponen a su servicio las riquezas que traen y los tesoros más valiosos que poseen. De allí en adelante su vida será otra. Dice el evangelista que no regresaron por la capital sino por otro camino. El camino cristiano de los seguidores de Jesús. Este Niño puede contar con ellos pues lo reconocen como su Rey y Señor. El Papa Francisco dice al inicio de su Exhortación que “la alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.” (EG 1)
De los magos no sabemos más nada pero han cumplido su misión. Han llegado a la meta. Han encontrado al que buscaban.  Y seguramente como los pastores “se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que había visto y oído”  (Lc 2,20) y contaron todo lo que se les había dado a conocer de ese niño. Con ellos se inicia ya la difusión del cristianismo en el mundo.  Y para nosotros, hermanos, ¿se nos ha dado también la gracia de este encuentro?  Francisco nos dice que “cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20).
Para nosotros celebrar hoy la fiesta de la Epifanía es colocar nuestros pasos tras las huellas dejadas por los magos cuando regresaron a su patria por otro camino. Venezuela está reclamando a gritos que los cristianos y los hombres y mujeres de buena voluntad nos pongamos de acuerdo, más allá de nuestras diferencias políticas e ideológicas, para construir el país por otro camino. Nuestra Iglesia también está necesitando que los católicos salgamos de nuestra pasividad y nos atrevamos a transitar por otros caminos. No basta saber las Escrituras. Hay que ponerse en camino, salir de las rutinas. Nuevamente el Papa nos  apremia: “Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco, sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie” (EG 23). Vamos a tener una gran oportunidad con la realización el próximo mes de julio de la Asamblea Nacional de Pastoral.
Dentro de poco será el momento de la consagración del pan y del vino y nos pondremos de rodillas para adorar a Jesús que se hace presente bajo las especies eucarísticas. Los Magos se bajaron de sus camellos, se bajaron de la altura de su ciencia astral, se abajaron de su orgullo ante el niño de Belén, se pusieron de rodillas y lo adoraron. Luego cambiaron de vida y se regresaron a su casa por otro camino.  Ante el hermoso gesto de estos hombres  nosotros tenemos que hacernos algunas preguntas decisivas: ¿ante quién nos arrodillamos nosotros?  Rodilla en tierra si pero no para matar ni idolatrar ningún ser humano. Solo ante el Santísimo Sacramento. Solo ante la hostia consagrada. Solo ante un hermano herido que hay que recoger en el camino y socorrer con prontitud.

¿Cómo se llama el «dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos cristianos, pero ¿vivimos adorando al Niño de Belén? O ¿nuestros dioses verdaderos son “tesoros de la tierra que la polilla y la herrumbre echan a perder y que los ladrones, perforando los muros, pueden  robar”? (Mt 6,19-20) ¿Ponemos a los pies del Niño Dios nuestras riquezas y nuestro bienestar, nuestra misma  vida para que sirvan a hacer realidad el pedazo de Evangelio de  fraternidad, de  justicia y de  paz que nos toca a nosotros concretar? ¿Estamos dispuestos a escuchar su llamada a entrar este año en el reino de Dios y su justicia?
Cuando los magos, guiados por la estrella, dieron con el niño, allí a su lado estaba su Madre María “conservando todas estas cosas en su corazón”. La estrella que nos puede guiar este año hacia Jesús y enseñarnos suficiente humildad para arrodillarnos ante él y adorarlo se llama María. Así la llaman nuestros pastores: la Estrella de la Evangelización. Dejémonos guiar por ella, que sea nuestro seguro e infalible GPS que nos ponga a los pies de Jesús, que está en la eucaristía, en los evangelios y en los cuerpos y corazones heridos de los pobres y necesitados de amor.

+Ubaldo  R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo



jueves, 1 de enero de 2015

SANTA MARIA MADRE DE DIOS

Queridos hermanos y hermanas,
Concluye el 2014. Se inicia el 2015. Desconocemos lo que nos espera en el nuevo año. No sabemos siquiera si lo terminaremos. Nadie lo sabe. Así caminamos los humanos a través del tiempo. Es normal que broten de nosotros preguntas inquietantes: ¿qué nos traerá el nuevo año?, ¿con qué me iré encontrando a lo largo de los días?, ¿tendré suerte?, ¿me irá mal? No faltan quienes, inquietos por encontrar respuestas anticipadas a estas preguntas, acuden a brujos, hechiceros y quiromantes. Las cosas que ocurren fuera de nosotros pueden sin duda ejercer gran influencia en nuestras vidas: un duelo, una crisis económica, una pérdida de empleo, el nacimiento de un nuevo ser.
Pero tenemos que tener bien claro que la vida no nos la hacen desde fuera. El fatalismo no tiene la última palabra en nuestras vidas. Dios nos da la vida para que seamos su primer y principal administrador. La parte más decisiva en la configuración de nuestra vida viene de dentro de nosotros: de nuestras actitudes, de nuestra mentalidad, de nuestra espiritualidad, de los valores que tomamos en cuenta en nuestras actuaciones. Por eso es muy importante que nos  preguntemos: ¿cómo me propongo yo vivir  este año?, ¿Qué lugar ocupará Dios en mis planes, en mis proyectos?, ¿qué herramientas y ayudas utilizaré para renovarme interiormente?, ¿qué pondré de mi parte para  que este año sea  un año lleno de vida?
Por eso, estas fechas son buenas para detenernos y hacer sin miedo, con paz interior un balance personal? ¿Cómo comenzar el año en actitud de renovación? He aquí algunas sugerencias.
Tal vez, lo primero es preguntarnos cuál es nuestro estado de ánimo en estos momentos. Comienza un año nuevo, ¿qué siento dentro de mí? ¿Verdad, paz, vida? O por el contrario, ¿percibo turbación, ansiedad y confusión? Es bueno mirar de frente nuestros sentimientos y ponerles nombre. Ahí podemos encontrar ya alguna luz para orientar nuestra vida por un camino más acertado.
También hemos de preguntarnos enseguida por lo positivo que hay en nuestra vida. ¿Qué hemos recibido de bueno a lo largo del año que concluye? ¿Qué experiencias y encuentros positivos hemos vivido?
¿Qué es lo que más hemos de agradecer? Experimentar la vida como don que vamos recibiendo gratuitamente es una de las maneras más espontáneas de ir descubriendo la bondad de Dios. Esta actitud me lleva a desarrollar una forma de vivir en permanente estado de agradecimiento. El agradecimiento es la puerta grande para entrar en contacto con Dios. Hay un salmo que dice: “Entremos en su presencia dándole gracias” (Sal 95). Y el Señor Jesús, cuando vio a sus discípulos salir en misión y regresar contentos, exultó en el Espíritu Santo y le dio gracias a su Padre por haber decidido revelar sus designios a los pequeños.” (Cf Lc 10,21). Esta es una actitud fundamental para cambiar nuestra relación con Dios y con los hermanos.

Hay otras preguntas de suma importancia. ¿Qué he aprendido este año que termina? ¿Qué he descubierto con más claridad sobre mí mismo o sobre los demás? ¿He descubierto a Dios en mis gozos y mis penas, en mis temores y en mis trabajos? ¿Ha habido algún acontecimiento o alguna persona que me ha dado nueva luz? Desde que Dios se hizo niño en Belén, hemos de aprender a buscar su presencia en nuestra vida, en nuestra historia, en los acontecimientos pequeños y grandes que surcan nuestra existencia. Si descubro este código puedo disponer de una formidable herramienta para estar en permanente diálogo con Dios a lo largo del día. Una convicción debe reinar siempre en nuestro corazón: Dios está cerca de nosotros, siempre busca nuestro bien. Podemos confiar en El.
También hemos de revisar nuestros errores. ¿Qué equivocaciones he cometido a lo largo de este año? ¿Qué relaciones he estropeado? ¿Qué es lo que más he descuidado? ¿Por qué he vivido tan ocupado por mis cosas y tan olvidado del bien de los demás? Arrepentirse y distanciarse de lo malo que ha habido en nuestra vida es ya una manera de renovarse y despertar lo mejor que hay dentro de nosotros.
Todos comenzamos un año nuevo, pero todos de manera distinta. Algunos con la incertidumbre quizás de perder el puesto de trabajo. Otros con el gozo de esperar un nuevo hijo. Alguien con la angustia de entrar en el último año de su vida. Otro con la ilusión de crear un nuevo hogar. Otro con la perspectiva de ir a establecerse en otro país, lejos de su familia y de su patria. Cada uno con sus propios problemas.

Sin embargo, a los creyentes se nos invita hoy a que, olvidando nuestras preocupaciones individuales, iniciemos el nuevo año con la mirada puesta en un objetivo urgente para la humanidad: la paz. La Iglesia celebra hoy la Jornada Mundial de la Paz. El Papa Francisco nos ha entregado un mensaje en el que nos invita a luchar por la desaparición de las esclavitudes modernas. Hemos despedido un año sembrado de violencias, agresividad, muertes y sangre. 24000 mil muertos por violencia es el triste saldo del 2014. Y comenzamos otro que no nos ofrece un horizonte mejor. Nuestra tierra se ha ido tiñendo de sangre.
La violencia se ha apoderado de varias naciones y cada día aumenta su poder y dominio en Venezuela. Y lo más peligroso de todo es que se nos va metiendo en la mente la convicción de que para cambiar las cosas hace falta cierta dosis de violencia. Es una idea no sólo monstruosa sino falsa.  Ni de la punta de las metralletas terroristas ni de los gritos de los torturados puede salir una sociedad más humana. Los fines tienen la nobleza y la bondad de los medios que se utilizan para alcanzarlos. Por eso la paz y la justicia hay que construirlas por los medios que sean cónsonos con su consecución. Jesús, el gran constructor de la paz, se negó rotundamente a que Pedro sacara su espada para defenderlo en el momento de su arresto y nunca le pidió a su Padre que le mandara legiones de ángeles al mando del Arcángel S Miguel para defenderlo (Cf Mt 26,51-54).
Ha llegado la hora de que todos nos empeñemos en crear una nueva conciencia colectiva de luchar por la «no-violencia» activa. No podemos dejar nuestro futuro en manos de los violentos ni de los linchamientos colectivos. Es urgente andar otros caminos. Venezuela está urgida de una educación que promueva la cultura de la paz, de la convivencia y de la vida. El respeto a la vida del hermano es algo esencial a lo que un creyente no puede renunciar. Desde el momento en que Dios se ha hecho hombre, ningún hombre puede ser un sujeto sacrificable ni ninguna autoridad humana puede erigirse en juez para disponer de la vida de otro ser humano.
En este campo podemos hacer  mucho más de lo que pensamos. Todos podemos colaborar en la creación de una nueva conciencia y de un nuevo estilo de vida, que actúe como punta de lanza que abra a esta sociedad tan violenta hacia un futuro de mayor. Nuestras familias, nuestras escuelas, nuestras parroquias y muchos de nuestros vecindarios son espacios donde podemos desarrollar actitudes e iniciativas que vayan sembrando las semillas del valor de la vida y de la paz.
Comenzamos el año celebrando la fiesta de Santa María, Madre de Dios. Su fidelidad y entrega a la Palabra de Dios, su identificación con los pequeños, su adhesión a las opciones de su hijo Jesús, su presencia servidora en la Iglesia naciente y, antes que nada, su servicio de Madre del Salvador hacen de ella la Madre de nuestra fe y de nuestra esperanza. Vale la pena que empecemos a caminar el año agarrados de su mano, sostenidos por su ejemplo, animados por su mirada llena de ternura y de firme valentía a la vez.
María es modelo de fe. Según Lucas, creer en Jesús Salvador no es recordar acontecimientos de otros tiempos, sino experimentar hoy su fuerza salvadora, capaz de hacer más humana y más divina  nuestra vida.  Jesús no pertenece al pasado. Intencionadamente va repitiendo que la salvación de Jesús resucitado se nos está ofreciendo "HOY", ahora mismo, siempre que nos encontramos con él. Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Hoy se dan maravillas a nuestro alrededor, que no son tan publicitadas como las tragedias pero no por eso dejan de existir. Hoy aparecen en nuestro camino personas generosas, sensibles, solidarias dispuestas a ayudarnos desinteresadamente.

La Santa Eucaristía de hoy es el primer gran regalo que Cristo nos hace al inicio de este año. Dice la Biblia que con la fuerza del alimento que Dios le dio el profeta Elías camino cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte Horeb. Con el alimento de la Palabra de vida, de la Eucaristía dominical, de la oración diaria, de la atención solidaria hacia quienes nos necesiten podemos nosotros también caminar estos 365 días que se presentan ante nosotros. Lo importante es que hagamos como la Virgen María: guardemos todo lo bueno que Dios nos da en nuestro corazón y luego lo compartamos con nuestros hermanos.


1º de enero de 2015