martes, 16 de diciembre de 2014

ORDENACION PRESBITERAL DE LOS DIACONOS SILVERIO OSORIO ALBERTO QUINTERO, Y DAVID URDANETA

ORDENACION PRESBITERAL DE LOS DIACONOS
 SILVERIO OSORIO ALBERTO QUINTERO, Y DAVID URDANETA
13 DE DICIEMBRE DE 2014
Dt 1,9-14; Sal 115; 1Co 12,4-11; Jn 21,15-17

Muy queridos diáconos Alberto, David y Silverio,
Muy queridas familias de los ordenandos
Muy queridos sacerdotes concelebrantes
Muy queridos hermanos y hermanas


Hoy, día de Santa Lucía, santa y joven mártir siracusana, de gran arraigo popular en la devoción de los fieles zulianos, contemplamos, con gran alegría, cómo el Señor Jesús ha puesto nuevamente su mirada sobre este rebaño marabino y ha escogido a estos tres bautizados “para que estén con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar a los demonios” (Mc 3,13). Nosotros también, congregados en este templo de Ntra. Sra. de la Consolación, nos llenamos de admiración por las maravillas de Dios y, como María, cantamos nuestro Magníficat.


Cuando el Padre quiso salvar al mundo, no lo hizo solo de palabra sino mediante el envío de su propio Hijo (Cf Jn 3,16). Jesucristo, a su vez, no quiso llevar solo el cumplimiento de esta misión redentora sino que asoció a sí  doce apóstoles (Cf Mc 3,14), a quienes les comunicó su Espíritu (Cf Jn 20,22) y les confirió autoridad para  predicar el Reino de Dios hasta los confines del mundo (Cf Mt 28,20). Además estableció un vínculo muy estrecho entre sus mensajeros y su persona : “El que los recibe a ustedes me recibe a mí y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Mt 10,40). Finalmente transformó está unión entre ellos y de todos con él en una condición indispensable para que los destinatarios de su predicación lo aceptaran como Hijo de Dios, Señor y Salvador (Cf Jn 17,21-22).

Hemos oído, en la primera lectura, que así había actuado también Moisés cuando, agobiado por la pesada carga de conducir el pueblo de Israel a través del desierto hasta la tierra prometida, siguiendo el consejo de su suegro, eligió a “setenta varones prudentes con los cuales gobernó fácilmente un pueblo numeroso” (Cf Ex 18,13-27). Los apóstoles a su vez asumieron este mismo modelo de liderazgo. “Eligieron como auxiliares suyos en el servicio cotidiano a siete varones tenidos por fieles testigos del Señor, a quienes, mediante la oración e imposición de manos dedicaron al servicio de los pobres” (Cf Oración consecratoria; Hech 6,1-6).

Es el modelo de pastoreo recomendado por la Iglesia a través de los siglos a los obispos. No nos toca llevar solos la carga. El Señor nos ha adjuntado el Orden de los presbíteros, como próvidos cooperadores nuestros (Cf PO 2). Dentro de unos momentos, en la Oración consecratoria, elevaré al Señor la súplica siguiente: “Concede, Señor, también a mi humilde ministerio esta misma ayuda para mi más necesaria porque mayor es mi fragilidad”. El Señor ha venido en ayuda de mi fragilidad y me ha dado este año cinco nuevos colaboradores. Esta mañana damos alegre bienvenida a tres de ellos: a Silverio, David y Alberto, cristianos comprometidos provenientes de esta buena cantera zuliana que ha dado a la Iglesia tantos abnegados y santos sacerdotes como los padres: Helímenas Áñez, Felipe Santiago Jiménez, Luis de Vicente, Olegario Villalobos, Antonio Ma. Soto, Nolberto López y muchos otros de antaño y de hogaño que honran y embellecen este cuerpo ministerial. Queridos hijos, a ustedes les dirijo las palabras del profeta Isaías: “Miren la roca de la que fueron hechos” (Is 51,1).

Hermanos y hermanas, sabemos que los sacerdotes no salen de la nada. Provienen de ustedes, “descendencia elegida, reino de sacerdotes y nación santa”, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios (Cf 1 Pe 2,9). Dios los ha tomado de entre ustedes, familias creyentes, asociaciones apostólicas, parroquias misioneras y los consagra, los unge, los configura con su Hijo Jesús y los vuelve a colocar en medio de ustedes para que sean la presencia misma de su Hijo Jesús y les transmitan su salvación. (Cf Is 61, 1-3; He 5,1). Antes de ser diáconos y presbíteros, obispos todos nosotros somos primero bautizados, cristianos, miembros del pueblo de Dios.

Durante muchos años estos tres hermanos nuestros sirvieron a su Iglesia como laicos comprometidos. Pero un buen día,  descubrieron como los primeros apóstoles que el Señor los llamaba para otra misión. “Vengan conmigo y les haré pescadores de hombres” (Mc 1,17). Cada uno de estos tres elegidos vivió este momento de manera diferente. Alberto escribe que desde su confirmación sintió la necesidad de entregarse al servicio de Dios y de la Iglesia. Silverio sintió, a través de la catequesis y de la liturgia parroquial,  que el Señor lo llamaba a dejarlo todo y a seguirlo. David cuenta que su vocación  al sacerdocio nació de la necesidad de romper la indiferencia ante las injusticias hacia el necesitado.
    
Queridos diáconos, dentro de poco, por la gracia sacramental y el don del Espíritu Santo ingresarán al Orden de los Presbíteros, quedarán incardinados a una Iglesia local, regida por un Obispo, quien será, de ahora en adelante, su padre, amigo, hermano y pastor. Se incorporarán a un presbiterio, para vivir juntos,  sacerdotes diocesanos y religiosos, en fraternidad y comunión  y cooperar en el ministerio episcopal que desempeñamos Mons. Ángel y este servidor. En el presbiterio marabino aprenderán a construir la Iglesia local como casa, escuela y taller de comunión. A vivir en fraternidad, a ser solidarios unos con otros,  a compartir los bienes, a crecer en capacidad de servicio y entrega a la porción del rebaño encomendado.

Su ministerio será tanto más eficaz cuanto más unidos trabajen entre sí  con  su Obispo, al servicio del crecimiento y santificación del conjunto del pueblo de Dios. Si por la ordenación quedan configurados con Cristo Buen Pastor es para trabajar, junto con el Obispo y sus demás hermanos, en la constitución y el cuidado de un solo rebaño. “Entonces se formará un rebaño único, bajo la guía de un solo pastor” (Jn 10,16). No hay que confundir hacer Iglesia con hacer conucos de Iglesia; hay que construir una sola Iglesia. Formar parte de un presbiterio no basta: hay que construir un solo presbiterio y no un archipiélago de curas yuxtapuestos. Déjense moldear por el Espíritu de Cristo, único arquitecto capaz de llevar a cabo, la construcción, a primera vista imposible, de esta unidad a partir de la variedad de los dones, de los ministerios y de las funciones que él mismo ha distribuido entre todos. (Cf Segunda lectura).

Vivimos en un mundo lacerado por las guerras, marcado por escandalosas desigualdades, dominado por la anticultura de la muerte, devastado por los odios, las discriminaciones y lo que el Papa Francisco llama “la cultura del descarte”, es decir una cultura que impide que los niños nazcan, que los jóvenes trabajen, que los mayores sean tomados en cuenta. Nuestro pueblo sufre no solo por el desabastecimiento, la angustia para conseguir las medicinas, el alto precio de los productos de primera necesidad  sino también por la violencia incontrolada, la inseguridad, la corrupción de las autoridades y de los líderes sociales y religiosos; la falta de valores, de principios morales y orientaciones éticas y religiosas. El pueblo que les toca pastorear sufre por la falta de convivencia, de respeto mutuo, de tolerancia.

Por eso es esencial que los pastores de este siglo, de este nuevo milenio, crean en la comunión, la construyan en sus propias vidas y se empeñen en buscar la unidad de su Iglesia en el cumplimiento de su ministerio. Quedó definitivamente atrás el viejo modelo de cura tridentino. No fue malo. En su tiempo dio buenos frutos. No seríamos hoy lo que somos sin ellos pero no seríamos fieles al legado si intentáramos preservarlo. El magisterio de la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, nos dice  que el viejo modelo de Iglesia de cristiandad ya no responde a las necesidades de la evangelización del mundo y de la sociedad postmoderna y que se impone por consiguiente una decidida y valiente conversión personal y pastoral.

No hay nueva evangelización sin nuevos y renovados pastores, sin una Iglesia que sea de los pobres, desde los pobres y con los pobres. La nueva evangelización tiene que dejar de ser retórica y tema de discursos y sermones y ha de empezar a verse. El Hijo de Dios para hacer creíble su amor y su voluntad de salvar al mundo no solo habló en las Escrituras sino que se encarnó, se hizo hombre; trabajó con sus manos, vivió pobremente en medio de su pueblo, recorrió a pie sus caseríos, entró en sus casas, compartió sus penas y sus alegrías, curó sus enfermos, expulsó sus demonios; sufrió persecución, cárcel y martirio; murió en la cruz (Cf GS 22).

La nueva evangelización ha de encarnarse entonces en sus pastores. Tiene que verse y tocarse: en la santidad personal y comunitaria de los obispos y sacerdotes, en sus métodos pastorales, generadores de vida comunitaria, de cristianos adultos, de laicos comprometidos en la gestación de una nueva sociedad, justa y fraterna, impregnada de la cultura de la vida y de la solidaridad. Ha de verse en su estilo de vida sencillo, austero, desprendido de toda clase de ínfulas de poder, de prestigio y de privilegios. Ha de verse en hombres concretos que gastan la vida con humildad y alegría entre la gente de las parroquias, educan a los jóvenes, acompañan a las familias, visitan a los enfermos en casa y en el hospital, se hacen cargo de los pobres, en la certeza que, como dice Tolstoi, “separarse para no ensuciarse con los otros es la suciedad más grande” (Cf Papa Francisco).
 
El sacerdocio que recibimos no es nuestro: es el de Cristo que quiere compartirlo con nosotros para construir su Iglesia, que es su cuerpo, su pueblo, su esposa. Su vocación es ser un hombre de comunión no solo con la jerarquía, el Papa, el Obispo, sus hermanos sacerdotes, diáconos sino con todos los demás miembros del pueblo de Dios. No está sobre nadie. Su puesto no es el primero sino el último (Cf Lc 22,26). Es un simple soldado raso que, por donde pasa, va sembrando la pasión por la unidad,   la comunión y la misión. Nunca deja detrás de sí un cementerio sino una sementera. “Un pastor que es consciente de que su propio ministerio proviene únicamente de la misericordia y del corazón de Dios, nunca podrá asumir una actitud autoritaria, como si todos estuvieran a sus pies y la comunidad fuera de su propiedad, su reino personal.” (Papa Francisco). La autoridad que se le confiere, los poderes ministeriales que recibe  no son para pisar ni tiranizar a nadie sino pura y exclusivamente para servir mejor y siempre a sus hermanos (Cf Mc 10,41ss).

Mis hijos, amen profundamente a su Iglesia, no en abstracto, no en general sino en concreto: amen esta Iglesia a la que  pertenecen, en la que viven con sus bellezas y arrugas, sus cualidades y defectos. Siempre estén disponibles para servirla donde sea, cuando sea, como sea sin condiciones y desinteresadamente. Construyan Iglesia, den a luz comunidades cristianas, edifiquen y consoliden su presbiterio, formen creyentes adultos, hagan acontecer el Reino de amor, de justicia y de paz. La Buena noticia del Reino es buena noticia porque acontece no solo porque se predique. Jesús condenó a los fariseos porque decían y no hacían (Cf Mt 23,3).

 El Evangelio que hemos escuchado nos enseña que desde Pedro, el primer Papa, hasta hoy, todos los sacerdotes y obispos, son pecadores perdonados.  Los que figuran en el catálogo de los santos, los que forman parte de la gran muchedumbre anónima que rodea al cordero inmolado (Cf Ap 7,9-10), los centenares de miles que en las cuatro latitudes del mundo, en ciudades, selvas, llanos y campos, se levantan cada día y se entregan incansablemente a su ministerio, todos somos pecadores perdonados. Somos hombres débiles que Cristo hace fuertes (Cf 2 Co 12,9), hombres incrédulos, como Tomás, vueltos creyentes en sus llagas gloriosas (Cf Jn 20,27-29); hombres cuyos abrumadores  pecados han quedado sepultados en la sobreabundancia de su amor (Cf Rm 5,20).  Unos renegados, transformados por el milagro de su perdón, en pastores de su rebaño. “¿Me amas? Pastorea mis ovejas” (Jn 21 15-16). Siempre que predomine el amor de Cristo sobre nuestra miseria humana, podremos hacernos cargo de una parte de su rebaño.

Aquí está la fuente de la caridad pastoral. La caridad pastoral es el modo propiamente cristiano del sacerdote de vivir el mandamiento del amor que el Señor dejó a sus discípulos en el cenáculo (Cf Jn 13,34). Para pastorear como Cristo hay que amar a las ovejas de Cristo como él las amó. El Señor las amó hasta el colmo dando su vida por ellas. “No hay mayor amor que el de dar la vida por sus hermanos” (Jn 13,1; 15,13). La caridad pastoral es el amor del corazón de Jesús, Buen Pastor, presente en nuestras vidas que nos sostiene, nos inspira, nos motiva y nos lleva permanentemente a cuidar con atención y ternura las personas confiadas a nuestro cuidado, a conocerlas por sus nombres, a reunir  a las dispersas, a apacentarlas en buenos pastos, a buscar a las perdidas, a traer al redil a las descarriadas, a vendar a las heridas, a robustecer a las débiles, a mantener a las fuertes (Cf Ez 34,11-16; Lc 15).

La fuente de donde mana la caridad pastoral es la eucaristía. No solo la celebración diaria de la eucaristía sino sobre todo una vida, una espiritualidad eucarística. La Eucaristía ha de impregnar todos los momentos de la vida del sacerdote desde que se levanta hasta que se acuesta, desde el inicio de su ministerio hasta que el Señor lo llame a su casa. Sacerdocio y Eucaristía nacieron juntos en el Cenáculo y juntos los hemos de mantener. “Hagan esto en conmemoración mía” (Lc 22,19) les dijo el Señor a sus apóstoles. Seamos fieles a su mandato. Que la eucaristía nos haga más sacerdotes y que el ejercicio de nuestro sacerdocio nos haga cada vez más eucarísticos.

Alberto, ama y apacienta el rebaño de tu Señor. Silverio, se buen colaborador de la Verdad. David, que siempre estés dispuesto a dar respuesta a todo el que te pida razón de tu esperanza. Que a los tres la Virgen María les muestre todo su amor de madre, les guíe diariamente al Cenáculo para orar con ella y esperar la llegada del Espíritu pentecostal; les consiga la gracia de encontrarse personalmente con Cristo; los haga oyentes obedientes de su Palabra; les enseñe a decir siempre SI a Dios; les dé el gusto espiritual de ser parte del pueblo pobre y sencillo y a llevar el evangelio de la vida por los nuevos caminos de la misión.

Maracaibo 13 de diciembre de 2014

+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Arzobispo de Maracaibo

LA HIJA MENOR TIENE SEIS AÑOS...

En este sexto aniversario del Semanario Católico “La Grey” damos gracias a Dios por el precioso don que le ha hecho a esta Iglesia de evangelizar a través de los Medios de Comunicación Social. Efectivamente, desde sus inicios, la Iglesia local de Maracaibo, bajo la conducción de sus pastores y el apoyo de creativos sacerdotes y seglares, siempre tuvo una clara consciencia de la importancia primordial que tienen los Medios de Comunicación Social para cumplir a cabalidad con el mandato de Nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos de llevar su Buena Noticia por el mundo entero (Cf Mt 28,20). 
El primer obispo, Mons. Francisco Marvez, quien tomó posesión de la recién creada diócesis el 10 de febrero de 1898, llevaba por dentro esa inquietud y al encontrarse a su llegada con el diario, “La Lectura Popular” le dio su  aprobación para que circulara con carácter de prensa católica. También dio inicio a la publicación del Boletín Eclesiástico, órgano oficial de la Diócesis del Zulia.

El historiador Iván Darío Parra, en su libro “Los prelados del Episcopado zuliano”, reseña que, durante el episcopado del segundo obispo de la diócesis, Mons. Arturo Celestino Álvarez (1910-1919),  existían varios periódicos que se publicaban como prensa católica: “El Boletín Eclesiástico”, órgano del obispado; “La Propaganda Católica”, órgano de los devotos del Santísimo Sacramento; “El Adalid Seráfico”, órgano de la parroquia de Santa Lucía; “El Tesoro del Hogar”, publicación de las mujeres de Acción católica y “El Tesoro de la Infancia”, órgano de la Sociedad Infantil de San José. (Cf o.c. p 59).

Mons.  Marcos Sergio Godoy, tercer obispo de la diócesis, al tomar posesión  puso sus dotes de periodista y de gran orador al servicio de la diócesis.  Apoyó al p Olegario Villalobos para que en 1922 editara, desde  la parroquia El Sagrario de Catedral, “La Hojita Parroquial” que circulaba los domingos y se distribuía gratuitamente en las Iglesias de Maracaibo. Este micromedia se convertirá luego en la herramienta preferida de muchos párrocos para proyectar el mensaje cristiano, sobretodo en tiempos de la dictadura. Famosa “la Hoja parroquial” y sus “Alfilerazos” de la parroquia Santa Bárbara dirigida por el p. Mariano Parra León. Continuó el Boletín Eclesiástico, fundó, en 1924, el diario católico vespertino “La Columna” y lo colocó bajo la dirección del p Helímenas  Añez, de ilustre memoria en el clero zuliano, quien lo dirigió hasta su muerte. En junio de 1939 salió al aire la emisora “La Voz de la Fe”, de amplio radio de transmisión, conducido por el p Olegario Villalobos, otro gran apóstol de la caridad del clero marabino.

Mons. Domingo Roa Pérez, con amplia visión y aguda inteligencia pastoral, continuó esta labor y le dio un decisivo impulso a los medios de comunicación social. Los consideró una herramienta de primera categoría para difundir el mensaje cristiano, la doctrina social de la Iglesia y la defensa de todos los valores de la región zuliana. Bajo su pontificado se creó el Complejo Cultural “Niños cantores del Zulia”, con el apoyo del p Gustavo Ocando Yamarte, que comprendía, entre otras muchas obras visionarias y futuristas, una nueva emisora de radio de frecuencia modulada, NC Estéreo, y un canal de Televisión, NCTV, ideado para contribuir a la evangelización de la cultura no solo en el ámbito regional sino en amplios espacios del territorio nacional.  Confió a “Fe y Alegría” otra emisora, Radio Selecta, más adelante asumida por la Renovación carismática católica con el nombre de “Lumen, la Buena Noticia”. Creó dentro de  la Universidad Católica Cecilio Acosta, UNICA, la facultad de Comunicación social, una de sus ofertas académicas más prestigiosas y reconocidas. Todos estos medios tenían una  clara finalidad: poner en práctica las orientaciones contenidas en el  Decreto “Inter Mirífica” del Concilio Vaticano II. A todos ellos vinieron a sumarse las emisoras promovidas por la organización educativa Fe y Alegría.

El sucesor de Mons. Roa, Mons. Ovidio Pérez Morales, comunicador nato,  se ocupó de fortalecer ese valioso patrimonio comunicacional con el apoyo de un amplio equipo de jóvenes seglares. El mismo contribuyó con numerosos artículos en varios medios impresos de la región y la publicación de varios libros.  Hoy, ya retirado, sigue activamente presente como agudo articulista y gran usuario de las redes sociales.
Al cumplirse el sexto aniversario de la Grey, hija menor y aún muy pequeña de esta gran familia comunicacional, tomamos conciencia renovada de la imperiosa necesidad de valernos  de estos medios, más sólidos y mejor articulados, con mayor dominio de los nuevos códigos tecnológicos, para llegar a las nuevas generaciones, penetrar en sus mundos culturales y entregarles, con toda su fuerza transformadora, el evangelio de Jesús el Señor. ¡Felicidades, La Grey!

+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Arzobispo de Maracaibo

martes, 2 de diciembre de 2014

EL POST CAM 4: Y DESPUÉS DEL CUARTO CONGRESO MISIONERO AMERICANO ¿QUÉ?

EL POST CAM 4
Y DESPUÉS DEL CUARTO CONGRESO MISIONERO AMERICANO ¿QUÉ?


Hace un año- del 26 de noviembre al 1º de diciembre- nuestra arquidiócesis  tuvo la dicha y el privilegio de ser la sede del más importante evento misionero continental: el Cuarto Congreso Americano Misionero (CAM 4), noveno en su versión latinoamericana (COMLA 9).  Concurrieron delegados de todos los países de América. Se inauguró con la presencia del episcopado venezolano y del Cardenal Fernando Filoni, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los pueblos, como Legado extraordinario del  Papa Francisco. Todo se desarrolló bajo el manto de la Chinita cuyas  fiestas se acababan de celebrar.

A finales del pasado mes de octubre las Obras Misionales Pontificias de Venezuela publicaron un libro en el que se recogen las Conclusiones del Congreso. Trae el Mensaje del Cardenal Filoni, un resumen de las ponencias de los expertos invitados y las 302 propuestas provenientes de los 22 foros temáticos.  Ya tendremos oportunidad de compartir, en otro editorial, el rico contenido de las ponencias y de los trabajos de los foros temáticos.
Pero ahora nos podemos preguntar: ¿Y cuál fue el fruto de este congreso en las Iglesias de América, en Venezuela y más concretamente en la arquidiócesis de Maracaibo?  Es muy prematuro, quizá, medir el impacto real de este acontecimiento en las Iglesias de nuestro país y en los demás países de América. Los Congresos son grandes momentos significativos de la vida de la Iglesia. Necesitan varios años de preparación. Involucran un gran número de personas.  Son experiencias pastorales que convocan multitudes,  fortalecen la fe, ayudan a tomar conciencia de la índole misionera de la Iglesia y permiten avanzar en la reflexión de grandes temas teológicos y pastorales.
Pero quede claro que lo más importante de esta clase de eventos  es que animan a sus participantes, tanto personal como institucionalmente,  a  asumir compromisos concretos, en este caso en el campo de la misión “ad intra” y “ad gentes”. Se, por ejemplo, de una diócesis del centro del país en la que se han activado parroquias misioneras. ¿Se acuerdan de los misioneros que fueron enviados al final de la misa de clausura, provenientes de cuatro diócesis venezolanas? Pues,  ya se encuentran en la Misión de Mangé,  en Mozambique (África), al servicio de la diócesis de Teté. Es el primer paso de un compromiso de mayor envergadura: asegurar el relevo del equipo actual, al término de su período de servicio, con el envío de otro equipo misionero venezolano.
 ¿Es mucho soñar que las arquidiócesis y diócesis de Venezuela se preparen para poner, a la disposición de esta misión africana y de otras que puedan surgir dentro y fuera del país, equipos integrados por seminaristas, sacerdotes, diáconos, laicos y laicas misioneros? ¿No sería ésta una manera de cumplir con la norma del diezmo misionero asumida en el Concilio Plenario de Venezuela? Una cosa es cierta: sea con ésta u con otras modalidades, las Iglesias que peregrinan en Venezuela y en el continente tienen que salir ya a llevar el evangelio fuera de sus fronteras internas o externas. La presencia de un Papa latinoamericano en Roma vuelve este compromiso mucho más apremiante. No lo podemos dejar solo. Exceptuando México, Colombia y Argentina, la gran mayoría de los países no se han puesto aún las botas misioneras y permanecen encerrados dentro de sus propios confines eclesiales. El verdadero termómetro para medir la mayoría de edad de una Iglesia diocesana es su capacidad de apertura misionera “ad intra y ad gentes”. Iglesia que no misiona, Iglesia sin futuro.
Dejemos a las demás diócesis hacer su propio examen de conciencia. Hagamos el nuestro aquí en Maracaibo. Nuestra responsabilidad es mayor porque fuimos los anfitriones.  ¿Por qué el Señor escogió nuestra Iglesia local para realizar esta gran convocatoria misionera? ¿Qué llamado especial nos está haciendo el Señor en estos momentos? ¿Qué podemos hacer para hacer efectiva nuestra respuesta y transformarnos, como nos lo pide el Papa Francisco, en Iglesia en salida misionera hacia las periferias existenciales y territoriales de este planeta? Ya no es hora de palabras sino de producir frutos concretos.
En todo caso tenemos que admitir que después de un concilio universal, de cinco conferencias generales Latinoamericanas y del Caribe, de un concilio plenario nacional, de 9 congresos misioneros latinoamericanos y de cuatro congresos continentales aún no hemos logrado romper el viejo paradigma según el cual la misión es una realidad asociada a un grupo especializado. Paradigma paralizante y anquilozador, presente no solo en los fieles sino también en gran parte del clero. Mientras sigamos pensando que el asunto de la misión involucra a unos pocos y no a todos los bautizados o que se trata de la organización de eventos transitorios pirotécnicos, seguiremos siendo una Iglesia con pantalones cortos. La Iglesia o es misionera o no es Iglesia.

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo
www.elpastorysugrey.blogspot.com
@MonsUbaldo


Comunicado de la Comisión Justicia y Paz de la CEV ante los trágicos sucesos ocurridos en el penal de Uribana (Edo Lara).

Les comparto el comunicado de la Comisión Justicia y Paz de la CEV ante los trágicos sucesos ocurridos en el penal de Uribana (Edo Lara). Solidarizarse y difundir. Dios los bendiga

“La misericordia es la que cambia el corazón y la vida, la que puede regenerar a una persona y permitir que se reintegre de forma nueva en la sociedad''. Papa Francisco.

La Comisión de Justicia y Paz de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV), ante los  sucesos ocurridos en el centro penitenciario conocido como David Viloria, ubicado en el sector Uribana del Estado Lara, el miércoles  26 de Noviembre del 2014 en el que perdieron la vida por ahora treinta y tres (33) privados de libertad y donde hay más de 145 afectados, quiere manifestar una vez más sus sentimientos, preocupaciones y exigencia.

Sentimientos:
Nos duele: La muerte de seres humanos Venezolanos recluidos en instituciones resguardadas por el Estado, y la de tantos otros que dentro y fuera de los centros penales son víctimas de la espiral de violencia. Nos unimos al dolor de las familias de los que han muerto, las acompañamos con nuestra oración a Dios Padre compasivo que quiere que todos sus Hijos tengan Vida y Vida en abundancia (cf Jn 10,10).
Sentimos verdadera preocupación:
Que los recintos penitenciarios, lejos de ser centros formativos de reinserción social, son más bien lugares de hacinamiento, violencia, castigo y represión que deteriora aún más a la persona privada de libertad.

Exhortamos
- Al Estado: para que inicie inmediatamente una investigación completa que clarifique las circunstancias que rodearon las muertes e intoxicaciones de la población Privada de libertad. Se informe  rápida y verazmente  a los familiares y al país de la situación, con miras a que la familia calme la tensión que han vivido las últimas 72 horas producto del desconocimiento del paradero de sus familiares.

- Al Poder Judicial: la aplicación de la justicia para agilizar la mora judicial, eliminar la impunidad y los malos tratos en los recintos penitenciarios.

-Al Ministerio del Poder Popular para el Servicio Penitenciario de Venezuela: que se comprometa de manera más decidida a solucionar la grave crisis penitenciaria existente y se tomen todas las medidas necesarias para la no repetición de estos hechos y para la garantía efectiva de todos los derechos humanos de las personas privadas de libertad bajo custodia del Estado venezolano.

- A todas las Iglesias y en especial a la Iglesia Católica: les pedimos su oración por los afectados en los recientes sucesos de Uribana, así como por todos los que padecen la violencia carcelaria en la rutina de cada día. Igualmente hacer una reflexión comunitaria sobre el valor de la Vida y la responsabilidad del Estado en reconocerla y cuidarla.

Reiteramos la petición de:
Permitir el trabajo de la Pastoral Penitenciaria para que puedan promover una pastoral de prevención y acogida al interno de los centros penales, así como en el entorno familiar.

La ratificación del Protocolo Facultativo de la Convención contra la Tortura de las Naciones Unidas. Este tratado internacional establece la creación de un mecanismo nacional de prevención, que pueda realizar visitas de supervisión a los centros de detención del país y recomendar medidas para mejorar las condiciones y el respeto a los derechos humanos en el sistema carcelario.

En Caracas, a los 28 días del mes de Noviembre  2014

+ Mons. Roberto Luckert León
Presidente de la

Comisión  de Justicia y Paz de la CEV

HOMILIA EN LA ORDENACIÓN PRESBITERAL DEL DIAC. DILMER BAEZ.

HOMILIA EN LA ORDENACIÓN PRESBITERAL DEL DIAC. DILMER BAEZ.
Sábado 29 de Noviembre de 2014
(Isaías 61, 1-3; Salmo 88; Heb 5, 1-10;  Jn. 20, 19-23)

Querido Diácono Dilmer y familia
Queridas hermanas y queridos hermanos en Cristo Jesús,
Con gran alegría les saludo a todos ustedes, familiares y amigos que han venido de diversas partes del territorio arquidiocesano y de otras diócesis, para acompañar al diácono Dilmer en este acto trascendental y único que lo transformará en “sacerdote para siempre”. Bendigamos al  Señor Jesús quien, en su infinita misericordia, lo ha ido a buscar entre los jóvenes de Guarero, en su tierra goajira, para ponerlo, como dice la Carta a los Hebreos “a su servicio en favor de los hombres a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados” (Heb 5,1).
Están presentes en esta celebración los feligreses de la parroquia Sagrado Corazón de Guarero, parroquia que lo vio nacer y descubrir su vocación, de la parroquia Cristo Redentor de Tamare, donde realizó su etapa pastoral  y ejerció su ministerio diaconal, y de  la Parroquia Santa María de Guana donde ejercerá como su ministerio sacerdotal. Agradecemos la fraterna acogida que nos dispensa  esta comunidad parroquial de San Rafael Arcángel.
 Un pensamiento muy especial dirijo a los padres de Dilmer que donan este hijo a Dios y a la Iglesia. Los hijos, son hijos de Dios. Ustedes le han dado lo mejor a Dios, y Dios que, no se deja ganar en generosidad, los recompensará largamente. Todos sus hijos son estupendos, pero Dilmer, dentro de algunos minutos, será Cristo vivo, actuante y presente  en medio de su pueblo. Él les dará, estoy seguro de ello, las mayores alegrías. Pediré, y pido que me acompañen en esta petición, al dueño de la Iglesia, a Dios, que nos envíe más sacerdotes, que nos envíe sacerdotes santos, espejos refulgentes  de Jesús en esta tierra.
En varias partes de la liturgia de esta solemne celebración, mencionaremos al Espíritu del Señor. En la primera lectura, hemos escuchado una profecía de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí" (Is 61,1). El evangelio nos narra cómo, la tarde misma del día de su resurrección, Jesús se presenta en el cenáculo, donde, llenos de miedo, están encerrados sus apóstoles y, después de saludarlos, los envía en misión,  les confiere su espíritu y les da poderes para perdonar pecados en su nombre (Cf Jn 20,22). Dilmer, cuando estés  postrado en tierra, pediremos al Padre celestial que “por la efusión del Espíritu Santo te libre de todo mal”. Y en la oración consecratoria, después de la imposición de las manos, pediré al Señor: “Renueva “en su corazón el Espíritu de Santidad; reciba de Ti el sacerdocio de segundo grado y sea, con su conducta, ejemplo de vida” (Ritual de Ordenación de Presbíteros).
Mis queridos hermanos y hermanas, el Espíritu Santo es el que preside hoy esta Eucaristía. Él es quien dona a la Iglesia hoy un nuevo presbítero wayuu  para formar parte del presbiterio que está colaborando conmigo y Mons. Ángel Caraballo en el pastoreo de esta Arquidiócesis. El Espíritu Santo sigue sembrando en los corazones de los jóvenes de esta tierra goajira la semilla de la vocación sacerdotal. No nos cansemos de orar, en familia y en parroquia; en grupos apostólicos y asociaciones misioneras para que todos los llamados respondan con generosidad, sin titubeos, sin miedos, con gran alegría y disponibilidad, como lo hizo el profeta Isaías cuando el Señor se le manifestó y preguntó: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?” Y él respondió: “Aquí estoy yo envíame” (Is 6,8).
Querido Dilmer, dentro de pocos minutos, con la imposición de mis manos y la oración consecratoria, el Espíritu del Señor te invadirá, tomará posesión de ti, te ungirá, te consagrará y, sin cambiar tu identidad y tu naturaleza, te vaciará de ti para llenarte de Él. Te convertirá en una persona “dedicada” total y exclusivamente al servicio de la misión divina; serás enviado por El para actuar en nombre de Jesús,  ser signo de su presencia, anunciar su evangelio  a los pobres, vendar los corazones rotos, liberar a los esclavizados por el  pecado, anunciar la alegría de la salvación.
El Espíritu que descenderá sobre ti es el mismo Espíritu que “se cernía sobre las aguas” cuando Dios creaba todas las cosas (Cf Gen 1,2); el mismo que guió y protegió a Moisés en el desierto (Ex 33,12-17); el que descendió sobre la Virgen María en el momento de la encarnación del Hijo de Dios en su seno (Cf Lc 1,35); el que reveló la identidad y la misión de Cristo en el momento de su bautismo en el Jordán (Cf Lc 3,22); el mismo Espíritu que Cristo transmitió a los apóstoles en la tarde de Pascua y Pentecostés (Cf Jn 20,22; Hech 2,4).
Hoy, querido hijo, Cristo te dona su Espíritu, el cual te cubre, te llena, te fortalece, te anima, te ilumina, en resumen, te santifica, para que seas, delante de los hombres, su testigo fiel e idóneo,  pues, “aunque la gracia de Dios puede realizar la obra de la salvación, también por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere, por ley ordinaria, manifestar sus maravillas por medio de quienes, hechos más dóciles al impulso y guía del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y su santidad de vida, pueden decir con el apóstol: "Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal., 2, 20). (PO, 12). Está unción del Espíritu debe permanecer en ti y debes comunicarla a las personas que la Iglesia, en mi persona hoy y en mis sucesores más adelante, te encomiende. Debes cultivarla y aumentarla cada día con tu trato con Jesús en la oración, en la lectura asidua de la Palabra de Dios, en la recepción de los sacramentos de la eucaristía y confesión, y en la disponibilidad y apertura de corazón para  dejarte evangelizar por los pobres y sencillos.
El Papa Francisco ha insistido en las homilías que celebra diariamente en la casa Santa Marta, sobre la necesidad de que el sacerdote se tome en serio su vida espiritual. “La fuerza – dice el papa- de un sacerdote está en la relación con Jesús; éste, cuando crecía en popularidad, iba al Padre, se retiraba en lugares solitarios a rezar (CF Jn 6,15)”. En tus exámenes de conciencia, nunca debe faltar la pregunta siguiente: “¿cuál es el lugar que ocupa la oración en mi vida sacerdotal?, ¿tengo (con Jesús) una relación viva de discípulo a maestro, de pobre hombre a Dios, o es una relación artificial…que no viene de corazón?” 
Sigue diciendo el papa que “cuando un sacerdote se aleja de Jesús puede perder la unción”. En su vida no, pues está ontológicamente configurado a Cristo…”pero la pierde existencialmente. Y en vez de ser ungido termina por ser grasiento. Los que ponen la fuerza en las cosas artificiales, en las vanidades, en comportamientos impropios…en un lenguaje cursi…Cuantas veces hemos escuchado decir con dolor “éste es un cura vanidoso porque siempre habla de superficialidades…ha perdido la unción: es un grasiento”
Por la presencia del Espíritu en ti, por su acción y gracia, podrás realizar gestos extraordinarios que superan infinitamente tus capacidades naturales: los hombres se convertirán en hijos de Dios, los pecadores encontrarán la misericordia del Padre, los prisioneros del mal encontrarán la vía de la conversión en la escucha de la palabra que salva. El Espíritu estará sobre ti, cuando, en cada misa, Cristo toma posesión de tu frágil humanidad para hacerse presente en su cuerpo y Sangre  en las especies eucarísticas. Saber todo esto, debe llenarte por un lado de temor y de temblor, pero por otro de alegría y de responsabilidad todos los días de tu vida.
La presencia del Espíritu sobre ti no te hace miembro de una clase que debe ser homenajeada o venerada; no te convierte en un huésped o un extranjero al servicio  de la Iglesia, sino en un familiar de Dios. El huésped y el extranjero son servidos y homenajeados; los familiares sirven, acogen, son responsables del buen andar de la familia, no son señores y propietarios, sino siervos y administradores alegres y fieles (Cf Mt 24,45-47). 
Esa es la actitud que nos pide el Papa Francisco en el capítulo V de su Exhortación apostólica “El gozo del Evangelio”: que seamos “Evangelizadores con Espíritu”, es decir, que nos abramos, sin temor,  a la acción del Espíritu Santo, para que se repita la escena que nos narra el libro de los Hechos, cuando los apóstoles, al recibir la efusión del Espíritu, salen de sí mismos y se transforman en anunciadores de las grandezas de Dios (Hech 2,1-11).
Es un gran reto que tienes, querido hijo. Cuenta con mi oración y mi cercanía de Padre, con el apoyo y la compañía fraterna de tu presbiterio al cual desde hoy te incorporas y la entrega al lado tuyo de muchos laicos comprometidos. Tienes todavía poco tiempo en la Misión del Guana, pero ya la amas y estás dando la vida por ella. Estás en la periferia geográfica y existencial de nuestra arquidiócesis. Allí has podido ver con tus propios ojos la pobreza, la carencia de los productos de primera necesidad, el contrabando que está desangrando nuestro país….Siéntete orgulloso de servir a estos hermanos tuyos de fe y de etnia; ellos son los preferidos del Señor.
Ser evangelizador con Espíritu te llevará a asumir la opción evangelizadora de Jesús, que asumió la naturaleza humana menos el pecado, que no hizo alarde de su categoría de Dios, que miraba a las personas con una profunda atención amorosa, que era accesible a todos, no ponía barreras sino más bien las quitaba, no excluyó a nadie de su corazón: pecadores públicos, prostitutas, ricos, pobres, personas con diferentes ideologías, a pesar de la crítica de los que lo tildaban de comilón, borracho  y no entendían su modo de actuar. Todos recibieron de Jesús: perdón, consuelo, afecto, reprensión y guía.
Hace una semana, la Iglesia Universal y nuestra Iglesia Arquidiocesana, inició el Año de la Vida Consagrada decretado por nuestro querido papa Francisco. También estamos preparándonos para celebrar el quinto centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús, santa, mística, reformadora del Carmelo y doctora de la Iglesia de cuya doctrina y experiencia espiritual se alimenta la Iglesia. Esta mística afirmó que  "El Espíritu Santo como fuerte huracán hace adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas".
Que ese Espíritu, especialmente a través de sus dones, te ayude en el cumplimiento de tu misión: el don de la sabiduría para saber descifrar la presencia de Dios en los acontecimientos de tu propia vida y de la Iglesia (Cf Rom 12,2); el don de la inteligencia, para buscar con pasión la verdad revelada y sentir con la Iglesia; el don de consejo para dejarte orientar en tu propia conducta según la Providencia, sin dejarte condicionar por los prejuicios del mundo; el don de la fortaleza para enfrentar con ánimo las dificultades del ministerio (Cf 2 Tim 2,3) y proclamar a tiempo y a destiempo, con « parresía » (audacia) apostólica, el Evangelio de la salvación (cf. Hch 4, 29.31); el don de la ciencia “para que puedas comprender, junto con todos los creyentes, cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo” (Ef 3,18); el don de piedad que reavive en ti “el don de Dios que te fue conferido desde el momento en que te impuse las manos” (2 Tim 1,6); finalmente,  el don del temor de Dios, el último en la jerarquía de los dones, para que vivas y actúes siempre consciente de que llevas el tesoro del sacerdocio en un frágil vaso de barro (Cf 2 Co 4,7) y por consiguiente de la inaplazable necesidad de la gracia divina (Cf 2 Co 12,9-10), puesto que « ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer » (1 Co 3,7)”.
Sé que tienes una gran devoción a Nuestra Señora de Guadalupe. Que ella que es modelo de acogida, de escucha, de obediencia al Espíritu, te ayude en tu ministerio sacerdotal, para que, con libre y consciente docilidad, dejes al Señor actuar a través de ti, en favor de la salvación de los hombres. Que Dios y su Santísima Virgen, “que comenzaron en ti esta buena obra, ellos la lleven a feliz término”. Amén.
San Rafael de El Moján, 29 de noviembre de 2014


+ Ubaldo Ramón Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo.


domingo, 23 de noviembre de 2014

HOMILIA DEL DOMINGO DE CRISTO REY. CICLO A

Muy queridos hermanos y hermanas,
Con esta solemnidad de Cristo Rey del universo, iniciamos la última semana del año litúrgico 2013-2014. Durante este año, la madre Iglesia ha querido guiarnos, en nuestro camino cristiano, con la lectura dominical del evangelio de San Mateo. Uno de los núcleos fundamentales de este evangelista es la presentación de Jesús como el nuevo Moisés que nos introduce en la nueva tierra prometida que él llama el Reino de los cielos, forma semítica de designar el Reinado de Dios.

Jesús presenta el Reino de los cielos como una nueva y sorprendente irrupción de Dios en medio de los hombres y de la historia. Una realidad que ya no hay que seguir esperando porque ya está presente en medio de nosotros. Ya está en medio de la humanidad y empieza a fermentarla con una energía indetenible que la llevará a su perfección. Empieza la plenitud de los tiempos. El tiempo de la salvación de los humanos y de la creación total.
Para gran sorpresa de todos, el Dios de ese reino que presenta Jesucristo no es un Dios lleno de ira destructora, dispuesto a castigar a la humanidad sino un Padre lleno de compasión y de ternura, de misericordia y de bondad.  ¡Esta es la Buena Noticia; éste es el Evangelio! A los destinatarios de este mensaje novedoso les corresponde disponerse a acogerlo. Porque la invitación es apremiante, es inminente; no es para mañana. Es para hoy.  No podemos quedarnos indiferentes ante su llegada. Para recibirlo Jesús nos dice que la condición “sine qua non” es la de convertirnos, es decir disponernos a dejarlo entrar en nuestras vidas, a abrirle nuestra mente y nuestro corazón, a aceptar “entrar” dentro de ese modo de reinar de Dios que Jesús está inaugurando con su presencia. “Conviértanse porque está llegando el Reino de los cielos” (Mt 4,17).

El Reino de su Padre Dios, Jesús lo ofrece a todos sin excepción. ¡He venido a incendiar el mundo con el fuego del Reino de Dios y cuánto quisiera que ya estuviera ardiendo! El Señor tiene muy claro por dónde empezar a sembrarlo: por los pobres, los afligidos, los humildes, los hambrientos y sedientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los constructores de paz (Cf Mt 5,1-10); los ciegos,  los leprosos,  las prostitutas,  los publicanos. “No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mt 9,12-13).  Dios llega para todos como salvador, no como juez. Como juez llegará más tarde, al final de los tiempos. Mientras tanto, corre el tiempo de la paciencia y de la misericordia infinita que llama, que cura, que salva, que perdona, rehabilita y dignifica “porque no quiere que nadie se pierda sino que todos se conviertan” (2 Pe 3,9).
Su invitación puede ser acogida o rechazada. Ya sabemos que la lógica de Dios, desde el principio de la creación, es respetar por encima de todo la libertad humana. Así se comportó con la primera pareja.  Dios propone, no impone. Dios atrae por amor en libertad, no por manipulación. Acuérdense de la parábola de los invitados a la boda (Mt 22,1-14). Unos escuchan su  invitación; acogen el reino, entran en su dinámica y se dejan transformar por su fuerza interior. Otros no escuchan la buena noticia, la rechazan, se niegan a abrirle las puertas de sus vidas a Dios y se quedan definitivamente fuera de la salvación.
Jesús se dedicó con pasión, con todas las fuerzas de su ser, día y noche, hasta el último suspiro en la cruz a ofrecer a los hombres y al mundo el don del Reino de Dios.  Es el núcleo central de su predicación, su convicción más profunda, la pasión que sostiene todas sus actividades y que lo lleva incluso a entregar su vida en el sufrimiento y el dolor.  Este Reino, en esta etapa,  no es ante todo una enseñanza o una doctrina.  Es una presencia, una persona. La presencia amorosa de un Dios Padre que vuelca sobre la humanidad toda la fuerza de su perdón, de su gracia, de su salvación (Cf Jn 3,16). El Reino  se hace visible, palpable, audible, gustoso en la persona,  la vida,  la actuación, las actitudes y posturas de su Hijo Jesús.  “He venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10). Eso será posible si aceptamos al Dios de Jesús en nuestras vidas y decidimos configurar nuestro modo de existir, de relacionarnos, de tratar a Dios según el modelo que nos ofrece Jesús.
Jesús presenta el Reino de su Padre Dios valiéndose de parábolas. En estos últimos domingos del año hemos oído a tres de ellas: la de las diez doncellas, la de los talentos y la del juicio final. Habitualmente las narra pero no las explica. De tal modo que para descubrir su mensaje, hemos de pedirle a Jesús que nos comunique su Espíritu Santo. Solo puede abrir nuestra mente a la inteligencia de sus enseñanzas (Cf Lc 24,45). Jesús no enseña para atiborrar nuestra mente de conocimientos sino para darnos a conocer un modo de vivir  de convivir. Por eso otro camino esencial para captar el sentido profundo de sus mensajes es mirar cómo él se comporta con Dios, con la gente, con sus discípulos y seguir su ejemplo (Cf Jn 13,15).  Jesús es la puerta del Reino de Dios (Cf Jn 10,7). Si vivimos como él, si actuamos como él, entraremos en el Reino de Dios.

El Evangelio de hoy nos explica cómo llega ese Reino, cómo acontece. Jesús dice que no llega de manera espectacular o catastrófica; como un fenómeno que viene de afuera o de arriba. Para recibirlo no hay que ir a Jerusalén, ofrecer sacrificios, sumergirse en las aguas del Jordán. El Reino de Dios ya está entre ustedes (Cf Lc 17,21). El Reino de Dios llega a ras de suelo, acontece en la cotidianidad de la vida, brota en la sencillez de las relaciones humanas, florece en la atención amorosa  y compasiva de las necesidades básicas de todo ser humano.  Así nos lo revela sorprendentemente el evangelio de hoy al presentarnos cómo va a ser el juicio final de toda la humanidad.  Cuando el Señor se siente en su trono al final de los tiempos para juzgar, separará a la humanidad en dos partes, como un pastor separa las ovejas de los cabritos de su rebaño.  A unos los invitará a entrar en su Reino, a otros los expulsará para siempre en las tinieblas.
Y ¿de qué criterio se vale el supremo juez para premiar a unos y castigar a otros?  Del criterio de la compasión solidaria que cada uno haya demostrado con las personas hambrientas, sedientas, extranjeras, enfermas, desnudas, presas.  Son las mismas categorías que aparecen a todo lo largo del Antiguo Testamento y que son atendidas por los justos y rechazadas por los necios. Se trata de necesidades comunes y corrientes. Demasiadas comunes y corrientes por desgracia en esta humanidad ciega, sorda e indiferente.  No son necesidades que nos superan, que no podamos atender. Son las clásicas obras de misericordia que aprendimos desde el primer catecismo de iniciación cristiana: saciar el hambre, calmar la sed, acoger un ser humano, vestir un indigente, visitar un recluso, acoger un extranjero. En el caso del  enfermo y del encarcelado ni siquiera se nos pide que lo curemos o lo liberemos sino que lo visitemos. Hay necesidades que se deben resolver y, si están a nuestro alcance, se nos pedirá cuenta de ello pero ante las que rebasan nuestra capacidad, la solidaridad efectiva y afectiva no debe estar ausente.
Hoy en día es muy pequeño el número de personas que conocen a Jesucristo, han oído hablar de él y se guían por su evangelio. Para una gran multitud de personas  es un desconocido. El momento del juicio final  será el momento de la revelación suprema en que vendrán a conocerlo personal y directamente y contemplarán la belleza de su rostro glorioso. Y conjuntamente con esa revelación se les hará patente también el verdadero sentido de sus vidas. Vivieron  sin que nadie se los predicara o les hablara de él. Murieron ignorando su existencia y sus parábolas. Pertenecían a lo mejor a otra religión. O a otra cultura. O eran gnósticos,  o no creyentes. A Lo mejor hasta ateos. Pero tuvieron un corazón compasivo, entrañas  misericordiosas que se conmovieron ante el dolor ajeno y cuando se presentó la ocasión compartieron su comida, su bebida, su ropa, su tiempo visitando campamentos de refugiados, cárceles y mazmorras inhumanas; llevando consuelo, alegría y esperanza. En ese momento supremo Jesús les dirá: Todos esos gestos de amor, de misericordia, de compasión, de solidaridad que tuvieron con esas personas la tuvieron también conmigo.  Compartiste tu mercado conmigo, tu garrafón de agua conmigo, tu ropa conmigo, tu tiempo conmigo, tu afecto conmigo, tu amistad conmigo. Me diste un pedazo de tu vida: “Ven,  bendito de mi Padre, toma posesión del Reino preparado para ti desde la creación del mundo” (Cf Concilio Vaticano II, LG No 16) .
La descripción de los pequeños contenida en este evangelio no es exhaustiva. De acuerdo a otros textos, los “más pequeños” pueden ser también los más débiles y sencillos, los extraviados, los que fallan. A nosotros los seguidores de Jesús que hemos recorrido bajo su Palabra y su enseñanza este año, domingo tras domingo, nos toca vivir estas mismas actitudes entre nosotros mismos, entre pastores y rebaño, entre hermanos y hermanas, entre bautizados de distintas denominaciones cristianas.  Ya Jesús nos había dicho en otro lugar del evangelio: “El que los recibe a ustedes, me recibe a mí y el que me recibe a mí, recibe al que me envió y quien de un dé un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños sólo porque es discípulo mío, les aseguro que no se quedará sin recompensa” (Mt 10, 40-42). Ya sabemos ahora cuál es la recompensa prometida.  Hay dos presencias sagradas de Jesús en persona muy cerca de nosotros: la presencia en la eucaristía y la presencia en el pobre y el pequeño. Es posible que, por alguna razón, cuando vengo a misa no pueda acceder a la presencia eucarística en la comunión, pero la otra presencia siempre estará cerca de mí y podré acceder a ella. Nunca estará lejos de mí la posibilidad de abrirle la puerta a Jesús en la presencia real y personal del necesitado.  “Lo que hiciste con el más pequeño, conmigo lo hiciste”.
Que el camino cristiano recorrido este año haya hecho de ustedes y de mi, hermanos y hermanas, servidores fiables y competentes, alertas y prudentes, convencidos que las demás personas, sobre todo los que más sufren, son Jesucristo mismo a mi lado. En el camino de la vida no existen los extraños. Solo hay hermanos. Nunca nos tropezamos con anónimos sino con personas habitadas por el amor infinito de Jesús. En mi trato y acogida con algunos de ellos en particular me estoy jugando mi salvación eterna. 

Maracaibo 23 de noviembre de 2014

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

sábado, 15 de noviembre de 2014

HOMILIA DE ORDENACIÓN PRESBITERAL DEL DIACONO ALEXIS LEON

HOMILIA DE ORDENACIÓN PRESBITERAL
DEL DIACONO ALEXIS LEON

Lecturas: Sab 9,1-18; Salmo 23; Ef 4,1-7.11-13; Jn 20,19-23
Querido hijo, querida familia, queridos hermanos y hermanas en el Señor Jesús.

Aquí estamos, mis queridos hijos e hijas, reunidos en asamblea celebrante, a pocos días de la gran fiesta de la Chinita, que nos une como familia zuliana, para recibir de las manos amorosas de Dios el don de un nuevo presbítero. Llega para apacentar junto a mí y los demás miembros del presbiterio, este necesitado pueblo zuliano. Se cumple así una vez más, a favor de nuestra Iglesia local, la promesa del Señor: “Yo pondré al cuidado de mis ovejas pastores según mi corazón que las apacentarán”  (Jer 23,4).
La Iglesia en Venezuela quiso declarar el 2014, año jubilar de la juventud y por eso, al ver este joven generoso que se apresta a entregar toda su vida a Dios en el servicio de sus hermanos, me vienen al espíritu los versículos del salmo 43, que tantas veces recité, en latín, como monaguillo: “Tu eres mi Dios y mi fortaleza…Envíame tu luz y tu verdad, que ellas me guíen y me lleven al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud” (Sa 43,2-3).
El sacerdote es un puente que conecta el cielo con la tierra, a Dios con los hombres y a los hombres con Dios.Un puente de amor divino y de dedicación entera y decidida. El cumplimiento de esta hermosa misión supone en el elegido muchas cualidades y talentos. Alexis los tiene, y estoy seguro que desea ponerlos todos a la disposición de ese proyecto. Pero tambiénAlexis es consciente de que lleva este tesoro en una frágil vasija de arcilla (2 C0 4,7). Por eso quiere que, junto con él, tal como lo hace el sabio de la primera lectura, le pidamos a Dios la gracia de su sabiduría: “Envíala desde los santos cielos, mándala desde tu trono glorioso, para que ella trabaje a mi lado y yo conozca lo que es de tu agrado; así ella, que lo sabe y comprende todo, me guiará atinadamente en mis empresas y me protegerá con su gloria. Entonces mis obras te agradarán.” (Sab 9,10-12).
Es normal que si alguien nos encomienda una tarea y nosotros la aceptamos, procuremos llevarla a cabo siguiendo las indicaciones, las pautas y criterios del que nos envía. En este caso es Jesús mismo quien le pide a Alexis que, conjuntamente con el resto del presbiterio, colabore conmigo en el cuidado de una pequeña porción del rebaño zuliano. El rebaño no es ni mío ni de Alexis. El rebaño pertenece al Señor. Él nos indica hacia qué pastos conducirlo, cómo  debemos alimentarlo y cómo debemos tratarlo. El Señor quiere que nos identifiquemos tanto con él en nuestro servicio pastoral  que las ovejas, al oír una de nuestras voces, reconozcan la voz del único pastor, Jesús, y sientan que es el mismo Señor, a través de nosotros, que las está llamando (Cf Jn 10,3). Desea que seamos pastores cercanos, responsables y diligentes,  que conozcamos cada una de nuestras ovejas por su nombre (Cf Jn 10,14) y estemos dispuestos a defenderlas hasta dar, si es necesario, la vida por ellas (Cf Jn 10,11-12).
Llegar a ser sacerdote, pastor,  ministro de los misterios divinos, lleva toda la vida. No es producto, ni de nuestro ingenio, ni de nuestra voluntad, ni de nuestras fuerzas humanas. No se alcanza esta condición por méritos acumulados o por antigüedad. Se alcanza por contagio. Por ósmosis. Por la comunión que el pastor logre cimentar a diario con Dios: “Yo soy la vid, ustedes las ramas. El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto; porque sin mí no pueden hacer nada”. (Jn 15,5).
Por eso este don se transmite a través de un sacramento: el sacramento del Orden sacerdotal. Es el Señor mismo quien lleva a cabo esta acción en la Iglesia, por medio de la imposición de las manos y de la oración consecratoria del Obispo. Alexis, tienes que dejarte hacer por Dios: “como está la arcilla en manos del alfarero así estás tú en mis manos, dice el Señor” (Jer 18,6). En ti se da hoy una nueva etapa de la acción creadora. Adquieres una nueva naturaleza y una nueva identidad que, con tu colaboración y disponibilidad, se irá desarrollando a lo largo de tu vida. Dentro de poco oirás estas palabras: “Dios que comenzó en ti esta obra buena, él mismo la lleve a término”. (Rito de Ordenación).
El sacerdocio ministerial no es pues un oficio que se cumple por horarios y del que en algún momento de tu vida te puedes despojar o jubilar. El Señor no transforma una parte de tu persona ni una etapa de tu vida. Transforma toda tu persona, todo tu ser en sacerdote. Serás “sacerdos in aeternum”. Totalmente sacerdote para siempre. Sacerdote las 24 horas del día, los 365 días del año, desde los pelos de tu cabeza hasta las plantas de tus pies. El Señor se valdrá de todo tu ser, de todos tus talentos, de toda tu creatividad e imaginación para anunciar el Evangelio de salvación, santificar a su pueblo y fermentar este mundo con la fuerza maravillosa de su amor.
Con la ordenación entras a formar parte de un presbiterio. No eres el único, no te toca trabajar solo, a tu manera, como te parezca. Te unes a otros hermanos sacerdotes que han llegado primero que tu y precedes a otros que llegarán después de ti. El presbiterio es tu nueva familia, que no brota de la sangre ni de la carne, sino de la gran paternidad de Dios (Cf Jn 1,13). Y por esta familia te insertas en la misión de la Iglesia universal. (Cf DMVP 34).  Todos ungidos, todos consagrados, todos enviados, como los Doce apóstoles, con la misma misión de Jesús: “anunciar la buena noticia a los pobres; proclamar la liberación a los cautivos, dar la vista a los ciegos y libertar a los oprimidos.” (Lc 4,18).
La tarde del día de su Resurrección Jesús se hace presente en medio de sus apóstoles y los envía todos juntos, los envía en su nombre, con el soplo de su mismo Espíritu (Cf Jn 20,21). Así que también, junto conmigo y mi obispo auxiliar, se te confía la misión de cuidar la unidad y la fraternidad de este presbiterio, y trabajar codo a codo con tus hermanos sacerdotes en la construcción de esta Iglesia local y de su proyección misionera. Te invito a que asumas este compromiso cuando, dentro de unos momentos, vayas sintiendo posarse sobre tu cabeza las manos ungidas de tus hermanos sacerdotes.
Tenemos que ser fieles a esta intención original de nuestro Señor. Trabajar unidos junto con el Obispo de la diócesis para llevar a cabo el sueño de Cristo: unir a todos los bautizados en la diversidad de sus dones, oficios y carismas y edificar un solo Pueblo de Dios; un solo Cuerpo, un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios y Padre de todos que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos. Solo así, desde esta unidad vivida existencialmente y traducida en fraternidad sacramental, en comunión afectiva y efectiva, en comunicación real de bienes, es que podemos ser portadores del perdón de los pecados, de la liberación de los oprimidos, de la reconciliación de los enemigos y adversarios. En una palabra, ser portadores y constructores de la paz.
El camino que has escogido libremente para darle plenitud a tu capacidad de amar es el del celibato sacerdotal. Eres un hombre normal y completo, y hubieras podido por supuesto fundar un hogar cristiano con una buena esposa y varios hijos. Pero has descubierto, con la gracia de Dios y la ayuda de la Iglesia, que tu ideal cristiano y humano va por otro camino (Cf Mt 19,11). No todos te comprenderán. Habrá quien te critique y quien hasta se burle de ti. Estás rodeado de un ambiente hedonista y materialista que te va a tentar de mil maneras para que busques tu propia complacencia, te atragantes de sexo y te entregues al placer del consumismo sin límites.
Muchos piensan que el celibato es una imposición arbitraria e inhumana de las autoridades jerárquicas. Es bueno recordar que existe en otras tradiciones de la Iglesia el  ministro ordenado casado. En nuestra tradición occidental sin embargo se ha cultivado, desde hace siglos, el sacerdocio célibe como una opción valiosa. Se fundamenta ante todo en el mismo estilo de vida asumido por Jesús. Jesús vivió célibe, dedicado totalmente a los asuntos de su Padre del cielo (Cf Lc 2,49) y al proyecto del Reino de Dios. Se trata de seguir esta forma de vivir de nuestro Señor y  de  amar como Él a los hermanos, de corazón a tiempo completo.
Tiene también un fundamento pastoral. Por medio de una vida célibe el sacerdote puede dedicarse con plena libertad, con todo su ser, haber y poseer a servir a los hermanos en la Iglesia, libre de toda atadura y de cualquier otro tipo de obligación. Ser célibe no lo hace menos hombre. Hay muchos seres humanos que, por otras razones, escogen esta forma de vida para poder dedicarse con mayor libertad y entrega a la realización de sus proyectos. Pensemos en la gran figura del Doctor José Gregorio Hernández.
Para vivir con gozo y fidelidad, no solo tu celibato sino todo tu ministerio pastoral y hacer de él una encarnación del  amor de Dios en la vida de los hombres, necesitarás una sólida y bien fundamentada vida espiritual. Este es el secreto para ser fiel a tu vocación hasta la muerte. No dejes nunca la oración personal y comunitaria para un segundo o tercer lugar. Siempre deberá estar de primero en tu agenda y en tu corazón. Acuérdate del sabio consejo del salmista: “Si el Señor no construye la casa, en vano se esfuerza los albañiles. Si el Señor no protege la ciudad, en vano vigila el centinela” (Salmo 127, 1). 
En conclusión son cinco condiciones que debe reunir el buen pastor: en primer lugar, el amor: fue precisamente la caridad la única virtud que el Señor exigió a Pedro para entregarle el cuidado de su rebaño (Cf Jn 21,15-17). Luego, tener entrañas de compasión y misericordia ante las necesidades de las ovejas, sobre todo las alejadas, las cansadas, las abandonadas y desorientadas (Cf Mt 9, 36). En tercer lugar, alimentarlas sólidamente con la Palabra y  la Eucaristía (Cf Salmo 23). En cuarto lugar no cansarse de buscar con pasión, todos los días, la santidad y la integridad de vida. Finalmente una viva y entrañable espiritualidad mariana
Tu ordenación tiene lugar dentro del ambiente festivo de Nuestra Señora de Chiquinquirá. Colócate a su lado, como S. Andrés apóstol,  S. Antonio de Padua y tantos millares de devotos y peregrinos. Ella, a su vez, te envolverá en su amor maternal y llenará abundantemente de bendiciones este día. Cristo Jesús, en la persona de Juan, te la entregó en el calvario para que fuera tu madre (Cf Jn 19, 26) y, en Juan, te entregó a ti también a ella para que te cuidara con solicitud incansable. Desde hoy, mucho más que antes, ella se encargará de ti. Acógela; confíale cada día tu sacerdocio; camina presuroso a su lado en la larga y misionera visitación de tu ministerio sacerdotal. Ella te conducirá a Jesús, te enseñará a amar a la Iglesia, te mostrará cómo amar a los pobres y defenderlos y te mostrará el camino del Reino de los cielos.
¡Dios te bendiga, hijo, que hoy entras a formar parte del cuerpo de pastores por la divina gracia del Señor!
Maracaibo 15 de noviembre de 2014.


+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo