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sábado, 7 de mayo de 2016

HOMILIA DE LA ORDENACION PRESBITERAL DEL RELIGIOSO ESCOLAPIO: LUIS ALBERTO HERNANDEZ CARDOZO



ORDENACION PRESBITERAL DEL RELIGIOSO ESCOLAPIO
LUIS ALBERTO HERNANDEZ CARDOZO,
HOMILIA

Muy queridos hermanos y hermanas,
Hoy, víspera de la solemnidad de la Ascensión del Señor y del día de las Madres, cercano el final de la cincuentena pascual, en pleno Año jubilar de la Misericordia, en los inicios del mes de María, nuestra madre amada, tenemos todos la dicha de recibir, de parte de Dios,  un gran regalo: la ordenación de un nuevo presbítero, en la persona de Luis Alberto, joven religioso escolapio, oriundo de estas tierras zulianas.
En estos tiempos de tantas calamidades, que nos pueden abatir y enfriar el corazón, Dios sale a nuestro encuentro, a través de un joven, como lo hizo en la aurora de los nuevos tiempos, con María, allá en Nazaret, para alimentar nuestra esperanza y mantenernos siempre de pie. El SI de Luis Alberto, su total sumisión a la voluntad de Dios y su disponibilidad para servir siempre y totalmente a sus hermanos, producirá sin duda muy buenos frutos y llena ya desde hoy de alegría de nuestros corazones.
Luis Alberto, como todos los sacerdotes del mundo, fue elegido por Cristo Jesús, en la última cena en el Cenáculo, “la noche misma en que iba a ser entregado” (1 Co 11,23). Dice Juan que en aquel lugar, en aquel momento empezó a realizarse a plenitud la “Hora” de Jesús (Jn 13,1; 2,5; 4,21; 12,27). Luis Alberto, como buen hijo escolapio de San José de Calazans, tuvo, como religioso, una hora fundacional, cuando emitió sus votos perpetuos. Como sacerdote, hoy cuadra su huso horario con la Hora de Jesús y la hace para siempre suya. De ahora en adelante los dos relojes deberán estar siempre acompasados. La hora de Jesús será la Hora de Luis Alberto.
Todos sabemos qué pasó aquella noche, en el Cenáculo pero como estamos asistiendo al nacimiento de Luis Alberto como sacerdote, es importante recordarlo. Jesús escogió la sala de la cena pascual en Jerusalén. Sus discípulos prepararon la Pascua. Pero hubo un momento en que el Señor se separó del ritual de la cena pascual judía.  Cuando tomó el pan, dijo: “este es mi cuerpo entregado por ustedes” e inmediatamente después añadió: “Hagan esto en conmemoración mía”. Luego tomó la copa de vino,  dijo: “Esta es la copa es la nueva alianza sellada con mi sangre, derramada a favor de ustedes”, e inmediatamente añadió: “Cada vez que la beban háganlo en memoria mía”. 

Con estas palabras, instituía la Eucaristía como memorial de su presencia salvadora en la Iglesia para servicio del mundo y establecía a sus apóstoles y a sus sucesores como los ministros encargados de mantenerla actual y viva en el corazón de la humanidad y del pueblo cristiano. Allí, en ese momento, naciste tú, Luis Alberto, como sacerdote.
Has caído en la cuenta, como el servidor del cántico de Isaías, como el mismo Jeremías, como Jesús, como tantos otros, que desde el seno mismo de tu madre, el Señor te había ya elegido para esta misión. Lo fuiste descubriendo poco a poco, a través de muchas personas, mediaciones y circunstancias de tu proceso formativo. Has sido elegido, tomado de entre tus hermanos, desde las profundidades del amor divino, para hacer memoria de lo que aconteció en aquella hora, en aquel lugar. Y ahora te toca a ti, como le tocó a Pedro, a Mateo, a Luis tu fundador, escuchar a tu Señor decirte: “Luis Alberto, no eres tu el que me has elegido. Soy yo quien te he elegido y te he destinado para que vayas y des fruto. Hazlo  en memoria mía”.
Todo sacerdote ha sido colocado en medio de su pueblo para ser memoria viva y palpitante del amor hasta el extremo, del colmo hasta donde Jesús quiso llevar su amor. Ya él había demostrado de tantas y tantas maneras a lo largo de su ministerio público, cuánto amaba a los suyos, a los pequeños, a los enfermos, a los pecadores. Pero Juan nos dice que quiso ir más allá, mucho más allá.  “Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
De Señor y Maestro, se volvió esclavo. Se despojó de su túnica, se ciño un paño y les lavó los pies a sus discípulos. Y de ese modo les reveló que la humildad, el despojo y el servicio son caminos reales de quien quiera seguirle, recordarle, hacer memoria de él. El ya había elegido a sus discípulos a la orilla del lago, ya los había llamado para que lo siguieran; pero es allí, en el Cenáculo, en la Víspera de su pasión y de su cruz,  cuando los constituye como  sucesores suyos, y los envía para que sean su presencia en medio del mundo.
Te toca ser un recordatorio viviente de la locura de amor de Jesús, de los extremos de su locura de amor por sus hermanos humanos, del mayor acto de amor que haya sido jamás vivido por un corazón humano. El extremo del don de sí, derramando hasta su última gota de sangre, cuando una sola bastaba. El extremo del amor que llega hasta las realidades existenciales de mayor marginación, olvido y abandono. El extremo del amor que busca la oveja perdida hasta encontrarla y traerla lleno de alegría, sobre sus hombros, hasta el redil (Cf Lc 15, 4-7).
Te tocará llegar, junto con los amigos de Jesús, hasta la raíz de esa locura que llevó a Jesús a amar de esa manera. Entrar en el manantial de su amor: en el misterio del amor del Padre por su Hijo.  Misterio que San Juan describe con estas palabras: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio hijo para que todo el que crea en él no perezca” (Jn 3,16). Sé, tú también, encarnación de ese “tanto amó Dios” al mundo.
Con la entrega amorosa y alegre de tu vida, en compañía de tus hermanos escolapios, caminando en medio, delante y atrás del rebaño que se te confíe, en una escuela pía, en una parroquia, o en cualquier otra realidad humana, harás memoria de hasta donde llegó Dios en su afán de salvar a la humanidad, hasta dónde llegó su Hijo, en su entrega libre y total, y hasta donde pueden llegar los seres humanos cuando se dejan habitar por el amor de Dios y lo introducen en el corazón de los niños, de los jóvenes y de sus familias.
Para poder vivir esta vocación extraordinaria, el Señor Jesús, como lo hizo con sus apóstoles, te comunicará su Espíritu Santo. Esta comunicación será el momento culminante de tu ordenación. Lo invocaremos con todos los santos, mientras yaces postrado, para te haga alfombra y puente por donde pasen tus hermanos para llegar a Dios. Lo invocaremos cuando te imponga las manos, cuando te unja las manos con el santo crisma y cuando pronunciemos sobre ti la oración consecratoria.
Sin su presencia nada es posible. Sin él, no podrías ser memoria viva de Jesús. Sin él serían inoperantes las palabras que pronuncies en la consagración. Sin él, no quedaría perdonado un penitente que venga a ti en busca del perdón de Dios. Sin él, sin su amor en ti, serías un farsante, una campana sin badajo. Conéctate siempre con él en la oración. Invócalo. Llámalo. Es tu aliado incondicional, Tu acompañante esencial. Juntos, el Espíritu y tú, en la comunión del Cuerpo de Cristo, continuarán haciendo posible la presencia de la historia de amor que Dios por la humanidad.  
¡Cuánto necesita la humanidad de servidores desinteresados que contribuyan a abrir caminos alternos para superar el odio,  la venganza,  la prepotencia del poder! Nuevos caminos de fraternidad,  a través de la misericordia y del perdón. Muestra con tu vida, personal cuál es el verdadero rostro misericordioso del Padre. Muestra cómo cambia el ser humano y el mundo si administra, como dice Francisco, un poco de misericordina. Cuánto se renueva el corazón humano cuando lo alcanza el amor de Cristo encarnado en otro hermano.
El don del sacerdocio lo recibe en el Año de la Misericordia, bajo el pastoreo del Papa Francisco.  Esta es una marca de fábrica, hablemos así, que identifica su ministerio para siempre.  Todo hombre, toda mujer, que en este tiempo, se ponga a la disposición de Dios y decida seguir los pasos de Jesucristo, recibe un llamado y una gracia especial para ser y vivir en medio de sus hermanos y en su Iglesia, como un servidor compasivo y misericordioso, un sanador de heridas, un “resolutor” de conflictos, un ministro perdonador y facilitador de procesos de  reconciliación.
Para mejor ofrecer a Jesús a tus hermanos, hazte, tú mismo, ofrenda con él. El sacramento que recibes te configura con Cristo y te transforma en el mismo Cristo. No otro Cristo porque solo hay un Cristo. El mismo Cristo. Que ese amor mayor sea el que se refleje en tu propia vida y antes de predicarlo lo muestres presente con tu testimonio de vida personal, de vida comunitaria religiosa, de vida con el pueblo que toque servir.
Que  María, en cuyo corazón quieres introducirte, escogiendo su nombre, te acompañe siempre. Que ella te guíe para ser una viva memoria de su hijo Jesús, un servidor alegre y fiel de los más pequeños y olvidados, signo inequívoco de que habrá llegado para ellos el Reino de los cielos.
Maracaibo 7 de mayo de 2016

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo



sábado, 19 de diciembre de 2015

ORDENACIÓN PRESBITERAL DE LOS DIACONOS ANDRY SANCHEZ Y JORGE PEREZ - HOMILIA

ORDENACIÓN PRESBITERAL
DE LOS DIACONOS ANDRY SANCHEZ  Y JORGE PEREZ
HOMILIA
Muy queridos hermanos y hermanas
EL SACERDOCIO UN DON DE DIOS
El pasado domingo tuvimos la gracia de iniciar en nuestra Iglesia local el Año Jubilar extraordinario de la Misericordia, con la apertura de la Puerta Santa. Y apenas traspasado el umbral, hoy recogemos uno de sus primeros frutos: el don de dos nuevos presbíteros para nuestra Iglesia arquidiocesana. ¡Bendito y Alabado sea el Señor!
Los diáconos Andry y Jorge han hecho un largo recorrido formativo para llegar a este importante momento de sus vidas. Pero no vayamos a pensar ninguno de nosotros que su ordenación es un premio a sus méritos o un galardón por su perseverancia. No. Su ordenación sacerdotal es ante todo y por encima de todo un don de Dios. En el texto de la segunda lectura escuchamos al autor de la Carta a los Hebreos afirmar: “Nadie asume por sí mismo este honor sino es llamado por Dios” (He 5,4). El sacramento del Orden, por el que se confiere el sacerdocio ministerial, como todos los sacramentos, es un don amoroso y gratuito del Señor. Los dones se agradecen. ¡Gracias, Señor!
Así como sucedió con los primeros discípulos, Jesús llama a quién él quiere (Cf Mc 3,13). Hoy llama a estos dos hermanos nuestros. Si aceptan este llamado, los elegidos, como la Virgen María, de manera libre y responsable, han de responder con una total disponibilidad: “Hágase. Fiat” (Lc 1,38). El diálogo permanente con Dios, a través de la oración, la recitación del breviario, la lectura de los dos Libros: el de la realidad y la Biblia,  la dirección espiritual y otras mediaciones eclesiales, les permitirá mantenerse en sintonía con su santa voluntad y llevarla a cabo. Todo ha de reflejarse en una entrega incondicional, alegre, fiel y desinteresada al pueblo que Dios que les toque servir y amar hasta la muerte.,
Como todos los seres humanos, ustedes han sido hechos a imagen y semejanza de Dios (Cf Gen 1,26) para la comunión en el amor mutuo y trinitario, primero en la tierra y en el cielo. En el bautismo han sido llamados, como todos sus hermanos, a ejercer el sacerdocio real para contribuir a la dilatación del Reino de Dios en este mundo.  Hoy en cambio van a recibir un sacerdocio totalmente distinto: el sacerdocio ministerial, nacido del corazón amoroso y misericordioso del Señor Jesús, en la noche del Cenáculo.
Esa noche, en que iba a ser entregado, el Señor Jesús, deseoso de quedarse para siempre con nosotros, instituyó primero  el sacramento de la Eucaristía. Seguidamente instituyó los ministros encargados de realizar ese gran misterio de fe,  de amor y de salvación. Sus palabras fueron: “Esto es mi cuerpo que entrego por ustedes. ¡Hagan esto en memoria mía! Después de cenar hizo lo mismo con la copa diciendo: Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre. Cada vez que la beban, ¡háganlo en memoria mía!” (1 Co 11, 23-25).
Todos los sacerdotes nacimos esa noche y fuimos llamados, en la Iglesia y en la historia de este mundo, a hacer presente a Jesús por medio de la Eucaristía “hasta que él vuelva”. Pero como la eucaristía es la síntesis de la vida de Jesús, la realización sacramental de la redención y el culmen de la historia de la salvación, la vida entera del sacerdote ha de volverse eucarística. Se vuelven hombres eucarísticos. Así los reconocen comúnmente los feligreses: somos los hombres de Dios, los hombres de la misa. Su vocación entonces es ser desde la eucaristía diariamente celebrada, presencia y memoria viva y encarnada de Jesús, desde su encarnación hasta su resurrección. “Quien me ve a mi ve a mi Padre” (Jn 14,9), le dijo el Señor al apóstol Felipe. Igualmente, mis queridos hijos,  no olviden nunca que como sacerdotes de Cristo,  eso mismo han de decir de ustedes: quien los vea a ustedes ha de ver siempre a Cristo Jesús.
Queridos hermanos y hermanas los invito a estar atentos para a vivir esta mañana, cada uno de los pasos de este bello rito sacramental, principalmente los de la imposición de las manos y la plegaria consecratoria, por medio de los cuales estos dos diáconos quedarán definitivamente configurados con el Señor. La ordenación los incorpora también a un presbiterio donde han de dar testimonio de  comunión fraterna. A partir de hoy, como pastores y próvidos colaboradores del obispo, en esta Iglesia local, han de continuar con mayor celo y entusiasmo al servicio de la porción del rebaño que su Pastor les confíe, con especial dedicación a los más pobres.
No trabajarán solos o aislados, sino estrechamente unidos a su Obispo y al gran cuerpo de agentes pastorales conformados por los diáconos permanentes, los laicos y los consagrados. Nuestra Iglesia Arquidiocesana cuenta, gracias a Dios, con un proyecto de renovación pastoral, que nos va permitir contribuir con el Espíritu Santo, convocar a todos los bautizados a vivir intensamente la pertenencia al Pueblo de Dios y a construir, desde la diversidad de sus dones, talentos y carismas, una sola Iglesia, bien ensamblada y articulada, que sea casa, escuela y taller de comunión y solidaridad para la misión. 
Todo esto será posible, mis queridos hijos, si se proponen desde hoy mismo desplegar, con la ayuda de la gracia divina, de su obispo, de sus hermanos sacerdotes, diáconos y de sus hermanos laicos y consagrados, todas las potencialidades presentes en el sacramento que reciben. Dejen a Dios actuar con libertad en ustedes para que el pueda sacar la figura de Cristo que quiere reproducir en cada uno. 
Para ello es menester que se acerquen, como los invita el texto de la carta a los Hebreos, con plena confianza a Cristo Jesús, el verdadero trono de la gracia, para obtener su misericordia y hacerse misericordiosos como él. Claven su mirada en Cristo Jesús, el iniciador y consumador de su fe (Cf He 12,2), y la razón de ser de su vida y ministerio, para descubrir la bienaventuranza de la misericordia. Búsquenlo, síganlo y quédense con él, como lo hicieron Juan y Andrés (Cf Jn 1,35-39). Solo así se podrán  impregnar de los sentimientos, de la mentalidad y de los rasgos  sobresalientes de su  eterno y supremo sacerdocio. Lleguen a ser ustedes también sacerdotes según el orden de Melquisedec.
Jesús es un Sumo Sacerdote digno de fe y lleno de compasión y misericordia. Es digno de fe porque desarrolla su vida en perfecta fidelidad al Padre, siempre dispuesto a cumplir todos sus designios (Cf Jn 15,9). Jesús es también un sacerdote impregnado  en todo de la misericordia divina, puesto que su amor solidario y compasivo con la humanidad llegó hasta el extremo de hacerse uno de nosotros y vivir radicalmente todas las condiciones del ser humano excepto en el pecado. En él se da perfectamente la parábola que él mismo contó: la del pastor que deja sus ovejas del cielo y baja a la tierra a buscar la oveja adámica que se le ha extraviado y se interna por los montes, valles y barrancos de la humanidad pecadora hasta dar con ella (Cf Lc 15,3-4).
Buscando esa oveja rebelde, supo, en carne propia, lo qué significa el pecado del mundo y todos los horrores y dolores que causa el imperio del mal en la carne, en el corazón, la mente y la cultura humana. Experimentó en su propio cuerpo llagado, taladrado, torturado, crucificado, abandonado hasta donde llega  el poder del mal, el sufrimiento de los inocentes, el aniquilamiento de los más vulnerables, la muerte injusta y cruel de los más débiles. No hay pecado que no haya llagado el cuerpo de Jesús. En sus cinco llagas están todos.
El profeta Ezequiel, tuvo la visión del nuevo Templo, de donde brotan las aguas sanadoras de Dios (Cf Ez 47, 1-12). Es una profecía de lo que ocurrió en el Calvario. Todas las horrendas atrocidades de la condición humana, sometida al yugo del pecado, quedaron bañadas por el torrente misericordioso que brotó del costado abierto de Jesús (Cf Jn 19,33-34). Sangre y agua se volvieron  una fuente infinita de amor, de ternura, de compasión y de perdón que se derrama sobre la humanidad y la creación entera a través de los sacramentos.
En el horror de la cruz y en el crucificado desfigurado, quedó patente, “que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Cf Rm 5,20). La misericordia de Dios siempre será mayor que cualquier pecado que cometan los hombres. No hay mal que pueda desfigurar definitivamente la belleza del amor y de la misericordia divina encarnada en la persona del Hijo de Dios hecho hombre ni tampoco la imagen de Dios impresa en el ser humano. Eso es lo que quiere dar a entender Jesús en  la parábola de la mujer que ha perdido una moneda y barre y barre toda la casa hasta encontrarla (Lc 15,8-10). Esa moneda lleva impresa, dicen los Padres de la Iglesia, la imagen borrosa de Dios y Jesús le devuelve todo su esplendor.
Ustedes mis queridos hijos, en este año jubilar extraordinario de la misericordia, han de ser testigos excepcionales de esa misericordia que Cristo nos ha mostrado. Traigan a esta fuente a todos sus hermanos para que se bañen en ella y queden purificados. Sean sacerdotes misericordiosos como Jesús. Salgan a buscar la oveja extraviada y tráiganla sobre sus hombres para pasar por la puerta del redil y devolverla al rebaño, restauren en sus hermanos la belleza de su semejanza divina, a través del bautismo y de la confesión. No den por perdido ningún hijo pródigo. Desde que el Hijo de Dios vino a este mundo y se encarnó en el seno de un ser humano, María de Nazaret, y dio su vida por todos, no hay ningún ser humano que no pueda volver a él.
Den de comer al hambriento, en su hambre física, y con la eucaristía, pan de vida eterna. Den de beber al sediento, sumergiéndolos en las aguas bautismales, ofreciéndole un vaso de agua a quien se lo pida, saciando la sed de conocer y vivir de la Palabra de Dios. Ofrezcan posada al necesitado, formando comunidades parroquiales y sectoriales de puertas abiertas,  hospitalarias y acogedoras de todos los que como José y María en Belén buscan posada y no encuentran. Vistan al desnudo, a través de la confesión y de la caridad compartiendo su manto como la Verónica y San Martín.  Visiten a los enfermos para llevarles consuelo, paz, la unción sacramental y el viático para emprender el viaje a la casa del Padre. Socorran a los presos, detenidos, procesados, sentenciados, personalmente y formando voluntarios que participen en la pastoral penitenciaria. Estén cerca de sus hermanos gravemente enfermos, ayúdenlos a bien morir, ayuden a la familia a despedirse de sus seres queridos. Transformen la pastoral de exequias en una pastoral de la compasión, la cercanía y la resurrección en Cristo Señor.
Enseñen al que no sabe a través de la evangelización, el Kerygma, la Catequesis, la formación bíblica, haciéndose presente en escuelas, liceos y universidades. Den buen consejo al que lo necesita en la dirección espiritual, la consejería familiar, el encuentro con los novios con motivo de la confección del expediente. Corrijan a los hermanos sacerdotes, diáconos y laicos que están descaminados y déjense corregir, agradecidos, por su hermanos, con humildad. Pidan perdón y ejerzan con gozo el gran ministerio del perdón a través de la Confesión sacramental. Consuelen a los afligidos, animen a los decaídos, levanten a los encorvados, alegren a los tristes, lloren con los que lloran, rían con los que ríen. Háganse todo con todos para ganarlos a todos a Cristo Jesús.  Sean pacientes, tolerantes y aguanten los defectos ajenos como desean  que los demás aguanten sus deficiencias y debilidades. Oren constantemente por los vivos y por los difuntos.
Sean, mis queridos hijos Andry y Jorge, el rostro vivo de la Misericordia divina. Que todo su ministerio, por la intercesión de nuestra Madre la Virgen de Coromoto, que Mons. Olegario Villalobos, sacerdote ejemplar, nos enseño a venerar y en cuyo honor construyó este templo, quede profundamente marcado por la experiencia viva de haber sido alcanzados por la misericordia divina y haber recibido el encargo de comunicarla a sus hermanos. Amén.
Maracaibo 19 de diciembre de 2015

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

jueves, 22 de enero de 2015

HOMILIA EN LA ORDENACION PRESBITERAL DE FRAY JUAN CARLOS MALDONADO OAR

HOMILIA EN LA ORDENACION PRESBITERAL
DE FRAY JUAN CARLOS MALDONADO OAR

Lecturas: Jer 1,4-9; Sal 23; 1 Pe 4,7b-11, Jn 15,9-17

Muy querida familia agustina recoleta, Muy querida familia de Fray Juan Carlos, Muy querido Fray Juan Carlos, Muy queridos hermanos y hermanas,

¡Grande y hermoso es el momento que vivimos esta tarde en esta comunidad eclesial! Un hermano nuestro, miembro del pueblo de Dios, accede al presbiterado, después de haber recorrido un largo camino de discernimiento y formación en el que han intervenido muchas personas. Acabamos de oír la respuesta  a la pregunta formulada por el presidente de la asamblea litúrgica: “¿Sabes si es digno?” Una respuesta afirmativa y un fuerte aplauso aprobatorio de la asamblea de fieles. Si; el Señor hace grandes cosas con nuestras vidas, como en la vida de la Virgen María, cuando aceptamos su llamado y nos ponemos a su disposición.

Aunque se le haya considerado digno de recibir el Orden sacerdotal  ni el elegido ni ninguno de nosotros hemos de olvidar que el llamado con la consiguiente elección, la sucesiva consagración y el envío final forman parte de un misterio.  ¿Por qué llama precisamente a este cristiano? ¿Por qué yo y no otro?  No somos capaces de dar una respuesta. Todo eso está escondido  en el corazón de Dios Padre. La narración que hace el profeta Jeremías de su vocación, en la primera lectura de esta santa Liturgia, nos coloca en el umbral de este misterio.   “Antes de formarte en el vientre te escogí; antes de que salieras del seno materno te consagré”. Cuando Marcos narra la elección de los doce apóstoles acota que “Jesús llamó a los que él quiso” (Mc 3,13).

Somos lo que somos porque Dios, valiéndose de variadas y a veces sorprendentes mediaciones humanas,  nos llamó y quiso hacernos partícipes del sacerdocio pastoral de su Hijo. Leemos en la carta a los Hebreos que “nadie puede recibir la dignidad del sacerdocio, si no es llamado por Dios (…) Cristo no se apropió  la gloria de ser sumo sacerdote sino que se la confirió Dios” (He 5-6). El sacerdocio, leemos en la segunda lectura de hoy, es un don recibido. No podemos por consiguiente presumir de ningún título de superioridad: “¿Quién te hace superior a los demás? Se pregunta Pablo. ¿Qué tienes que no hayas recibido? ¿Por qué te enorgulleces como si no lo hubieras recibido?”  (1 Co 4,7). No somos dueños de nada. Somos simples administradores y como “buenos administradores- comenta Pedro- hemos de poner al servicio de los demás la multiforme gracia de Dios” (1 Pe 4,10).

Ponernos al servicio de los demás. Ser servidores a tiempo completo. El Señor Jesús sabe que éste va a ser uno de los grandes desafíos de sus discípulos y de la jerarquía de la Iglesia a lo largo de la historia; por eso les mostrará con su vida primero y luego con su enseñanza que la autoridad que detentan por el cargo dentro de la comunidad eclesial es una autoridad de servicio no de dominación ni de poder.  ¡Hasta en el mismísimo cenáculo sus apóstoles discutirán sobre quién de ellos es el más importante! (Cf Lc 22, 24-25). Es muy significativo que s. Juan coloque en ese mismo lugar y momento la impresionante escena del lavatorio de los pies. “Ustedes me llaman Maestro y Señor y tienen razón porque efectivamente lo soy. Pues bien si yo, que soy el Maestro y el Señor les he lavado los pies, ustedes deben hacer lo mismo unos con otros. Les he dado ejemplo para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes” (Jn 13, 12-15).

Fray Juan Carlos es un miembro de la Orden agustina recoleta. Una familia religiosa muy querida en esta arquidiócesis. Los Agustinos recoletos están vinculados a esta Iglesia local casi desde su creación como diócesis del Zulia. Los primeros frailes llegaron efectivamente el 10 de mayo de 1899 por invitación del primer obispo Mons. Francisco Marvez. Recordemos sus nombres:  Julián Cisneros del Carmen, Antonio Almendariz de S Francisco Javier y Quirino Ortiz de la Virgen Blanca. Escribe Abraham Belloso sobre cada uno de ellos: “fueron los tres embajadores agustinos llegados a nuestra tierra y trajeron: Julián, encendida la antorcha de la fe; Quirino, el más joven, las flores perfumadas de la esperanza y Antonio, el ánfora de la caridad, que dulcifica el revés. “ (Ocando Yamarte,  Historia política-eclesiástica del Zulia, Tomo VII, inédita). ¡Las tres virtudes teologales personificadas y hechas vidas! Fueron en ese  entonces para Mons. Marvez y luego a lo largo de estos 125 años, para todos los obispos de esta Iglesia local, un punto de apoyo de primer orden para el trabajo pastoral y el servicio de la caridad. Resumo la larga lista de tan beneméritos servidores de Dios y de la Iglesia en dos nombres: Fray Jesús Galeano y  Fray Jaime Quijano.

El Papa Francisco nos pidió que dedicáramos este año a la Vida Consagrada. Magnífica oportunidad para dar gracias al Señor por la relevante presencia en esta Iglesia particular no solo de los Agustinos recoletos y de otras ramas de la familia agustiniana sino de muchas Órdenes y Congregaciones masculinas y femeninas que han sembrado su carisma en este suelo, han dado un hermoso testimonio de vida comunitaria, de atención a los pobres y de sentido eclesial. 

Ojalá sirva este año para que cada familia religiosa recoja la memoria agradecida de su historia entre nosotros y dé gracias a Dios por haber engalanado nuestra Iglesia con tantos y variados dones y carismas que la embellecen y la disponen para toda clase de obra buena. A través de su amplia gama carismática han mantenido vivas las “utopías”, han sabido crear “otros lugares”, donde se ha vivido  la lógica evangélica del don, de la fraternidad, de la acogida de la diversidad en el amor mutuo. La vida religiosa está hecha para recordarnos que hemos sido hechos para Dios. Solo Dios basta (CPV, VCV 85). Todo lo demás es relativo. Que no hay ideal más hermoso que el  de seguir a Cristo; que vale la pena consagrar toda su energía vital a construir juntos la Iglesia de los pobres, con los pobres y desde los pobres.

En este año vamos a poner también en marcha nuestro Proyecto Arquidiocesano de Renovación Pastoral. Contamos con ustedes, hermanos agustinos, y con todas las expresiones de la Vida religiosa presentes en esta Iglesia para que nos ayuden, como “expertos en comunión” que son, a vivir la espiritualidad de comunión propuesta por el Concilio Vaticano II, el Concilio Plenario de Venezuela y S Juan Pablo II (LG 9,11-12; CIV 62,67; NMI 43). Ayúdennos, hermanos y hermanas, a hacer realidad la construcción de esta Iglesia arquidiocesana como casa de comunión, escuela de discipulado misionero y taller de solidaridad fraterna (VCV 92-93). 

En esta sociedad dividida, confrontada, marcada por la agresividad y la violencia fratricida, que cobró 24000 muertos, mayoritariamente jóvenes, el año pasado, sean pregoneros y constructores de convivencia entre las diferentes culturas, creadores de modelos de nuevas comunidades y animadores de modos concretos de compartir los dones y talentos que cada uno lleva consigo. Dice le Papa Francisco en su mensaje a los consagrados:”Hay toda una humanidad que espera: personas que han perdido toda esperanza, familias en dificultad, niños abandonados, jóvenes sin futuro alguno, enfermos y ancianos abandonados, ricos hartos de bienes y con el corazón vacío, hombres y mujeres en busca del sentido de la vida, sedientos de lo divino” (Carta apostólica de Francisco con motivo del Año de la Vida consagrada No 4).

Querido Fray Juan Carlos, no sabes cuáles son los caminos por donde el Señor, a través de tus superiores, te pondrá a caminar para que desempeñes tu “amoris officium” como dice San Agustín. Cada obediencia exigirá de ti una nueva encarnación en la realidad; una inmersión en una nueva cultura; un conocimiento acertado del terreno donde echarás las simientes del Reino; un lenguaje apropiado a los tiempos de las nuevas tecnologías de información. Lo que sí es cierto es que,  cualquiera que sea el lugar adonde vayas y las personas que evangelices, solo encontrarás la vida dando de tu vida, sembrarás esperanza siendo tu esperanza,  pondrás amor amando tu hasta el extremo.

Perteneces a una nueva época de la vida consagrada, marcada por la inter congregacionalidad, la internacionalidad, la inter culturalidad, la inserción en una sociedad más plural y secularizada, en una Iglesia urgida de darles a los laicos su verdadero lugar y misión.  Así se expresa Francisco: “Espero que crezca la comunión entre los miembros de los distintos institutos. ¿No podría ser este Año la ocasión para salir con más valor de los confines del propio instituto para desarrollar juntos en el ámbito local y global, proyectos comunes de formación, evangelización, intervenciones sociales? Así se podrá ofrecer más eficazmente un auténtico testimonio profético. La comunión y el encuentro entre diferentes carismas y vocaciones es un camino de esperanza. Nadie construye el futuro aislándose, ni solo con sus propias fuerzas sino reconociéndose en la verdad de una comunión que siempre se abre al encuentro, al diálogo, a la escucha, a la ayuda mutua y nos preserva de la enfermedad de la autoreferencialidad.” (Ibid).

Hemos escuchado el evangelio a revelación del amor y su consiguiente comunicación: “Como el Padre me ha amado así los he amado yo”: es decir hasta el extremo, hasta el colmo de dar la vida por ti, por mi y por cada uno de los seres humanos de este planeta. Tanto el mandato, como la eucaristía y el sacerdocio, todo lo entregó el Señor de una vez, por anticipado, en el cenáculo, como expresión del colmo de su amor que se verificaría, al día siguiente, en la cruz. Tú también eres hijo del cenáculo. Esa noche estaba allí también tu sacerdocio ministerial. Allí ya el Señor se hizo tu amigo, te eligió y te destinó para que fueras y te hicieras fecundo y produjeras mucho fruto. San Agustín, tu patrono, dice en uno de sus escritos, comentando un texto del libro de los Proverbios (23,1), que tenemos que fijarnos en lo que el Señor nos sirve en su mesa para hacer nosotros también otro tanto con los demás.  Fíjate pues en lo que se te está sirviendo esta tarde; considera la magnitud del don que se está entregando y haz tú lo mismo que tu Señor. Todos los días de tu vida sacerdotal repetirás sus palabras del cenáculo: “¡Hagan esto en memoria mía!”

Que nuestra Señora de la Consolación, Madre del Amor hermoso, te ayude a “resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres para que la alegría del evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz” (Francisco EG Oración final).

Ntra. Sra. de la Consolación, 17 de enero de 2015, Año de la Vida Consagrada



+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Arzobispo de Maracaibo

martes, 16 de diciembre de 2014

ORDENACION PRESBITERAL DE LOS DIACONOS SILVERIO OSORIO ALBERTO QUINTERO, Y DAVID URDANETA

ORDENACION PRESBITERAL DE LOS DIACONOS
 SILVERIO OSORIO ALBERTO QUINTERO, Y DAVID URDANETA
13 DE DICIEMBRE DE 2014
Dt 1,9-14; Sal 115; 1Co 12,4-11; Jn 21,15-17

Muy queridos diáconos Alberto, David y Silverio,
Muy queridas familias de los ordenandos
Muy queridos sacerdotes concelebrantes
Muy queridos hermanos y hermanas


Hoy, día de Santa Lucía, santa y joven mártir siracusana, de gran arraigo popular en la devoción de los fieles zulianos, contemplamos, con gran alegría, cómo el Señor Jesús ha puesto nuevamente su mirada sobre este rebaño marabino y ha escogido a estos tres bautizados “para que estén con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar a los demonios” (Mc 3,13). Nosotros también, congregados en este templo de Ntra. Sra. de la Consolación, nos llenamos de admiración por las maravillas de Dios y, como María, cantamos nuestro Magníficat.


Cuando el Padre quiso salvar al mundo, no lo hizo solo de palabra sino mediante el envío de su propio Hijo (Cf Jn 3,16). Jesucristo, a su vez, no quiso llevar solo el cumplimiento de esta misión redentora sino que asoció a sí  doce apóstoles (Cf Mc 3,14), a quienes les comunicó su Espíritu (Cf Jn 20,22) y les confirió autoridad para  predicar el Reino de Dios hasta los confines del mundo (Cf Mt 28,20). Además estableció un vínculo muy estrecho entre sus mensajeros y su persona : “El que los recibe a ustedes me recibe a mí y el que me recibe a mí, recibe al que me envió” (Mt 10,40). Finalmente transformó está unión entre ellos y de todos con él en una condición indispensable para que los destinatarios de su predicación lo aceptaran como Hijo de Dios, Señor y Salvador (Cf Jn 17,21-22).

Hemos oído, en la primera lectura, que así había actuado también Moisés cuando, agobiado por la pesada carga de conducir el pueblo de Israel a través del desierto hasta la tierra prometida, siguiendo el consejo de su suegro, eligió a “setenta varones prudentes con los cuales gobernó fácilmente un pueblo numeroso” (Cf Ex 18,13-27). Los apóstoles a su vez asumieron este mismo modelo de liderazgo. “Eligieron como auxiliares suyos en el servicio cotidiano a siete varones tenidos por fieles testigos del Señor, a quienes, mediante la oración e imposición de manos dedicaron al servicio de los pobres” (Cf Oración consecratoria; Hech 6,1-6).

Es el modelo de pastoreo recomendado por la Iglesia a través de los siglos a los obispos. No nos toca llevar solos la carga. El Señor nos ha adjuntado el Orden de los presbíteros, como próvidos cooperadores nuestros (Cf PO 2). Dentro de unos momentos, en la Oración consecratoria, elevaré al Señor la súplica siguiente: “Concede, Señor, también a mi humilde ministerio esta misma ayuda para mi más necesaria porque mayor es mi fragilidad”. El Señor ha venido en ayuda de mi fragilidad y me ha dado este año cinco nuevos colaboradores. Esta mañana damos alegre bienvenida a tres de ellos: a Silverio, David y Alberto, cristianos comprometidos provenientes de esta buena cantera zuliana que ha dado a la Iglesia tantos abnegados y santos sacerdotes como los padres: Helímenas Áñez, Felipe Santiago Jiménez, Luis de Vicente, Olegario Villalobos, Antonio Ma. Soto, Nolberto López y muchos otros de antaño y de hogaño que honran y embellecen este cuerpo ministerial. Queridos hijos, a ustedes les dirijo las palabras del profeta Isaías: “Miren la roca de la que fueron hechos” (Is 51,1).

Hermanos y hermanas, sabemos que los sacerdotes no salen de la nada. Provienen de ustedes, “descendencia elegida, reino de sacerdotes y nación santa”, pueblo sacerdotal, pueblo de Dios (Cf 1 Pe 2,9). Dios los ha tomado de entre ustedes, familias creyentes, asociaciones apostólicas, parroquias misioneras y los consagra, los unge, los configura con su Hijo Jesús y los vuelve a colocar en medio de ustedes para que sean la presencia misma de su Hijo Jesús y les transmitan su salvación. (Cf Is 61, 1-3; He 5,1). Antes de ser diáconos y presbíteros, obispos todos nosotros somos primero bautizados, cristianos, miembros del pueblo de Dios.

Durante muchos años estos tres hermanos nuestros sirvieron a su Iglesia como laicos comprometidos. Pero un buen día,  descubrieron como los primeros apóstoles que el Señor los llamaba para otra misión. “Vengan conmigo y les haré pescadores de hombres” (Mc 1,17). Cada uno de estos tres elegidos vivió este momento de manera diferente. Alberto escribe que desde su confirmación sintió la necesidad de entregarse al servicio de Dios y de la Iglesia. Silverio sintió, a través de la catequesis y de la liturgia parroquial,  que el Señor lo llamaba a dejarlo todo y a seguirlo. David cuenta que su vocación  al sacerdocio nació de la necesidad de romper la indiferencia ante las injusticias hacia el necesitado.
    
Queridos diáconos, dentro de poco, por la gracia sacramental y el don del Espíritu Santo ingresarán al Orden de los Presbíteros, quedarán incardinados a una Iglesia local, regida por un Obispo, quien será, de ahora en adelante, su padre, amigo, hermano y pastor. Se incorporarán a un presbiterio, para vivir juntos,  sacerdotes diocesanos y religiosos, en fraternidad y comunión  y cooperar en el ministerio episcopal que desempeñamos Mons. Ángel y este servidor. En el presbiterio marabino aprenderán a construir la Iglesia local como casa, escuela y taller de comunión. A vivir en fraternidad, a ser solidarios unos con otros,  a compartir los bienes, a crecer en capacidad de servicio y entrega a la porción del rebaño encomendado.

Su ministerio será tanto más eficaz cuanto más unidos trabajen entre sí  con  su Obispo, al servicio del crecimiento y santificación del conjunto del pueblo de Dios. Si por la ordenación quedan configurados con Cristo Buen Pastor es para trabajar, junto con el Obispo y sus demás hermanos, en la constitución y el cuidado de un solo rebaño. “Entonces se formará un rebaño único, bajo la guía de un solo pastor” (Jn 10,16). No hay que confundir hacer Iglesia con hacer conucos de Iglesia; hay que construir una sola Iglesia. Formar parte de un presbiterio no basta: hay que construir un solo presbiterio y no un archipiélago de curas yuxtapuestos. Déjense moldear por el Espíritu de Cristo, único arquitecto capaz de llevar a cabo, la construcción, a primera vista imposible, de esta unidad a partir de la variedad de los dones, de los ministerios y de las funciones que él mismo ha distribuido entre todos. (Cf Segunda lectura).

Vivimos en un mundo lacerado por las guerras, marcado por escandalosas desigualdades, dominado por la anticultura de la muerte, devastado por los odios, las discriminaciones y lo que el Papa Francisco llama “la cultura del descarte”, es decir una cultura que impide que los niños nazcan, que los jóvenes trabajen, que los mayores sean tomados en cuenta. Nuestro pueblo sufre no solo por el desabastecimiento, la angustia para conseguir las medicinas, el alto precio de los productos de primera necesidad  sino también por la violencia incontrolada, la inseguridad, la corrupción de las autoridades y de los líderes sociales y religiosos; la falta de valores, de principios morales y orientaciones éticas y religiosas. El pueblo que les toca pastorear sufre por la falta de convivencia, de respeto mutuo, de tolerancia.

Por eso es esencial que los pastores de este siglo, de este nuevo milenio, crean en la comunión, la construyan en sus propias vidas y se empeñen en buscar la unidad de su Iglesia en el cumplimiento de su ministerio. Quedó definitivamente atrás el viejo modelo de cura tridentino. No fue malo. En su tiempo dio buenos frutos. No seríamos hoy lo que somos sin ellos pero no seríamos fieles al legado si intentáramos preservarlo. El magisterio de la Iglesia, desde el Concilio Vaticano II, nos dice  que el viejo modelo de Iglesia de cristiandad ya no responde a las necesidades de la evangelización del mundo y de la sociedad postmoderna y que se impone por consiguiente una decidida y valiente conversión personal y pastoral.

No hay nueva evangelización sin nuevos y renovados pastores, sin una Iglesia que sea de los pobres, desde los pobres y con los pobres. La nueva evangelización tiene que dejar de ser retórica y tema de discursos y sermones y ha de empezar a verse. El Hijo de Dios para hacer creíble su amor y su voluntad de salvar al mundo no solo habló en las Escrituras sino que se encarnó, se hizo hombre; trabajó con sus manos, vivió pobremente en medio de su pueblo, recorrió a pie sus caseríos, entró en sus casas, compartió sus penas y sus alegrías, curó sus enfermos, expulsó sus demonios; sufrió persecución, cárcel y martirio; murió en la cruz (Cf GS 22).

La nueva evangelización ha de encarnarse entonces en sus pastores. Tiene que verse y tocarse: en la santidad personal y comunitaria de los obispos y sacerdotes, en sus métodos pastorales, generadores de vida comunitaria, de cristianos adultos, de laicos comprometidos en la gestación de una nueva sociedad, justa y fraterna, impregnada de la cultura de la vida y de la solidaridad. Ha de verse en su estilo de vida sencillo, austero, desprendido de toda clase de ínfulas de poder, de prestigio y de privilegios. Ha de verse en hombres concretos que gastan la vida con humildad y alegría entre la gente de las parroquias, educan a los jóvenes, acompañan a las familias, visitan a los enfermos en casa y en el hospital, se hacen cargo de los pobres, en la certeza que, como dice Tolstoi, “separarse para no ensuciarse con los otros es la suciedad más grande” (Cf Papa Francisco).
 
El sacerdocio que recibimos no es nuestro: es el de Cristo que quiere compartirlo con nosotros para construir su Iglesia, que es su cuerpo, su pueblo, su esposa. Su vocación es ser un hombre de comunión no solo con la jerarquía, el Papa, el Obispo, sus hermanos sacerdotes, diáconos sino con todos los demás miembros del pueblo de Dios. No está sobre nadie. Su puesto no es el primero sino el último (Cf Lc 22,26). Es un simple soldado raso que, por donde pasa, va sembrando la pasión por la unidad,   la comunión y la misión. Nunca deja detrás de sí un cementerio sino una sementera. “Un pastor que es consciente de que su propio ministerio proviene únicamente de la misericordia y del corazón de Dios, nunca podrá asumir una actitud autoritaria, como si todos estuvieran a sus pies y la comunidad fuera de su propiedad, su reino personal.” (Papa Francisco). La autoridad que se le confiere, los poderes ministeriales que recibe  no son para pisar ni tiranizar a nadie sino pura y exclusivamente para servir mejor y siempre a sus hermanos (Cf Mc 10,41ss).

Mis hijos, amen profundamente a su Iglesia, no en abstracto, no en general sino en concreto: amen esta Iglesia a la que  pertenecen, en la que viven con sus bellezas y arrugas, sus cualidades y defectos. Siempre estén disponibles para servirla donde sea, cuando sea, como sea sin condiciones y desinteresadamente. Construyan Iglesia, den a luz comunidades cristianas, edifiquen y consoliden su presbiterio, formen creyentes adultos, hagan acontecer el Reino de amor, de justicia y de paz. La Buena noticia del Reino es buena noticia porque acontece no solo porque se predique. Jesús condenó a los fariseos porque decían y no hacían (Cf Mt 23,3).

 El Evangelio que hemos escuchado nos enseña que desde Pedro, el primer Papa, hasta hoy, todos los sacerdotes y obispos, son pecadores perdonados.  Los que figuran en el catálogo de los santos, los que forman parte de la gran muchedumbre anónima que rodea al cordero inmolado (Cf Ap 7,9-10), los centenares de miles que en las cuatro latitudes del mundo, en ciudades, selvas, llanos y campos, se levantan cada día y se entregan incansablemente a su ministerio, todos somos pecadores perdonados. Somos hombres débiles que Cristo hace fuertes (Cf 2 Co 12,9), hombres incrédulos, como Tomás, vueltos creyentes en sus llagas gloriosas (Cf Jn 20,27-29); hombres cuyos abrumadores  pecados han quedado sepultados en la sobreabundancia de su amor (Cf Rm 5,20).  Unos renegados, transformados por el milagro de su perdón, en pastores de su rebaño. “¿Me amas? Pastorea mis ovejas” (Jn 21 15-16). Siempre que predomine el amor de Cristo sobre nuestra miseria humana, podremos hacernos cargo de una parte de su rebaño.

Aquí está la fuente de la caridad pastoral. La caridad pastoral es el modo propiamente cristiano del sacerdote de vivir el mandamiento del amor que el Señor dejó a sus discípulos en el cenáculo (Cf Jn 13,34). Para pastorear como Cristo hay que amar a las ovejas de Cristo como él las amó. El Señor las amó hasta el colmo dando su vida por ellas. “No hay mayor amor que el de dar la vida por sus hermanos” (Jn 13,1; 15,13). La caridad pastoral es el amor del corazón de Jesús, Buen Pastor, presente en nuestras vidas que nos sostiene, nos inspira, nos motiva y nos lleva permanentemente a cuidar con atención y ternura las personas confiadas a nuestro cuidado, a conocerlas por sus nombres, a reunir  a las dispersas, a apacentarlas en buenos pastos, a buscar a las perdidas, a traer al redil a las descarriadas, a vendar a las heridas, a robustecer a las débiles, a mantener a las fuertes (Cf Ez 34,11-16; Lc 15).

La fuente de donde mana la caridad pastoral es la eucaristía. No solo la celebración diaria de la eucaristía sino sobre todo una vida, una espiritualidad eucarística. La Eucaristía ha de impregnar todos los momentos de la vida del sacerdote desde que se levanta hasta que se acuesta, desde el inicio de su ministerio hasta que el Señor lo llame a su casa. Sacerdocio y Eucaristía nacieron juntos en el Cenáculo y juntos los hemos de mantener. “Hagan esto en conmemoración mía” (Lc 22,19) les dijo el Señor a sus apóstoles. Seamos fieles a su mandato. Que la eucaristía nos haga más sacerdotes y que el ejercicio de nuestro sacerdocio nos haga cada vez más eucarísticos.

Alberto, ama y apacienta el rebaño de tu Señor. Silverio, se buen colaborador de la Verdad. David, que siempre estés dispuesto a dar respuesta a todo el que te pida razón de tu esperanza. Que a los tres la Virgen María les muestre todo su amor de madre, les guíe diariamente al Cenáculo para orar con ella y esperar la llegada del Espíritu pentecostal; les consiga la gracia de encontrarse personalmente con Cristo; los haga oyentes obedientes de su Palabra; les enseñe a decir siempre SI a Dios; les dé el gusto espiritual de ser parte del pueblo pobre y sencillo y a llevar el evangelio de la vida por los nuevos caminos de la misión.

Maracaibo 13 de diciembre de 2014

+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Arzobispo de Maracaibo