miércoles, 25 de julio de 2018

FIESTA DE SANTIAGO APÓSTOL 2018 - MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS


FIESTA DE SANTIAGO APÓSTOL 2018
MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS
Lecturas: 2 Co 4,7-15; Salmo 125; Mt 20,20-28

Muy amados hermanos en Cristo Jesús,
Me causa una particular alegría que esta misa de acción de gracias coincida con la fiesta del apóstol Santiago, uno de los 12 apóstoles de Nuestro Señor, a los cuales estoy directamente vinculado por la sucesión apostólica.  En estos veintiocho años de vida episcopal me he sentido particularmente protegido por la Virgen María, por mi santo patrono obispo de Gubbio y por santos obispos. Vuelvo mis ojos con particularmente agradecimiento a uno de ellos, al Papa San Juan Pablo II, quien me llamó al episcopado en 1990, me designó como obispo de Ciudad Guayana en 1991 y arzobispo de Maracaibo en el 2000.
Provengo de una familia numerosa, profundamente cristiana, pobre y sencilla, con padres y hermanos ejemplares. Fui ordenado sacerdote en 1968 en la catedral de Caracas por el Cardenal José Humberto Quintero, ilustre y docto pastor de grata y admirada memoria. Recibí la ordenación episcopal, junto con mis hermanos Diego Padrón y Mario Moronta, en la catedral de Caracas, de manos del Cardenal José Alí Lebrún, quien se inició en el episcopado como administrador apostólico de Maracaibo y fue para mí un maestro, un padre, un amigo y un pastor ejemplar. Fueron obispos co-consagrantes el Siervo de Dios Mons. Miguel Antonio Salas y Mons. Domingo Roa Pérez. En Ciudad Guayana, tuve la dicha y el privilegio de iniciarme como obispo residencial, teniendo a mi lado, en Ciudad Bolívar, como consejero sabio y hermano cercano, a un obispo zuliano de excepción: Mons. Luis Medardo Luzardo Romero quien hoy precisamente está celebrando en su retiro 46 años de vida episcopal.
Bendigo al Señor por haber tenido a mi lado dos excelentes obispos auxiliares, en las personas de Mons. Oswaldo Azuaje ocd y Mons. Ángel Caraballo. Agradezco al Señor por los vicarios generales y episcopales que me acompañaron con competencia, lealtad y fidelidad a lo largo de estos años. Dios les premie a todos tanta abnegada bondad y paciencia para conmigo. He tenido la gracia de ordenar tres obispos, más de cincuenta sacerdotes, de formar, ordenar y contar a mi lado con próvidos colaboradores diáconos permanentes.
He contado en la Curia arquidiocesana con un formidable equipo de consagradas y servidores laicos, que han dado prueba no solo de competencia y mística en el desempeño de su labor sino de una entrega rayan en el heroísmo al cumplir sus tareas en las más adversas circunstancias. Felicito de modo especial a los presbíteros que celebran hoy un nuevo aniversario de su ordenación: Eduardo Ortigoza, Lenin Bohórquez, hoy religioso escolapio, Pedro Colmenares, Leonardo López, Guillermo Sánchez, José G Andrade, Adolfo Tomás Villanueva, Enrique Rojas.  No olvidemos a nuestro hermano difunto Patrick Skinner.  
Sería mezquino sino diera las gracias a las autoridades públicas de distintas toldas políticas, así como como a las distintas instituciones y Medios de Comunicación social que ofrecieron generosamente su apoyo y colaboración para el buen funcionamiento de los servicios socio-educativos arquidiocesanos.
Hoy, a pocos días de entregar el cayado de esta grey marabina a mi querido hermano Mons. José Luis Azuaje Ayala, me envuelve una gran alegría, al ver cumplirse una vez más aquella frase que tantas veces he escuchado en mi vida y tantas veces he pronunciado para otros elegidos o elegidas: Lo que Dios empezó hoy en ti, El mismo lo lleve a término.
Una de las grandes lecciones que he recibido de la inigualable universidad de la vida es que no hay mayor satisfacción para un ser humano que la de llevar a término una buena obra, alcanzar una meta. Ese es el gozo que anida hoy en mi corazón. Me siento feliz porque el sí que pronuncié en mi interior cuando, a las 11 de la noche del 18 de abril del 2000, terminé de leer la carta del Nuncio Mons. André Dupuy, en la que me anunciaba mi designación por el Santo Padre Juan Pablo II, como arzobispo de Maracaibo, ese SI lo he mantenido fielmente hasta el día de hoy.
Ha sido posible en primer lugar por la gran misericordia y bondad del Señor. En segundo lugar, por la especial protección de la Virgen María que se ha manifestado de múltiples maneras y bajo diversas advocaciones desde mi tierna edad. En tercer lugar, por la persistente oración intercesora de una nube de testigos y orantes, creyentes de toda edad y condición y pertenencia religiosa, profundamente convencidos de la necesidad y del poder de la oración.
Es verdad, sin Cristo nada podemos hacer (Cfr. Jn 15,5). Nos volvemos unas pobres ramas secas e infecundas. Sin la comunión de los santos nada somos. Cuando contemplo el impresionante y rico entramado de personas, de relaciones, que Dios ha puesto en mi camino para incorporarme a su Iglesia, hacerme llegar su llamado, configurarme con él en el sacramento del Orden en todos sus grados, me quedo profundamente impactado. Y solo atino a repetir los versículos del salmo 116,12: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”.
En su última exhortación sobre el llamado a la santidad cristiana, el Papa Francisco recoge una hermosa reflexión del Papa Benedicto XVI, cuya profundidad he podido ir apreciando a lo largo de estos años de servicio episcopal: “No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo” (EG 4). Así como hay una muchedumbre de amigos y de santos de Dios que me protegen, cuento en esta tierra y en cada lugar donde Dios me ha ido poniendo, con una gran nube de hermanos y amigos, obispos, presbíteros, diáconos, familias, jóvenes y niños de los cuales Jesús el Gran Pastor y Obispo de las almas se ha valido para hacerme ligera la carga y llevadero el yugo.  No han sido fáciles estos años, mis hermanos, pero nunca me he sentido solo.
Una de las más bellas realidades de nuestra amada Iglesia, es que no caminamos solos. Vivimos la comunión trinitaria en la historia. Somos pueblo de Dios. Formamos parte del cuerpo místico de Cristo. Somos guiados, iluminados, fortalecidos y consolados por el Espíritu Santo.  Formamos parte de un pueblo peregrino. Santa María camina con nosotros. Somos unos caminantes dentro de un gran rebaño conducido amorosamente por Jesús, por senderos a veces incomprensibles, hacia el ansiado puerto.
En nuestra estampa de ordenación episcopal mis hermanos Diego Padrón, Mario Moronta y este servidor quisimos recoger como divisa la luminosa frase de S. Agustín: “Si me asusta lo que soy para ustedes, también me consuela lo que soy con ustedes; para ustedes soy Obispo; con ustedes soy cristiano. Aquel nombre expresa un deber; éste una gracia. Aquel indica un peligro; este la salvación” (Sermón 340)
 El gusto de formar parte del pueblo de Dios, de ser pueblo como lo llama el Papa Francisco ha ido creciendo en mi desde los mismos inicios de mi servicio episcopal cuando empecé a vivir y a aplicar el proyecto de renovación pastoral, fundado sobre la espiritualidad de comunión y el llamado a la santidad comunitaria. La mayor inspiración que el Espíritu Santo ha comunicado a la Iglesia en el siglo XX y XXI es sin duda alguna la de descubrir con mayor claridad en ella el misterio de la comunión y la misión de hacerla historia y vida en el mundo de hoy.
Las palabras del Concilio Vaticano II: “Fue voluntad de Dios santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (LG 9), ha sido un faro de luz que ha ido disipando las tinieblas y oscuridades del camino. Viví este profundo y gozoso sentido de pertenencia desde mis primeros años de sacerdocio con las comunidades de los barrios de Petare, luego como vicario episcopal y obispo auxiliar en el suroeste de Caracas, más adelante en la diócesis de Ciudad Guayana y finalmente aquí con este bello pueblo zuliano.
Sé que nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae hacia él dentro de una ristra, de un racimo. Nunca solos. Tampoco en manada anónima sino tomando en cuenta “la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana” (GE 6).
Cristo Jesús no quiso que fuéramos solos sus apóstoles. Quiso que fuéramos además sus amigos. Amigos de él. Amigos entre nosotros.  “Nadie tiene un amor más grande que el que da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando. Ya no los llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace su Señor. Los llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que me ha dicho mi Padre” (Jn. 15,13-15). Jesús no nos quiere funcionarios ni empleados con horarios de oficina. Quiere que reproduzcamos el modelo de amistad que él nos ha revelado. Solo sus amigos pueden beber su cáliz y sumergirse en su bautismo de redención. Somos dichosos hermanos porque Jesús nos ha introducido en el secreto de la verdadera amistad: dar la vida por los amigos, ayudarnos unos a otros a regir nuestras vidas por el mandamiento del amor mutuo, darnos a conocer los unos a los otros el gozo de ser hijos del Padre, hermanos en Jesús, moradas vivas del Espíritu Santo.  
El apóstol Santiago llegó a ser un gran amigo de Jesús, bebió el cáliz del Señor y se sumergió en las aguas de su pasión, más aún fue el primer apóstol en derramar su sangre por su Señor (Hech 12,2). Pero para llegar a este momento supremo tuvo que recorrer un largo camino. Presto en dejar las redes y su familia, junto con su hermano Juan, para seguir a Jesús (Mc 1,19-20, necesitó mucho más tiempo de maduración para dejar de ser el violento Boanerges (Lc 9.54), vencer el sueño, volverse centinela y orante (Mc 9,2-8; 14,32-40), abandonar todo apetito de poder, toda ambición de dominación, todo sueño de grandeza; aprender que no hay sino un solo camino para configurarse con Jesús: servir y dar la vida por la redención de todos. Camino de Jesús, camino de Santiago, camino que desde hace ya más de ocho siglos surcan los peregrinos hacia la ciudad gallega de Santiago de Compostela, donde una antigua tradición ubica su acción el sepulcro del apóstol.
El testimonio de este apóstol nos anima y fortalece porque también nosotros llevamos el tesoro de nuestra dignidad y de nuestro apostolado en vasijas de barro para que siempre quede claro que la gracia que nos habita no proviene de nosotros sino de Dios (2 Co 4,7). Que, así como ocurrió con Santiago, con la ayuda de Santa María del camino, ocurra también con nuestro servicio, nuestra entrega, nuestra vida de fe: “que al extenderse la gracia a más y más personas, se multiplique la acción de gracias para gloria de Dios”.
Entremos una vez más, hermanos, en el maravilloso misterio de la Eucaristía, don supremo del amor divino. No hay mejor manera, ni mejor lugar, ni mejor momento para dar gracias que en asamblea eucarística. La palabra más bella del lenguaje humano después de las palabras “Dios” y “amor”, es la palabra “Gracias”; tanto es así que Cristo la escogió para hacerla sacramento con su cuerpo y su sangre. Esta es la respuesta definitiva a la pregunta del Salmo 115: “¿Cómo corresponderé al Señor por todo el bien que me ha hecho?”: Con la santa y sagrada eucaristía. Amén
Maracaibo 25 de julio de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Administrador apostólico de Maracaibo


Palabras de Acción de Gracias por parte de 
Mons. Jesus Quintero en representación del Clero Marabino.


domingo, 22 de julio de 2018

HOMILÍA DEL DOMINGO XVI ORDINARIO - CICLO B - 2018


DOMINGO XVI ORDINARIO CICLO 8 2018
Lecturas: Jer 23,1-6; Salmo 23; Ef 2,13-18; Mc 6,30-34

El evangelio de hoy solo contiene cinco versículos. Pertenecen al inicio de una nueva sección del evangelio de Marcos (6,30-8,30), conocida con el nombre de sección de los panes, por ser el banquete, la comida el pan y la levadura uno de los ejes de su lectura e interpretación. Los cinco versículos de hoy están situados entre dos banquetes: el organizado por Herodes y dentro del cual Juan Bautista será degollado y el organizado por Jesús para dar de comer a una muchedumbre hambrienta.
Estos pocos versículos nos ponen en contacto con un Jesús que cuida de sus discípulos, dedica tiempo a su formación y está atento a su descanso y su buena alimentación. El relato se inicia con el retorno de los discípulos de la misión que el Señor les había encomendado llevar a cabo de dos en dos por las aldeas circunvecinas y la consiguiente revisión de la tarea encomendada (6,7-13).
El Señor quería atender a los futuros pastores del rebaño y pasar con ellos un buen tiempo, en un lugar tranquilo y apartado, pero he aquí que el rebaño se le viene encima. La multitud se ha dado cuenta que Jesús no es un líder como todos los demás para los cuales ellos no son más que unos ignorantes de la Ley, llenos de impurezas y por consiguiente inaptos para rendir culto a Dios.
Jesús en cambio los valora de un modo totalmente distinto, les dedica tiempo, los instruye, escucha con atención sus problemas y angustias, los reafirma en la fe, expulsa el mal que los acosa, los sana de sus enfermedades, los integra a sus familias y a su comunidad. El evangelio de hoy nos revela el núcleo novedoso de esta manera de ser y de actuar del Señor: nos dice que al ver la multitud Jesús “se compadeció de ella porque estaban como ovejas sin pastor”.
Esta expresión es prácticamente un diagnóstico del estado en que se encontraba la sociedad y el pueblo de Israel en tiempos de Jesús. Era un pueblo abandonado, desatendido, olvidado por todos sus dirigentes tanto políticos como sociales y religiosos. En aquella época con la palabra pastos se designaban todos los que ejercían algún tipo de liderazgo particularmente los dirigentes políticos y religiosos. Le evaluación que hacen de todos ellos los profetas es muy crítica. Hemos escuchado precisamente en la primera lectura la denuncia que hace el profeta Jeremías de esos malos pastores. Los acusa particularmente no solo de haber desatendido al pueblo sino de haberlo dividido, dispersado y hasta expulsado por las naciones.  Y seguidamente anuncia que, ante tanto abandono y desidia, Dios mismo vendrá en persona a pastorear a su pueblo y a escoger nuevos pastores que lo atenderán debidamente. Para los evangelistas Jesús lleva a cabo esta profecía. Él es el Hijo de Dios hecho hombre. A través de él y de sus discípulos es Dios mismo que sale en busca de todas sus ovejas extraviadas y las va reuniendo en el nuevo redil de la Iglesia.
En tiempos de Jesús había muchos líderes, muchos dirigentes que llevaban el nombre de pastores, pero no actuaban como tales y no se ocupaban del rebaño. Ya hemos visto en el episodio anterior cómo se comportó Herodes cobardemente con Juan Bautista; cómo Jesús sufrirá un creciente rechazo y hostigamiento por parte de las autoridades religiosas; como al final el mismo Pilato se lavará las manos y será incapaz de liberarlo, aunque sabía que era inocente.
El pueblo sencillo se dio rápidamente cuenta que el pastoreo de Jesús se sustentaba en otro tipo de autoridad muy distinta a la que ostentaban sus jefes religiosos. En varias oportunidades los evangelios recalcan que Jesús no se contentaba con enseñar, sino que actuaba en conformidad con lo que enseñaba. Que su público predilecto eran los leprosos, los publicanos, las prostitutas, los tullidos, los paralíticos, los extranjeros.  Por eso no lo quieren perder y salen presurosamente en busca de él, rodeando el lago a pie, mientras Jesús lo atraviesa con los suyos en barca.
Jesús se conmueve tanto al ver tanta necesidad en aquellos que lo siguen, que cambia radicalmente sus planes y en vez de dedicarse a sus discípulos atiende primero a la gente. La atiende con compasión. Compasión significa compartir el sufrimiento del otro, sufrir con el que sufre. Algo semejante le pedía el apóstol Pablo a los cristianos de Roma cuando les escribió: “Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran. Tengan un mismo sentir los unos para con los otros” (Rm 12,15). Sus discípulos han de continuar su misión con esta capacidad empática.
Anteriormente los había enviado de dos en dos y les había pedido que evangelizaran en las casas, expulsaran los demonios de la vida de los pobres y curaran a la gente de sus enfermedades (6,12). Ahora les pide que se vuelquen a toda misión que emprendan en su nombre, con pasión por el bien de las muchedumbres abandonadas y con entrañas de compasión, de misericordia, de ternura. De nada sirve dirá siglos más tarde un gran padre de la Iglesia, San Gregorio Magno, tener un gran número de pastores si éstos no se dedican con pasión y compasión a atender al pueblo en todas sus necesidades espirituales, morales y materiales.
Estamos ante una gran emergencia. No es precisamente la compasión y la misericordia la característica relevante de las gobernanzas actuales. Desde las Naciones Unidas, el Parlamento Europeo y muchos de los grandes centros transnacionales de poder se promueve el aborto, la eutanasia, la eliminación de los discapacitados. Son millones los niños sometidos a toda clase de explotación y esclavitud. Se cierran las fronteras y los puertos a los centenares de miles de migrantes que buscan fuera de sus patrias una vida mejor. Se invierte más en armamentismo que en educación. Es alarmante el índice de mujeres y niños sometidos en todos los países del mundo al maltrato y a la violación.  En los tiempos actuales pululan, en todos los continentes jefes de estado corruptos, sedientos de poder y decididos a eliminar con la fuerza bruta a todos sus opositores.
En el evangelio de hoy Jesús nos llama a todos los que hemos sido constituidos pastores de su rebaño, para que no solamente demos ejemplo del verdadero liderazgo cristiano, con valentía y audacia, sino para que también formemos discípulos misioneros libres y conscientes, que se empeñen en formar muy bien a todos los creyentes y a sus comunidades para que no se dejen engañar ni manipular a la hora de elegir a sus gobernantes. Es doloroso ver cómo países habitados por un porcentaje mayoritario de católicos están en manos de bandidos, mercenarios y delincuentes a quienes no les importa la vida de su pueblo y ven con indiferencia cómo se matan entre sí, o huyen despavoridos a otras partes del mundo buscando una nueva esperanza. ¿Será que aún los pastores no hemos sabido formar verdaderos seguidores de Jesucristo? ¿O qué nos hemos tomado muy a la ligera eso de llevar el nombre de cristianos o de pastores en nombre de Jesús?
Estamos aún muy lejos del ideal que nos presenta Pablo en la carta a los Efesios y que hemos escuchado en la segunda lectura. Acercar a los que están lejos. Unir pueblos divididos.  Derribar muros de enemistad y de odio. Construir con la fuerza de la paz una nueva humanidad reconciliada con Dios y entre sus distintas naciones y pueblos. Hermanos, hermanas, hay muchos puentes que construir, muchos barrancos que rellenar, muchos senderos nuevos que abrir para que todos podamos confluir, incluir, aceptarnos y respetarnos. Todo esto es posible si aprendemos a congregarnos todos los cristianos, llenos de compasión, bajo la sombra salvadora de la cruz de Jesús. Con Cristo Jesús muerto y resucitado todo eso es posible.
Maracaibo 22 de julio de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Administrador apostólico de Maracaibo

sábado, 30 de junio de 2018

XIII ENCUENTRO DE JÓVENES CON EL ARZOBISPO - ARRAIGADOS Y EDIFICADOS EN CRISTO NUESTRA ESPERANZA - RESPUESTA A LAS PREGUNTAS


XIII ENCUENTRO DE JÓVENES CON EL ARZOBISPO
ARRAIGADOS Y EDIFICADOS EN CRISTO
 NUESTRA ESPERANZA
RESPUESTA A LAS PREGUNTAS


Agradezco grandemente a los jóvenes que me han formulado preguntas. Es importante hacer preguntas. Este hábito es fundamental en todas las etapas de la vida Es importante también estar atentos y saber escuchar para recibir respuestas.
Las preguntas oportunas y bien formuladas están en la base de la ciencia, de la filosofía y del diálogo con las demás personas que vamos encontrando en el camino de la vida. A través de las preguntas se inicia la gran aventura del hombre de la búsqueda de la verdad, del bien y de la belleza.
Así que felicito a los formularon preguntas y los animo a cultivar esta actitud.
Los ¿por qué? nos ayudan a dar con las causas, las razones y las motivaciones de las cosas.
Los ¿para qué? tienen que ver con las finalidades, los ideales que perseguimos, nos ayudan a aclarar hacia donde nos lleva lo que ahora estoy haciendo o emprendiendo.  Tiene que ver en definitiva con el sentido de nuestra vida, con nuestra vocación fundamental como seres humanos, como cristianos y como personas. Los ¿para qué? Forman parte de nuestra educación en la responsabilidad porque nos ayudan a visualizar las consecuencias de las acciones que realizamos. En el mundo tecnológico de hoy hemos olvidado los para qué, de los fines, por ejemplo: La finalidad de la política, de la economía, de la vida social, de las instituciones de gobierno, de la vida y de la muerte, incluso la finalidad de la vida misma del ser humano. 
He agrupado las preguntas que me han llegado en torno a cuatro temas. El primero: cómo motivarnos para vivir desde la fe la situación desesperante en que se encuentra nuestro país, para que esta fe lejos de perderse se convierta en nuestra fuente de alegría y esperanza. El segundo tema plantea el dilema: emigrar o quedarse. El tercero tiene que ver con la posición de los cristianos frente a la diversidad sexual, el aborto, la familia y la política; y finalmente la cuarta, de carácter personal sobre mi vocación sacerdotal. Las contestaré por consiguiente en ese orden.
1). Mida Pereira, Fernand Mora y Juan Diego Pichardo:
¿Cómo mantener motivado desde la fe a un joven venezolano ante todo lo que estamos viviendo como sociedad? ¿Cómo podemos hacer los jóvenes de ahora para no perder la fe? ¿Qué podemos hacer los cristianos para conseguir la alegría de Cristo en la desesperanza de la situación del país?
¿Dónde pueden encontrar los jóvenes motivos ante el drama que está viviendo la sociedad venezolana? La pregunta da a entender que es posible encontrar motivos para enfrentar la desastrosa situación venezolana, pero quiere que destaque principalmente los motivos fundamentados en la fe.
El tema bíblico escogido para este encuentro nos brinda el motivo principal, el motivo fundamental: nosotros estamos enraizados y fundamentados en Cristo Jesús, nuestra esperanza. Enraizados evoca un árbol que hunde profundamente sus raíces en el suelo. Edificados se refiere a una construcción que se levanta sobre sólidas fundaciones. Sin raíces un árbol es descuajado por el viento y las tormentas. ¿Cuáles son nuestras raíces? La familia, la cultura de nuestro país, son componentes importantes de nuestra identidad. En los profetas (Cfr. Jeremías17,7-8), leemos que otro significado importante de echar raíces es volver a tener confianza en Dios. En él vivimos, nos movemos y existimos. La fe cristiana es una fuerza formidable porque nos conecta directamente con la persona de Cristo Jesús, vida nuestra. El encuentro y la relación amistosa y estrecha con Jesucristo dota de un dinamismo nuevo toda nuestra existencia. El trato con Cristo nos irá revelando nuestra verdadera identidad,
Si tomamos la decisión de arraigar el árbol de nuestra vida en el suelo fecundo que es Cristo Jesús y de construir nuestra casa, es decir nuestro proyecto de vida sobre la roca sólida que es Cristo muerto y resucitado, tenemos el equipamiento necesario no solo para asumir la realidad actual de Venezuela sino influir en la transformación de esta realidad y abrir puertas y ventanas a la esperanza.
En la historia de la salvación y de nuestra Iglesia tenemos muchos ejemplos de creyentes que echaron raíces en Dios y edificaron sus vidas sobre su Palabra y jugaron un papel decisivo en el origen de sus pueblos y en la superación de los obstáculos y pruebas que se presentaron en su camino.
Las virtudes de la fe, de la esperanza y de la caridad nos han sido ofrecidas para iluminar las tinieblas de esta sociedad, para darle sabor y gusto a la vida, para infundir fuerzas nuevas en momentos de desesperación. El cristiano no está hecho para tiempos fáciles y cómodos sino para abrir nuevos horizontes allí donde parece que todo está perdido. En la cena de despedida Jesús les dijo a sus discípulos: “En el mundo tendrán que sufrir, pero tengan confianza:¡Yo he vencido el mundo!” (Jn 16, 33).
Las situaciones, las realidades que se presentan en la historia actual de nuestro país son otras tantas llamadas e interpelaciones que Dios nos está haciendo para que respondamos responsablemente. La mejor manera de no perder la fe es pedírsela constantemente al Señor en la oración, es cultivarla poniéndola en acción. Ustedes saben muy bien que lo que no se practica se olvida. Un idioma que no se habla se olvida. Una fe que no nos lleva a actuar de acuerdo a ella, se marchita y se muere. El cristiano no se conoce por la doctrina que profesa sino por las acciones que realiza y las posturas que asume de acuerdo que esa profesión de fe.
Queridos jóvenes, no sean espectadores pasivos de la realidad que los envuelve. Involúcrense en acciones constructivas que están a su alcance, que tienen impacto positivo sobre sus hermanos, que dan respuesta a situaciones concretas. Construyan su casa sobre roca, no sobre arena. Echen raíces profundas estudiando a fondo la historia de su país, su cultura, la mentalidad de sus habitantes. Prepárense bien en el campo escogido. Todo eso, contribuye poderosamente a cambiar las situaciones en las que se encuentran y los preparan a llevar a cabo cambios y transformaciones mucho más profundas cuando las oportunidades se presenten. Lo más triste sería que éstas se presentaran y ustedes estuvieren dormidos, adoctrinados, domesticados, reducidos a zombis manejados a control remoto.
Arraigados y cimentados en Cristo Jesús. Edificados sólidamente en él. Firmes y fuertes en su fe, son las mejores condiciones para que brote de dentro de cada uno un manantial perenne de alegría juvenil. La alegría no es producto de las cosas que tenemos ni de factores externos. La alegría es un don del Espíritu Santo, un fruto que crecen en los árboles arraigados en Cristo Jesús, una consecuencia de saberse siempre y en toda circunstancia hijos amados del Padre, tan amados que envió a su Hijo único para salvarnos y darnos a conocer su amor. Dice el Papa Francisco al inicio de su primera exhortación apostólica: “La alegría del evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús… Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.
2). Gustavo Olivares: ¿Qué debe aconsejar la Iglesia a los jóvenes ante la realidad del país: emigrar o quedarnos?
Gustavo Olivares me pregunta que aconseja a la Iglesia a los jóvenes venezolanos ante la realidad del país: si deben emigrar o quedarse. Gustavo, gracias por tu pregunta. Son muchos los jóvenes que sin duda se la plantean. La Iglesia, y yo personalmente tampoco, tiene una respuesta preformateada y genérica sobre esa disyuntiva. Para responderla desde la fe, le diría a cada joven que se la plantea que lo haga haciéndose las preguntas del inicio: ¿por qué irme o quedarme? ¿Cuáles son los motivos reales y profundos por los que quiero quedarme o irme? ¿con qué fin mi iría o me quedaría? ¿qué persigo con la decisión de quedarme o de irme? ¿Dónde está Dios, mi fe en todo esto?
Lo que no podemos hacer, desde el punto de vista cristiano, es seguir al montón sin pensar en lo estoy haciendo y sus consecuencias. Me voy porque los demás se van; porque mis amigos se van. Lo que no podemos hacer es irnos por puros motivos económicos, pensando en recuperar bienestar, comodidad y vida fácil. Ante esta encrucijada, para discernir y tomar la buena decisión debo hacer recuento de los principios y valores por los que debo regir mi vida que es lo primero, lo segundo, lo demás. En toda vida sana hay un orden. Cristo nos dice: “Busquen primero las cosas de Dios y lo dispuesto en su plan y él les añadirá todo lo demás” (Mt 6,33).
En la vida según el plan de Dios sobre cada uno de nosotros, está la valoración de nuestro ser: hemos sido hechos a su imagen y semejanza. Preocupémonos por crecer y madurar en nuestro ser imagen y semejanza de Dios. Eso significa busquemos ser como El, como Cristo que es la mejor imagen creada de Dios, como María, que es la criatura humana que mejor ha reproducido el ideal de Dios. Procuremos con la ayuda de la gracia divina, de nuestra familia, de nuestros amigos, de nuestra comunidad parroquial, de nuestro grupo juvenil, ser honestos, ser coherentes, ser maduros, ser solidarios, ser gente llena de alegría y esperanza.
En segundo lugar, propongámonos hacer bien todo lo que emprendemos: desde las cosas más sencillas hasta las más complejas. No despreciemos ni descuidemos ninguna. Impregnemos todas nuestras acciones de la fuerza del amor.  Con todas, particularmente las más humildes y cotidianas nos santificamos. Aquí se esconde el secreto de la felicidad verdadera. Servir, darnos por entero, vivir en permanente donación y apertura de mente y corazón hacia los más necesitados.
Tercero, estemos bien, sintámonos bien buscando la compañía de amigos, familiares y seres queridos que nos hagan crecer, que nos hagan mejores, que nos ayuden a tener buen humor, a reir, a ver la vida por el lado de la esperanza, que nos ayuden a valorarnos y a reconocer nuestros dones y cualidades.
Y todo esto dará como resultado que obtengamos los bienes que realmente necesitamos para llevar una vida buena y sana. Como ven no son los bienes económicos, ni las riquezas las cosas que debemos buscar en primer lugar, sino que ellas vendrán por si solas si cumplimos el itinerario anterior. Los que invierten este orden y se mueven motivados solo por el afán de tener, acumular para poderse comprar cosas y divertirse serán desdichados y amargarán muchas vidas. ¿De qué sirve, dice Jesús, ganar el mundo entero si pierdes tu alma?”.
No tenemos que llevar solos lo que en realidad nunca podría soportar solo. Hemos nacido en el seno de una familia, pertenecemos a una patria, formamos parte de la Iglesia nuestra gran familia universal. Nadie se salva solo, como individuo aislado. Dios nos atrae y nos revela la vocación a través de una rica trama de experiencias y relaciones interpersonales. Esa es la gran experiencia que estamos viviendo hoy aquí, en este maravilloso encuentro. Nonos asustemos por esta oscuridad en que estamos sumergidos material y política y económicamente. La corriente vivificante de Dios está presente y aunque permanece invisible está actuando. Dios no nos ha abandonado. La mejor prueba somos nosotros aquí reunidos esta mañana. Siempre que haya gente con esperanza, firmes y convencidos, unidos y alegres con metas e ideales claros, habrá futuro para un país.
No somos los únicos. Somos muchos, Mucho más de lo que nos imaginamos dentro y fuera del país que en este momento están dando su vida de fe para que Venezuela sea distinta. No sabemos quiénes son. Lo sabremos al final cuando todo nos será revelado en la luz de Dios.
Por lo tanto, también nosotros, rodeados por tal nube de testigos, despojémonos de todo estorbo y del pecado que nos asedia y llenos de fortaleza, salgamos al encuentro del combate que se nos presenta con la mirada siempre fija en Jesús. Con el hemos iniciado la carrera de nuestra fe. Con él la concluiremos. Pensemos siempre en él que alcanzó la meta y en todos aquellos que nos ha precedido en esta historia para no dejarnos abatir por el desaliento (Cfr. He 12,1-3)
3). Santi Petit: ¿Cómo defendemos el amor verdadero, la vida y la fe ante las ideologías que el mundo ha aceptado con respecto a diversidad sexual, el aborto, la familia y la política?
En la última asamblea nacional de pastoral que tuvo lugar en noviembre de 2015 se nos dieron cuatro grandes pistas de trabajo para estos años venideros: el anuncio del evangelio de Jesús de forma actualizada y dinámica; el testimonio de la vida en comunidad fraterna compartiendo tiempo, talentos y bienes; el compromiso social en las cuestiones que plantea al civilización actual y la dedicarle tiempo y atención a formarnos sólidamente en los distintos campos donde se debaten cuestiones que tocan la familia, la vida, los derechos humanos, la convivencia humana.
No nos toca pues asumir posiciones defensivas, como si estuviéramos arrinconados. Nos toca ser proactivos, tomar iniciativas. No actuar por reacción contentándonos  con responder a ataques o agresiones. Si nos preparamos bien en el campo bioético, si creamos grupos de estudio y compromiso, si nos hacemos presentes en los foros políticos donde se toman decisiones y se aprueban leyes, si actuamos en los espacios universitarios y científicos donde se debaten y se presentan modelos de vida que son contrarios a la dignidad humana y al plan de Dios sobre la creación, estaremos en condiciones de anunciar de manera incidente, actualizada y comprensible los grandes principios que rigen el estatuto humano de la vida, de la pareja, de la familia, del amor y de la sexualidad.
4). María Lugo: Monseñor, si Dios le da la oportunidad de ser joven otra vez ¿elegiría de nuevo el sacerdocio?
Finalmente, respondo a la pregunta de María Lugo. Ella quiere saber si en el caso de que Dios me diera la oportunidad de ser joven otra vez elegiría de nuevo el sacerdocio.
Ve, María, te digo en primer lugar déjame decirte que nunca he dejado de ser joven. Si amar antes de un sentimiento es una decisión, yo tomé la decisión de ser joven toda mi vida. Este año cumplo 50 años de vida sacerdotal. Todos los he vivido intensa y apasionadamente, en plenitud. Con mis debilidades, mis defectos, mis fortalezas y los dones que Dios me ha dado. En el ejercicio de mi sacerdocio, he encontrado mi felicidad, mi plena realización y el mejor camino para poner todo lo que soy al servicio de mis hermanos. He llegado a la conclusión que ser cura y desempeñar con alegría ese ministerio es lo que me ha mantenido siempre joven.
Hay un salmo que siempre ha retintineado en mi cabeza y mi corazón desde que lo decía como monaguillo en latín al principio de la misa tridentina: “Introibo ad altare Dei, ad Deum qui laetificat iuventutem meam”. Traduzco: Entraré al altar de Dios, al Dios que llena de alegría mi juventud” (Salmo 43,4).
 En la vivencia del sacerdocio que Dios me regaló he encontrado le secreto de la eterna juventud. La que nunca se marchita. No tengo cómo devolverle a Dios todo lo que ha hecho por mí. Si tuviera la oportunidad de escoger nuevamente, bien tonto sería de no escoger ese maravilloso don nuevamente. Sí, María, no lo dudes, escogería con gran alegría ser cura nuevamente.
Maracaibo 30 de junio de 2018
+Ubaldo R Santana Sequera FMI




domingo, 20 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES B 2018

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES B 2018
Lecturas: Hech 2,1-11; Salmo 103; 1 Co 12,3-7.12-13; Jn 20,19-23
“Habían sido ya cumplidos los designios de Dios sobre la tierra; pero era del todo necesario que fuéramos hechos partícipes de la naturaleza divina de aquel que es la Palabra, esto es, que nuestra vida anterior fuera transformada en otra diversa, empezando así para nosotros un nuevo modo de vida según Dios, lo cual no podía realizarse más que por la comunicación del Espíritu Santo. Y el tiempo más indicado para que el Espíritu fuera enviado sobre nosotros era el de la partida de Cristo, nuestro Salvador” (S. Cirilo de Alejandría).
Mis queridos hermanos,
Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. Jesús se lo había prometido a sus discípulos cuando les anuncio su salida temporal de este mundo. Les había pedido que permanecieran en oración en torno a su madre María, en espera orante del cumplimiento de esa promesa. Hoy festejamos el cumplimiento de esa promesa. El Libro de los Hechos nos narra que todos estaban reunidos en el cenáculo, concentrados en oración, cuando se produjo su llegada. Primero se produjo un ruido potente parecido a un viento impetuoso. Luego aparecieron lenguas como de fuego que se posaron sobre cada uno de los presentes. Comenzaron entonces a hablar en diferentes idiomas. ¡Estaba llegando el Espíritu Santo para quedarse definitivamente con la humanidad entera!
Así lo da a entender San Lucas al comentar, en los versículos siguientes, que la multitud de gente que se aglomeró en torno al lugar, procedentes de todas las naciones del mundo, se quedaron asombrados al oír hablar a esos galileos en sus propios idiomas proclamando las grandezas de Dios. El acontecimiento provoca admiración, perplejidad y sobre todo apertura de corazón. Todo esto ocurrió, cincuenta días después de la Pascua.
Pentecostés es el nombre de una de las más importantes fiestas judías, conocida también con el nombre de la fiesta de las semanas, dedicada a recordar la estancia del pueblo de Israel en el monte Sinaí (Dt 16,9-10). El Libro del Éxodo (Ex 19) describe cómo con gran despliegue de estruendo y fuego, Dios se hizo presente y selló una alianza con las doce tribus y les entregó la Ley, para hacer de ellas el pueblo de Dios. Esta fiesta judía quedó como una figura profética que ahora llega a su complimiento.
Hoy, como en aquel entonces, Dios se hace presente, en medio del estruendo y del fuego, y constituye un nuevo pueblo, que no está constituido solo por 12 tribus, sino por todas las naciones de la tierra. El nuevo vínculo que los une no será una ley escrita sobre tablas, sino el Espíritu Santo, que habitará en los corazones de cada creyente. Si los judíos, en el primer Pentecostés, celebran la fiesta de la alianza, los cristianos, reunidos en el cenáculo, celebran la nueva y definitiva alianza, sellada con el Espíritu en lo hondo del corazón humano, tal como lo había profetizado Jeremías (Jer 31,31-35).
Si en la torre de Babel (Gen 11,5-9), se produjo la dispersión de la humanidad por la confusión de las lenguas y el orgullo humano, ahora es el Espíritu, la tercera persona de la Trinidad, quien llevará adelante la reunificación de la humanidad, de la cual la Iglesia es un sacramento.  Así la presenta el Concilio Vaticano II: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Constitución Lumen Gentium No 1). Desde entonces, la gran misión de la Iglesia en este mundo, es la comunión, siguiendo el modelo de la misma Santísima Trinidad, tres personas en un solo Dios, unidas indisolublemente por el vínculo del amor mutuo.
Jesús le había dicho también a los suyos, antes de ascender a los cielos, que el Gran Don de Dios, es decir el Espíritu Santo, vendría sobre ellos y recibirían su fuerza “para ser sus testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra” (Hech 1,8). Es por eso que, desde el mismo momento en que el Espíritu irrumpe sobre ellos, salen a la calle y empiezan a proclamar sin miedo, a Jesucristo y su Buena Nueva de salvación.
Esta sigue siendo la misión de la Iglesia: dar testimonio de unidad, de comunión, de fraternidad. El Espíritu Santo es el gran Maestro, la gran herramienta con la cuenta la Iglesia y los cristianos para llevar a cabo ese mandato. Ya no será solo Jesús el poseedor del Espíritu, ni solo los apóstoles, ni solo algunos cristianos. Ahora serán todos los vivientes de este planeta los que podrán recibirlo. Es la primera gran afirmación que hace Pedro inmediatamente después de recibir el don del Espíritu, citando la profecía del profeta Joel: “Sucederá en el final de los tiempos que derramaré mis Espíritu sobre todos los vivientes” (Jl 3,1-5).
Y la gran fuerza unificadora de la humanidad que nos comunica a todos el Espíritu es el amor. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,8). Se inicia una nueva humanidad, regida por el amor de Cristo comunicado por el Espíritu Santo, en lugar de la vieja humanidad de Adán, de Caín y de sus descendientes, una humanidad de hombres y mujeres iguales en dignidad, un nuevo pueblo, que tiene a Cristo por cabeza, integrado por hijos e hijas de Dios, iguales en dignidad, y en cuyo corazón habita el Espíritu Santo. Su ley fundamental: el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó (Jn 13,34). Su misión última: dilatar más y más el Reino de Dios en este mundo, ya iniciado por el mismo Dios en la tierra. Su fuerza y motivación primordial: la esperanza de llegar a la consumación cuando Cristo se manifieste y recapitule toda la creación y la humanidad y la coloque a los pies de su Padre y así esté El todo en todos (Cfr LG 9b y 1 Co 15,26-28).
A todos los cristianos, miembros de la Iglesia, nos toca, por consiguiente, por un lado, luchar arduamente para erradicar de este mundo toda clase de discriminaciones, exclusiones, esclavitudes, para que, como dice Pablo “no haya distinción entre judío y griego, entre esclavo y libre, entre varón y mujer, sino que seamos todos uno en Cristo Jesús” (Gal3,38).  Y por otro, proponer modelos de familia, de comunidad, de asociaciones pequeñas, medianas y grandes, en todos los campos, donde se viva a fondo la reconciliación, el encuentro, el entendimiento, la integración, la fraternidad, la vida comunitaria. Acabar con la civilización del hombre lobo del hombre y edificar la civilización de la fraternidad universal.
Todo eso es posible, solo si llevamos dentro de nosotros la fuerza del Espíritu. ¡Es grande el vacío del hombre si Él nos falta por dentro! (Cfr. Secuencia de la misa de hoy). Sólo Él nos puede llevar a la verdad completa y abrir nuestras inteligencias al sentido profundo de las Escrituras. Sólo Él nos puede llevar a la fe en la presencia de Jesús en la hostia consagrada y en el hermano pobre y desamparado. Sólo Él puede arrancar nuestro corazón cainítico e injertar en nosotros el corazón palpitante de Jesús, para dar nuestras vidas por el bien del prójimo.
Sólo Él nos comunica la fuerza para enfrentar victoriosamente las asechanzas del Maligno y vencer sus tentaciones. Sólo Él, “en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias (…) hace posible que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano, y los pueblos busquen la unión”. Solo Él con su acción eficaz consigue que las luchas entre hermanos se apacigüen, crezca el deseo de la verdadera paz, basada en la justicia; “que el perdón venza al odio y la indulgencia a la venganza” (Cfr. Plegaria eucarística de la reconciliación II). Sólo con Él es posible superar la civilización egolátrica y materialista y construir una nueva humanidad basada en el servicio y la amistad entre los pueblos.
Todos, mis queridos hermanos, necesitamos pedir este Don del Espíritu Santo para tener el empuje y el entusiasmo necesarios para ser, en Cristo Jesús, testigos de la vida y de la fraternidad verdaderas y poder trabajar activamente en la transformación integral de Venezuela en la casa común de una sola familia donde vivamos como hermanos con las puertas abiertas al mundo entero.
¡Ven, Espíritu Santo! renueva los corazones de nosotros tus fieles y ¡enciende en nuestros corazones el fuego de tu amor!
Maracaibo, 20 de mayo de 2018
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 13 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR 2018 DÍA DE LA MADRE


Y es que en realidad fue motivo de una inmensa e inefable alegría el hecho de que la naturaleza humana, en presencia de una santa multitud, ascendiera por encima de la dignidad de todas las creaturas celestiales, para ser elevada más allá de todos los ángeles, por encima de los mismos arcángeles, sin que ningún grado de elevación pudiera dar la medida de su exaltación, hasta ser recibida junto al Padre, entronizada y asociada a la gloria de aquel con cuya naturaleza divina se había unido en la persona del Hijo (S. León Magno).
Muy amados hermanos en nuestro Señor Jesucristo,
¡Felicitaciones a todas las madres en su día! La cincuentena pascual concluye con dos grandes fiestas: la Ascensión del Señor a los cielos y la venida del Espíritu Santo. Los dos acontecimientos están estrechamente ligados. En el coloquio después de la última cena, Jesús les había dicho a sus discípulos que era menester que él se fuera para que les pudiera enviar el Espíritu Santo (Jn. 16,7).
Celebramos hoy la primera de ellas. La Ascensión marca el final del ministerio terrestre de Jesús. “Salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo al mundo y voy al Padre” (Jn 16, 28). Jesús llegó solo. Ahora regresa a la casa con su divinidad y su cuerpo glorioso. Con él es toda la humanidad la que vuelve definitivamente a la casa, el paraíso, de donde había sido expulsada tras el pecado de los primeros padres (Gen. 3,24).
Pablo anuncia a los efesios con entusiasmo desbordante este acontecimiento: “Pero, Dios, rico en misericordia, y por el inmenso amor con el que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros delitos, nos ha hecho revivir en Cristo. ¡Gratuitamente hemos sido salvados! Dios nos resucitó con Cristo Jesús y nos hizo sentar con él en el cielo”. (Ef 2,4-6). Ya estamos introducidos en la casa del Padre, como hijos adoptivos del Padre, hermanos unos de otros y coherederos del Reino de los cielos. Una larga caravana de retorno se ha iniciado que se prolongará a través del tiempo hasta la Parusía. 
La partida de Jesús a la derecha de su Padre, marca también el nacimiento de la Iglesia y su envío en misión. Nos encontramos en el tiempo de la Iglesia, del testimonio discipular y de la misión a realizar en nombre de Jesús. En la liturgia de la Palabra de hoy tenemos dos relatos de la Ascensión: uno de S. Lucas, en la primera lectura, y otro de S. Marcos en el evangelio.
El relato de Lucas se encuentra al inicio del libro de los Hechos de los apóstoles. Lucas le presenta a Teófilo, un lector imaginario que significa amigo de Dios, el mismo a quien le dirigió el evangelio, las claves de todo el libro. Después de recordarle el contenido del evangelio, inicia esta nueva etapa de la historia de la salvación con la ascensión de Jesús a los cielos y las últimas consignas entregadas a los discípulos.  Les hace una promesa: el bautismo con el Espíritu Santo, que va asociada a un don: “cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, recibirán fuerza para ser mis testigos”. Y concluye abriendo el horizonte universal de la misión: empezando por Jerusalén han de llegar hasta los confines del mundo.
Dios ama la humanidad y quiere que la salvación llegue a todos. Los discípulos de su Hijo han de llevar ese mismo amor y ese mismo empuje dentro del corazón. Por eso la misión no puede ser sino universal. Así aparece en el evangelio de hoy en el que podemos descubrir tres momentos. A pesar de su pesada incredulidad para aceptar la realidad de la resurrección, Jesús les hace confianza y envía a los Once como heraldos suyos al mundo para que proclamen el evangelio a todas las criaturas, la necesidad de la fe y del bautismo y los signos que permitirán reconocer la eficacia de la acción evangelizadora. Luego, en un solo versículo narra la ascensión del Señor junto a su Padre en el cielo; finalmente el cumplimiento del envío por parte de los discípulos asistidos por una nueva presencia de Jesús en sus vidas, que sabemos por Lucas que es el Espíritu Santo.
La fiesta de la Ascensión nos revela, queridos hermanos, que una nueva fuerza expansiva de salvación está en marcha. Es una fuerza indetenible, propulsada por el Espíritu Santo, que no conoce límites. La misión que está en marcha en este momento de la historia de la salvación es la del Espíritu Santo. Él tiene sus propios caminos y su modo de llevar a cabo la salvación universal. Pero Jesús ha querido asociar la Iglesia a su misión de manera especial, como gran signo de su salvación. A la Iglesia le corresponde ser signo sacramental de la voluntad salvífica universal de Dios en el mundo. Los que formamos parte de ella, sabemos que hemos recibido sin duda esta misión desde nuestro mismo bautismo y nos toca asumir la parte que nos corresponde.
¿En qué consiste esa misión? Oigamos la enseñanza del Concilio Vaticano II: “Predicando el evangelio la Iglesia atrae a los oyentes a la fe, y a la confesión de la fe, los prepara al bautismo, los libra de la servidumbre del error, y los incorpora a Cristo para que por la caridad crezcan en El hasta la plenitud. Con su trabajo consigue que todo lo bueno que se encuentra sembrado en el corazón y en la mente de los hombres y en los ritos y culturas de estos pueblos, no solo no desaparezca, sino que se purifique, se eleve y perfeccione para la gloria de Dios, la confusión del demonio y felicidad del hombre. La responsabilidad de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo en su parte.” (LG 17)
No es tiempo pues de quedarse parados como los discípulos, mirando al cielo. Como dice San Juan Pablo II, la misión acaba apenas de empezar. Aún queda mucho mundo sin conocer el mensaje de Jesús.  Es tiempo de ir, de salir, de moverse. El peligro de nosotros los católicos, y de otras confesiones religiosas, es el de quedarnos encerrados dentro de nuestros templos y organizaciones selectas y de olvidarnos que la misión está afuera, en la calle, en las periferias, en los laboratorios, en los medios de comunicación social. El Papa Francisco nos urge a llevar la Buena Noticia del Evangelio a las periferias, a las nuevas culturas, a las innumerables pobrezas que surgen en el planeta. Nuestra civilización moderna corre el grave peligro de materializarse y nosotros el de encerramos dentro de nuestros linderos de comodidad espiritual. Unos mirando al cielo y otros pegados a este suelo.
El mundo entero necesita conocer el amor de Dios revelado en Jesucristo. ¿Cuáles son los signos que han de ir autenticando nuestra misión? Hemos de proclamar la Buena Nueva en el mundo de la racionalidad ilustrada para que los avances de la ciencia y de la tecnología se coloquen al servicio del crecimiento en dignidad de todos los hombres y de todo el hombre, en su integralidad trascendente, empezando por los más pobres. Se ha proclamar en los infiernos humanos donde el demonio sigue aun campeando como gran señor. El infierno de la exaltación del poder abusivo y opresor, que siembra millones de muertes a su paso, a través del aborto, de la eutanasia, de la trata de niños y mujeres, del comercio de órganos, de la industria armamentista, del terrorismo nacionalista radical, del libertinaje sexual y la permisividad de la lujuria. Hemos de llegar hasta donde yacen millones de enfermos postrados con toda clase de enfermedades físicas, morales y mentales. El evangelio del amor y de la solidaridad ha de llegar a los millones de seres humanos totalmente abandonados, sin amor, sin reconocimiento de su dignidad, condenados a morir de hambre, de sed, de analfabetismo político y religioso, víctimas de toda clase de epidemias y pandemias.
Miles, millones de hombres, están esperando ansiosos de saber que son “Teófilos”, los amigos de Dios, dignos destinatarios de la Buena Nueva traída por Jesucristo a este mundo. A partir de la Ascensión, la Iglesia ha entendido que se le confía difundir lo que Jesús es, enseñó y hizo por las ciudades, aldeas y pueblos de su tiempo. Él lo hizo con pasión y dinamismo. Con entrañas de misericordia y un fuego ardiente en el corazón. Cada uno de nosotros está llamado a prolongar y hacer realidad ese fuego, esa pasión de amor, esa salvación.
Es cierto que no siempre hemos sido consecuentes con este envío. Nos hemos quedado dormidos. Peor aún lo hemos traicionado. Estamos abandonando espacios que han pasado a ocupar, como dice el Papa Francisco en el mensaje de este año para la jornada Mundial de la Comunicación social, toda clase de fake-news, de falsas noticias. Pero el Señor, mantiene su compromiso, nos sigue comunicando su Espíritu para que recobremos nuestras fuerzas testimoniales y nos lancemos con ganas al ruedo evangelizador. No hay mayor dicha para un cristiano y diría para un ser humano que ser y hacerse portador de una persona como Jesucristo y de difundir su mensaje por doquier. Muchos lo han hecho y otros muchos lo están realizando en el día de hoy. Hoy nos toca a nosotros.  Que esta santa eucaristía nos haga fuertes en la fe, animosos en la esperanza y fogosos en la caridad para llevar este evangelio de vida a tantos venezolanos y hermanos del mundo que lo están esperando.
Maracaibo 13 de mayo de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 6 de mayo de 2018

SEXTO DOMINGO DE PASCUA CICLO B 2018 JESUCRISTO Y LA BOMBA A

SEXTO DOMINGO DE PASCUA CICLO B 2018
JESUCRISTO Y LA BOMBA A

Muy amados hermanos,

El pasaje evangélico de hoy es continuación del texto proclamado el domingo pasado. Siguen resonando algunas palabras claves ya meditadas, permanecer, dar fruto, ser discípulos, pero ahora emerge con fuerte insistencia, repercutida a su vez en la segunda lectura, la revelación del amor entre el Padre y el Hijo, entre el Hijo y sus discípulos, entre los mismos discípulos de Jesús y entre los discípulos y el resto de la humanidad.

Jesús había anunciado al inicio del capítulo 13, que había llegado la hora del retorno definitivo de la humanidad a su redil original, la casa del Padre.  Como único y verdadero Gran Pastor, él va a ir delante para indicarles la ruta. En el largo coloquio, después de la cena eucarística, del cual estamos leyendo una parte en el evangelio de hoy, les va a indicar cuáles son las posturas claves que él va a asumir para unir ese rebaño y conducirlo de nuevo al paraíso perdido (Cf. Jn 14,6).

Será una obra de amor extremo (13,1); un servicio hecho con la humildad y sencillez con la que un esclavo lava los pies de los huéspedes de su amo (vv2-17). Será una entrega amorosa de su vida, hecha con libertad y alegría (15,13). La realizaría en estrecha e íntima unión con su Padre, para cumplir su voluntad y realizar plenamente su designio de salvación (14,8-11;15,9-11). Esas mismas posturas y actitudes claves han de ser asumidas por los que estén dispuestos a trabajar con él en la unificación del género humano (13,16).  

Sus discípulos han de ser personas dispuestas a servirse los unos a los otros, a lavarse los pies, con sencillez y humildad, abandonando toda pretensión de superioridad, de privilegios y de búsqueda de honores. Han sido elegidos por él para reunir a la humanidad en un solo rebaño. Para ello necesitan comprometerse en cumplir el mandamiento del amor mutuo que él les va a dejar como identificativo: “Ámense unos a otros como yo los he amado. Todos reconocerán en ello que son mis discípulos” (Jn 13,34).

El amor mutuo no es un mandato solo para sus discípulos. Es el único camino de salvación que tiene la humanidad. Para eso lo envió su Padre a este mundo y se hizo uno de nosotros (Cf Jn 1,14 y 3,16). Bien claro lo dijo el apóstol Pedro en una de sus comparecencias ante el Senado judío: “En ningún otro hay salvación, y en todo el mundo no se le ha dado a la humanidad otro Nombre por el cual podamos salvarnos” (Hech. 4,13). En la primera lectura se nos narra la elección de Pedro para entrar en la casa de un pagano y anunciarle el evangelio a su familia. La gran y única razón de ser del cristianismo y del cristiano en este mundo, es esa: anunciar y hacer presente el amor de Dios por la humanidad manifestado en su Hijo Jesús en todas las casas de la civilización humana.

Cristo Jesús nos habilita para esa misión derramando en nuestros corazones ese amor por medio del don del Espíritu Santo (Rm 5,5). Solo con ese amor de Cristo dentro de nosotros podremos transformar nuestras relaciones humanas en relaciones de amistad fraterna. Sin ese amor, la humanidad sencillamente permanecerá inacabada, por más evoluciones y revoluciones que produzca el ingenio humano.
Así se lo hacía entender el gran científico Albert Einstein en una carta al final ya de su vida a su hija Lieserl, a quien absorto como estaba en sus grandes descubrimientos y trabajos científicos, le había dedicado muy poca atención y cariño a lo largo de la vida. Vale la pena transcribirla:
“Cuando propuse la teoría de la relatividad, muy pocos me entendieron, y lo que te revelaré ahora para que lo transmitas a la humanidad también chocará con la incomprensión y los perjuicios del mundo. Te pido, aun así, que la custodies todo el tiempo que sea necesario, años, décadas, hasta que la sociedad haya avanzado lo suficiente para acoger lo que te explico a continuación. Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha encontrado una explicación formal.
Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras, y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el AMOR. Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más invisible y poderosa de las fuerzas. El Amor es Luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El Amor es gravedad, porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El Amor es potencia, porque multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El Amor es Dios, y Dios es Amor.
Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Ésta es la variable que hemos obviado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su antojo. Para dar visibilidad al amor, he hecho una simple sustitución en mi ecuación más célebre. Si en lugar de E= mc2 , (su famosa ecuación de la teoría de la relatividad), aceptamos que la energía para sanar el mundo puede obtenerse a través del amor multiplicado por la velocidad de la luz al cuadrado, llegaremos a la conclusión de que el amor es la fuerza más poderosa que existe, porque no tiene límites.
Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase de energía. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser siente que en él habita, el amor es la única y la última respuesta. Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta. Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de amor cuya energía espera ser liberada. Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl, comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el amor es la quinta esencia de la vida.
Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que ha latido silenciosamente por ti toda mi vida. Tal vez sea demasiado tarde para pedir perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti, ¡he llegado a la última respuesta!”. Tu padre: Albert Einstein”
El verdadero poder humano que todo lo transforma no está por consiguiente en las armas, o en el dinero, o en la información, o en la ciencia. Está en el poder de servirnos los unos a los otros como hermanos y amarnos incondicionalmente, tal como Jesús nos lo ha enseñado. “Él es quien nos revela que Dios es amor (1 Jn 4,8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana y, por tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles.” (Documento conciliar Alegría y Esperanza-GS- No 38.

Aceptemos, hermanos este don que Jesús nos quiere hacer. Él es el que invita. El quien elige a los suyos. Él quiere compartir su misión con nosotros. No dudemos en hacerla nuestra. Si alguna bomba hay que hacer explotar en este mundo, corroído por el odio, la violencia, las desigualdades y la injusticia social, no son los artefactos que los terroristas se colocan en sus cuerpos sino la bomba A. La bomba del amor de Dios manifestado en Cristo, la bomba del amor mutuo. Está en nuestras manos. La llevamos dentro de nosotros. Hagámosla explotar en el corazón de la vida.

Maracaibo, 6 de mayo de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo




domingo, 15 de abril de 2018

DOMINGO TERCERO DE PASCUA CICLO B 2018 LA ESCUELA DE LOS TESTIGOS


DOMINGO TERCERO DE PASCUA CICLO B 2018
LA ESCUELA DE LOS TESTIGOS


Muy amados hermanos,
Pascua nos comunica la gran noticia de la resurrección de Jesucristo, tres días después de su crucifixión y sepultura. No hay registros científicos ni evidencias físicas de tal acontecimiento. Un sepulcro vacío. Sudarios y mortajas, no son suficientes pruebas de un fenómeno tan extraordinario. Jesús sólo quiso constituir testigos. Jesús resucitado se manifestó primero a unas mujeres. Las mujeres se lo comunicaron a los apóstoles. Luego Jesús se hizo presente a los apóstoles y los constituyó testigos suyos. Todo ha descansado desde entonces en el testimonio de estos hombres. La historia de la Iglesia es una sucesión viva de testigos que sostienen que Jesús no quedó prisionero de la tumba ni de la muerte, sino que resucitó y ofrece esa misma resurrección a los que creen en él.
Estos hombres no se volvieron testigos de una vez. Jesús los fue trabajando y moldeando, como si hacía falta volver a la casilla de partida, a raíz de su resurrección. “Vuelvan a Galilea, al lago. Me adelanto a ustedes y allí los espero” (Cfr. Mc. 16,7). Pasaron por todo un proceso de profunda conversión. Lo primero que Jesús hizo fue ratificarlos como sus apóstoles. Ellos sentían que habían perdido esa condición después de fuga cobarde en el momento del arresto. Habían quedado desnudos, frágiles, expuestos, como aquel joven del jardín de los Olivos que huyó dejando su túnica en las manos de sus captores (Cfr. Mc 14,51-52).
 El Señor se ocupó de ellos desde el mismo día de su resurrección. San Juan cuenta que se hizo presente en medio de ello esa misma tarde cuando, acogotados por el miedo y la vergüenza, se habían encerrado en una casa anónima. No les recriminó su cobardía. Exorcizó sus miedos y los volvió a revestir de la paz interior: “La paz esté con ustedes”. Sin paz interior siempre se anda desnudo, expuesto, vulnerable.
El evangelio de hoy, que es a la vez la continuación y el epílogo del episodio de Emaús, nos introduce nuevamente en esa sala. Una sala donde repentinamente el Señor se hace presente y la transforma en una escuela activa de formación de testigos. Entremos allí nosotros también y aprovechemos esa magnífica formación, bajo la batuta de tan prestigioso maestro. ¿Cómo transformar hombres cobardes y miedosos en ardientes testigos de Cristo resucitado? 
Allí están los once y los dos discípulos recién llegados de Emaús, relatando emocionados lo que les había ocurrido en el camino de ida y sobretodo en la posada, “al partir el pan”. Sin embargo, cuando Jesús glorioso se hace presente, los envuelve nuevamente la sorpresa, el terror, la duda y la confusión. ¿No será un fantasma? Después de devolverles la paz, Jesús les habla de su nueva condición resucitada de tres formas muy concretas.
Primero con su cuerpo llagado. “Miren mis manos y mis pies”. El que tienen allí es el mismo que fue torturado, clavado, perforado, taladrado en pies y manos. Es él. No hay duda.  ¡No nos cansemos nunca de mirar esas manos y esos pies llagados! El resucitado es un resucitado llagado. Llegó a la meta, pero las heridas del camino no se han borrado. ¡Las llagas de Cristo: puertas para entrar en su vida resucitada! Las llagas de él. Las llagas del mundo, envuelto en calamidades y discordias. Las llagas de los desheredados, de esa humanidad sobrante que estorba a los poderosos y buscan eliminar a través del “fastrack” del aborto y de le eutanasia. Ya no es solo el incrédulo Tomás, el invitado a tocar y ver. Ahora son todos los apóstoles. Ahora somos todos nosotros.
Segunda lección hacer comunidad de mesa con el resucitado. Compartir lo que tienes con él y con los suyos. “¿Tienen aquí algo para comer?” ¡Como resuena en nuestros oídos venezolanos en este momento esa pregunta! La oímos ahora tantas veces. Ayer se me acercó un señor al final de la misa. Padre, vengo del estado Falcón. He tenido que traer a mi hijo al hospital y ni yo ni mi esposa hemos comido desde ayer. ¿No tiene aquí algo para comer? Ya las ollas comunitarias, los bocados de la alegría, las caravanas de la sopa, los cinco panes y dos peces, las mesas de la misericordia se han vuelto un programa permanente en nuestras comunidades y parroquias. Y se agranda cada día más la lista de comensales.
A Cristo resucitado y a su vida se llega compartiendo su alimento en la eucaristía, compartiendo nuestro alimento, nuestra mesa con los necesitados como Jesús comparte la suya con nosotros. No hay forma de participar en la multiplicación de la vida y del amor que trae cada eucaristía sin oír al Señor decirnos: “Denles ustedes de comer” (Mc 6,37).  Como dice un bello himno de nuestra liturgia: “¿Cómo sabremos que eres uno de nosotros, si no compartes nuestra mesa humilde?” Dice el evangelio: “Ellos le ofrecieron un trozo de pescado asado. Él lo tomó y lo comió en presencia de todos”.
Tercera lección. Abrir nuestra mente a la inteligencia de las Escrituras. El Libro de la Biblia se comprende cuando se lee desde y con el libro de la vida. La clave para ensamblar estas dos lecturas la tiene el Señor. Cuando él se hace presente, colocando su Palabra viva en el corazón palpitante de nuestra vida, entonces nuestros ojos se abren, nuestra mente se ilumina, nuestro corazón arde. Entonces captamos con alegría lo que dice Hugo de San Víctor, gran teólogo de la Edad Media: “Toda la divina Escritura es un solo libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura habla de Cristo y se cumple en Cristo”.
Cristo Jesús no solo da unidad a toda la Escritura. Da unidad y coherencia a toda nuestra vida. Dejémonos leer por Cristo y nuestra vida cobrará ilación. Tendrá origen y meta. Para ser testigo de Cristo resucitado tenemos que dejarnos trabajar por la Palabra de Cristo desde el corazón de nuestra vida. Así podremos decir como S. Juan: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos acerca de la Palabra de vida…que hemos visto y de la que somos testigos, se lo anunciamos a ustedes” (1 Jn 1,1-4; Hech 10,39-41)).  
Estos son los caminos que el Señor hace recorrer a los suyos para enviarlos como testigos suyos. Solo falta el don supremo que hará el ensamblaje final: el don del Espíritu Santo prometido por el Padre para que sean testigos del perdón, de la misericordia y de la reconciliación. No habrá nunca testigos calificados capaces de dar fe del Resucitado y de su mensaje sin la acción del Espíritu Santo. Él es, con Cristo Jesús el supremo testigo (1 Jn 5,5-12). Nosotros somos simples instrumentos pasajeros.
De mil maneras, el mundo de hoy, los jóvenes de hoy necesitan testigos auténticos de la vida. Si prestamos atención oiremos sus preguntas: ¿Creen verdaderamente lo que anuncian? ¿Viven lo que creen? ¿Predican verdaderamente lo que viven? Vivimos el tiempo privilegiado de los testigos. Este siglo, como el anterior, tiene sed de autenticidad. Las nuevas generaciones les hacen más caso a los testigos que a los maestros y si atienden a los maestros es porque también son testigos.
Los acontecimientos pascuales poseen tal fuerza salvadora que nada escapa a su acción y todo queda regenerado en vida nueva. El Señor resucitado tiene sus propios caminos para introducir su savia transformadora en la historia del mundo y de los hombres. Pero ha querido valerse de las humildes y necias herramientas de la Iglesia, de la predicación y de la vida de sus testigos. Al escuchar los relatos de estos domingos nos damos cuenta que no les resultó fácil a sus discípulos llegar a la fe en Cristo resucitado. No es fácil, sin duda, llevar tal tesoro y encargo en pobres vasijas de barro. No es fácil forjar testigos auténticos. Pero son los únicos que sirven para esta tarea.
Que gozo poder decir como Pedro: “¡Dios lo resucitó de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello!”. U oírse decir del mismo Jesús al final de esta eucaristía, cuando recibamos el envío del sacerdote, como al final de este evangelio lo oyeron sus apóstoles: “Ustedes son testigos de esto”. “Tú eres testigo de esto”. La responsabilidad es grande. ¿Seremos capaces de responderle al Señor? Siempre habrá dudas. Pero Jesús una y otra vez nos mostrará sus manos y pies llagados, se sentará pacientemente con nosotros para compartir el pan, y nos insuflará con su Espíritu una nueva inteligencia de su Palabra de vida y de amor. No nos desanimemos. El pecado sin duda nos acecha a todos en el recodo de cada camino, pero el Maestro, es también Pastor y el Justo Redentor.
Maracaibo 15 de abril de 2018
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo