Mostrando entradas con la etiqueta Jesucristo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jesucristo. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de septiembre de 2017

DOMINGO XXIII ORDINARIO-A - HOMILIA - CUATRO PASOS PARA RECONSTRUIR LA UNIDAD PERDIDA

DOMINGO XXIII ORDINARIO-A. HOMILIA
CUATRO PASOS PARA RECONSTRUIR LA UNIDAD PERDIDA.

Amados hermanos y hermanas,

Mateo organiza su evangelio en torno a cinco grandes discursos de Jesus que recuerdan el Pentateuco, los cinco libros fundamentales del Antiguo Testamento que trasmiten la Ley de Moises.  El evangelista se propone presentar a Jesus como el nuevo Moises que entrega al nuevo pueblo de Dios, compuesto por judios y paganos, la nueva ley fundamental. El texto que acabamos de escuchar esta tomado de cuarto discurso, conocido como el discurso de la comunidad. Contiene normas y orientaciones para la buena organizacion de las comunidades cristianas. Uno de esos puntos fundamentales, para mantener cohesionada la comunidad, se encuentra enunciado en un versiculo inmediatamente anterior al texto de este evangelio y que dice asi: “El Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de los pequeños” (18,14).

Lo primero que temenos que desterrar en una vida comunitaria es la indiferencia hacia la vida del hermano. El otro me importa. Nosotros somos mas bien propensos a aplicar otro principio opuesto: cada uno es dueño de su vida y hace con ella lo que le da la gana y yo no tengo que meterme en ella. Las sociedades neoliberales centradas en el placer, la comodidad y el consumo, tienden a encerrarse dentro de si mismas y a evitar que elementos extraños, como podrian ser los inmigrantes, refugiados o desplazados, pongan en peligro el nivel de vida que han alcanzado. No estan preparadas para acoger a los pobres, a los extranjeros o las victimas de las guerras o desastres naturales.  Si echamos una mirada al mundo, no es muy dificil llegar a la comprobacion de que estamos muy lejos de ponernos en marcha hacia la constitucion de comunidades humanas mas inclusivas.

La conducta de Jesus choco precisamente con la organizacion religiosa judia de su tiempo basada en una rigida aplicacion de la norma religiosa llamada de la pureza legal, por medio de la cual dejaban fuera a los niños, a las mujeres, a los publicanos y a los enfermos. El Señor rompe con esa rigida estructura y realiza curaciones el dia sabado, toca los leprosos, trata con las mujeres. Invita a los suyos a seguir su ejemplo y a darle prioridad a la acogida de los debiles, a tratar con cariño a los niños y incluir a las mujeres en el grupo de los discipulos. Estas posturas controversiales las justifica con la afirmacion del profeta Oseas: “Quiero Misericordia y no sacrificios” (Os 6,14) Y otra de su propia inspiracion: “No tienen necesidad del medico los sanos sino los enfermos…No vine a llamar a justos sino a pecadores” (Mt 9,13). Las comunidades conformadas por sus seguidores deben seguir la forma de actuar del padre en la parabola del hijo prodigo. Debe dolerle la suerte del hermano que se haya alejado del redil y procurar que vuelva a el.

Es evidente que no podemos andar de entrometidos queriendo arreglar la vida de todos los que nos rodean. Nos volveriamos unos grandes inquisidores y caeriamos en la vanidosa pretension de querer sacarle la paja del ojo del vecino sin reparar en la viga que llevamos en el nuestro. Aqui se trata de otra cosa. Se trata de la vida de los integrantes de una misma comunidad. San Mateo nos habla de su comunidad cristiana de los años 80-90 D.C. Pero es valido tambien para nuestras comunidades del siglo XXI. Lo podemos aplicar a nuestras comunidades parroquiales o familiares. Se supone que si formamos parte de ellas es porque hemos decidido regirnos por la forma de vida fraternal que vivio Jesus con los apostoles.

Pero estamos tambien muy conscientes de que todos somos personas fragiles, vulnerables, pecadoras y que, en algun momento, fallamos y actuamos de forma contraria a nuestro ideal cristiano. Como debemos comportarnos entonces los unos con los otros en esos momentos? El evangelio de hoy nos lo explica. Primero que todo, tener claro que somos hermanos. Ese es el estatuto identitario de todo miembro de una comunidad cristiana. Y por consiguiente nos toca hacer todo lo posible para corregirlo y ayudarlo a reencontrar su camino. El evangelio nos señala cuatro pasos.

Primero hay que hablar directamente, a solas, con el hermano descarriado. Nada de chismorreos ni murmuraciones sobre su conducta que no aportan ninguna solucion al problema. Lo que se impone es acercarse a el, escucharlo, aconsejarlo, corregirlo con sencillez, colocandose a su Altura, despojandose de toda actitud prepotente. Si no te escucha, el segundo paso es convocar a dos o tres de la misma comunidad para hacerle ver en pequeño grupo y en presencia de testigos, su actuacion equivocada. Si aun asi se muestra reticente a enmendarse, es cuando se acude y no antes, a considerar su caso en la comunidad. Si tampoco esa instancia es efectiva, solo entonces, se le hace saber que con su conducta esta dando a entender que no quiere seguir dentro de su comunidad y que el mismo se esta auto excluyendo.

Pero todo no termna alli. El evangelio de hoy nos dice que cuando hemos agotado esas tres formas de impedir que un hermano se extravie o se pierda., aun queda por dar un cuarto paso. Porque el que ese hermano quede separado de su comunidad visible no significa que quede separado de Dios. Nosotros no podemos violentar su libertad y si el quiere permanecer en su error hay que dejarlo; pero lo que es imposible para los hombres no lo es para Dios. Por eso, nos queda el cuarto paso: el de congregarnos para orar juntos por el. Esta oracion Jesus la comparte con nosotros y se vuelve un orante mas con los que suplican al Padre el retorno del hermano rebelde.

Martin Luther King decia que los hombres hemos aprendido a nadar como los peces y a volar como los pajaros, hemos abierto el camino hacia el espacio sideral, pero no hemos aprendido el sencillo arte de convivir como hermanos.  Los cristianos estamos llamados a ser, como nos lo dice con meridiana claridad el profeta Ezequiel,  los centinelas de la esperanza, que avizoran con su conducta la posibilidad de esa convivencia. Nuestra razon de ser en este mundo es la de hacer ver que la convivencia entre humanos y la fraternidad son posibles. Mas aun la unica via necesaria para que la humanidad tenga futuro. Al señalarnos los pasos Jesus nos da a entender que toda convivencia sana y estable necesita de personas capaces de resolver conflictos; que se trata de un proceso lento que se ejerce a traves de diversas modalidades: la correccion fraternal oportuna y pedagogica, el perdon dado y recibido, el dialogo en la verdad y  la reconciliacion que lleva a la reconstruccion de la unidad deseada y orada. Que esa reconstruccion necesita del empeño y del interes de todos.

Si aprendemos este camino y lo aplicamos en las micro relaciones de la vida diaria seremos capaces de ejercerlo en dimensiones mayores y en asuntos de mayor trascendencia. Dios nos ha dotado del poder de recomponer, de sanar, de reconciliar.  Todo lo que hagamos en este sentido en esta tierra, Dios lo ratifica con alegria alla en su presencia y aqui en la tierra con la presencia de su Hijo Jesus.

Estando, hace pocos dias, en el aeropuerto de Toronto, esperando la conexion para Calgary se me acerco un señor y despues de cerciorarse que era un ministro catolico, me mostro una fotografia en su celular. Era una radiografia del torax, con la imagen de un Jesus crucificado en el centro. Y me hizo el siguiente comentario: “Que bella manera de mostrar que llevamos a Jesus dentro de nosotros!”. Evidentemente aquello no era mas que un hermoso  y eloquente montaje. Pero la realidad supera la ficcion.  Eso se hace realidad en esta eucaristia donde se cumple su promesa: “Donde dos o tres estan reunidos en mi nombre para orar alli estoy yo en medio de ellos” Y se hace tambien realidad en la vida diaria cuando llevamos a cabo la hermosa y decisiva mision de construir el pedazo de sueño de fraternidad y convivencia que nos corresponde.

Calgary, Parroquia del Santo Espiritu, 10 de septiembre de 2017


+Ubaldo R Santana Sequera fmi
Arzobispo de Maracaibo

miércoles, 22 de julio de 2015

MISA DEL CRISTO NEGRO DE MARACAIBO - HOMILIA - Misa votiva de la Preciosísima Sangre

MISA DEL CRISTO NEGRO DE MARACAIBO
HOMILIA

Misa votiva de la Preciosísima Sangre
Lecturas: Ex 24, 3-8; Salmo 115; He 12, 18-19.22-24; Lc 22,39-46
Muy queridos hermanos y hermanas,
Cristo crucificado es un Cristo orante. San Lucas nos revela que antes de iniciar su ministerio, inmediatamente después de su bautismo por parte de Juan el Bautista,  el Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto. Allí fue puesto a prueba por el Diablo.  El episodio concluye con la victoria de Cristo sobre Satanás y estas palabras del evangelista: “Cuando el diablo terminó de someter a Jesús a todo tipo de pruebas, se apartó de él hasta el momento oportuno” (Lc 4, 1-13).
Al final de su ministerio, justo antes de entrar en su Pasión, el Diablo reaparece y ya no  dejará tranquilo al Señor; lo acosará hasta el último suspiro. En el desierto, Jesús lo venció con el antídoto de la Palabra de su Padre Dios. En la Pasión lo vence con la oración. Esa fue la postrera recomendación que le dio a sus discípulos, antes de internarse en el Jardín de los Olivos: “Oren para que puedan enfrentar la prueba” (Ibid 22,39). Inmediatamente se alejó de ellos, se puso de rodillas y, poniendo en práctica su consejo, empezó a orar. En esta oportunidad San Lucas nos entrega el contenido de su oración: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa amarga, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.  (v 42).
Jesús vivió en Getsemaní, una inmensa angustia. Fue tal la lucha interna que se desató en su alma que su Padre le envió un ángel para confortarlo. Aun así el sufrimiento fue en aumento. Lucas nos narra que, en esos momentos dramáticos, Jesús oró con mayor fervor y fue tal la intensidad de su lucha interior para aceptar de corazón la voluntad de su Padre y apartar la suya propia que el sudor se transformó en gotas de sangre que se deslizaban por todo su cuerpo “y corrían hasta el suelo” (v 44). Pero una vez, a fuerza de oración venció la tentación. “Cuando terminó su oración, dice San Lucas, se levantó”. Es decir, se levantó de tierra donde estaba arrodillado; se levantó sobre todo de su postración. Fue hasta donde estaban sus discípulos, los despierta porque se habían dormido y  les recuerda una vez más el secreto para vencer al demonio: “Levántense y oren para que puedan afrontar la prueba, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mc 14,38).
Jesús sabía cuál era su misión. Había venido para fundar la nueva familia de los hijos e hijas de Dios, no sobre lazos carnales sino sobre el poder de Dios. Así lo presenta San Juan en su Prólogo: “A los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Estos no nacieron de la sangre ni por deseo  y voluntad humana sino que nacieron de Dios” (Jn 1,12-13). En otra oportunidad Jesús reveló quiénes iban a ser, en el Reino de Dios, sus hermanos, hermanas y madre: “Quién cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. (Mc 3,35).
Es precisamente sobre ese punto que el Diablo lo va a tentar. La misma tentación a la que sometió al viejo Adán, en el Jardín del Edén, en la que la primera pareja cayó arrastrando tras de sí todas las generaciones. La primera familia se fundó sobre un desacato a la voluntad de Dios. Ahora Satanás quiere impedir que Jesús lleve a cabo la fundación de la nueva familia del Reino, distinta a la del primer Adán, fundada en la obediencia y aceptación plena de la voluntad divina. Jesús la enfrenta: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa amarga, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Que no se haga mi voluntad sino la tuya. Jesús mantendrá esta postura a lo largo de  su pasión y el camino hacia el Gólgota. No cumplirá su propia voluntad sino la de su Padre Dios. Digno hijo de su madre María, la cual, redimida anticipadamente por la sangre redentora del Crucificado Resucitado, responderá al Ángel Gabriel cuando éste le vino a proponer los designios de Dios: “He aquí la servidora  la servidora del Señor. Que se haga en mí lo que tú dices” (Lc. 1,38)
Jesús crucificado es un Cristo orante. Ora con todas sus fuerzas para superar las sucesivas pruebas a las que lo somete el Diablo: la traición de Judas (Lc 22,21), la negación de Pedro (Ibid. vv 54-62), la fuga cobarde de sus discípulos (Mc 14,50), la soledad de la cruz, la condenación injusta, los escarnios y torturas, las burlas de los soldados, de los pasantes y de los jefes (Lc 23,35), la sed y sobre todo, el silencio de su Padre: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Solo al final, antes del último suspiro, Jesús pronuncia la Palabra liberadora: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).
Jesús crucificado es un Cristo orante. Pero no ora solamente por él para vencer las pruebas a las que lo somete el Diablo; ora también y sobre todo por nosotros para que seamos fuertes y capaces de salir airosos de todas las pruebas a las que es sometida nuestra fe a lo largo de la vida. Se lo dijo claramente a Pedro, dirigiéndose, a través del jefe de sus apóstoles, a todos nosotros: “¡Simón! ¡Simón!  Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos así como se hace con el trigo cuando se lo separa de la paja. Pero yo he rogado por ti para que no pierdas tu fe y tú, una vez convertido, fortalece a tus hermanos” (Lc 22,31-32).
El Cristo Negro es un Cristo orante. El primer hecho milagroso, en torno a esta venerable imagen, se produjo cuando, el 22 de agosto de 1600, el templo de San Antonio de Gibraltar, población costera del sur del lago de Maracaibo, en el que era venerado, fue incendiado, junto con todo el poblado, por los indios quiriquires, “en uno de los episodios más crueles en la historia de la hoy Venezuela” (Oscar Martínez Allegretti, Dos familias en el Maracaibo del siglo VII p42). El mismo historiador comenta que el ataque fue en represalia  por los  tantos maltratos y humillaciones que recibió esa Nación cuando laboraban como esclavos en los hatos y haciendas del Justicia Mayor Rodrigo de Arguelles.
“Todo cuanto rodeaba al Cristo quedó reducido a cenizas, incluso el cepo que sostenía la Cruz. Milagrosamente tanto la imagen como la Cruz de que ella pendía fueron respetadas por las llamas al igual que una pequeña imagen de papel de la Inmaculada Concepción que estaba pegada a los pies del Cristo en la Cruz. Días después regresaba Rodrigo de Argüelles con varios de los sobrevivientes de la tragedia y al visitar los restos chamuscados de la que fuera la Iglesia parroquial quedaron estupefactos al contemplar al Santo Cristo casi como si flotara en el aire. Tan solo pudo observarse una pequeña marca de fuego en una de las piernas del Crucificado. Mas, al observar con detenimiento su rostro, diéronse cuenta de que la cabeza que originalmente estaba echada hacia atrás, aparecía ahora inclinada al costado izquierdo, quizá como testimonio de semejante sacrilegio” (Ibid pp.66-67).
La noticia de lo acaecido al Santo Cristo se divulgó presto en Maracaibo, cuyos vecinos desearon tenerlo en la ciudad. Se presentó la ocasión propicia y lo trasladaron a Nueva Zamora, donde según reza la tradición, “se le ha tenido siempre en gran veneración y grande adorno que la acrecientan los navegantes que entran en la Laguna a quien encomiendan sus viajes y ofrecen grandes limosnas, seguros y confiados en su amparo, de que tienen grandes y conocidas experiencias”  (AGI, Santo Domingo Legajo 208). La cruz del Cristo fue llevada posteriormente al convento de San Agustín de Mérida. La milagrosa imagen fue colocada más adelante sobre una preciosa cruz de nácar y plata.
Cuenta la tradición, que ante la insistencia de los Gibraltareños para que le devolvieran la santa imagen, lo colocaron en una piragua para que él mismo Cristo decidiera en cuál de los dos lugares quería estar, y que al desplegarse las velas empezó a soplar un fuerte viento y tomo rumbo hacia Maracaibo. Ante este hecho sobrecogedor los fieles de Maracaibo decidieron que  la santa reliquia debía quedarse con ellos. Aquí está, desde entonces, el Cristo Negro, en su nicho sencillo, a un costado de la catedral, esperando que el pueblo creyente vuelva sus ojos hacia él y se acoja a su gran misericordia. Allí está orando por este pueblo para que sea capaz de superar la gran prueba a la que ha sido sometido desde sus orígenes: la tentación de la división y de la confrontación agresiva.
¿Por qué quiso el Cristo Negro quedarse con nosotros en esta ciudad? ¿Será que nosotros estamos sometidos a mayores tentaciones o porque el Señor supo de antemano que con el tiempo aquí se congregaría, a orillas del Coquivacoa, una inmensa población que iba a necesitar encontrarse con él para aprender a superar las duras pruebas de la vida y a vivir y comportarse como hermanos?  El hecho es que la convivencia entre las etnias originarias, entre nativos y colonos, entre partidos y grupos sociales siempre ha sido el talón de Aquiles de los habitantes de esta tierra. Cuando la Virgen de Coromoto se apareció a los Cospes, a mediados del siglo XVII,  recomendará esta convivencia a través de la práctica efectiva de la religión cristiana.
Vengamos, hermanos y hermanas, al pie de la Cruz donde nos espera el Señor crucificado. Pongamos nuestra mirada en Cristo Jesús, “el que inicia y perfecciona nuestra fe” (Heb 12,2) y pidámosle que nos ayude a enfrentar la prueba de nuestra falta de convivencia democrática y fraterna, nuestra tentación de tratarnos con agresividad y violencia, de derramar sangre de hermanos. Tenemos un sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades. “Acerquémonos con plena confianza al trono de la gracia, para que obtengamos misericordia y encontremos la gracia de una ayuda oportuna” (Heb 4,16). Les invito a hacer nuestra la siguiente oración:
Santo Cristo Negro de Maracaibo
que venciste las llamas que quisieron destruirte,
manifestándole así a las poblaciones de ayer y de hoy
tu ardiente deseo de permanecer
para siempre en esta tierra de gracia con nosotros
para traernos la salvación;

Postrado a tus pies,
te adoro en tu pasión santa y salvadora.
Me arrojo lleno de confianza
en tus brazos abiertos, Jesús crucificado;

Con el poder de tu muerte y resurrección,
Ayúdame a romper el yugo  del pecado,
enciende en mi corazón el fuego de tu amor.
Enséñame a caminar siempre contigo,
con una vida llena de obras de misericordia.

Te encomiendo mi familia, mi pueblo y la Iglesia;
Que siguiendo tus santos preceptos
Aprendamos a vivir entre nosotros  como hermanos
y con la Virgen María, nuestra madre amada,
Lleguemos a gozar  del cielo que nos tienes prometido
Amen

sábado, 3 de enero de 2015

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR 2015

HOMILÍA EN LA FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR 2015
Muy queridos hermanos,
La fiesta de hoy es muy popular en nuestro país. Estamos acostumbrados desde pequeños a ver representar la escena de la llegada de los tres Reyes Magos, uno blanco, uno negro y otro amarillo, montados sobre sus camellos, trayendo en sus cabalgaduras regalos para el niño Dios que vienen a adorar. Hasta nombres le hemos puesto a cada uno de ellos: Melchor, Gaspar y Baltasar. La sencillez y la ingenuidad de estas imágenes nos pueden sin embargo esconder el núcleo del mensaje que trae este evangelio de San Mateo. Por eso los invito a detenernos ante el texto y repasar su historia. Es el mensaje de la salvación universal en Cristo Señor.
Mateo no dice que eran reyes. Solo magos procedentes del Oriente. La palabra magos no designa necesariamente gente dedicada a la magia sino astrónomos, que escrutan los astros y tratan de ayudar a la gente con su sabiduría. Del oriente para los judíos no puede venir nada bueno. De allá vinieron los persas, los babilonios, los asirios, poderosos imperios invasores que los mantuvieron sometidos a su pesado yugo opresor. Allá fueron desterrados por 70 años. Tierra poblada de  paganos opresores, de idólatras que ignoran al verdadero Dios y adoran los astros y los fenómenos celestes.
Pero sorprendentemente es precisamente de allá que van a venir ahora gente completamente diferente. Estos magos, estudiando las estrellas,  han descubierto una nueva y llegan a la conclusión, aplicando la lógica y  su sabiduría, de que esta Nova es la señal del advenimiento del anhelado y esperado salvador que va a nacer en el pueblo judío.  Deciden sin más dilación salir en su búsqueda hasta encontrarlo. Según sus datos humanos, se imaginan que lo hallarán en la capital, Jerusalén, en el palacio real de la ciudad y hacia allá se dirigen. Al enterarse de su llegada el rey Herodes se sobresalta. ¿Cómo? ¿Un nuevo rey de los judíos? Si él es el que ha sido nombrado por el emperador romano rey de los judíos. No puede haber otro y si lo hubiese hay que eliminarlo de una vez.
Herodes consulta a las autoridades religiosas judías. Los letrados y sumos sacerdotes saben dónde según las Escrituras, va a nacer el Mesías pero no hacen absolutamente nada para ir a corroborarlo, dar con el Mesías y adorarlo.  Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de toda su vida: rechazo frontal de las autoridades políticas e indiferencia y hostilidad de parte de los dirigentes religiosos. Al final los dos poderes se confabularán con los romanos para acabar con él. Solo los pequeños, los sencillos y los buscadores sinceros de la verdad, como estos magos, lo acogerán y se prosternarán ante él reconociendo su señorío mesiánico.
Los Magos prosiguen su camino. A sus conocimientos científicos se ha añadido la iluminación de las sagradas escrituras pero es la estrella la que, de allí en adelante, los va a guiar. Unas veces se esconde, otras veces aparece llenándolos de inmensa alegría. Por fin ésta se detiene donde está el niño con María, su madre, y  cayendo de rodillas ante él lo adoraron. Después, ponen a su servicio las riquezas que traen y los tesoros más valiosos que poseen. De allí en adelante su vida será otra. Dice el evangelista que no regresaron por la capital sino por otro camino. El camino cristiano de los seguidores de Jesús. Este Niño puede contar con ellos pues lo reconocen como su Rey y Señor. El Papa Francisco dice al inicio de su Exhortación que “la alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.” (EG 1)
De los magos no sabemos más nada pero han cumplido su misión. Han llegado a la meta. Han encontrado al que buscaban.  Y seguramente como los pastores “se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que había visto y oído”  (Lc 2,20) y contaron todo lo que se les había dado a conocer de ese niño. Con ellos se inicia ya la difusión del cristianismo en el mundo.  Y para nosotros, hermanos, ¿se nos ha dado también la gracia de este encuentro?  Francisco nos dice que “cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20).
Para nosotros celebrar hoy la fiesta de la Epifanía es colocar nuestros pasos tras las huellas dejadas por los magos cuando regresaron a su patria por otro camino. Venezuela está reclamando a gritos que los cristianos y los hombres y mujeres de buena voluntad nos pongamos de acuerdo, más allá de nuestras diferencias políticas e ideológicas, para construir el país por otro camino. Nuestra Iglesia también está necesitando que los católicos salgamos de nuestra pasividad y nos atrevamos a transitar por otros caminos. No basta saber las Escrituras. Hay que ponerse en camino, salir de las rutinas. Nuevamente el Papa nos  apremia: “Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco, sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie” (EG 23). Vamos a tener una gran oportunidad con la realización el próximo mes de julio de la Asamblea Nacional de Pastoral.
Dentro de poco será el momento de la consagración del pan y del vino y nos pondremos de rodillas para adorar a Jesús que se hace presente bajo las especies eucarísticas. Los Magos se bajaron de sus camellos, se bajaron de la altura de su ciencia astral, se abajaron de su orgullo ante el niño de Belén, se pusieron de rodillas y lo adoraron. Luego cambiaron de vida y se regresaron a su casa por otro camino.  Ante el hermoso gesto de estos hombres  nosotros tenemos que hacernos algunas preguntas decisivas: ¿ante quién nos arrodillamos nosotros?  Rodilla en tierra si pero no para matar ni idolatrar ningún ser humano. Solo ante el Santísimo Sacramento. Solo ante la hostia consagrada. Solo ante un hermano herido que hay que recoger en el camino y socorrer con prontitud.

¿Cómo se llama el «dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos cristianos, pero ¿vivimos adorando al Niño de Belén? O ¿nuestros dioses verdaderos son “tesoros de la tierra que la polilla y la herrumbre echan a perder y que los ladrones, perforando los muros, pueden  robar”? (Mt 6,19-20) ¿Ponemos a los pies del Niño Dios nuestras riquezas y nuestro bienestar, nuestra misma  vida para que sirvan a hacer realidad el pedazo de Evangelio de  fraternidad, de  justicia y de  paz que nos toca a nosotros concretar? ¿Estamos dispuestos a escuchar su llamada a entrar este año en el reino de Dios y su justicia?
Cuando los magos, guiados por la estrella, dieron con el niño, allí a su lado estaba su Madre María “conservando todas estas cosas en su corazón”. La estrella que nos puede guiar este año hacia Jesús y enseñarnos suficiente humildad para arrodillarnos ante él y adorarlo se llama María. Así la llaman nuestros pastores: la Estrella de la Evangelización. Dejémonos guiar por ella, que sea nuestro seguro e infalible GPS que nos ponga a los pies de Jesús, que está en la eucaristía, en los evangelios y en los cuerpos y corazones heridos de los pobres y necesitados de amor.

+Ubaldo  R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo