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domingo, 25 de octubre de 2020

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO A-2020 HOMILIA

 


DIÓCESIS DE CARORA

ADMINISTRADOR APOSTÓLICO SEDE VACANTE

 

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO A-2020

HOMILIA

Lecturas: Ex 22,20-26; Sal 17; 1 Tess 1,5-10; Mt 22,34-40

 

Muy queridos hermanos y hermanas,

Jesús se encuentra en Jerusalén, cercano ya el trágico desenlace de su misión. El evangelio relata una de las tantas discusiones en las se traba con sus adversarios, que lo acosan con preguntas maliciosas para desprestigiarlo ante el pueblo. Esta vez son los fariseos quienes maliciosamente lo abordan con una pregunta: “¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley?” Era una de esas preguntas de las cuarenta mil lochas en las que esperaban que Jesús se quedara enredado.  La interpretación del Decálogo sinaítico en las escuelas rabínicas, había producido una gran cantidad de normas, prescripciones, leyes, hasta llegar al fantástico número de 613 mandatos. ¿Había que colocarlos todos en el mismo plano? ¿Había una jerarquía? ¿Cuál era el criterio de clasificación? ¿Qué era más importante: el culto a Dios o la ayuda al necesitado?

Jesús responde citando dos textos del Pentateuco. Ambos formaban parte del catálogo anterior.  El primero el conocidísimo precepto “Shemá Israel”: “Escucha Israel” que todo judío piadoso recitaba tres veces al día: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” (Dt 6,4,) Y añade: “este es el primero y el más grande”. Pero inmediatamente cita el texto del Levítico 19,18: “Y el segundo es semejante a este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y de una vez concluye: “En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

La originalidad de la respuesta de Jesús está en juntar dos textos bíblicos: uno sobre el amor que se le debe a Dios, y otro sobre el amor que se le debe al prójimo, y colocarlos en el mismo plano de importancia. Para Jesús estos dos grandes amores no solamente contienen los demás 611 mandamientos y normas, sino que también resumen toda la Ley los Profetas.

Al juntarlos, Jesús no los confunde. Son dos mandamientos distintos: uno va dirigido a Dios como Padre. El otro va dirigido a los demás seres humanos, con quienes coincidimos en el camino de la vida. El amor a Dios es el amor primigenio, el amor fontal. Es con este amor, que dimana del manantial divino, que el creyente está llamado a practicar el segundo amor. No se pueden separar. El primero alimenta el segundo. El segundo da concreción al primero. Jesús deja claro que su Padre Dios solo sentirá verdaderamente amado por nosotros los hombres, si ve que nos acercamos a los demás seres humanos, nos hacemos prójimo de ellos, los amamos.

El judío piadoso conocía los dos mandamientos y los tenía claramente diferenciados. Practicaba el “Shemá” cumpliendo con los mandamientos, yendo el culto, presentando ofrendas y ofreciendo sacrificios. Entendía que el prójimo que tenía que amar era el extranjero, el huérfano y la viuda que vivían en su pueblo o en el territorio de su clan. Fuera de esos linderos no lo obligaba el mandato. Además, si era funcionario del Templo de Jerusalén debía atenerse a la prescripción de la pureza legal.  Acordémonos de la parábola del buen samaritano. Los hombres del templo, que aparecen en la parábola del Buen Samaritano, no se habían detenido a socorrer al hombre herido y tirado a la orilla del camino, porque iban al culto y no podían contaminarse (Lc 10, 25-37).

Jesús le da otro significado a la palabra “prójimo”. No se trata de hacernos prójimos solamente del extranjero, del huérfano y de la viuda de mi familia, de mi pueblo, de mi clan. El amor al prójimo abarca e incluye a todo prójimo, todo ser humano, sin excepción alguna. Es en este contexto que hay que ubicar y entender las declaraciones del Papa Francisco sobre el trato que hay que darles a los miembros de nuestras familias que presentaran tendencias hacia la homosexualidad.  Algunos grandes medios y redes sociales, igual que los fariseos del evangelio de hoy, manipularon astutamente las palabras de Francisco para llevar agua al molino de los grandes y poderosos grupos promotores de la ideología del género. Amar en este caso no es justificar, legitimar, es acoger, comprender, respetar, ayudar.

El amor incondicional a todo prójimo, cualquiera que sea, se constituye en el principio fundamental para asegurarnos de que en verdad amamos a Dios “con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente”. Solo el amor concreto hacia un ser humano nos permite tocar a Dios con nuestro amor. Como afirma claramente San Juan: “Nadie puede amar a Dios a quien no ve si no ama a su hermano a quien ve” (1 Jn 4,20).

Mis queridos hermanos, llegados aquí, tenemos que ir más allá y afirmar que la integración de estos dos amores en un solo mandamiento, no solamente recoge y sintetiza toda la Escritura, sino también todo el legado que Jesús quiso dejarle a sus discípulos. Es la enseñanza “prínceps” de Jesús. Estos dos amores juntos hay otra. Los que quieran seguir a Jesús y ser de los suyos no se pueden contentar con practicar el uno o el otro separadamente. Es menester asumir y practicar el uno y el otro. El segundo inspirado por el primero. El primero verificado por el segundo.

Estamos entonces delante de una nueva forma humana de vivir, una nueva concepción de la humanidad en red, en relación. Los seres humanos formamos un solo conjunto, en la casa común del planeta tierra. Hasta ahora hemos desarrollado nuestras culturas y civilizaciones en términos antagónicos, bélicos, de predominio de unos sobre otros, de la imposición por la fuerza del más poderoso. De allí han brotado los sistemas económicos y sociales basados en la competencia hasta la aniquilación o la absorción de los adversarios, creando los grandes monopolios. Otros han entronizado el conflicto como la clave del avance y del progreso humano.

Jesús propone el camino de la fraternidad, de la amistad social como lo llama el Papa en su última encíclica “Fratelli tutti”, que les invito a leer. Hemos llegado a un punto en el fantástico desarrollo de nuestras capacidades tecnológicas y científicas a una encrucijada: o nos hermanamos o nos destruimos todos juntos.

No hay nada en nosotros que no deba estar volcado hacia Dios. No hay nada en nosotros que no deba estar volcado hacia el prójimo. Hemos de aprender a vivir en nuestras familias, comunidades eclesiales, movimientos, grupos y asociaciones, a la vera de Jesús en constante y simultánea actitud de amor divino y de proximidad. No hay manera de amar cristianamente a otro ser humano sino dejándonos insertar por el Espíritu Santo en la corriente de amor de Jesús que brota de su costado abierto, de sus llagas gloriosas, de su cuerpo resucitado, eucarístico y eclesial.  Es desde Jesús crucificado, con Jesús glorificado y por medio de su amor que nosotros podemos amar en espíritu y en verdad a nuestro prójimo. Lo que Jesús nos está pidiendo es que le prestemos nuestra vida, nuestra capacidad de amar, de servir, de entregarnos para seguir él amando concretamente a seres humanos concretos Eso fue lo que hizo el Venerable Dr. José G Hernández, entregarle su vida al Corazón de Jesús para que se hiciera presente entre los venezolanos de toda clase y condición que lo buscaron, pero con especial dedicación a los pobres y sencillos.

No temamos, mis hermanos, en poner nuestras vidas, a la disposición de Jesús, para que él siga haciendo presente y real su amor, y transforme tanto las dolorosas y complicadas realidades en acontecimientos portadores de su reino de gracia y de salvación. Amén.

Carora 24 de octubre de 2020

 

+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Administrador apostólico sede vacante de Carora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                 

domingo, 4 de octubre de 2020

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO A/2020 - HOMILIA

 

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO A/2020

HOMILIA

Lecturas: Is 5,1-7; Salmo 79; Fil 4,6-9; Mt 21,33-43

 

Muy queridos hermanos,

Un propietario plantó él mismo un viñedo, lo cercó, lo dotó de una torre de vigilancia y de un lagar y se lo arrendó a unos viñadores. En el momento de la vendimia, envió criados a recoger la parte que le correspondía, pero los viñadores los maltrataron. Envió finalmente a su hijo, pero los viñadores lo mataron y quisieron apoderarse de la viña y no ser más meros viñadores sino los propietarios. 

¿No les recuerda, mis queridos hermanos, esta parábola, otra historia? Se la recuerdo. El Señor Dios hizo el cielo y la tierra y plantó en el Edén un espléndido jardín. Luego tomó al hombre que había creado y lo colocó en el jardín para que lo guardara y lo cultivara. Luego creó a Eva para que no estuviera solo. Pero, tentados por la serpiente, decidieron no ser solo cultivadores y cuidadores del jardín, sino sus dueños y señores en lugar de Dios. “¡Serán como Dios!”

No ser criaturas ser dioses. No ser simples administradores, sino propietarios. Es la vieja tentación que siempre está rondando en la mente de los seres humanos, recogida en el mito de Prometeo, símbolo de los que se quieren apoderar por la fuerza o la astucia de los poderes de Dios. No han faltado en la historia y en la actualidad los que le dan la razón a Satanás y pregonan que el verdadero camino es hacerse uno mismo dios y no esperar que otro Dios ajeno les dicte lo que tienen que hacer.

Como tantas veces lo ha reafirmado el Papa Francisco en este tiempo de pandemia, podemos llegar a ser víctimas del engaño de creer que somos todopoderosos y olvidar que navegamos todos en la misma barca y en el mismo mar. O llegamos todos a buen puerto o no llega ninguno. La pandemia del COVID-19 ha dejado al descubierto que tenemos una pertenencia de hermanos (FT 32); estamos llamados a repensar nuestros modos de vida, relaciones, organización de nuestras sociedades y sobre todo nuestra existencia a la luz e inspiración de nuevos modos de vidas más abiertos a la fraternidad y a la amistad social entre pueblos, razas, credos y culturas. (FT 33).

El marxismo ateo está rebrotando bajo nuevas formas atractivas como la ideología del género y el feminismo radical. No menos atea es la sociedad del entretenimiento, del placer y del consumo que quiere introducir el neoliberalismo económico globalizado. Aunque parezcan teorías antagónicas confluyen en la pretensión de construir, con las propias fuerzas humanas, un paraíso terrestre, considerando al ser humano, la vida y el cosmos no como algo encomendado sino como algo propio de libre disposición; reduciendo así el Reino de Dios a una realidad totalmente terrenal sin ningún tipo de trascendencia.

La viña es un símbolo muy usado en la Biblia para identificar al pueblo de Israel. Una viña, un viñedo es un bien patrimonial muy importante en la familia (Cfr.1 Re 21,1-29). Jesús se vale de esa imagen tal como la presenta el profeta Isaías en la primera lectura, para dejar en claro que la viña es propiedad de Dios.  Jesús les reprocha a los sacerdotes y los ancianos del pueblo, que, en vez de poner la Palabra de Dios, la Ley los mandamientos de Dios al alcance de los pequeños y de los pobres, “se han apoderado de la llave de ese saber”, se han ensoberbecido de su conocimiento y han impedido que los pequeños tengan acceso al Reino de Dios (Lc 11,52; Mt 23,13). Los dones y carismas, recibidos gratuitamente de Dios no han de ser nunca motivo de orgullo ni de prepotencia, sino un “talento” que debe ser administrado responsablemente y de los cuales Dios nos pedirá cuenta en el último día. “¿Qué tienen ustedes que no hayan recibido?”, recrimina Pablo a los corintios (Cfr. 1 Co 4,7)

La parábola resume toda la historia del pueblo de Israel, la viña elegida del Señor, narrada en el Antiguo Testamento. Jesús es ese Hijo que el Padre envía de último, después de los patriarcas, jueces, reyes, profetas, guerreros y sabios, con la esperanza de que, por tratarse de su Hijo, lo respetarán, lo escucharán y lo reconocerán como el Mesías. Pero ellos no quieren cultivar la viña de esa manera. No quieren educar al pueblo sencillo, no quieren que ellos puedan tener el Espíritu de Dios como lo anunció Joel (Jl 3,1). Quieren un pueblo ignorante, manipulable, dócil, que no se entere de sus acciones inmorales y corruptas. Por eso ven en la persona y el mensaje de Jesús un adversario que pone en peligro su poder religioso, económico y político y deciden eliminarlo. Tal como ocurre en la parábola lo agarrarán, lo echarán fuera de la viña y lo matarán.

Los viñadores, para apoderarse del viñedo, echaron mano de la violencia, del maltrato y del crimen. La larga historia de la humanidad, sobretodo en estos dos últimos siglos, nos ha dejado muy en claro que no se puede construir una civilización humana, que sea un bien para todos, mediante distintas y sofisticadas formas de eliminación de seres humanos. Jesús nos recuerda que esto jamás será el camino para devolver esperanza y obrar una renovación en este mundo. El camino es otro; es el camino inaugurado por Jesús. El camino del amor abierto.

Hoy el Papa Francisco ha hecho pública su nueva encíclica “Fratelli tutti” (FT), sobre la fraternidad y la amistad social entre seres humanos, naciones y religiones. Ha querido firmarla sobre la tumba de San Francisco de Asís, cuya fiesta hoy celebramos, santo del cual él ha tomado el nombre y de quién para escribirla ha recibido una particular inspiración.

Frente a las diversas formas de eliminar o de ignorar a otros, “Fratelli tutti” quiere ser una invitación a reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad abierta y de amistad social. El Santo Padre anhela que en esta época logremos superar las sombras de un mundo cerrado, nos hagamos prójimos de todo ser humano herido y tirado a la vera del camino, superemos los modelos de vida excluyentes y adoptemos formas sociales más solidarias e inclusivas; reconozcamos, de forma real, la dignidad de todas y cada persona humana, y avancemos, entre todos, un deseo mundial de hermandad.

La vocación de nosotros los cristianos como miembros de esta humanidad es darle al mandamiento del amor mutuo que nos dejó nuestro Señor, su plena y total universalidad. Nuestra vocación, para los tiempos post pandémicos no es otra que la de superar los antagonismos, abrir puertas, acoger al otro, construir puentes, emprender una vasta campaña para aprender a dialogar, a convivir, a respetarnos, a apreciarnos, a conocernos, a hacernos hermanos.

Las dificultades son la oportunidad para crecer y no la excusa para la tristeza (FT 78). estamos llamados a convocar y a encontrarnos en un “nosotros” que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades y donde apreciemos como hermanos “todo lo que es verdadero y noble, cuando hay de justo y puro, todo lo que es amable y honroso, todo lo que sea virtud y merezca elogio. Y el Dios de la paz estará con nosotros” (2ª. lectura). Amén.

Carora, 4 de octubre de 2020

 

+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Administrador apostólico sede vacante de Carora

domingo, 27 de septiembre de 2020

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO A/2020 - HOMILIA - EL ASUNTO ES CONVERTIRSE DE CORAZON Y HACER LA VOLUNTAD DE DIOS

 


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO A/2020

HOMILIA

EL ASUNTO ES CONVERTIRSE DE CORAZON Y HACER LA VOLUNTAD DE DIOS

 

Muy queridos hermanos,

¿Qué les parece? Así empieza Jesús, con una pregunta provocativa, la parábola de hoy. Nos tocará entonces estar muy atentos a su enseñanza para darle nuestra respuesta. Jesús acaba de entrar solemnemente a lomo de borrico en Jerusalén, para enfrentar, tal como los él lo venía anunciando reiteradamente, los ineludibles eventos de su pasión, muerte y resurrección. Desde su misma llegada el ambiente se vuelve tenso y peligroso, sobre todo a partir de la expulsión de los mercaderes del templo. Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo cuestionan la autoridad con la que llevó a cabo ese gesto. Jesús les responde con la parábola que acabamos de escuchar y otras, de sabor escatológico, que tendremos oportunidad de escuchar en los domingos siguientes.

¿Qué les parece? Un padre pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a su viña. El primero le dice que no va, pero luego se arrepiente y va. El segundo le contesta ceremoniosamente: “Ya voy, Señor”, pero no se traslada a la viña. Finalizada la parábola, Jesús les pregunta a sus oyentes cuál de los dos hizo la voluntad del padre. Todos concluyen unánimemente que fue el primero porque, aunque de palabra, dijo que no iba, de hecho, fue a la viña.

Con sus respuestas sus acusadores quedaron, sin darse cuenta, en evidencia porque inmediatamente Jesús les hará ver que ellos actúan como el segundo hijo. Dicen que SI a Dios, de manera muy solemne y ceremoniosa, pero no van a la viña, no hacen la voluntad de Dios. Son los supuestos obedientes oficiales a los ojos del pueblo, pero que no le obedecen a Dios, quien dijo innumerables veces: “Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios no holocaustos” (Os 6,6).

Y entonces ¿quiénes son los que están representados en el primer hijo? Los publicanos y las prostitutas, los profesionales del NO, que llevan una vida pública y notoriamente reprobable, pero no están blindados en su maldad, tienen rendijas por donde se cuelan remordimientos, deseos de una vida distinta, y por eso son capaces de acoger el llamado que Cristo les hace, a la conversión y a la fe. Para Jesús no queda duda: “los publicanos y las prostitutas se les han adelantado (a ustedes doctores y ancianos del pueblo) en el camino del Reino de los cielos”.

Los doctores de la ley, los sumos sacerdotes no creyeron en Juan el Bautista mientras que los recaudadores de impuestos y las prostitutas si reconocieron en él un enviado de Dios, lo buscaron, aceptaron su mensaje y le creyeron. La preferencia de Jesús por estos pecadores públicos no se ha de interpretar como un elogio al pecado, como si este fuera una virtud. El vino a sacar el pecado de la vida del mundo y de los hombres. Así lo presentó Juan el Bautista: como “el cordero que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). Jesús está en Jerusalén para el enfrentamiento definitivo con el pecado. Le va a costar dolor, tortura, sufrimiento, cruz y muerte, pero lo va a vencer.

Pero una cosa es el pecado y otra el pecador.  Para ellos derrochará bondad y misericordia Su primera victoria, su primer fruto, será uno de los ladrones crucificados con él. Uno de esos que se pasó la vida diciendo NO, NO, NO, pero al final fue vencido por la bondad, la inocencia, la fuerza del amor misericordioso de un crucificado. San Pablo, que experimentó en carne propia la fuerza transformadora de la misericordia de Jesús, nos apremia en nombre de Cristo, en la segunda lectura, a hacer nuestros los mismos sentimientos que tuvo Jesús. Sentimientos de humildad, de compasión y de bondad y perdón. 

Nos presenta precisamente a Jesús revestido de estos rasgos y sentimientos. Se despojó de su divinidad, se anonadó a sí mismo haciéndose hombre, uno más entre los hombres, tomando la condición de servidor; se humilló a sí mismo y obedeció la voluntad de su Padre hasta la muerte y muerte de cruz. Él es el tercer hijo que, al escuchar a su Padre que le pide: “Hijo, ve a trabajar a mi viña”, le respondió que sí de una vez y se vino, sin demora, a trabajar en ella. Es la viña de la humanidad pecadora.  El Hijo de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros (Jn 1,14).

Comenta hermosamente la Carta a los Hebreos, que, “al entrar en el mundo dijo: No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo. No te agradaron holocaustos ni sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, he venido a cumplir tu voluntad” (He 10,5-7). Por eso, como era un hombre sencillo y humilde entre los hombres, se pudo acercar a los recaudadores de impuestos, a las mujeres de la calle y ofrecerles la gracia del amor misericordioso, el evangelio del reino de Dios para los pobres, los pequeños, los despreciados, los marginados sociales de aquella época.

¡Cuánta falta nos hace dejar entrar el mensaje del evangelio de hoy en nuestras vidas! Porque, hermanos, es alarmante como se ha desvalorizado el valor de la palabra que se pronuncia y que se da. Antes no hacía falta papel, ni firma, ni sello, ni apostilla, ni nada de eso, para que dos personas se comprometieran en algo y cada uno lo cumpliera. Le doy mi palabra. Y eso bastaba. Hoy montamos grandes parafernalias religiosas y sociales, matrimonios, ordenaciones, votos religiosos perpetuos, donde hacemos grandes proclamas de cumplimiento y fidelidad, pero son palabras huecas sin ninguna consecuencia.

Hemos de temblar por el terrible mal que causa el pecado de la doble cara, de la incoherencia del decir ante Dios y la familia, la comunidad, la sociedad, una cosa de boca para fuera y actuar de modo contrario en la vida práctica, pues pone en peligro nuestra salvación eterna, pero hemos de saber que tenemos entre nosotros a Jesús, el manso y humilde de corazón, que, como su padre, es lento a la ira y rico en perdón. En una de sus pocas audiencias el Papa Juan Pablo I hizo este comentario: “Corro el riesgo de decir un despropósito. Pero lo digo: el Señor ama tanto la humildad que, a veces, permite pecados graves ¿Para qué? Para que quienes los han cometido-estos pecados digo- después de arrepentirse y ser perdonados en la confesión lleguen a ser humildes” y de allí en adelante, añado yo, aborrezcan con más fuerza aún esos pecados cometidos y busquen alejarse para siempre de ese mal.

Ojalá Jesús nos encuentre a todos entre los de la primera categoría, del lado de las prostitutas y publicanos.  Que encuentre en nosotros nuevos Mateos, Zaqueos, Magdalenas, adúlteros, Profesionales del NO, pero con un corazón de puertas abiertas, dispuestos a recibir su mensaje, a arrojarnos en sus brazos misericordiosos, pidiendo perdón con lágrimas de arrepentimiento sincero, decididos a empezar con él, una nueva vida de fe, de caridad, y de solidaridad con los más necesitados. No lo dudemos, de nada sirven los gargarismos piadosos si no traducimos la fe en obras (Mt 7,21). Pues obras son amores y no buenas palabras.  

Dejémonos buscar y encontrar por Jesús, que se cuele con la fuerza de su amor y de su misericordiosa paciencia, por alguna rendija de nuestras vidas y nos arranque para siempre de las garras del mal y de la muerte.  Él sabe que somos ovejas de su rebaño, enfermos necesitados de su sanación, personas sumidas en el mal, del cual no podemos salir, por nuestras propias fuerzas, pero si él se acerca, nos tiende la mano y nos atrae hacia sí, conoceremos los verdaderos y gozosos pastos de esta vida.

“Señor, enséñanos a cumplir tu voluntad y a guardarla de todo corazón; guíanos por la senda de tus mandatos, porque ella es nuestro gozo”. (Adapt. Salmo 118)

Carora, 27 de septiembre de 2020

 

+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Administrador apostólico sede vacante de Carora

sábado, 15 de agosto de 2020

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

Lecturas: Is 56,1.6-7; Sal 66,2-3.5-6.8; Rm 11,13-15.29-32; Mt 15,21-28

HOMILIA


Muy queridos hermanas y hermanos en Cristo Jesús,

El evangelio de hoy nos lleva de viaje a los confines del norte de Israel, en tierras de Tiro y Sidón. La Canaán del Antiguo Testamento, donde llegó Abrahán cuando salió de Ur en Caldea (Gen 12,1-6).  El Líbano actual, sumido como sabemos, en una indescriptible tragedia de dolor y muerte. Es una de las pocas incursiones de Jesús fuera de Palestina. El mismo afirma en el evangelio de hoy “que ha sido enviado solamente a las ovejas perdidas de la Casa de Israel”. Pero el encuentro con una mujer pagana va a revelarle la otra dimensión de la voluntad salvífica de su Padre Dios: “que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4).

Ya se había encontrado antes con el caso de un pagano, un centurión romano, que había conseguido la curación a distancia de su servidor, con una extraordinaria manifestación de fe, que Jesús mismo ponderó (Mt 8,5-13) y puso como ejemplo. Mateo relata el encuentro de Jesús con la mujer pagana, y por consiguiente impura y excluida, inmediatamente después de una intensa controversia con los fariseos sobre el tema de la pureza legal (Mt 15,1-20). En esta discusión el Señor había rebatido sus argumentos y había dejado en claro que es lo que vuelve impura a una persona ante Dios. 

El episodio se presenta como una intensa confrontación entre la mujer cananea y Jesús. La música de fondo es el grito insistente de la madre desesperada, dispuesta a lo que sea para conseguir que Jesús cure a su hija poseída. “Señor, hijo de David, ¡Ten compasión de mí! Mi hija es atormentada por un demonio”. Pero Jesús, relata Mateo, permanece indiferente. La razón de su silencio, aparece en un segundo momento, cuando los discípulos, fastidiados por aquellos gritos y temerosos de quedar impuros por el trato con una mujer pagana, le piden a Jesús que la atienda. Ya sabemos la respuesta de Jesús: su Padre Dios no lo ha enviado a recoger ovejas perdidas fuera de Israel sino dentro. 

No siempre logramos entender los comportamientos de Jesús. ¿Cómo podía permanecer insensible al grito de ayuda de aquella mujer angustiada, él cuyas entrañas se estremecieron ante el abandono de la multitud que andaba como ovejas sin pastor? (Cfr. Mt 9,36). La intervención de los discípulos no tiene resultado. Pero miren, hermanos, lo que sucede. 

La mujer que, hasta ese momento, venía detrás de todos ellos, pegando gritos de ayuda, de repente se adelanta, le cierra el paso a Jesús, se postra delante de él, y le suplica por tercera vez: “¡Señor, ayúdame!” La respuesta de Jesús es tajante y dura, como si quisiera ver hasta dónde es capaz de llegar esta madre pagana para conseguir la curación: “No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Los hijos sentados a la mesa, son los israelitas, el pueblo elegido; los perritos los paganos. 

La objeción de Jesús para rechazar una vez más la angustiosa plegaria de aquella mujer, refleja el conflicto que se presentó en la comunidad judeo-cristiana pastoreada por Mateo a finales del siglo primero, ante el dilema de si debía aceptar en su seno o no a paganos convertidos. Para Mateo era necesario tumbar, de una vez por todas, esa barrera y abrirse al mundo pagano. Será la admirable respuesta de la invencible mujer cananea la que le dará el último empujón al muro puesto por Jesús para terminar de derrumbarlo: “Es verdad, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños”. 

¡Qué importante que haya gente, como esta humilde mujer anónima, antepasada de los hoy sufridos libaneses, que estén allí donde hay que estar! Y no tengan miedo de dar el empujón que haya que dar, para caigan los muros que impiden la fraternidad y la convivencia humana. Cristo mismo se quedó admirado, como le pasó con el centurión romano pagano. “¡Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumplan tus deseos!”

La mujer habla de unas migajas. No pretende quitarle el pan a los hijos para que su hija se vea libre del demonio. Bastan unas migajas de la gracia salvadora de Jesús, caídas de la mesa del pueblo judío para que el milagro acontezca. ¿Y bastan! Como basta una sola gota de la sangre de Cristo para redimirnos a todos. La paz y la fraternidad no vendrán con ojivas nucleares, ni bacteriológicas. ¡No, hermanos! Vendrá de un empujoncito, justo donde hay que darlo. Así cayó el muro de Berlín. Y así caerán todos los muros, empujados por los pequeños, los débiles de esta tierra. El de Venezuela caerá así, no de otra manera.  

Ayer, solemnidad de la Asunción, fue la fiesta de otra gran mujer, la de la Virgen María, la madre de Dios. Y oímos una vez más el canto de su Magnificat: “ el Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. Esa es también la evangélica lección que nos dejó, Don Pedro Casaldáliga, obispo prelado de S. Félix de Araguia, en Brasil, que vivió, sirvió, amó y murió hace pocos días, entre los pobres y sencillos. No pongamos esperanza en los poderosos, ni en los déspotas, ni en los dictadores, mis hermanos. De ellos no vendrá nunca la salvación. 

En la segunda lectura de estos domingos S. Pablo hace él también una lectura de esta extensión de la gracia justificadora de Dios en Cristo Jesús a los paganos. Pablo habla de un injerto en el viejo árbol de olivo del pueblo judío (Cfr. Rm 11,1-24). Y en la carta a los Efesios hablará de cómo Jesús es nuestra paz, al demoler, con su cuerpo, el muro divisorio de hostilidad entre los seres humanos (Cfr Ef 2,11-22). 

Ese es el poder de la fe. Jesús no la encontró en la gente de su pueblo (Lc 4,24-26), ni en los doctos fariseos y escribas de Jerusalén (Mc 7,1-13), ni en las ciudades comerciales de Galilea (Mt 11,20-24), ni siquiera en un primer momento en sus discípulos. Ya vimos como los llamaba “los-de-poquita-fe” (Mt 6,30. 8,26. 14,31). Pero entre los paganos, entre las mujeres cananeas, como el mismo se lo hizo ver a sus coterráneos, encontró “gente-de-mucha-fe”, esa fe que derrumba ostracismos étnicos, discriminaciones racistas, religiosas, y hace surgir la convivencia y la vida donde había desaparecido. 

Esa fe de la mujer pagana, esa es la que tenemos que venir a buscar mis hermanos, en cada encuentro con Jesús en la eucaristía. Esa es la fe que necesitamos. La fe en migajas. La fe grano de mostaza. La fe que pide, la fe que grita, la fe que busca, la fe que toca a la puerta desesperadamente. La fe que no se cansa, que se atraviesa, que se arrodilla y llora, que levanta los ojos suplicantes, se agarra del borde de un manto, se cobija debajo de una sombra, porque cree que lo que pide se le dará, lo que busca lo encontrará, la puerta a la que llama se le abrirá, el muro se caerá y del otro lado, una vida nueva florecerá. 

Carora, 16 de agosto de 2020


+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Administrador apostólico sede vacante de Carora

DOMINGO XIX DEL T.O. CICLO A-HOMILIA

DOMINGO XIX DEL T.O. A

HOMILIA

Lecturas: 1 Re 19, 9ª.11-13ª; salmo 84, 9abc.10-14; Rm 9,1-5; Mt 14,22-33

ÁNIMO, ¡SOY YO, NO TENGAN MIEDO!


Mis amados hermanos y hermanas en Cristo Jesús,

Desde el domingo pasado, hemos ido descubriendo que el anuncio del Reino llevado a cabo por Jesús, no es exclusivamente un discurso, sino que incluye al mismo tiempo un actuar. Signos, milagros y enseñanzas se conjugan para manifestar que el Reino de Dios se hace presente y que, en última instancia, coincide con la misma persona de Jesús. Esta es la perspectiva desde la cual hemos de interpretar las acciones que Jesús lleva a cabo en esta sección narrativa del evangelio de Mateo.

El relato evangélico de hoy se sitúa inmediatamente después de la multiplicación de los panes y los peces, texto que escuchamos el domingo pasado. La portentosa manifestación de poder que allí Jesús puso de manifiesto, creó una situación muy particular. En la reseña de este episodio, San Juan acota que, “cuando la gente vio la señal que había hecho, quisieron llevárselo para declararlo rey” (Jn 6,15).

Ante esta peligrosa reacción de la multitud, el Señor toma tres inmediatas decisiones. Primero decide alejar a sus discípulos de ese lugar y les ordena subirse inmediatamente en la barca y zarpar hacia la otra orilla del lago. No quiere que se contaminen con ideas mesiánicas nacionalistas ajenas a las suyas, y con las cuales ya ocultamente simpatizan.  Segundo despide a la gente y las envía a sus aldeas, sin hacer caso a sus pretensiones políticas. Tercero, se queda solo y, como en tantos momentos decisivos de su ministerio, busca encontrarse íntimamente con su Padre, en una oración que abarcará, esta vez, toda la noche. 

La oración es el recurso preferido de Jesús para alejar la tentación que el demonio le vuelve a presentar, valiéndose del contaminante entusiasmo de la multitud. Necesita recordarse él mismo que no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. La oración es fundamental no solo para Jesús sino para todos los que tenemos que enfrentar las tentaciones, vencerlas y mantenernos fieles a los designios del Padre. En Getsemaní, después de haber apartado nuevamente de su camino al tentador, Jesús les recordará a sus discípulos: “Estén atentos y oren para no caer en tentación. El espíritu está dispuesto pero la carne es débil” (Mt 26,41).

Recuperadas todas sus fuerzas espirituales, Jesús decide salir en ayuda de sus discípulos. Los versículos que siguen son una de las más bellas páginas de este evangelio y constituyen una maravillosa catequesis de lo que ocurre cuando el hombre tiene la oportunidad de encontrarse con Dios. Forma un díptico luminoso con el encuentro del profeta Elías con el Señor en la cumbre del Horeb, (Cfr. primera lectura). Les invito a que se acomoden en algún rinconcito de la barca en la que navegan los discípulos para contemplar, asimilar y aplicar en sus vidas esta espléndida manifestación de Dios.  

Los discípulos navegan desesperados hacia la otra orilla. Un viento contrario le ha salido al paso, ha levantado un fuerte oleaje que zarandea la barca y le impide avanzar hacia la costa. ¡Qué bien ilustra esta imagen las tormentas que la Iglesia tiene que enfrentar en sus navegaciones históricas! Unas más fuertes que otras. Actualmente está sumergida en una grande. 

De repente, continúa el relato evangélico, en medio de aquella noche tempestuosa, de oleajes enfurecidos, que para los pescadores y lugareños representan los poderes del mal y de la muerte, aparece una sombra deslizándose sobre las aguas. En el colmo del terror, los apocados navegantes, al confundirla con un fantasma proveniente del sheol, empiezan a gritar. Cuando creen que van a perecer, resuena una voz familiar: “Anímense, Soy yo, no teman”. 

Jesús quiere exorcizar de la mente de sus discípulos toda ínfula de grandeza y superioridad que haya podido generar su participación en la multiplicación de los panes. Quiere que los suyos descubran su pequeñez, su nada y la gran necesidad que tienen ellos también de ser salvados. El primero que pasa por el crisol de esta purificación es Pedro, el piloto de la barca Iglesia.  Le va tocar experimentar en vivo y en directo su poca fe. Para poder más tarde confirmar a sus hermanos en la fe (Lc 22,32) 

En la seguridad con la que salta de la barca para ir donde está Jesús es puramente humana, hay muy poco de fe. Por ello, pronto pierde pie y se hunde en el piélago. Y no le queda otra que tender sus manos hacia Jesús y pedir un desesperado SOS: “¡Señor sálvame! Al momento Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” 

Esta es la experiencia por la que tenemos que pasar todos, mis hermanos: caer en la cuenta de nuestras falsas seguridades, y cuando nos estamos hundiendo, gritar desesperados: “¡Señor, sálvame!” Nuestra vida toma otro rumbo cuando, habiendo tocado fondo, reconocemos la inmensa e imprescindible necesidad de ser salvados por Jesucristo. Una dicha indescriptible nos invade cuando, en el momento de una misa, de una confesión, de un llanto de arrepentimiento, sentimos que su mano se apodera de la nuestra y con fuerza nos arranca del abismo que nos está tragando (Cfr. Sal 93,4).

La figura de Jesús, caminando, en la penumbra de la alborada, sobre el mar impetuoso, invitando a los suyos a cobrar ánimo, a reconocerlo y a abandonar todo temor, rememora las escenas finales de Cristo resucitado.  Con su resurrección el crucificado venció el mal y la muerte que ejercían su dominio sobre los elementos primordiales de las aguas del mar. Ahora como Señor de la vida, camina triunfalmente sobre ellos (Cfr. Sal 77,20) y puede tender su mano salvadora a la humanidad entera para impedir que perezca para siempre.

Pedro sube a la barca de la mano de Jesús, la borrasca cesa y todos llegan a buen puerto. Esa es la gracia del sosiego, y de la paz que embarga los corazones de todos los hombres que viven por años sumidos en la oscuridad, la desesperación y el miedo, y en una de esas alboradas, el Señor con gran misericordia les tiende la mano, la salva de la muerte y colma sus corazones de alegría y perdón. (Is 43,1-5).

Los de la barca, con Jesús y su piloto ya dentro, dejado atrás el peligro que han corrido, se prosternan ante el Señor, reconociendo en él la presencia del Dios vivo y convencidos de que, así como los acaba de salvar a ellos, también tiene suficiente poder misericordioso para salvar el mundo.

La vocación de la Iglesia no estar anclada en mares de calma chicha, sino la de navegar con viento contrario, entre oleajes y mares tormentosos. No le pidamos al Señor que los elimine o los suavice, sino que nos entrene para mantenernos firmes y fuertes en la fe, sorteando los escollos en alta mar. Lo importante es que llevemos siempre nuestros corazones llenos de paz y confianza, y nuestras mentes habitadas por aquellas palabras del Señor: “En el mundo tendrán que sufrir, pero tengan valor: Yo he vencido al mundo” (Jn 16,30)

Hoy somos nosotros los montados en esa misma barca. Jesús está con nosotros y Pedro, en su sucesor Francisco, sigue siendo el piloto. Postrémonos, hermanos, y reconozcamos que ciertamente y, sin ningún género de duda, Jesucristo es el Hijo de Dios, es nuestro Señor y Salvador. No somos nosotros los que calmamos las aguas, ni dominamos los vientos. Es el Señor quien siempre se presentará en medio de nuestras noches, cuando creemos que ya zozobramos y nos dejará oír su voz, que todo lo cambia y lo hace nuevo: “Animo, Soy YO, no tengan miedo”. Amén

Carora 9 de julio de 2020


+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Administrador apostólico sede vacante de Carora



domingo, 5 de julio de 2020

HOMILÍA - DOMINGO XIV DEL T.O. A.2020 - UN CAMINO DE VIDA LLAMADO JESÚS


DOMINGO XIV DEL T.O. A.2020
HOMILÍA
UN CAMINO DE VIDA LLAMADO JESÚS

Muy queridos hermanos y hermanas,
Para entender mejor el mensaje contenido en el evangelio de este domingo, nos ayudará fijarnos en los relatos y episodios que lo anteceden. Narran los rechazos y la consternación con los que fue recibida la predicación de Jesús. Juan Bautista duda. Las principales ciudades y poblaciones importantes de Galilea, como Corozaín, Betsaida, Cafarnaúm, rechazan de plano su mensaje. Sus pobladores se atrincheran tercamente en sus posiciones. Jesús ve allí una dureza de corazón conectada con el pasado del pueblo de Israel y que envuelve toda una generación.
 Por otro lado, lleno de compasión por el abandono y el abatimiento en que se encuentran los moradores de caseríos y aldeas, se ha volcado hacia ellos y les ha anunciado con hechos y con palabras, el mensaje del Reino. Y a diferencia de los casos anteriores, ha encontrado acogida e interés. Es hacia esos rebaños carentes de pastor, que decide enviar sus apóstoles, y ellos también encuentran buena acogida y regresan contentos de su misión (Lc 10,17).
Y entonces, ¡oh maravilla! se produce en él un estallido de profunda alegría, un júbilo inmenso invade su alma y prorrumpe en una oración de alabanza y acción de gracias hacia su Padre. La oración ocupa tanto en la vida como en la predicación de Jesús un lugar importante. Suele retirarse de madrugada o en la noche para orar en descampado. Ora antes de realizar acciones importantes como la elección de sus apóstoles o la resurrección de Lázaro. Les deja a los suyos un compendio y un método de oración en el Padrenuestro. Solo en tres momentos tenemos acceso al contenido de su oración al Padre. Uno de esos momentos es el que hoy presenciamos.
Estamos en uno de los momentos cumbres del evangelio. Tenemos el privilegio, gracias al testimonio de los evangelistas, de entrar en esta intimidad oracional de la vida de Jesús. En primer lugar, alaba, bendice, y da gracias a su Padre, el Señor de cielo y tierra. ¿El motivo de su gratitud? El haber escogido a los pobres y sencillos aldeanos de la Galilea y no a los sabios y entendidos de Judea para compartir su designio, su plan de salvación. Ya el autor del libro del Eclesiástico, Jesús Ben Sirá, lo había anunciado: “Es grande la compasión de Dios y revela sus secretos a los humildes” (Si 3,19-20).
Otro motivo de exultación y acción de gracias: ser depositario de la develación de los planes salvadores de su Padre. Él es el único mediador entre Dios y los hombres (Cfr. 1 Tim 2,5). Para tener acceso a la voluntad salvífica del Padre hay que pasar por su Hijo Jesús. Y el Hijo, acogiéndose al beneplácito y designio de su Padre, quiere encomendar la difusión del Evangelio de salvación a los humildes y sencillos. Ellos y solo ellos serán los portadores de esta misión. Queda corroborada así la primera bienaventuranza.
No solamente pues van a ser los destinatarios preferenciales de su misión (Cfr Mt 11,4-6; Lc 4,18-21), sino también los anunciadores. Estos pobres, de los que nadie se ocupaba, que eran descalificados, los que van a ser, para Jesús, sus evangelizadores preferidos. La suegra de Pedro, una vez curada de la fiebre, empieza a servirles (8,15). El publicano Mateo lo transforma en apóstol (9,9-11). Dos ciegos, una vez recobrada la vista, se fueron y divulgaron su fama por toda la región (9,31).
Pablo lo proclamará primero con el ejemplo de su propia vida y luego con su predicación como lo hizo por ejemplo con la comunidad de Corinto tentada de ínfulas de grandeza: “Miren, hermanos, quiénes han sido llamados: entre ustedes no hay muchos sabios humanamente hablando, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Por el contrario, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes. Dios ha elegido a gente sin importancia, a los despreciados del mundo y a los que no valen nada para anular a los que creen que valen algo.” (1 Co 2,26-29).
¿Quiere Jesús dar a entender que en el cristianismo no caben los sabios ni los inteligentes? Claro que si caben, pero a condición de que se despojen de toda orgullosa prepotencia, de la utilización abusiva del poder, de la voluntad omnímoda de dominio y opresión, y utilicen su sabiduría y su ciencia para hacer el bien, promover el bienestar colectivo, favorecer la fraternidad y el entendimiento entre los pueblos, razas, culturas y religiones.  En el libro de Ben Sirá se lee: “Hijo, mío, mientras más importante seas, más humilde debes ser y alcanzarás el favor de Dios” (Si 3,18). Y Jesús lo resume de esta manera lapidaria: “Quien se engrandece será humillado, y quién se humilla será engrandecido” (Lc 14,11).
Lo que Jesús nos está revelando, mis queridos hermanos, es de gran importancia no solo para los cristianos en particular, sino para todos los hombres. Porque no hay sino un solo Dios y un solo plan de salvación que abarca toda la historia humana, toda la creación, todo el cosmos (cfr. Hech 4,12). Lo que significa que este camino que Jesús revela y que está condensado en su propia persona, el camino Jesús, es el único válido para toda la humanidad de todos los tiempos.
Todo proyecto civilizatorio auténticamente humano ha de tomar este camino de la humildad, de la sencillez como un criterio fundamental.  Los hombres, de cualquier campo de la sabiduría, de la ciencia o de la tecnología, que quieran hacer progresar esta humanidad están llamados a secundar el proyecto que Dios Padre ha dado a conocer en la persona de Jesucristo su Hijo. Un proyecto por consiguiente que tome como centro de su desarrollo, la reproducción del modelo de hombre que es Jesús.
Leemos en el Himno dedicado a Cristo, en el inicio de la carta de Pablo a los Colosenses: “En él decidió Dios que residiera toda plenitud; por medio de él quiso reconciliar consigo todo lo que existe” (Col 1,19-20). Él es el recapitulador de todas las especies humanas que hayan podido existir en este planeta hasta llegar al Homo sapiens. Con él la humanidad ha llegado al ápice, a la cumbre de su desarrollo.
Jesús termina su oración, volteándose hacia los humildes, los abatidos, los abandonados, los deprimidos de todos los tiempos, con un grito bien fuerte, invitándoles a buscarlo, a venirse con él, a entrar en su escuela de humildad, de sencillez, de mansedumbre, de paciencia. “Vengan a mí los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso para su vida.”
Yo te imagino, Señor, parado en la encrucijada de la humanidad, indicándole a los hombres de ayer, de hoy y de siempre tu camino. En una encrucijada donde hay montones de agentes publicitarios, parados allí también, ofreciendo sus caminos. ¿Cuántos te haremos caso y nos internaremos por tus senderos? Tu camino no es atractivo, Señor, no tiene adornos, no tiene colores de arcoíris. ¡Y los demás son tan atrayentes! Tus entrañas se estremecieron ante el abandono de los pobres de tu tiempo. Las nuestras se estremecen ante el dinero, el placer, el sexo, la droga, el culto del entretenimiento. Ya conocemos los gritos del 68 y siguientes: ¡Prohibido prohibir!¡ Paz y Amor! (Deja ser y deja vivir. Amor libre); ¡Just do it¡  Los que detentan los poderes políticos, mediáticos, económicos y las TICs, no se sienten ni cansados ni agobiados. No necesitan tu escuela. Más bien estorbas. No hay sitio para ti en esta posada.
Paradójicamente, después de 20 siglos, tu oferta, Señor, sigue en pie. Los poderes del infierno no han podido acallarla. Hoy se nos da la oportunidad de decir con Pedro: “¿Adónde iremos, Señor? tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68). Queremos uncirnos a tu yugo, compartirlo contigo. Solo así podremos aprender a lo largo del camino tu humildad de corazón y hacer nuestro en espíritu y en verdad, el anhelo profundo de Pablo: “Lo que quiero es conocer a Cristo y sentir en mí el poder de su resurrección, tomar parte en sus sufrimientos, configurarme con su muerte con la esperanza de alcanzar la resurrección de la muerte. 
Carora 5 de julio de 2020
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Administrador apostólico sede vacante de Carora



domingo, 28 de junio de 2020

Solemnidad del Nacimiento de san Juan Bautista

DIÓCESIS DE CARORA

ADMINISTRADOR APOSTÓLICO SEDE VACANTE


Solemnidad del Nacimiento de san Juan Bautista

Lecturas: Is 49,1-6; Salmo 138; Hech 13,22-26; Lc 1,57-66.80


Amados hermanos y hermanas en Cristo Jesús,

La Iglesia celebra a lo grande el nacimiento de san Juan Bautista, precursor del Mesías. Es de los poquísimos santos que tiene dos fiestas en el calendario litúrgico. Su patronazgo ha acompañado, desde sus inicios, la historia de este pueblo que, antes de devenir en Carora, sus principales lugareños, los Axjaguas, nombraban “Bariquigua”. Esta austera Iglesia matriz es el testigo arquitectónico y espiritual más antiguo de este patrocinio, ya que desde su fundación y su repoblación, escasos años después, esta ciudad fue puesta bajo el nombre de san Juan Bautista del Portillo de Carora.

La Liturgia de la Palabra de esta misa nos invita a tomar altura y a contemplar su misión desde una escala aún mayor: desde la misma Historia de la Salvación de la humanidad. De ella forma parte esta ciudad, desde su fundación hasta ahora. Desde esta perspectiva cobra un nuevo y profundo sentido su patronato local. Toda liturgia eucarística nos conecta con los designios salvadores de Dios sobre este mundo, con la Iglesia universal y con todas las comunidades de fieles que nos han precedido en la alabanza y acción de gracias por la protección de S. Juan.

El Evangelio de Lucas ubica el anuncio del nacimiento de Juan dentro del advenimiento de la plenitud de los tiempos; lo presenta como el inicio de la nueva alianza y del cumplimiento de todas las promesas hechas, desde antiguo, por el Señor. Juan pertenece al tiempo de la preparación y de las promesas y también al tiempo del inicio de su cumplimiento. El cierra un ciclo e inaugura otro. Es un hombre bisagra entre los dos Testamentos. 

El anuncio de su nacimiento se produce cuando su papá Zacarías oficia como sacerdote la liturgia más importante del año en el Templo, el lugar más sagrado de la ciudad santa de Jerusalén, capital del pueblo de Israel.  Sitio ideal para que los asistentes entendieran que lo que se inauguraba con el nacimiento de este niño, estaba en perfecta continuidad con toda la historia del pueblo que aguardaba su redención. 

Nada hacía presagiar un acontecimiento fuera de lo normal ese año. Palestina vegetaba, sometida al yugo imperial de los insaciables invasores romanos. Si algo imperaba en Israel era, allí como hoy aquí, el hambre, la enfermedad, la escasez, las injusticias sociales, las represiones, y con ellas, la tristeza, el desespero y la impotencia. Era una verdadera noche la que se cernía sobre aquel pueblo que luchaba por vivir de la esperanza que aun palpitaba en sus corazones. En algún momento Dios se acordaría de ellos y enviaría un restaurador, un libertador. Pero nada presagiaba que iba a ser ese año, precisamente allí en esa liturgia solemne anual. Más bien podríamos decir que todo apuntaba en la dirección opuesta, de la desesperanza y el desconsuelo.  

¿Quién era efectivamente el protagonista de la acción litúrgica?  Un sacerdote mayor, esposo de una mujer fiel y piadosa, pero anciana ella también. Habían llegado a la senectud sin hijos “porque Isabel era estéril” (Lc. 1, 7a). No tener hijos en aquella cultura era considerado un castigo divino, una maldición. Sin embargo, nunca soltaron del todo el tenue hilo de la esperanza y se aferraron a él con una persistente oración.  Fue ese día, allí en el Templo, mientras cumplía con el rito de la incensación que llegó la respuesta: “No temas, Zacarías, que tu petición ha sido escuchada” (Lc 1,13). 

Dios escoge precisamente el momento más doloroso del engranaje de ambas historias para irrumpir y darle un vuelco dramático, con la llegada de un niño con un nombre extraño. El nombre escogido por Dios para el niño es ya en sí mismo, toda una revelación. Significa “Yahvé es favorable”, es decir: “Dios se pone de tu lado”. En aquel nombre, en aquel niño está contenido el poderío del Dios de Israel, para quien no hay nada imposible. Así se lo dio a entender seis meses después a una joven virgen de Nazaret: “Para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37). Juan es hijo de las cosas imposibles hechas posibles por el amor de Dios.

Puede ser que a los ojos de la pobre esperanza de los hombres Dios tarde, pero Él sabe cuándo ha de llegar y, cuando eso sucede, avanza y lleva indefectiblemente sus proyectos a su plena y total realización. Así se lo hace entender a Habacuc, un profeta del Antiguo Testamento, cuya incredulidad combate ordenándole escribir en una tablilla (¡una tablilla como al mudo Zacarías!) la siguiente profecía: “La visión tiene un plazo fijado, camina hacia la meta, no fallará; aunque tarde, espérala, que llegará sin retraso. El ánimo soberbio fracasará; pero el justo por su fidelidad vivirá” (Hab 2,1-4). “El que aguanta hasta al final, remachará más tarde Jesús a sus incrédulos discípulos, se salvará” (Mt 24,13).

Juan viene a recordarnos que hay que perseverar y mantenerse en la fe, porque es en lo más espeso de la noche oscura de la vida de sus padres, que Dios apareció, trayéndoles el don tan anhelado.  La aurora siempre despunta en lo más espeso de la noche. Cuando ya iba a caer el telón sobre este par de ancianos israelitas, que se creían ya condenados a dejar este mundo sin descendencia, he aquí que Dios irrumpe, se manifiesta y transforma aquella triste historia en una historia de amor, de gracia y de salvación. 

Lo que ocurrió en pequeño en el seno de esta familia es lo que Dios le pide a Juan que prepare y anuncie para la humanidad entera, haciéndose el precursor y luego el Bautista y finalmente el mártir de su Hijo Jesús. Juan nos invita a vivir conectados con el Señor, para esperar contra toda esperanza, en las noches oscuras de nuestras vidas, el momento en que con un cocuyito, una luciérnaga, anunciará su aparición y en la penumbra, oirás el nombre de Juan: Dios está de tu lado. Dios está contigo.

La vida y la misión de Juan no se entienden sino en referencia a Cristo Luz. Nadie lo conoce como hijo de Zacarías sino como Juan el Precursor de Jesús, Juan el que bautizó a Jesús. Juan la voz de la Palabra Jesús, Juan el dedo que señaló la presencia de aquel que puso fin a la mudez y a la esterilidad de este mundo pecador. La primera lectura tomada del profeta Isaías, conocida como el segundo canto del Siervo de Yahvé, aunque aparece aquí en la fiesta de san Juan, se refiere en realidad a Jesucristo, Luz de las naciones. 

Juan siempre fue claro y rotundo en su testimonio. Él no es la luz, sino un testigo de la luz, una simple lamparita de luz ardiente (Jn 5,35), que se irá apagando a medida que irá creciendo en el mundo la presencia fulgurante del Señor. “Él debe crecer y yo disminuir” (Jn 3,30), declarará siempre Juan a quienes lo interrogan y lo buscan. De esta postura clara y humilde nadie lo sacará. 

Esa fue la experiencia del Bautista a orillas del Jordán, cuando tuvo que bautizar a aquel de quien no era digno ni siquiera de desatarle las correas de sus sandalias. Cuando salió de aquellas aguas, no le quedaba ya sino una sola misión: la de ser el precursor de Jesús también en la muerte y el martirio. Hasta aquellos confines llegará en el cumplimiento de su misión. Desde el vientre de una estéril hasta su decapitación, nada ocurrió en su vida que no tuviera relación con la persona y la vida de Jesús.

Juan es el santo de la coherencia persistente del hombre de fe. La liturgia y las Escrituras nos invitan a verlo en esta profunda y salvífica vinculación y a empeñarnos nosotros también en darle a nuestras vidas esta misma fuerza testimonial. Juan nos enseña a vivir muy unido a Jesús, como la voz a la palabra, a prepararnos con paciencia y fortaleza, de manera activa, para que esa Palabra definitiva que viene de Dios, irrumpa también en nuestras vidas, sea pronunciada sobre nuestra historia, se manifieste en todo nuestro ser y nos abrace y abrase con su resplandor. 

La fecha para la celebración de su nacimiento, se colocó en junio, seis meses antes de la del Señor Jesús, ateniéndose al mensaje del arcángel Gabriel a María (Lc 1,36). Correspondió con el día que, para aquel entonces se consideraba, el más largo del año, llamado solsticio de verano, pero a partir del cual paradójicamente, comenzaba a declinar el sol. Este fenómeno cósmico y las tradiciones ancestrales ligadas al descubrimiento del fuego y a los cambios revolucionarios que trajo su manipulación y control en las civilizaciones humanas, llevó a numerosos pueblos primitivos a encender, ese día también, inmensas hogueras cultuales, festivas, como intento de retener el sol, de impedir que la claridad declinara y prolongar el gozo de su luz infinita.  

Nace Juan el día más claro y largo del año, pero esa luz no es sino resplandor de otra Luz. No es él la verdadera luz, y para que no quede duda de ello, desde ese mismo día, siguiendo el ritmo cósmico, empezará a menguar, a declinar para que “nos visite el verdadero Sol que nace de lo alto; el único que puede disipar toda tiniebla e ilumina en su totalidad a cuantos viven en tinieblas y en sombras de muerte” (Cfr. Lc. 1, 78-79). Menguando le hizo honor a su nombre y dejó todo el espacio libre para que Jesús, Sol sin ocaso, creciera en los demás sin obstáculo alguno. Cuando el novio apareció, el amigo del novio entendió que debía retirarse, apagó su lamparita, silenció su voz y se fue llenó de gozo. Había cumplido su misión (Jn 3,27-30).

Queridos hermanos, esta fiesta es verdaderamente un pregón de esperanza. Dejemos que el Bautista nos tome de la mano, nos saque de la noche y nos conduzca a Jesús, el día sin ocaso, al Cordero que quita el pecado del mundo. Todos estamos llamados a ser, con nuestras palabras y nuestros ejemplos de vida, otros Juanes y Juanas. No hay vocación más bella en este mundo que señalar a Cristo a los que no lo conocen, que llevar a Cristo otros hermanos, que abrir caminos para que Cristo se manifieste; que dar testimonio valiente de Jesús, la verdadera luz que con su muerte y resurrección, disipa las tinieblas de este mundo y traslada los hombres de las oscuridades del pecados a la luz maravillosa del Reino del Padre.

Así está san Juan Bautista en medio de nosotros, presidiendo este antiguo retablo que se levanta sobre nuestra tierra, para recordarnos que, por encima de este templo, brilla un Sol cuya claridad alcanza y disipa toda tiniebla. Lo mismo que ayer, dejemos que él nos oriente hacia el Señor, nuestra vida y nuestra paz definitivas. Amén.

Carora 24 de junio de 2020


✠ Ubaldo Ramón Santana Sequera FMI

Administrador Apostólico “sede vacante” de Carora

DOMINGO XII ORDINARIO A 2020 — HOMILIA


Mis amados hermanos y hermanas,

Una noticia largamente esperada y anhelada estalló la semana pasada en toda Venezuela. ¡Habemus beatum! El Papa Francisco, el día de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, nos hizo el gran anuncio de la beatificación del doctor José Gregorio Hernández, el médico de los pobres. ¡Qué mejor regalo para el día del Padre que la elevación a los altares de este gran hombre, que hace honor al gentilicio venezolano! 

El anuncio trae consigo una inmensa bocanada de esperanza para todos los venezolanos. Hace mucho tiempo ya que llevábamos este hombre santo en el altar de nuestro corazón. Ya su silueta, deja de ser solo parte del imaginario popular criollo, para agigantarse en un poderoso llamado que Dios nos hace a través de él, para que dejemos definitivamente atrás banderías, intereses egoístas, divisiones ideológicas, odios y rencores y nos pongamos a trabajar todos juntos en la construcción de un solo país, una sola Venezuela. 

En José Gregorio nos encontramos todos. Con él todos nos sentimos cobijados por una sola y misma bandera tricolor; sentimos correr por nuestras venas el brío del mismo caballito de la libertad. Sentimos que podemos entonar juntos el Himno Nacional, que nos podemos querer todos y construir algo que nos reconcilie, nos una, nos junte, nos hermane. ¡Eso es precisamente lo que esta Venezuela golpeada, maltratada y poco amada está esperando que suceda! ¡Hagámonos ese gran bien los unos a los otros! ¡No perdamos este tren de la esperanza, de la unidad y de la paz que la Providencia divina pone a nuestro alcance! 

Grandes lecciones de vida, vastos horizontes de esperanza, despliega ante nosotros el hijo de Benigno y de Josefa Antonia. Impresionantes sus sueños y admirable su capacidad para transformarlos en realidad. En la raíz de esa ceiba frondosa está Dios. Desde el principio quiso ser sólo de él. Quiso ser monje y allá fue a parar a la Cartuja de la Farnetta. Quiso ser sacerdote y allá fue a parar al Pontificio Colegio Pio Latino de Roma. Pero Dios le dio a entender que sí, que sería suyo, un consagrado, un santo, pero en el aula de clase, en el laboratorio, en el consultorio, en el Hospital, en la calle, en el campo. 

Cuando veamos a José Gregorio en los altares nunca se nos olviden sus correrías por las serranías y páramos de su estado natal; sus pasos apacibles por los pasillos de la UCV (¡Cuánto sufriría al recorrer hoy su Universidad y verla tan descalabrada, con sus pasillos derrumbados!); sus visitas domiciliarias por las empedradas calles de Caracas. No se nos olvide que no murió en una cama, de puro viejito, sino a los 55 años, llevándole medicinas a una abuela pobre. En la esquina de Amadores dejó sembrada para siempre su vida. ¡Qué premonición para él que fue, y sigue siendo un gran amador de los pobres! 

¡Qué grande y qué bueno que nuestro primer santo sea un civil, un médico, un profesor universitario, un investigador, un políglota, un filósofo! Los jóvenes becados que salen (o salían) a especializarse en el exterior tiene en él un ejemplo. Fue, estudió, se especializó y regresó. ¡No se quedó anclado en el primer mundo! Se devolvió a su patria para poner sus conocimientos al servicio de su pueblo. 

No hacen falta ni discursos ni argumentos para demostrar cuán fecundo puede ser el diálogo entre la fe y la ciencia. Basta mirar cómo supo armonizar su fe con sus conocimientos científicos. Trajo de Paris en su maleta el microscopio, y el santo rosario en su bolsillo. Su amistad con el eminente médico Luis Razetti, y colegas de la Universidad y del Hospital Vargas, como Domingo Luciani y Rafael Rangel, son un ejemplo de cómo, aunque se piense distinto, la gente sabia y sensata puede unirse para trabajar juntos por el progreso de su patria. 

Sin duda todos admiramos el limpio y ejemplar ejercicio de todos esos cargos y los notables servicios que le prestó al avance de la ciencia, a la formación y actualización del personal médico de Venezuela, gracias a lo cual pudo surgir, en los años treinta y cuarenta, esa gran generación de galenos sanitaristas, de la talla de Arnoldo Gabaldón, que erradicaron temibles enfermedades transmisibles como el paludismo, el sarampión, en Venezuela.  

Pero lo que más ha quedado grabado en la memoria colectiva de sus compatriotas es su entrega en cuerpo y alma, como médico, a la gente sencilla y pobre primero de su pueblo natal y luego de la capital. José Gregorio Hernández es por excelencia el médico de los pobres. En la limpia y clara sonrisa de Yaxuri Solorzano Ortega, la llanerita milagrosamente sanada por Dios, gracias a su intercesión, milagro que lo lleva hoy a los altares, deja en claro que así quiere que se le siga viendo, como el médico de los pobres.  

Este gran caballero viene a juntarse al hermoso trío de religiosas ya beatas: María de S. José, Candelaria de S. José y Carmen Rendiles. Cuatro gigantes de la caridad que Dios pone a nuestra disposición en uno de los momentos más críticos de la historia de Venezuela. Un hombre y tres mujeres sencillos, de familias iguales a las nuestras, que creyeron en Dios y en el poder que tiene el amor cuando se vive con Cristo Jesús. Cuatro modelos de vida. Envueltos totalmente en el amor de Dios, nos indican un camino, un horizonte, una salida hacia la vida, la libertad y la resurrección de Venezuela.  

En el evangelio de este domingo, Jesús al enviar a sus discípulos a anunciar la llegada del Reino de Dios “a las ovejas descarriadas del Israel”, les advierte que van “como ovejas en medio de lobos” y que van a tropezar con toda clase de asedios, presiones y persecuciones para impedir que lleven a cabo su misión. Por tres veces exhorta a los misioneros a no tener miedo. Han de poner al descubierto lo que hasta ahora está encubierto; divulgar lo que está escondido; difundir en los tejados a la luz del día lo que han aprendido con él y de él en las vigilias al descampado. La causa del evangelio no es una causa perdida, aunque a veces lo parezca; no es un proyecto humano, sino de Dios, quien dará fortaleza y confianza a los que se comprometen con ella. Él cuida a los suyos. De él son el mundo y la historia. El futuro pertenece a los que dedican su vida a hacer el bien. 

Eso lo entendió perfectamente el doctor José Gregorio Hernández. No se guardó nada para él. Todo lo que sabía, toda su vida, toda su fe, todo su valor lo puso al servicio de las jóvenes generaciones, de los pobres y sencillos. Le tocó actuar como profesional de la salud en la devastadora epidemia de la gripe española en 1918, y hoy, un siglo después, se hace nuevamente presente, para combatir con nosotros la contagiosa pandemia del COVID19. 

De esta manera una vez más Dios nuestro Padre nos manifiesta su amor y nos dice que no nos ha dejado solos, que está con nosotros, que contamos con grandes y fuertes intercesores que están a nuestro lado. Ese es el mismo mensaje que el Papa Francisco ha querido transmitirnos al escoger la fiesta del Corazón de Jesús para firmar el decreto de beatificación. Estoy con ustedes. No tengan miedo. Crean en la fuerza del amor tal como lo vivió el nuevo beato. Si se unen, se aceptan, se comprenden y ponen a su país y a su gente como único y apasionante objetivo, saldrán pronto del atolladero.  

Que la gracia de esta eucaristía y la próxima beatificación del médico de los pobres pongan fin a la pandemia, al confinamiento, abran de par en par las puertas y ventanas y entre indeteniblemente el aire puro de la esperanza y de la paz, de la justicia y de la vida, de la alegría y de la fraternidad.  Amén.

Carora, 21 de junio de 2020


+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Administrador apostólico sede plena de Carora

lunes, 16 de septiembre de 2019

EUCARISTIA DE CLAUSURA DEL XI ENCUENTRO NACIONAL DE JOVNES DE ACCION CATOLICA (ENJAC)

EUCARISTIA DE CLAUSURA DEL XI ENCUENTRO NACIONAL DE JOVNES DE ACCION CATOLICA (ENJAC)

HOMILIA

Muy amados jóvenes,

Es una gran bendición que todos ustedes jóvenes, a pesar de tantas dificultades y limitaciones, hayan podido congregarse en Maracaibo para llevar a cabo este importante XI Encuentro Nacional de Jóvenes de Acción Católica. En este evento hemos de contemplar un hermoso don de Dios por el que hay que bendecirlo, alabarlo y darle inmensas gracias. 

Todo don que Dios nos hace se transforma a su vez en una misión. Quienes lo reciben adquieren una responsabilidad y un compromiso. Yo estoy seguro de que todos ustedes están muy conscientes de ello. Nada de lo que han vivido aquí este fin de semana es para ustedes solos. Es una misión de todos, con todos y para todos.  A través de ustedes, el Señor quiere llegar a millares de familias, de jóvenes del país y del mundo entero de manera directa y por las redes sociales. Así se los ha hecho sentir el Papa Francisco en el mensaje que les ha dirigido al inicio de este evento. 

La fuerza de la fe está en su raíz y fundamento. Esa raíz y fundamento es Cristo Jesús, muerto y resucitado (Cfr. Col 2,6-7).  Llevémonos esta certeza que Pablo le trasmite a su discípulo Timoteo: en Cristo Jesús muerto y resucitado, se ha hecho presente la salvación de Dios, salvación que trae consigo la presencia permanente del Señor y con él la alegría del perdón, de la compasión, y de la misericordia para las ovejas perdidas de este mundo. 

Con Cristo Jesús ha llegado hasta nosotros hoy de manera concreta, cercana y real todo el poder de la vida, del amor, de la gracia. Y nosotros estamos aquí en esta eucaristía, para testimoniarlo y asumir de nuevo juntos, unidos en Cristo y acompañados por nuestra madre la Virgen María, en esta etapa de nuestra vida, el compromiso de anunciarlo en nuestro país y el mundo entero.

Es imposible que jóvenes cristianos se puedan congregar sin traer a su memoria la dolorosa historia que comparten con sus hermanos; sin pensar en los millones de familiares, compañeros, amigos jóvenes que han salido en busca de mejores horizontes de esperanza; sin tomar consciencia de cómo la familia venezolana está despezada, agobiada, torturada y sometida a las más graves violaciones de sus derechos fundamentales, tal como la ha denunciado la Alta Comisionada de la ONU para los DD.HH. Michelle Bachelet. 

Ante el desbordamiento de la violencia y de la agresividad contra los indefensos; ante los muros, murallas, alambradas y cercos de púas, que se levantan en el mundo para impedir el acceso de los pobres a los países desarrollados, en el mundo se levanta un grito desesperado de millones y millones de seres humanos pidiendo justicia, respeto, reconocimiento de su dignidad. 

Los jóvenes son una materia prima apetecible por los que quieren enriquecerse a costa de ellos; son perseguidos y hostigados por toda clase de negociantes y mercenarios que no quieren su bien sino su utilización para lucrarse y enriquecerse con ellos. Los políticos corren detrás de sus votos, los gobernantes los ideologizan, los mercaderes del sexo los buscan para la prostitución, los guerrilleros los reclutan a la fuerza, los narcotraficantes los quieren ver a todos drogados; los terroristas los vuelven carne de cañón; y no faltan grupos religiosos y sectas que los idiotizan y los vuelven zombis tele-controlados. 

Dios nos advierte, en la primera lectura, por medio de Moisés, del peligro que siempre nos acecha a todos de volvernos adoradores idolátricos de becerros de oro. Jóvenes, no permitan ser sacrificados por los grandes intereses económicos internacionales sobre el altar idolátrico del Dios Moloc del placer, del sexo irracional, de la explotación devastadora de los recursos no renovables del planeta, de políticas públicas corruptas y deshumanizadoras. 

Hagamos lo que esté a nuestro alcance para acelerar por medios pacíficos la salida de los gobernantes inútiles, ineficaces y nefastos que nos han llevado a la ruina moral, política, social y económica. Ya es hora, que se vayan, suelten los puestos de mando que están usurpando y dejen lugar a la gente joven que de verdad ama este país, ama su gente, ama su cultura, su gentilicio, su fe y su naturaleza. ¡No queremos más una Venezuela crucificada, hambrienta, que no es capaz de retener a sus millones de hijos que huyen desesperados y tristes en busca de mejor vida!

Abandonen sin vacilación la cohorte de los depredadores que queman la Amazonía, dejando detrás de si macabros cráteres lunares; despojan a las naciones indígenas de sus territorios; acaban sin piedad con la fauna y con la flora, legando desiertos sin agua ni sombra a las generaciones venideras. No es de extrañar que ante tanta carencia de honestidad y espíritu de servicio desinteresado sean los jóvenes y los niños, como la adolescente Greta Thrumber, que tengan que salir a la calle a defender la dignidad de la vida del feto, del anciano, del minusválido y de la naturaleza.  

No voten por políticos corruptos y manipuladores, embaucadores de oficio que solo buscan acumular poder y dinero a costa de la vida de los pobres y de los ingenuos. Construyan democracia de fuerte contenido social y corresponsable, fundamentada en el Estado de Derecho y Justicia, formando equipos corresponsables con hombres y mujeres honestos, bien formados y preparados, con gran sentido de solidaridad humana y de servicio desinteresado, que luchen frontalmente contra la corrupción, el cambio climático, la contaminación ambiental; empeñados en sacar en un desarrollo económico sustentable basado en el trabajo productivo y la dignificación de la familia heterosexual y acogedora de la vida.  

Ya es hora de que las organizaciones mundiales no se queden en simples declaraciones, sino que tomen decisiones valientes en favor de los pobres espacios de los migrantes, de los desplazados, de la humanización las cárceles y tomen medidas eficaces para detener el tráfico de personas, de órganos y de animales en peligro de extinción.

Ante esta tragedia que ha alcanzado proporciones descomunales y a veces desesperantes, los cristianos han de comportarse coherentemente y sin muchos discursos, salgan a pescar hombres, a buscar ovejas perdidas; a derramar sobre esta humanidad doliente el caudal de amor compasivo y misericordioso, de cercanía y fraterna solidaridad que Cristo dejó en sus manos.

Donde abunda el pecado, ha de sobreabundar la gracia de la salvación (Rom 5,20). Si somos de Cristo, si nos declaramos miembros de su Reino, si pertenecemos a la civilización del amor que él ha inaugurado desde lo alto de su cruz, nos toca entonces asumir en serio su misión. Abramos cauces a su inmenso torrente de amor que brota de su costado abierto; llevémosle los enfermos, los lisiados, los encorvados, los abusados para que pose sobre ellos sus manos sanadoras.

Sean sembradores empedernidos de paz y esperanza en medio de las contradicciones que los envuelven. Acepten el estilo de vida de Jesús. Luchen para que todos puedan sentarse a una mesa donde haya comida, no regalada, ni negociada sino ganada con el sudor de su trabajo.  Acepten morir a comodidades superfluas para dejar que el espíritu de desprendimiento triunfe en sus vidas.

Este Reino de Cristo, donde cada uno es amado, comprendido, incluido, aceptado y valorado en su dignidad está dentro de ustedes. Dejen nacer, brotar y crecer ese Reino dentro de sus proyectos de vida. Que desde ustedes brote ese hombre nuevo, esa nueva tierra y esos cielos nuevos prometidos por el Señor.  Hombre, Mundo, cielo y tierra por los cuales el Señor Jesús vivió y murió, luchó y lloró, se coronó de espinas y se entronizó en la cruz. Suelten sin miedo, compactados en Iglesia, esa fuerza de gracia que recibieron en su bautismo. Dejen vivir a Cristo en ustedes. Cédanle espacio, tiempo, fortalezas y bienes para que él pueda redimir, ungir, salvar, unir, hermanar.  

Este sueño ya Jesús lo hizo realidad en su cuerpo entregado, en su sangre derramada que hoy se da en alimento de vida en esta santa eucaristía. Hoy somos nosotros los publicanos, los pecadores, las ovejas perdidas, los rescatados por su amor los que nos sentamos gozosos a su mesa sabiendo que nos ha perdonado, y nos envuelve en la fuerza transformante de su amor.

Salgamos de aquí convencidos de que, en Cristo Jesús, estamos llamados a ser pescadores de hombres, buscadores incansables de ovejas perdidas, restauradores de imágenes perdidas, reconstructores de familias divididas, edificadores de un mundo misericordioso y compasivo con los más necesitados.

Maracaibo,15 de septiembre de 2019

+Ubaldo R Santana Sequera fmi

Arzobispo emérito de Maracaibo

Administrador apostólico sede plena de Carora

sábado, 27 de enero de 2018

CUARTO DOMINGO ORDINARIO CICLO B - HOMILIA


Muy amados hermanos,
Nos encontramos en los inicios del evangelio de S. Marcos, el evangelista de este año. El domingo pasado asistimos a su primera proclama inaugural anunciando el inicio de los últimos tiempos con la presencia, en su misma persona, del Reino de Dios y de la necesidad imperiosa de convertirse a esa nueva realidad y de aceptar su mensaje. El primer impacto de este anuncio se produjo en la vida de cuatro pescadores del lago de Galilea, que quedaron tan subyugados por su mirada y su apremiante invitación que, en ese mismo momento, sin dilación alguna, decidieron abandonar su trabajo y su familia para hacerse discípulos suyos.
Inmediatamente después Jesús se dirige a Cafarnaúm, puesto fronterizo de importancia por la vía romana que lo atravesaba y que comunicaba el oriente del país con el mar mediterráneo. Era un día sábado. Entra en una sinagoga para orar con su pueblo y se pone a enseñar. El evangelista reseña el impacto de esta enseñanza en los presentes, pero no explicita contenido de esa enseñanza. En cambio, se detiene en la narración del primer milagro de Jesús y del impacto que causa en los asistentes.
Conviene aquí señalar que los cuatro evangelistas no narran los primeros episodios de la actuación de Jesús de la misma manera. Suelen partir de las necesidades concretas de cada una de las comunidades a las que se dirigen, y eso los lleva a acentuar un aspecto u otro de la vida, enseñanzas y milagros del Señor que más pudiesen ayudar a sus destinatarios. Los lectores de S. Mateo eran judeocristianos residenciados en el norte de la Palestina y Siria; los lectores de S. Lucas se encontraban en cambio en Grecia. Los de S. Juan en Asia menor y los de Marcos presumiblemente en Italia.
Cada una de esas comunidades tenían sus propios desafíos e interrogantes y los evangelios buscaban dar respuesta a esas situaciones manteniéndose fieles a la esencia del mensaje evangélico. Eso hace que el primer milagro narrado por Mateo sea el de la curación de un gran número de enfermos, entre ellos un endemoniado. En el evangelio de Juan, el primer milagro sucede en las bodas de Caná. Lucas en cambio lo sitúa en Nazaret, cuando el Señor se escapa majestuosamente del asedio de sus paisanos. Para el evangelista de este año, Marcos, el primer milagro de Jesús es la expulsión de un endemoniado y el fuerte impacto que causa en los presentes en la sinagoga.
Ese hombre estaba allí en la sinagoga, escuchando las lecturas y los comentarios de la Ley, pero seguía en poder del demonio. Ahora llega Jesús; se hace presente en ese lugar religioso emblemático de la organización religiosa del pueblo judío, surgido a raíz del retorno del destierro, y precisamente allí dentro, expulsa al demonio de ese pobre hombre, hasta ese momento bajo el poder del maligno. La Ley no pudo expulsar definitivamente al demonio, pero Jesús, el Mesías de Dios, que viene a perfeccionar la Ley y llevarla a su plenitud (Cfr Mt 5,17), es el que tiene la autoridad para poder liberar del mal y abrir las puertas para que el hombre entre definitivamente en comunión con Dios.
El texto no dice cuál fue la reacción de aquel hombre, si alabó al Señor, si se convirtió. Señala más bien dos aspectos distintos. El primero: los demonios se someten al poder de Jesús. Porque resulta que no era uno. Eran varios. Tienen que salir, pero no sin antes reconocer que, en ese Jesús de Nazaret, está presente el mismo Santo de Dios. Eso es lo que Jesús desea que los auditores suyos descubran y proclamen, que Dios se ha hecho presente, pero en esta oportunidad el primero en hacerlo es el mismo demonio y sus huestes a los cual no les queda más remedio que irse porque han llegado el enviado de Dios, el más fuerte (Cfr. Lc 11,22), el Santo de Dios para establecer el Reino de Dios su Padre.
El segundo efecto se produce en los fieles presentes en la sinagoga. Todos se asombran ante la revelación de una nueva autoridad.  Se dan cuenta que es una autoridad completamente distinta a la de los maestros de la Ley. Estos enseñan, pero su enseñanza ni tiene efecto ni sobre ellos mismos. Jesús mismo recalcará esa gran diferencia entre su enseñanza y la de los doctores de la Ley. Ellos enseñan, pero no ponen en práctica ellos mismos su doctrina. Dicen una cosa y hacen otra. (Cfr Mt 23, 1-12). Jesús en cambio, no solo enseña, sino que respalda su mensaje con acciones liberadoras, sanadoras, reconciliadoras: “Jesús manda a los espíritus inmundos y le obedecen” (v. 27).
Pero el texto no dice que creen en Jesús. Quedan solamente asombrados y regarán por toda Galilea la fama taumatúrgica de Jesús, pero no por eso se difundirá la fe en su propuesta, su persona y su misión. Podemos decir que este es el gran drama que presenta el evangelio de Marcos. Podemos llamar este evangelio, el evangelio de la incredulidad o de la poca fe.
Los doctores de la Ley, escribas y fariseos se bloquean y llegan incluso a tratarlo de endemoniado. Sus familiares lo buscan para recogerlo porque creen que está loco; sus coterráneos de Nazaret y Cafarnaúm lo escuchan escépticos (6,5). Los suyos, a lo largo del evangelio se ganan los amargos reproches de su Maestro y reciben duras invectivas por la dureza de su corazón, su corta inteligencia, su poca fe (4,40) y en el momento álgido de su pasión lo abandonarán, lo renegarán, lo traicionarán. Solo lo acogen y creen en él una mujer siro-fenicia, un oficial romano, un ciego de nacimiento y algunos leprosos. Y el evangelio termina con unas mujeres que al no encontrar el cuerpo de Jesús en el sepulcro y a pesar del anuncio de un ángel de luz que les dice que ha resucitado, salen huyendo de allí, asustadas y desconcertadas (Mc 16,8). Para compensar ese final tan amargo un redactor anónimo añadirá algunas de las apariciones de Jesús resucitado.
Se podría decir que Marcos escribe este evangelio con el propósito de que sus lectores acepten su propia profesión de fe, que coloca como un frontispicio, al inicio del evangelio (1,1) y hagan suya la proclamación de fe del centurión, al final de evangelio, al pie de la cruz, al ver expirar a Jesús: “Realmente este hombre era Hijo de Dios”. (15,39).  O que por lo menos digan como el angustiado papá de un niño poseído por el mal: “¡Creo, pero ayúdame a tener más fe! “(Mc 9,24).
Este ha de ser el propósito de todos nosotros, mis queridos hermanos, al iniciar con la Madre Iglesia, la lectura dominical de este evangelio. Que no nos quedemos en el mero asombro, el impacto, o pidiendo señales y más señales para creer. Que ese asombro ante las palabras, las acciones y la vida de Jesús, nos introduzcan en una profunda experiencia de fe en Jesucristo, el Mesías, el Hijo de Dios hecho hombre, como portador de nuestra salvación definitiva. Que este evangelio sea para nosotros una Buena Noticia que le dé un vuelco total a nuestra vida, que lo asumamos como nuestra brújula de vida y tomemos la firme y gozosa decisión de los primeros cuatro discípulos de dejar nuestras viejas redes a las que tanto estamos apegados y pongamos nuestros pasos tras los pasos de Jesús, nuestro Señor.
¡Cuánto necesita esta calidad de fe nuestro atribulado país para vencer nuestros desánimos, superar nuestras desesperanzas y vernos liberados de los demonios que nos tienen sometidos! Esta es la hora, nos dijo Jesús, en el evangelio del domingo pasado. ¡Despierta, reacciona, es el momento!, dijimos los obispos en nuestra reciente exhortación. Que esta santa eucaristía nos insufle la luz y la fuerza necesarias para convertirnos y creer en el Señor Jesús.

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Maracaibo, 28-01-18