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sábado, 15 de agosto de 2020

DOMINGO XIX DEL T.O. CICLO A-HOMILIA

DOMINGO XIX DEL T.O. A

HOMILIA

Lecturas: 1 Re 19, 9ª.11-13ª; salmo 84, 9abc.10-14; Rm 9,1-5; Mt 14,22-33

ÁNIMO, ¡SOY YO, NO TENGAN MIEDO!


Mis amados hermanos y hermanas en Cristo Jesús,

Desde el domingo pasado, hemos ido descubriendo que el anuncio del Reino llevado a cabo por Jesús, no es exclusivamente un discurso, sino que incluye al mismo tiempo un actuar. Signos, milagros y enseñanzas se conjugan para manifestar que el Reino de Dios se hace presente y que, en última instancia, coincide con la misma persona de Jesús. Esta es la perspectiva desde la cual hemos de interpretar las acciones que Jesús lleva a cabo en esta sección narrativa del evangelio de Mateo.

El relato evangélico de hoy se sitúa inmediatamente después de la multiplicación de los panes y los peces, texto que escuchamos el domingo pasado. La portentosa manifestación de poder que allí Jesús puso de manifiesto, creó una situación muy particular. En la reseña de este episodio, San Juan acota que, “cuando la gente vio la señal que había hecho, quisieron llevárselo para declararlo rey” (Jn 6,15).

Ante esta peligrosa reacción de la multitud, el Señor toma tres inmediatas decisiones. Primero decide alejar a sus discípulos de ese lugar y les ordena subirse inmediatamente en la barca y zarpar hacia la otra orilla del lago. No quiere que se contaminen con ideas mesiánicas nacionalistas ajenas a las suyas, y con las cuales ya ocultamente simpatizan.  Segundo despide a la gente y las envía a sus aldeas, sin hacer caso a sus pretensiones políticas. Tercero, se queda solo y, como en tantos momentos decisivos de su ministerio, busca encontrarse íntimamente con su Padre, en una oración que abarcará, esta vez, toda la noche. 

La oración es el recurso preferido de Jesús para alejar la tentación que el demonio le vuelve a presentar, valiéndose del contaminante entusiasmo de la multitud. Necesita recordarse él mismo que no solo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. La oración es fundamental no solo para Jesús sino para todos los que tenemos que enfrentar las tentaciones, vencerlas y mantenernos fieles a los designios del Padre. En Getsemaní, después de haber apartado nuevamente de su camino al tentador, Jesús les recordará a sus discípulos: “Estén atentos y oren para no caer en tentación. El espíritu está dispuesto pero la carne es débil” (Mt 26,41).

Recuperadas todas sus fuerzas espirituales, Jesús decide salir en ayuda de sus discípulos. Los versículos que siguen son una de las más bellas páginas de este evangelio y constituyen una maravillosa catequesis de lo que ocurre cuando el hombre tiene la oportunidad de encontrarse con Dios. Forma un díptico luminoso con el encuentro del profeta Elías con el Señor en la cumbre del Horeb, (Cfr. primera lectura). Les invito a que se acomoden en algún rinconcito de la barca en la que navegan los discípulos para contemplar, asimilar y aplicar en sus vidas esta espléndida manifestación de Dios.  

Los discípulos navegan desesperados hacia la otra orilla. Un viento contrario le ha salido al paso, ha levantado un fuerte oleaje que zarandea la barca y le impide avanzar hacia la costa. ¡Qué bien ilustra esta imagen las tormentas que la Iglesia tiene que enfrentar en sus navegaciones históricas! Unas más fuertes que otras. Actualmente está sumergida en una grande. 

De repente, continúa el relato evangélico, en medio de aquella noche tempestuosa, de oleajes enfurecidos, que para los pescadores y lugareños representan los poderes del mal y de la muerte, aparece una sombra deslizándose sobre las aguas. En el colmo del terror, los apocados navegantes, al confundirla con un fantasma proveniente del sheol, empiezan a gritar. Cuando creen que van a perecer, resuena una voz familiar: “Anímense, Soy yo, no teman”. 

Jesús quiere exorcizar de la mente de sus discípulos toda ínfula de grandeza y superioridad que haya podido generar su participación en la multiplicación de los panes. Quiere que los suyos descubran su pequeñez, su nada y la gran necesidad que tienen ellos también de ser salvados. El primero que pasa por el crisol de esta purificación es Pedro, el piloto de la barca Iglesia.  Le va tocar experimentar en vivo y en directo su poca fe. Para poder más tarde confirmar a sus hermanos en la fe (Lc 22,32) 

En la seguridad con la que salta de la barca para ir donde está Jesús es puramente humana, hay muy poco de fe. Por ello, pronto pierde pie y se hunde en el piélago. Y no le queda otra que tender sus manos hacia Jesús y pedir un desesperado SOS: “¡Señor sálvame! Al momento Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?” 

Esta es la experiencia por la que tenemos que pasar todos, mis hermanos: caer en la cuenta de nuestras falsas seguridades, y cuando nos estamos hundiendo, gritar desesperados: “¡Señor, sálvame!” Nuestra vida toma otro rumbo cuando, habiendo tocado fondo, reconocemos la inmensa e imprescindible necesidad de ser salvados por Jesucristo. Una dicha indescriptible nos invade cuando, en el momento de una misa, de una confesión, de un llanto de arrepentimiento, sentimos que su mano se apodera de la nuestra y con fuerza nos arranca del abismo que nos está tragando (Cfr. Sal 93,4).

La figura de Jesús, caminando, en la penumbra de la alborada, sobre el mar impetuoso, invitando a los suyos a cobrar ánimo, a reconocerlo y a abandonar todo temor, rememora las escenas finales de Cristo resucitado.  Con su resurrección el crucificado venció el mal y la muerte que ejercían su dominio sobre los elementos primordiales de las aguas del mar. Ahora como Señor de la vida, camina triunfalmente sobre ellos (Cfr. Sal 77,20) y puede tender su mano salvadora a la humanidad entera para impedir que perezca para siempre.

Pedro sube a la barca de la mano de Jesús, la borrasca cesa y todos llegan a buen puerto. Esa es la gracia del sosiego, y de la paz que embarga los corazones de todos los hombres que viven por años sumidos en la oscuridad, la desesperación y el miedo, y en una de esas alboradas, el Señor con gran misericordia les tiende la mano, la salva de la muerte y colma sus corazones de alegría y perdón. (Is 43,1-5).

Los de la barca, con Jesús y su piloto ya dentro, dejado atrás el peligro que han corrido, se prosternan ante el Señor, reconociendo en él la presencia del Dios vivo y convencidos de que, así como los acaba de salvar a ellos, también tiene suficiente poder misericordioso para salvar el mundo.

La vocación de la Iglesia no estar anclada en mares de calma chicha, sino la de navegar con viento contrario, entre oleajes y mares tormentosos. No le pidamos al Señor que los elimine o los suavice, sino que nos entrene para mantenernos firmes y fuertes en la fe, sorteando los escollos en alta mar. Lo importante es que llevemos siempre nuestros corazones llenos de paz y confianza, y nuestras mentes habitadas por aquellas palabras del Señor: “En el mundo tendrán que sufrir, pero tengan valor: Yo he vencido al mundo” (Jn 16,30)

Hoy somos nosotros los montados en esa misma barca. Jesús está con nosotros y Pedro, en su sucesor Francisco, sigue siendo el piloto. Postrémonos, hermanos, y reconozcamos que ciertamente y, sin ningún género de duda, Jesucristo es el Hijo de Dios, es nuestro Señor y Salvador. No somos nosotros los que calmamos las aguas, ni dominamos los vientos. Es el Señor quien siempre se presentará en medio de nuestras noches, cuando creemos que ya zozobramos y nos dejará oír su voz, que todo lo cambia y lo hace nuevo: “Animo, Soy YO, no tengan miedo”. Amén

Carora 9 de julio de 2020


+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Administrador apostólico sede vacante de Carora



domingo, 19 de noviembre de 2017

HOMILIA DOMINGO XXXIII ORDINARIO CICLO A 2017 RESPONSABILIDAD E IRRESPONSABILIDAD DEL DISCIPULO DE JESUS

DOMINGO XXXIII ORDINARIO CICLO A 2017
HOMILIA
RESPONSABILIDAD E IRRESPONSABILIDAD
DEL DISCIPULO DE JESUS

Este evangelio forma parte del quinto y último bloque de discursos en los cuales el evangelista Mateo ha distribuido y ordenado la enseñanza de Jesús Maestro y se sitúa entre la parábola de las diez vírgenes y la del Juicio Final que leeremos el domingo que viene. Las tres tienen que ver con actitudes fundamentales de los discípulos de Jesucristo ante el advenimiento definitivo del Reino de Dios. La parábola de las 10 vírgenes insiste en la necesidad de estar siempre dispuestos ante la llegada inesperada del Reino de Dios. La parábola de hoy, conocida como parábola de los talentos, se refiere al uso responsable y servicial de los dones recibidos para contribuir al crecimiento del Reino de Dios en este mundo.  La parábola del juicio final finalmente pone de manifiesto la importancia decisiva de la atención y servicio a los pequeños y humildes como contraseña para poder tener acceso al gozo del Reino.
La parábola de los talentos trata de dos temas de gran importancia y actualidad:  el primero, los dones que cada persona recibe de Dios y el modo en que los recibe y en segundo lugar el diverso comportamiento de esas personas en el uso de esos dones, de acuerdo a la idea que se hagan de Dios. Con la imagen de los talentos, moneda de grandísimo valor en tiempo de Jesús, se quiere dar a entender que toda persona ha recibido dones y cualidades en abundancia para glorificar a Dios y servir a su prójimo. La forma de comportarse de los tres servidores en el uso de esos dones varía según la conciencia que tienen de haberlos recibido gratuitamente de Dios, de la obligación de comportarse como administradores y no como dueños y por consiguiente de ponerlos al servicio de sus hermanos. Veamos desde esta óptica el desarrollo del relato.
Un hombre poseedor de muchos bienes, antes de salir de viaje, los distribuye entre tres servidores suyos: a uno le da cinco talentos, a otros dos y al tercero uno; a cada uno según sus capacidades. Eso quiere decir que a cada uno le da lo que son capaces de gestionar. El tamaño de sus tasas es distinto, pero a los tres se las llena. ¡Un talento corresponde a 34 kilos de oro! Prosigue el relato narrando dos tipos de comportamiento de estos servidores: los dos primeros hacen producir inmediatamente el patrimonio recibido; en cambio el tercero decide enterrarlo.
El dueño se marcha lejos por un tiempo indeterminado y de repente regresa y pide rendición de cuentas. Los dos primeros tienen la misma postura: nos entregaste cinco o dos talentos, hemos duplicado el patrimonio. Aquí tienes en vez de cinco diez y en vez de dos cuatro. La respuesta del dueño de la hacienda es también idéntica: “Muy bien, servidor bueno y fiel, ya que fuiste fiel en lo poco te pondré a frente de mucho más; entra a participar de la alegría de tu señor”. La capacidad de estos dos primeros servidores estuvo a la altura del patrimonio que se les entregó y eso los hacía merecedores de mayor confianza. Pero lo maravilloso de la historia es que el amo no se contenta con confiarles mayores responsabilidades, sino que los invita a participar de su casa, de su alegría, de la intimidad de su vida.
Se presenta el tercer servidor. Tiene una visión muy negativa de su señor. Esta imagen lo bloquea, le causa miedo y decide enterrar el talento hasta el momento de la rendición de cuentas.  Cuando el dueño lo llama se presenta con el mismo talento que había recibido y se lo devuelve. No produjo nada. Se mostró flojo, desconfiado e improductivo. La negativa imagen que tenía de su dueño representa la falsa imagen de Dios que tenían no pocos dirigentes religiosos del tiempo de Jesús. Jesús la critica fuertemente en la frase que el dueño le dirige al servidor: “servidor malo y perezoso”.  No se comportó como servidor fiel, sino que quiso actuar por su cuenta.
La parábola no dice que el dueño les pidió a los servidores que pusieran a producir los talentos recibidos. Está claro que Jesús, con la imagen de los talentos, se está refiriendo a los dones, cualidades y capacidades que los hombres han recibido de Dios para servirse de ellos para mejorar el mundo y las condiciones de vida de la humanidad. Los avances de la ciencia y de la tecnología, los nuevos conocimientos, los progresos en todos los campos de la medicina, de la biología, de la astrofísica, de la producción alimenticia deben servir para que todos puedan llegar a vivir humanamente, en sociedades convivenciales, donde se tomen particularmente en cuenta los más pobres y desasistidos.
Los bienes de esta creación, de la ciencia y de la tecnología de la información no pueden servir para que solo unos pocos se hagan ricos y vivan cómodos. No somos dueños de los bienes de la creación. Utilizarlos para una minoría acomodada e individualista es como si los dejaran enterrados. Nadie tiene derecho a reservárselos ni menos a dejarlos allí enterrados mientras millones de seres humanos yacen en la miseria, el hambre, la ignorancia en calles, barrios y campos improductivos o cercados. De esto es precisamente es que el Papa Francisco quiere que tomemos conciencia colocando en este domingo 33 ordinario del año la celebración de la Jornada Mundial de los Pobres.
El amo de la parábola confió en sus tres servidores. Les correspondía comportarse con esos bienes confiados no como dueños sino como simples administradores. Manejar los bienes de la creación, de una nación como si fueran nuestros, es la raíz de la inequidad, de los populismos que traen consigo la descomposición social, las guerras, los cataclismos, la miseria, la hambruna y toda clase de reacciones violentas y radicales. Si queremos erradicar la violencia y la guerra tenemos que poner a producir los bienes de la humanidad para que alcancen para todos. El cristianismo, el discipulado de Jesús no son bonitas palabras, discursos rimbombantes, son acciones que transformen la vida, respondan a las necesidades, programas que erradiquen enfermedades, endemias, epidemias y enfermedades mortales. Son proyectos que hagan avanzar la libertad, la igualdad y sobre todo la fraternidad y la convivencia entre todos sin exclusión de ninguna forma.
Hoy deben resonar con más fuerza en nuestro corazón y en el santuario de nuestra conciencia estas claras palabras del apóstol Juan:” Si uno vive en la abundancia y ve a su hermano padecer necesidad, y no se compadece de él, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijos, no amemos solo de palabra ni de boca, sino con hechos y según la verdad” (1Jn 4,16-18; Cf Sant. 2,15).
Si el tercer servidor hubiera amado, si hubiera conocido a Dios como una persona amorosa y buena, no l hubiera tenido miedo, no hubiera enterrado su talento, sino que lo hubiera puesto a producir para que otros tuviesen vida y la tuviesen en abundancia. Hubiera desterrado el temor “porque el amor excluye todo temor, porque el temor mira al castigo” (1 Jn 4, 20). El miedo es enemigo del crecimiento del Reino de Dios y de toda felicidad. Tenemos en nuestras manos los dones que Dios nos ha regalado para que los hagamos fructificar. Esconderlos por miedo a arriesgar o a equivocarnos es un acto de grave irresponsabilidad. Esta parábola nos invita a una fidelidad creativa, responsable y arriesgada.
¡Qué alegría saber que hay gente con inmensa capacidad de servicio! Que ejerce con generosidad y entrega su responsabilidad social, y no solamente entrega sus bienes, sino que pone su tiempo y sus talentos al servicio de la defensa de la dignidad humana de los pobres, de los indigentes, de los enfermos terminales, de los abuelos, de los niños discapacitados, de las mujeres abusadas sexualmente, maltratadas y violentadas. El Señor se alegra de estos diligentes servidores. Que haya muchos de ellos al frente de nuestro país, de los organismos internacionales, de las empresas y de las universidades y de los centros de la ciencia y de la tecnología.
Estemos todos atentos y examinémonos a la luz de esta parábola porque existe el peligro real de no poner lo que somos y tenemos al servicio del bien y escudar nuestro egoísmo y comodidad criminal usando imágenes falsas y deterministas de Dios. Nos exponemos a la hora de la rendición de cuentas a oír esta tremenda sentencia: “Servidor malo y perezoso. Quítenle el talento; entréguenselo al que tiene diez. Y a este servidor inútil, arrójenlo fuera, a las tinieblas, allí habrá llanto y desesperación”.
¿Queremos oír más bien, a la hora de la rendición de cuentas, de la boca de nuestro Señor la misma frase que oyeron los dos primeros? “Muy bien siervos fieles y buenos, han sido fieles en lo poco, te voy a confiar mucho más, entra a gozar de la alegría de tu Señor”. Entonces pongámonos a la altura de los dones recibidos, usémoslos con responsabilidad, pongámoslos a producir activamente sin perder tiempo para que den fruto, no cualquier fruto sino los que piden las circunstancias y la realidad en la que vivo y la fidelidad al evangelio y al Señor que me los ha confiado. 
Maracaibo 19 de noviembre de 2017

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 5 de noviembre de 2017

DOMINGO XXXI ORDINARIO DEL AÑO CICLO A HOMILIA

DOMINGO XXXI ORDINARIO DEL AÑO CICLO A
HOMILIA

En estos últimos domingos el evangelio de San Mateo nos ha presentado las controversias y polémicas provocadas deliberadamente por distintas autoridades religiosas judías contra Jesús en Jerusalén, buscando minar su popularidad y presentarlo como un enemigo del imperio romano. Hemos visto desfilar a maestros de la Ley, saduceos, fariseos, herodianos con preguntas malintencionadas y las respuestas de Jesús, muchas de ellas mediante parábolas, que los ha dejado confundidos.
La oposición de los dirigentes religiosos a la persona y al mensaje de Jesús ha estado presente desde el principio de su ministerio. Se enfrentaron primero con Juan el Bautista (Mt 3,7) y, una vez desaparecido Juan, se centró en él (Cf Mt 5,20;9,3.11; 12,1-42). En cada momento el Señor fue señalando sus deficiencias. El evangelio de hoy trae el inicio de un capítulo en el que Jesús recapitula todos sus señalamientos y reprueba con fuerza su estilo de liderazgo. En el texto de hoy Jesús se dirige a la multitud y a sus discípulos, pero la segunda parte se dirigirá directamente a los maestros de la Ley y a los fariseos.
Este mensaje no va dirigido solamente a ellos sino a todos los líderes religiosos de nuestra Iglesia y a todos los cristianos que ejercen algún tipo de liderazgo tanto en su familia, como en su comunidad eclesial y en la sociedad. Todos estamos llamados a acogerlo con un corazón abierto y a revisar nuestra conducta a la luz de la enseñanza que contiene. Más que un ataque a una categoría de dirigentes, es un fuerte aldabonazo de alerta y una advertencia que nos previene para que nos miremos en ese espejo y cuestionemos seriamente nuestra vida y conducta a ver si se adecúa al estilo de Jesús.
Antes de cuestionarlos, Jesús reconoce la autoridad del contenido de su enseñanza. Saben lo que dicen. Explican bien la Ley. Por eso invita a sus oyentes a hacer y observar todo lo que ellos le digan. Pero inmediatamente añade: “pero no actúen conforme a sus obras porque ellos no hacen lo que dicen”. Esta flagrante incoherencia se refleja en tres conductas: manejan un doble código: dicen, pero no hacen lo que dicen. Son duros con sus seguidores: les imponen cargas pesadas en las espaldas que ellos no son capaces de llevar; actúan para ser vistos. Es decir, quieren llamar la atención con sus atuendos, buscando los primeros puestos en actos religiosos y banquetes y exigen que se les llame por su título: Rabí.
Jesús va a partir de este título para describir cuál ha de ser el comportamiento de sus discípulos tanto en su casa como en la comunidad, a partir de tres títulos muy usados en aquellos tiempos: rabí o maestro, padre e instructor. Rabí es un título de autoridad revestido de honorabilidad. En el evangelio de Mateo la única persona que le aplica este título a Jesús es Judas Iscariote en el momento de la traición (Mt 26,25.49). El padre, en el contexto socio-cultural vertical y machista de aquella época, era considerado como un jefe absoluto, el dueño de todo y de todos, que tenía potestad sobre todos los de su casa y a quien por consiguiente todos debían de estar sometidos. El instructor es un tutor, y algunos estudiosos lo entienden como un preceptor al servicio de alumnos de la élite.
La enseñanza de Jesús va más allá de un simple problemas de títulos. Afronta con seriedad un asunto de mucha monta que podemos recoger en esta pregunta: ¿Cuáles han de ser las actitudes por las que han de regirse sus seguidores dentro de las comunidades discipulares?
Ante estas conductas Jesús puntualiza el comportamiento personal y comunitario por el que han de regirse los suyos: todos ustedes son hermanos. Esa es la postura fundamental por la que han guiarse sus discípulos para construir su Reino: vivir en comunidades fraternas. Por consiguiente, no pueden reproducir entre ellos las posturas reflejadas en los títulos antes descritos. Si van a ejercer alguna conducción en la comunidad no puede ser con la vieja figura del padre, investido de un poder absoluto sobre todos los demás. No pueden estar detrás de títulos ni reconocimientos. Jesús acepta el título de rabí, pero lo ejerce fuera de las escuelas y academias, al aire libre, sentado en una colina o a la orilla del lago o en una casa. Sus oyentes son la gente sencilla, los campesinos, los pescadores, las amas de casa.
En cambio, los modelos que han de tratar de reproducir es el del Padre que está en los cielos: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Sean misericordiosos como su Padre celestial es misericordioso”.  El modelo de Jesús: Él es nuestro instructor, el Mesías.
La actitud fundamental que recoge y sintetiza todas las demás posturas es la de servidor: que el mayor entre ustedes sea su servidor. La autoridad en la comunidad eclesial se ejerce según estos modelos en cuanto se vive en comunión con el único Padre, el único Maestro y el único Instructor. Es decir, con las tres personas divinas. Y la motivación fundamental que debe estar detrás de todas las demás es la del servicio.
Los miembros de las comunidades cristianas que participan en la vida de la Iglesia se unen desde en Cristo Jesús partiendo, con él y como él, desde lo último, desde lo más bajo y sencillo. Por el camino de la humildad y de la pequeñez. Por eso Jesús propone el camino de la unificación en Él: partir desde lo más bajo posible, como el servidor que se humilla. El se humilló hasta el extremo de la muerte y de la muerte en cruz y su Padre lo engrandeció con la resurrección (Cf Fil 2,5-11). Esa fue su actitud fundamental que se manifestó plenamente en el acontecimiento de la Cruz.
Allí llega a su culmen su autoridad: su perfecta coherencia entre su enseñanza y su actuación, Allí alivió la carga de todos nosotros, soportó nuestros sufrimientos y cargó nuestros dolores, llevando sobre sus espaldas el peso de nuestros pecados (Cf Is 53,4-5). Allí se despojó de su rango, de su túnica para revestir a todos los hijos pródigos que llegamos a sus pies, con el vestido de fiesta de la dignidad de hijos de su Padre. Allí se sentó en el último lugar del mundo para sentarnos a todos a su mesa. Allí, en el Gólgota, la cruz se volvió su cátedra real para enseñarnos a todos cómo ser hijos de Dios en espíritu y en verdad y hermanos animados por la fuerza del amor.
¡Qué bien nos viene a todos nosotros, curas y obispos y a nuestros líderes políticos, cristianos o no, despojarnos de las falsas actitudes de liderazgo!: la doble vida, la falta de compromiso, el buscar ser vistos, aplaudidos y sentados en los puestos de honor y adoptar el verdadero modelo de liderazgo que influye en la transformación de las relaciones humanas y sociales; la del servicio desinteresado que no busca otra recompensa que la cumplir bien su servicio si alharaca ni aplausos.
La Cruz purifica nuestro corazón y nos hace auténticos, nos despoja de las apariencias y hace que brote la verdad de nuestro ser, nos coloca en el lugar social correcto para que, levantando las cargas de los demás, todos juntos crezcamos en la dirección del Dios Padre, Maestro y Guía en quien todo converge.
Maracaibo 5 de noviembre de 2017

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 18 de octubre de 2015

DOMINGO XXIX ORDINARIO DEL CICLO B - REFLEXIÓN BÍBLICA A PARTIR DE Mc 10,35-45

DOMINGO 29 ORDINARIO DEL CICLO B
REFLEXION BIBLICA A PARTIR DE Mc 10,35-45
ENTRE USTEDES NO HA DE SER ASI
Nos encontramos en la larga sección del evangelio de Marcos en la que Jesús le dedica la mayor parte de su tiempo a enseñar a sus discípulos mientras atraviesa caminando todo el país, desde el Hermón al norte hasta Jerusalén, la capital,  al sur. Esta enseñanza se inicia inmediatamente después que Pedro, en nombre de los Doce, reconoce y afirma el mesianismo de Jesús (Cf 8,29). Marcos la organiza en torno  a tres anuncios proféticos en los que Jesús da a conocer cómo quiere su Padre Dios  que  lleve a cabo su misión mesiánica: por un camino  de dolor, sufrimiento, cruz y muerte  en Jerusalén (Cf 8,31. 9,31 y 10,33-34).
El evangelista pone además fuertemente en relieve el total desfase e incomprensión de este camino por parte de los apóstoles. Después del primer anuncio, Pedro trata de disuadirlo, se lo lleva aparte y lo reprende (8,32); después del segundo anuncio, Jesús se da cuenta que sus discípulos venían discutiendo por el camino quién de ellos es el más importante (8,34). Y el evangelio de hoy reseña que inmediatamente después del tercer anuncio, se acercan los hermanos Santiago y Juan para pedirle puestos de honor y de poder. En varias oportunidades el evangelista nos hace saber que los discípulos no entienden nada y siguen a Jesús llenos de temor y de miedo (9,32; 10,24.26.32).  Y para poner más en evidencia lo lejos que están de su Maestro,  enmarca toda la caminata del Señor entre dos curaciones de ciegos: la del ciego de Betsaida al inicio (8,22-26) y la de Bartimeo en Jericó al final (10,46-52).
Los protagonistas de esta ceguera para seguir a Jesús por donde él quiere llevar a los suyos son los hermanos Santiago y Juan. Figuran entre los primeros en seguir a Jesús. Pertenecen a una familia acomodada de pescadores que poseen varias barcas y cuentan con varios trabajadores (Cf 1,20). Parece que también están vinculados a Jesús por vínculos de parentesco. Junto con Pedro, gozan de la preferencia del Señor que invita a los tres solamente en varias oportunidades para compartir con él experiencias más significativas: lo acompañan a la casa de Jairo (Mc 5,37), al monte de la Transfiguración (9,2), al Jardín de Getsemaní (14,33).  A lo mejor quedaron impresionados en el momento de la Transfiguración del Señor por  la presencia a su lado de Moisés y de Elías (Mc 9,4) y decidieron tener acceso ellos también a ese privilegio.
 El hecho es que se le acercan y le piden que les dé a cada uno un puesto preferencial en su gloria: “Cuando estés en tu gloria, concede que uno de nosotros  se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda”.  Una vez más, con mucha paciencia, Jesús les explica que no saben lo que están pidiendo; que él no ha venido a este mundo a distribuir cargos y puestos de poder. Que lo único que él les puede ofrecer es seguirlo por  el camino que él está recorriendo.  Camino que presenta con dos imágenes: “¿Pueden beber la copa que voy a beber y sumergirse en el bautismo en el que me voy a sumergir? (10,38) Es el mismo camino que anteriormente el Señor ha ofrecido con otras imágenes: “El que quiera  ser mi discípulo que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”  (Cf 9,34).  El hecho es que para seguir a Jesús hay que acompañarlo por el camino que lleva a la cruz en el Calvario.
Si nos remitimos a los textos anteriores que hemos estado leyendo los domingos anteriores, nos damos cuenta que el Nazareno cuestiona cuatro modelos de relaciones provenientes de la tradición patriarcal y que no considera propias del nuevo discipulado del Reino de Dios: la relación conyugal (10,1-12), la relación paterno-filial (10,13-16), la relación con el dinero (10,17-31) y la relación con el poder (10, 35-45).
Esta última es la que trata en el evangelio que acabamos de escuchar.  Santiago y Juan piden poder. Llama la atención que los ciegos que Jesús encuentra por el camino son muchos más sensatos y le piden a Jesús lo que realmente necesitan, ver, y que está al alcance de Jesús: devolverles la vista.  Santiago y Juan que caminan con Jesús hacia Jerusalén buscan sentarse en puestos de relevancia, no saben lo que realmente necesitan y por consiguiente se equivocan a la hora de pedir. En una carta atribuida precisamente al apóstol Santiago leemos este comentario: “Ustedes codician y como nada obtienen entonces matan; envidian pero como nada logran, no cesan de reñir y de pelear. Nada obtienen porque no piden. Piden y no reciben porque piden mal, con la intención de satisfacer sus deseos de placer” (Sant 4,2-3).  No comprenden que lo que tienen que pedir al Señor es ser capaces de beber su cáliz de dolor y amargura y sumergirse en las aguas bautismales de la muerte en cruz para poder resucitar a una vida nueva. Quieren la gloria sin pasar por el sufrimiento y el dolor.
Debemos reconocer, queridos hermanos y hermanas, que lo que le pasaba a Santiago y a Juan nos pasa también a nosotros. Le ha pasado a todas las generaciones de los que quieren seguir a Jesús. Ya San Pablo se lo remachaba a los corintios: “Nosotros proclamamos a un Mesías crucificado, tropiezo para los judíos y locura para los no judíos y sin embargo, para los que Dios ha elegido, sean judíos o griegos, un Mesías que es fuerza y sabiduría de Dios” (1 Co 1,23-24). También a nosotros se nos hace cuesta arriba aceptar el camino de vida que Jesús nos propone.  Es un camino totalmente opuesto al camino de felicidad y de realización humana que nos ofrece el mundo globalizado y mercantilista de hoy.  Jesús nos dice que no nos debemos dejar alucinar por los proyectos humanos basados en la búsqueda del éxito, de la fama, de la riqueza, del poder y del placer.  Esos son modelos engañosos propuestos por los príncipes de este mundo que no conducen a ninguna parte,  arruinan nuestra existencia, traen pobreza y división entre los seres humanos y contaminan y destruyen el planeta.
Para el Señor la plena realización humana se alcanza cuando un ser humano, olvidándose de sí mismo, organiza y articula la totalidad de su vida, en todas sus dimensiones, en torno a la mística del servicio y de la entrega de la vida a favor del bien y del crecimiento de los demás. Así fue como él mismo organizó su vida y planteó su misión obedeciendo  a la voz de su Padre.  “El que quiera ser importante que se haga servidor de los demás y el que quiera ser el primero entre ustedes que se haga esclavo de todos porque el Hijo del hombre no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por todos”. 
Desde esta postura, desde esta mentalidad es cómo se construyen relaciones verdaderas, se aprende a respetar y dignificar a todas las personas sin exclusión de ninguna especie,  se promueve la  auténtica convivencia fraterna respetando la pluralidad de visiones, de vocaciones y de pensamientos, se colocan en manos de las nuevas generaciones  la misericordia y la compasión como herramientas indispensables para superar los rencores, resentimientos y apetitos de venganza y retaliación. Sólo así se justifica que existan seguidores de Jesús y tenga razón de ser la Iglesia en este mundo. 
Que el Señor nos conceda a todos, como nos lo enseña la lectura de la carta a los Hebreos (4,14-16)  acercarnos “con plena confianza al trono de la gracia para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener la ayuda necesaria” para crecer en la mística del servicio siguiendo el modelo de Jesús y sepamos encontrar los gestos, las opciones y los modelos de vida que toquen los corazones de los que aún no la conocen. 

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
  Arzobispo de Maracaibo


domingo, 2 de agosto de 2015

JESÚS PAN DE DIOS BAJADO DEL CIELO QUE DA VIDA AL MUNDO.

HOMILÍA DEL DOMINGO XVIII. CICLO B

Lecturas: Éxodo 16,2-4.12-15; Salmo 77: El Señor les dio pan del cielo; Ef 4, 1.7.20-24; Jn 6,24-35

JESÚS PAN DE DIOS BAJADO DEL CIELO QUE DA VIDA AL MUNDO

Estamos leyendo estos domingos, el capítulo 6 del evangelio de San Juan. Este texto es una especie de paréntesis que interrumpe la lectura continuada del evangelio de San Marcos. La lectura se inicio el domingo pasado con el texto de la multiplicación de los cinco panes y dos peces. Hoy, después de dejar de lado, la narración de la aparición de Jesús en plena travesía nocturna del lago, escuchamos el diálogo entre Jesús y la gente que lo busca y que pone en evidencia que el signo realizado por Jesús no fue bien comprendido ni por la gente ni por sus discípulos.

 La gente lo interpretó de modo muy material. Vieron en Jesús un benefactor prodigioso que les da de comer y quisieron proclamarlo de una vez  rey. El Señor tuvo que escapar a la montaña. Pero al día siguiente se pusieron a buscarlo hasta que dieron con él. Jesús puso al desnudo la intención profunda de esta búsqueda: “Les aseguro que ustedes me buscan no porque vieron signos, sino porque comieron pan hasta saciarse” (v26).  

Jesús les invitará a superar la tentación de organizar la vida en torno a la mera obtención de bienes materiales y les ofrecerá otra clase de pan, el pan de la fe, alimento de amplio espectro que no tiene fecha de caducidad.  Jesús no quiere que los creyentes reduzcamos nuestra relación con su Padre Dios y con él  a una especie de intercambio comercial, a un “do ut des”. Le pide a los suyos que traspasen  ese umbral y entren sin vacilación en la dimensión del don de si mismo gratuito y desinteresado.  Acordémonos de aquella famosa poesía anónima que expresa portentosamente esta postura:

No me mueve, mi Dios, para quererte 
el cielo que me tienes prometido, 
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte 
clavado en una cruz y escarnecido, 
muéveme ver tu cuerpo tan herido, 
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, 
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera, 
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Los discípulos, por su parte, vieron el signo; ayudaron incluso al Señor a repartir el pan y los peces; pero no entendieron tampoco su significado.  La secuencia del capítulo 6 de San Juan nos va introducir en el misterio del pan multiplicado y repartido.  Jesús trae un alimento muy distinto al que Dios repartió al pueblo de Israel en el desierto. Primero les aclara que aquel alimento no se los proporcionó Moisés sino Dios por medio de Moisés.  En segundo lugar aquel alimento solo alcanzó  para el pueblo en ese momento y solo para ellos. Después desapareció cuando entraron en la tierra prometida.

En cambio el alimento que Jesús viene a ofrecer es un pan que desea repartir a todos los pueblos del mundo. Un pan que no sacia el hambre fisiológica sino el hambre de vida plena y eterna. Es un pan que da vida eterna para el mundo siempre. Finalmente Jesús les revela que ese nuevo pan lo trae él mismo en nombre de su Padre; más aún que ese pan es el mismo en persona. Que por consiguiente no se trata de un don material, externo, que se acaba, que solo alcanza para un grupito nada más.  Ese pan, ese alimento, es él mismo que viene en persona a este mundo a ofrecerse a sí mismo, a dar su propia vida como alimento supremo que cambia radicalmente la vida terrenal y la proyecta más allá de la muerte. A los que le piden: “¡Señor, danos siempre de ese pan!”, Jesús les responde: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mi nunca tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed” (v34-35).

Muchas veces nosotros nos presentamos ante Dios Padre, ante Jesús, buscando cosas materiales, bienes perecederos y pocos nos acordamos del Señor mismo, que es el supremo don que criatura alguna pueda aspirar recibir. Bien inalcanzable que solo podemos aspirar si él mismo se nos da.  Nuestra suprema riqueza no es ningún bien creado. Nuestro supremo tesoro, son las tres personas mismas de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.  No nos contentemos con menos. San Pablo lo expresó maravillosamente con estas palabras: “Todo eso que era para mí una ganancia lo sigo estimando pérdida a causa de Cristo. Más aún, incluso estimo que todo es pérdida comparado con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él doy todo por perdido y lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y de encontrarme unido a él” (Fil 3, 7-8).

Jesús, es el nuevo pan que Dios manda, desde arriba, para alimentar no a un solo pueblo sino a las personas de todos los pueblos  del mundo,  de todas las épocas, que tengan fe en él. Por eso la respuesta que le dio Jesús a sus oyentes y discípulos en aquel momento sigue siendo la sola válida para nosotros. Ellos le preguntaron: “¿Qué tenemos que hacer para llevar a cabo la obra de Dios?”. Jesús les respondió: “Esta es la obra de Dios, que crean en aquel que él ha enviado” (vv 28-29).  Solo entrando por el camino de la fe podremos acceder al misterio del pan misterioso que Jesús ha venido a ofrecernos. El único pan que puede saciar todas nuestras hambres, la de cada día y la eterna.

Solo quien busca el alimento que perdura sabe compartir el pan de cada día. Quien tiene hambre de Dios, no pasará indiferente ante un hermano que esté pasando hambre y luchará junto a todos aquellos que buscan erradicar las hambrunas de esta tierra. Quien esté convencido del destino universal de los bienes de la creación, sabrá cómo compartir más que las migajas que caen de su mesa, o los sobrantes de sus utilidades. Con Jesús, pan partido y compartido aprenderemos, como dice Mons. Pedro Casaldáliga, obispo,  “a unir en el pan los muchos granos, iremos aprendiendo a ser la unida Ciudad de Dios, ciudad de los humanos, comiéndote sabremos ser comida”. Amén.

Maracaibo 2 de agosto de 2015

+Ubaldo Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

sábado, 28 de febrero de 2015

HOMILIA DEL II DOMINGO DE CUARESMA 2015. Misa inaugural de la IX Semana de Doctrina Social de la Iglesia

HOMILIA DEL II DOMINGO DE CUARESMA 2015
Misa inaugural de la IX Semana de Doctrina Social de la Iglesia
«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escúchenlo». Mt 17, 5

Queridos hermanas y hermanos,
El mensaje central de este segundo domingo de Cuaresma lo encontramos en el Evangelio de la Transfiguración del Señor. La Iglesia desea hacernos partícipes de la intensa experiencia vivida por los 3 discípulos en lo alto del monte; pone delante de nuestros ojos el esplendor de la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y anuncia lo que Dios Padre quiere hacer no solamente con nosotros sino con la humanidad entera a través de la acción salvadora de su hijo: que todos lleguemos a salvarnos y alcancemos la condición de hijos de Dios y coherederos de su gloria divina.
El evangelio nos narra cómo Jesús, antes de dirigirse a Jerusalén para consumar su pasión, se llevó consigo a  los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto», les mostró por unos instantes la gloria de su condición divina, acompañado por Moisés y a Elías, y les permitió escuchar desde una nube la voz del Padre Eterno decirles: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo».
La liturgia de la Palabra, después de habernos llevado el domingo pasado al desierto para contemplar a Jesús venciendo las tentaciones del demonio, nos hace subir ahora, con los tres apóstoles, al Monte Tabor para presenciar el acontecimiento extraordinario de la Transfiguración del Señor. Considerados juntos, ambos episodios anticipan el misterio pascual: la lucha de Jesús con el tentador preludia el gran duelo final de la Pasión y Muerte de Jesús, mientras la luz de su cuerpo transfigurado anticipa su gloriosa Resurrección, aspectos fundamentales de la Pascua de Jesucristo con la que llevó a cabo nuestra Redención.
Tenemos así delante de nosotros la revelación plena de la identidad de Nuestro Señor: plenamente hombre, que comparte con nosotros incluso la tentación; plenamente Hijo de Dios, que por medio de su Pascua nos hace a todos Hijos adoptivos del Padre.  Estos dos domingos señalan por consiguiente tres elementos fundamentales del mensaje cristiano: el punto de partida, somos pecadores llamados a la conversión y a la salvación en Cristo;  el camino por donde hay que pasar: para salvarnos tenemos que asumir la cruz; y la meta final de la cuaresma: participar de la resurrección de Cristo Jesús.
Más aún, estamos en presencia de toda la estructura de la vida cristiana, que consiste esencialmente en el dinamismo pascual: pasar de la muerte a la vida a través de la cruz. Como decía Santa Teresita del Niño Jesús: la cruz es la escalera para llegar a la gloria. Cristo quiso hacer el primero el camino completo, dejarlo abierto e invitarnos a todos nosotros, a través de los tres discípulos, a emprenderlo con ánimo y valentía, con la certeza de que, si seguimos sus pasos, también nuestras vidas desembocarán en la vida plena de la gloria. El domingo pasado pedíamos al Padre que nos hiciera entrar en la comprensión del misterio salvador de su Hijo Jesús. Hoy el Padre nos responde y nos entrega la clave para poder entrar en ese misterio: “Este es mi Hijo muy amado. Escúchenlo”.
Esta es la segunda vez que el Padre deja oír su voz para presentarnos a su Hijo. La primera vez fue en el momento del bautismo, cuando su Hijo salía de las aguas del Jordán. Ahora, antes de que se sumerja en las aguas turbulentas de otro bautismo, el de la Pasión, se dirige nuevamente a todos nosotros pidiéndonos que escuchemos a su Hijo: “Escúchenlo”. La primera vez fue antes de que Jesús iniciara la predicación del Reino; ésta vez, antes de entrar en el misterio de la cruz, para  que no nos fuéramos a escandalizar por los sufrimientos de su Hijo en Jerusalén, y nos mantuviéramos firmes en la profesión de nuestra adhesión de fe y en el seguimiento fiel aceptando la cruz como paso necesario para llegar a la gloria. ¿“No era necesario que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria?” (Lc 24,26). Si no aceptamos la desfiguración de la cruz (Cf Is 53,2), no podremos entrar en la transfiguración de la resurrección.
 La Transfiguración acontece dentro de una intensa experiencia de oración: Narra San Lucas que “mientras oraba cambió el aspecto de su rostro y su vestidura se volvió de un blanco resplandeciente” (Lc 9,29). Jesús se sumerge en Dios, se une íntimamente a él, se adhiere totalmente con su voluntad humana a la voluntad amorosa del Padre y a sus misteriosos designios;  la luz lo invade y aparece visiblemente la verdad de su ser que oculta su humanidad: él es Dios, Luz de Luz, que “siendo Dios se despojó de su grandeza y tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres” (Fil 2,7). 
Hoy, mis queridos hermanos y hermanas, el Padre se dirige a nosotros, nos vuelve a presentar a Jesús, su Hijo amado, y nos insiste para que escuchemos su Palabra, aceptemos su mensaje de salvación, nos convirtamos, cambiemos nuestro modo de vivir y emprendamos una vida cristiana más entregada, más virtuosa. En estos tiempos calamitosos y difíciles, con tantas amenazas a la paz y a la convivencia tanto en el mundo como dentro de las fronteras venezolanas, es más apremiante que nunca el llamado del salmista: “Ojalá escuchen hoy su voz. No endurezcan su corazón” (Sal 95,7-8)
¿Dónde habla Jesús hoy, para que le podamos escuchar?
Nos habla ante todo a través de nuestra conciencia. Ella es una especie de «repetidor», instalado dentro de nosotros, de la voz misma de Dios. Así lo expresa el Concilio Vaticano II “la conciencia es el sagrario desde donde habla el mismo Dios”. Pero por sí sola ella no basta. Es fácil hacerle decir lo que nos gusta escuchar. Por ello necesita ser iluminada y sostenida por el Evangelio y por la enseñanza de la Iglesia.
Nos habla en las Sagradas Escrituras. La Palabra de Dios escrita, especialmente, el Evangelio, es el lugar por excelencia en el que Jesús nos habla hoy. Pero esta lectura debe ser hecha con la Iglesia, para darle a la Palabra de Dios su verdadero significado y no el que a mí se me ocurra. No somos menos afortunados por no haber conocido a Nuestro Señor Jesucristo en persona, porque lo podemos conocer a través de sus palabras que son vivas y eficaces. Al respecto nos dice San Agustín: “Nosotros debemos oír el Evangelio como si el Señor estuviera presente y nos hablara. No debemos decir “felices aquellos que pudieron verlo”. De ahí, que a la misa debemos llegar desde el principio, prestar atención a la Liturgia de la Palabra, escuchar cada uno de los textos bíblicos así como la explicación del predicador en su homilía. En este tiempo de cuaresma hemos de leer con más frecuencia la Sagrada Escritura.
Lamentablemente, muchos católicos, de escasa información religiosa y por estar a la moda, en vez de escuchar a a Dios prefieren escuchar a los ídolos a través de los magos, los psíquicos, los horóscopos, los adivinos o mensajes de extraterrestres, pecando gravemente contra la fe, enriqueciendo a esos embaucadores y creándose problemas de conciencia. Dios, que no puede engañarse ni puede engañarnos, nos dice: «No ha de haber en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique adivinación, astrología, hechicería o magia, ningún encantador ni consultor de espectros o adivinos, ni evocador de muertos. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahvé tu Dios» (Dt. 18,10-12).
Jesús nos habla hoy a través del hermano especialmente del más necesitado, del excluido, del explotado. Él nos dice, en el pobre, “tengo sed”, “tengo hambre” “estoy enfermo” “necesito que me escuches”. “A veces –nos dice el papa Francisco- sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor –de los pobres-. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura” (EG. 270).
Desde hace ya nueve años la Arquidiócesis de Maracaibo, viene organizando simultáneamente con la diócesis de Cabimas, a través del Foro Eclesial de Laicos, la Universidad Católica Cecilio Acosta y de Cáritas Pastoral Social, la Semana de Doctrina Social de la Iglesia, con la finalidad de escuchar la voz de Jesús que clama en los pobres, los oprimidos y los abandonados y de buscar juntos, cómo responder a esos clamores y aplicar a las nuevas realidades políticas, económicas y sociales el evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.
Este año, La Iglesia zuliana, a través de esta Semana Social y de otras actividades programadas, quiere rendir homenaje a Mons. Domingo Roa Pérez, en el centenario de su nacimiento (1915-2015). El programa está pensado para hacer memoria de  su persona y de su pensamiento; descubrir el modelo pedagógico que sustenta el Proyecto de las Escuelas Arquidiocesanas; explorar la solidez y trascendencia de su obra;  ponderar el gran aporte de los valores presentes  en su legado para la construcción del presente y futuro de la democracia en Venezuela.
La Eucaristía de hoy, como acto inaugural de este IX Semana, nos brinda la oportunidad de dar infinitas gracias a Dios por haber colocado al frente de nuestra Iglesia local,  a lo largo de 31 años, a tan insigne pastor. Mons. Roa escuchó la voz de Jesús en la voz de miles niños y jóvenes de las barriadas más pobres y les ofreció la oportunidad de educarse para ser buenos cristianos y ciudadanos libres, trabajadores y responsables; la escuchó en la vida del pueblo zuliano, en el que, desde el mismo momento de su llegada, puso todos sus desvelos; la escuchó en las tragedias y convulsiones que sacudieron a Venezuela y a los pueblos centroamericanos, y habló fuerte y recio, en su  predicación, en sus escritos, a través de los Medios de Comunicación Social, en defensa de los derechos humanos, de la libertad religiosa, de la justicia social y de la democracia. Todos recordamos cómo se enardecía cuando defendía la educación como herramienta fundamental de progreso y advertía sobre el grave peligro de caer en las garras del comunismo, de los sistemas caudillistas y militares o del neoliberalismo salvaje.
Hermanos y hermanas, que esta Cuaresma no pase en vano. Que no seamos sordos a la voz del Señor que acabamos de escuchar en la Palabra de hoy. Que gracias a este alimento y a la fuerza y la luz que nos comunica el pan eucarístico entendamos que no hay otro camino para llegar a la gloria que el de aprender a descubrir y asumir con valentía, fortaleza y confianza la cruz que la historia y las circunstancias de la vida colocan sobre nuestras espaldas. Lo importante, hermanos, es que Jesús camina delante para mostrarnos el camino, camina en medio de nosotros para darnos ánimo y fortaleza y camina detrás de nosotros para que nunca nos quedemos rezagados. Amén.
Maracaibo 1 de marzo de 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo