domingo, 8 de mayo de 2016

ASCENSION DEL SEÑOR 2016 - HOMILIA

ASCENSION DEL SEÑOR 2016
HOMILIA

Con la ascensión del Señor empieza el tiempo de la Iglesia. Cristo Jesús considera que ya ha llegado su tiempo de retirarse, de volver junto al Padre y de encomendar la continuación de la Misión a sus discípulos. El Libro de los Hechos y el Evangelio nos cuentan la despedida y el alejamiento de Jesús. Lo describen como una subida a los cielos, un volver donde su Padre, un sentarse a la derecha de su trono.
Los discípulos, llenos de confusión y nostalgia, quisieron transformar ese día, primero en un momento de exaltación nacionalista; “¿Es ahora, Señor, que vas a restaurar el Reino de Israel?” y luego en un ritual de dolorosa despedida. Querían quedarse, allí, lelos, mirando al cielo, mientras Jesús ascendía entre las nubes. Pero Jesús tumba esas dos actitudes negativas. Nada de exaltación nacionalista. El Reino de Dios no es para unos pocos elegidos solamente. Jerusalén, Samaria, Galilea, Judea, es solo el inicio de una vasta misión evangelizadora que ha de llegar hasta los últimos confines de la tierra. Y esa misión, hay que empezarla ya. Y les toca precisamente a los que están allí, parados, mirando al cielo. Así que no se queden allí, muévanse. Vayan.
Para llevar a cabo esta misión, Jesús abre sus inteligencias para que puedan comprender las Escrituras y descubrir cómo todo el Antiguo Testamento habla de él.  Luego les hace una promesa: serán bautizados en el Espíritu Santo. Y les ofrece un don especial: Cuando el Espíritu Santo se derrame sobre ustedes, recibirán fuerza para ser mis testigos.  Todo va a cambiar dentro de poco. La irrupción del Espíritu hará de ustedes y de sus continuadores, testigos cada vez más intrépidos, cada vez más universales.
El evangelio que ustedes van a predicar, las comunidades que van a formar, serán verdaderamente cristianas, porque llevarán mi sello, mi marca. Se volverán católicas, es decir universales, porque no se encerrarán en una secta, sino que se abrirán al mundo, tumbarán barreras y muros, se proyectarán a todas las culturas, con su dinámica inclusiva integrarán  todas las realidades de la humanidad de hoy y del futuro. Ahora es cuando empieza lo bueno. Con el testimonio y la predicación de ustedes y de sus sucesores se revelará que la persona de Jesús y el Evangelio del Reino son la fuerza expansiva del amor de Dios, es el verdadero Big Bang espiritual que va a llevar hasta los confines infinitos del cosmos la salvación de Dios, razón última y suprema de la historia del mundo y de la humanidad.
La fiesta de la Ascensión es por consiguiente una celebración fuertemente dinámica. Una fuerza ascensional propulsa Cristo hacia su Padre y otra fuerza expansional regará por el mundo el mensaje y la vida de Jesús. Pablo atribuye este fenómeno a una gracia amorosa de Dios, “a la soberana grandeza de su poder a favor de nosotros, los creyentes, de acuerdo con la eficacia de su fuerza poderosa” (Ef 1,19). Fuerza desplegada primero en Cristo y luego en los suyos. Al describir esta riqueza de gloria que Cristo le ofrece a la vida de su comunidad, de la Iglesia y de cada creyente, Pablo se entusiasma: ¡Cristo resucitado y sentado a la derecha de Dios, tiene todo sometido bajo sus pies. ¡El es la plenitud del que lo plenifica todo en todos!
Este es el gozo, el entusiasmo que Cristo quiere invada a todos los suyos. Es en esa dirección que Cristo le pide a los suyos coloquen a toda la humanidad. Por eso antes de irse, los bendice. Tienen un don, una misión, una responsabilidad. Han sido revestidos de la fuerza de lo Alto pero no para quedarse mirando a lo alto sino para mirar más bien con nuevos ojos, con nuevas fuerzas las cosas  de aquí abajo. El Hijo de Dios estaba en lo alto y se vino para abajo. Ahora vuelve a lo alto pero no abandona a los de abajo. Les deja los suyos. Les deja su Espíritu, les deja su amor, les deja su Palabra.
Comprender las Escrituras implica la misión de proclamar la Buena Noticia a todos. ¿Cómo, cuándo evangelizamos? Llevamos con nosotros el Espíritu Santo. Ya no es promesa. Es realidad.  Hemos sido revestidos, como el mismo Jesús, de su fuerza, de su dinamismo. Una gran alegría invadió el corazón de los discípulos tras recibir la postrera bendición de Jesús. Regresaron entusiasmados a Jerusalén.  ¿Cómo expresamos nosotros hoy esa gran alegría, signo de la presencia de Jesús y de la fuerza de su Espíritu, en medio de tantos problemas y situaciones difíciles en las que estamos envueltos? ¿Quién puede más en nosotros en estos momentos, la nostalgia o el empuje irrefrenable de Jesús?
Hermanos, hermanos, si vamos a mirar hacia el cielo que sea para volver con más ánimo, fuerza y decisión hacia los hermanos. Cristo nos mira para ver si nos dicen algo esas vidas de la gente que vive a nuestro lado. Si oímos la voz de los niños de Alepo y Qaracosh en Siria, que han perdido todo y están refugiados en campamentos.  Si nos tocan el corazón tanta gente que vive en las periferias territoriales y existenciales de nuestra ciudad y de nuestros barrios y campos, porque nadie ha ido hacia ellos a llevarles la Buena Noticia del Señor. Es bueno mirar hacia arriba si eso después nos ayuda a estar con los de abajo. ¡Qué bella esa canción de la cantante chilena Violeta Parra: gracias a la vida que me ha dado tanto. Con el permiso de la autora,  modifico un poco su letra:
Gracias al Señor, que me ha dado tanto 
Me dio dos luceros que cuando los abro 
Perfecto distingo lo negro del blanco 
Y en el alto cielo su fondo estrellado 
Y en las multitudes al ser que yo amo. 

Gracias al Señor que me ha dado tanto 
Me ha dado el sonido y el abedecedario, 
Con él las palabras que pienso y declaro 
Madre, amigo, hermano y luz alumbrando, 
La ruta del alma del que estoy amando. 

Gracias al Señor, que me ha dado tanto 
Me ha dado la marcha de mis pies cansados 
Con ellos anduve ciudades y charcos, 
Playas y desiertos montañas y llanos 
Y la casa tuya, tu calle y tu patio. 

Gracias al Señor, da que me ha dado tanto 
Me dio el corazón que agita su marco 
Cuando miro el fruto del cerebro humano, 
Cuando miro al bueno tan lejos del malo, 
Cuando miro al fondo de tus ojos claros. 

Gracias al Señor que me ha dado tanto 
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto, 
Así yo distingo dicha de quebranto 
Los dos materiales que forman mi canto 
Y el canto de ustedes que es el mismo canto 
Y el canto de todos que es mi propio canto.
Hemos sido equipados por Dios para que podamos hacer posible que el mundo de abajo se parezca cada vez más al mundo de arriba, al mundo donde Jesús llevó nuestra humanidad glorificada. Para que ello sea posible, según acabamos de escuchar en la carta a los Efesios, “El Señor a cada uno de nosotros le ha dado su propio don. El fue el que constituyó a unos apóstoles  y a otros profetas; a unos predicadores del evangelio y a otros pastores y maestros, preparando así a sus consagrados para el servicio eficaz de la edificación del Cuerpo de Cristo hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento íntegro del Hijo de Dios”. Todos nosotros fuimos bautizados en ese mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, poniendo al servicio de los unos de los otros los dones, carismas y funciones que hemos recibido del Señor.
Hemos sido equipados para la comunicación del mensaje, para dar testimonio de Jesús en todo momento y en todo lugar, de manera inteligente, creativa y práctica. No debemos perder tiempo. La vida es corta. Hermanos, hermanas, no nos quedemos plantados, mirando al cielo, a las nubes. Bajemos los ojos y miremos los caminos de la vida, los caminos de nuestros hermanos los hombres y mujeres de hoy. La mayor presencia de Dios está en la eucaristía, en la Palabra y en el prójimo. Las dos primeras presencias están allí para que podamos llegar hasta la tercera, reconocerla, amarla y servirla con la misma pasión y entrega con la que Jesús amó a los pequeños, a los pobres, a los humildes, entre los cuales estamos todos nosotros.
La Ascensión, esta fiesta, nos invita a mirar al cielo para volver con más fuerza a la tierra. Nos invita a mirar a Dios para mirar mejor a nuestro hermano. Una invitación a contemplar extasiados cómo con Jesús la condición humana ha alcanzado su plena y gloriosa dignidad pero para ponernos a trabajar con ardor para que sean muchos y cada vez más los que lo sepan y aprendan a vivir en consecuencia.
Que la Madre de Jesús, nuestra Madre María, nos enseñe a llevar a Jesús  en nuestro corazón, nos de ojos para darnos cuenta como ella, cuando una familia, una pareja, unos jóvenes les está faltando el vino para poder llevar a cabo su misión en esta tierra. La fiesta de la Madre, es la fiesta de María en el cielo, la madre de todos, pero también una misión para los cristianos para que dignifiquemos la maternidad, defendamos la vida maravillosa que Dios ha querido traer al mundo a través de la madre.
Jesús se fue. Pero está con nosotros en la medida en que dos o tres nos reunimos en su nombre para predicar su Evangelio, para hacer presente su amor en este mundo, para escuchar su Palabra y compartir su pan como lo estamos haciendo ahora. Que en esta Parroquia de Fátima, en la que tengo la dicha de iniciar la Visita Pastoral, se transforme en una comunidad de testigos de Cristo que comunican su mensaje con ímpetu misionero a todos los que lo necesitan, bajo la guía y el ejemplo de Ntra. Sra. de Fátima. Amén.

Domingo 8 de mayo de 2016

+Ubaldo R. Santana Sequera fmi.  

sábado, 7 de mayo de 2016

HOMILIA DE LA ORDENACION PRESBITERAL DEL RELIGIOSO ESCOLAPIO: LUIS ALBERTO HERNANDEZ CARDOZO



ORDENACION PRESBITERAL DEL RELIGIOSO ESCOLAPIO
LUIS ALBERTO HERNANDEZ CARDOZO,
HOMILIA

Muy queridos hermanos y hermanas,
Hoy, víspera de la solemnidad de la Ascensión del Señor y del día de las Madres, cercano el final de la cincuentena pascual, en pleno Año jubilar de la Misericordia, en los inicios del mes de María, nuestra madre amada, tenemos todos la dicha de recibir, de parte de Dios,  un gran regalo: la ordenación de un nuevo presbítero, en la persona de Luis Alberto, joven religioso escolapio, oriundo de estas tierras zulianas.
En estos tiempos de tantas calamidades, que nos pueden abatir y enfriar el corazón, Dios sale a nuestro encuentro, a través de un joven, como lo hizo en la aurora de los nuevos tiempos, con María, allá en Nazaret, para alimentar nuestra esperanza y mantenernos siempre de pie. El SI de Luis Alberto, su total sumisión a la voluntad de Dios y su disponibilidad para servir siempre y totalmente a sus hermanos, producirá sin duda muy buenos frutos y llena ya desde hoy de alegría de nuestros corazones.
Luis Alberto, como todos los sacerdotes del mundo, fue elegido por Cristo Jesús, en la última cena en el Cenáculo, “la noche misma en que iba a ser entregado” (1 Co 11,23). Dice Juan que en aquel lugar, en aquel momento empezó a realizarse a plenitud la “Hora” de Jesús (Jn 13,1; 2,5; 4,21; 12,27). Luis Alberto, como buen hijo escolapio de San José de Calazans, tuvo, como religioso, una hora fundacional, cuando emitió sus votos perpetuos. Como sacerdote, hoy cuadra su huso horario con la Hora de Jesús y la hace para siempre suya. De ahora en adelante los dos relojes deberán estar siempre acompasados. La hora de Jesús será la Hora de Luis Alberto.
Todos sabemos qué pasó aquella noche, en el Cenáculo pero como estamos asistiendo al nacimiento de Luis Alberto como sacerdote, es importante recordarlo. Jesús escogió la sala de la cena pascual en Jerusalén. Sus discípulos prepararon la Pascua. Pero hubo un momento en que el Señor se separó del ritual de la cena pascual judía.  Cuando tomó el pan, dijo: “este es mi cuerpo entregado por ustedes” e inmediatamente después añadió: “Hagan esto en conmemoración mía”. Luego tomó la copa de vino,  dijo: “Esta es la copa es la nueva alianza sellada con mi sangre, derramada a favor de ustedes”, e inmediatamente añadió: “Cada vez que la beban háganlo en memoria mía”. 

Con estas palabras, instituía la Eucaristía como memorial de su presencia salvadora en la Iglesia para servicio del mundo y establecía a sus apóstoles y a sus sucesores como los ministros encargados de mantenerla actual y viva en el corazón de la humanidad y del pueblo cristiano. Allí, en ese momento, naciste tú, Luis Alberto, como sacerdote.
Has caído en la cuenta, como el servidor del cántico de Isaías, como el mismo Jeremías, como Jesús, como tantos otros, que desde el seno mismo de tu madre, el Señor te había ya elegido para esta misión. Lo fuiste descubriendo poco a poco, a través de muchas personas, mediaciones y circunstancias de tu proceso formativo. Has sido elegido, tomado de entre tus hermanos, desde las profundidades del amor divino, para hacer memoria de lo que aconteció en aquella hora, en aquel lugar. Y ahora te toca a ti, como le tocó a Pedro, a Mateo, a Luis tu fundador, escuchar a tu Señor decirte: “Luis Alberto, no eres tu el que me has elegido. Soy yo quien te he elegido y te he destinado para que vayas y des fruto. Hazlo  en memoria mía”.
Todo sacerdote ha sido colocado en medio de su pueblo para ser memoria viva y palpitante del amor hasta el extremo, del colmo hasta donde Jesús quiso llevar su amor. Ya él había demostrado de tantas y tantas maneras a lo largo de su ministerio público, cuánto amaba a los suyos, a los pequeños, a los enfermos, a los pecadores. Pero Juan nos dice que quiso ir más allá, mucho más allá.  “Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
De Señor y Maestro, se volvió esclavo. Se despojó de su túnica, se ciño un paño y les lavó los pies a sus discípulos. Y de ese modo les reveló que la humildad, el despojo y el servicio son caminos reales de quien quiera seguirle, recordarle, hacer memoria de él. El ya había elegido a sus discípulos a la orilla del lago, ya los había llamado para que lo siguieran; pero es allí, en el Cenáculo, en la Víspera de su pasión y de su cruz,  cuando los constituye como  sucesores suyos, y los envía para que sean su presencia en medio del mundo.
Te toca ser un recordatorio viviente de la locura de amor de Jesús, de los extremos de su locura de amor por sus hermanos humanos, del mayor acto de amor que haya sido jamás vivido por un corazón humano. El extremo del don de sí, derramando hasta su última gota de sangre, cuando una sola bastaba. El extremo del amor que llega hasta las realidades existenciales de mayor marginación, olvido y abandono. El extremo del amor que busca la oveja perdida hasta encontrarla y traerla lleno de alegría, sobre sus hombros, hasta el redil (Cf Lc 15, 4-7).
Te tocará llegar, junto con los amigos de Jesús, hasta la raíz de esa locura que llevó a Jesús a amar de esa manera. Entrar en el manantial de su amor: en el misterio del amor del Padre por su Hijo.  Misterio que San Juan describe con estas palabras: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio hijo para que todo el que crea en él no perezca” (Jn 3,16). Sé, tú también, encarnación de ese “tanto amó Dios” al mundo.
Con la entrega amorosa y alegre de tu vida, en compañía de tus hermanos escolapios, caminando en medio, delante y atrás del rebaño que se te confíe, en una escuela pía, en una parroquia, o en cualquier otra realidad humana, harás memoria de hasta donde llegó Dios en su afán de salvar a la humanidad, hasta dónde llegó su Hijo, en su entrega libre y total, y hasta donde pueden llegar los seres humanos cuando se dejan habitar por el amor de Dios y lo introducen en el corazón de los niños, de los jóvenes y de sus familias.
Para poder vivir esta vocación extraordinaria, el Señor Jesús, como lo hizo con sus apóstoles, te comunicará su Espíritu Santo. Esta comunicación será el momento culminante de tu ordenación. Lo invocaremos con todos los santos, mientras yaces postrado, para te haga alfombra y puente por donde pasen tus hermanos para llegar a Dios. Lo invocaremos cuando te imponga las manos, cuando te unja las manos con el santo crisma y cuando pronunciemos sobre ti la oración consecratoria.
Sin su presencia nada es posible. Sin él, no podrías ser memoria viva de Jesús. Sin él serían inoperantes las palabras que pronuncies en la consagración. Sin él, no quedaría perdonado un penitente que venga a ti en busca del perdón de Dios. Sin él, sin su amor en ti, serías un farsante, una campana sin badajo. Conéctate siempre con él en la oración. Invócalo. Llámalo. Es tu aliado incondicional, Tu acompañante esencial. Juntos, el Espíritu y tú, en la comunión del Cuerpo de Cristo, continuarán haciendo posible la presencia de la historia de amor que Dios por la humanidad.  
¡Cuánto necesita la humanidad de servidores desinteresados que contribuyan a abrir caminos alternos para superar el odio,  la venganza,  la prepotencia del poder! Nuevos caminos de fraternidad,  a través de la misericordia y del perdón. Muestra con tu vida, personal cuál es el verdadero rostro misericordioso del Padre. Muestra cómo cambia el ser humano y el mundo si administra, como dice Francisco, un poco de misericordina. Cuánto se renueva el corazón humano cuando lo alcanza el amor de Cristo encarnado en otro hermano.
El don del sacerdocio lo recibe en el Año de la Misericordia, bajo el pastoreo del Papa Francisco.  Esta es una marca de fábrica, hablemos así, que identifica su ministerio para siempre.  Todo hombre, toda mujer, que en este tiempo, se ponga a la disposición de Dios y decida seguir los pasos de Jesucristo, recibe un llamado y una gracia especial para ser y vivir en medio de sus hermanos y en su Iglesia, como un servidor compasivo y misericordioso, un sanador de heridas, un “resolutor” de conflictos, un ministro perdonador y facilitador de procesos de  reconciliación.
Para mejor ofrecer a Jesús a tus hermanos, hazte, tú mismo, ofrenda con él. El sacramento que recibes te configura con Cristo y te transforma en el mismo Cristo. No otro Cristo porque solo hay un Cristo. El mismo Cristo. Que ese amor mayor sea el que se refleje en tu propia vida y antes de predicarlo lo muestres presente con tu testimonio de vida personal, de vida comunitaria religiosa, de vida con el pueblo que toque servir.
Que  María, en cuyo corazón quieres introducirte, escogiendo su nombre, te acompañe siempre. Que ella te guíe para ser una viva memoria de su hijo Jesús, un servidor alegre y fiel de los más pequeños y olvidados, signo inequívoco de que habrá llegado para ellos el Reino de los cielos.
Maracaibo 7 de mayo de 2016

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo



miércoles, 4 de mayo de 2016

PALABRAS EN EL CONFERIMIENTO DEL DOCTORADO HONORIS CAUSA POR LA UNIVERSIDAD CATOLICA CECILIO ACOSTA (UNICA)





Me contenta mucho que las autoridades de la UNICA hayan decidido otorgarle el doctorado “honoris causa” a Mons. Baltazar Porras Cardoso, arzobispo metropolitano de Mérida.

Doctor es aquel que enseña, el docto, palabra que define al maestro, al profesor. Cicerón y Horacio decían que "docti dicant et indocti discant"-, es decir, que los  doctores hablen y los indoctos que aprendan.  Aparece, por primera vez, como definición de un título universitario, en 1462. Se le solía añadir algunos adjetivos laudatorios para realzar las excelencias, reales o figuradas, del recipiendario. A Santo Tomás de Aquino, por ejemplo,  se le reconoce como doctor angelicus.

Las universidades siempre quieren tener, dentro de su claustro, y sentar en sus cátedras, los maestros más eminentes del momento y, cuando ello no es posible, procuran prestigiarse asociándolos de forma honorífica. Así se explicaría el conferimiento del
doctorado “honoris causa”.

El ceremonial de otorgamiento se ha simplificado en los tiempos actuales, pero conserva aún ese profundo significado contenido en las palabras protocolares que se le dirigían al nuevo doctor al finalizar la entrega de las insignias: «Toma asiento en la cátedra de la Sabiduría, y desde ella, descollando por tu ciencia, enseña, orienta, juzga y muestra tu magnificencia en la universidad, en el foro y en la sociedad».
Mons. Porras merece con creces el título de doctor. El ha sido toda la vida precisamente eso: un intelectual, un académico, un sacerdote, un obispo, que ha enseñado, ha orientado, ha iluminado mentes y  con su ciencia, sapiencia y arte. Ha sabido aprovechar ambas universidades: la académica y la de la vida. Posee una imponente biblioteca en su casa. Pero más grande es la que deambula con él. ¡Y Dios sabe si deambula! Ha sorteado con sabiduría delicadas situaciones de la historia contemporánea en que se ha visto involucrado, sobre todo en las complejas relaciones Iglesia-Estado.
Las “edades del hombre” han sido su cantera, de donde ha sacado el amor al arte y la importancia para un pueblo y para la Iglesia de la valoración, cuidado y promoción de los bienes culturales.  De su paso por las aulas salmantinas, trajo la tenacidad del “como decíamos ayer” de Fray Luis de León. El agudo sentido de la dignidad de todo ser humano, de Francisco de Vitoria y la penetración mística de la mirada de Fray Juan de la Cruz sobre toda realidad. Todo eso sazonado  con buenas pinceladas de la picaresca del Lazarillo de Tormes.
Acertaron al reconocer, dentro de las mil cuerdas de su lira,  su trayectoria en el campo de los Medios de Comunicación social, porque si algo distingue a mi hermano y buen amigo, es su pasión por comunicar, en crónicas mayores y menores, la buena noticia del evangelio de Jesucristo, siguiendo la metodología de la Iglesia latinoamericana: partir siempre de la realidad, iluminarla con la luz  del Evangelio de Jesús, identificar los desafíos y trazar acciones concretas para transformar esa realidad integralmente.  
Mons. Porras  es un gran obispo, digno hijo espiritual y sucesor de Mons. Miguel Antonio Salas y de esa gran estirpe de pastores de recia personalidad que han dejado una huella perenne en  la historia de la Iglesia y de nuestro país a lo largo del siglo XX. Goza, entre sus hermanos obispos de la Conferencia episcopal, de gran respeto y admiración y por eso no han dudado en confiarle grandes responsabilidades. Homenajearlo a él es honrar todo el episcopado patrio. 
Agradezco a las autoridades universitarias, de esta querida casa de estudios, a las que estoy estrechamente vinculado desde hace quince años, me hayan asociado al  homenaje de este ilustre prelado. Los dos nos hemos formado en escuelas diferentes. El en España, yo en Francia. Pero una vez en Venezuela, nuestros caminos han confluido, en nuestras mocedades, y luego como obispos, en momentos importantes de la historia del país y en la búsqueda de la renovación de nuestra Iglesia. Agradezco a Dios de haberme arrimado a tan buen roble. Es mucho lo que he aprendido bajo su ramaje.
De la cultura francesa aprendí, con Montaigne, que : “Mieux vaut une tête bien faite qu'une tête bien pleine”. Que lo importante no es atiborrar la cabeza de conocimientos sino sacarle provecho a  tu saber. Que el conocimiento es un tesoro maravilloso porque vence la ignorancia. Pero por sí solo  queda estéril. Necesita aliarse con la humildad, que lo hace humano, con la ética que lo hace virtuoso y  con el amor que lo hace fecundo y lo universaliza. Aprendí, con Descartes, que hay que aprender a pensar con cabeza propia, no con cabeza ajena. Con Nicolas Boileau,  de unos versos suyos, de su obra “Art poétique”,  que, adaptados libremente a la vida de hoy, con mi sazón propia, dirían algo así:
Concibe bien en tu mente y lo expresarás claramente.
Sin prisa, pero sin pausas, y sin perder nunca el ánimo,
Si veinte veces te caes, veinte veces ponte en pie.
Dale y dale, sin cesar, dale duro a ese pilón,
Aférrate siempre a Dios,
Y alcanzarás, algún día,  a poseer el filón.
“Honoris causa” significa por “causa del honor”. No busquen el honor caballeresco, ni el honor fatuo, ni el honor logrado a punta de acertadas campañas publicitarias; ni tampoco el honor mercantil, como lo otorgan automáticamente algunas casas de estudio a quienes depositan una determinada cantidad de dólares. Conozcan el honor como lo entiende Jesús: autoridad moral, que se logra por la coherencia entre la fe y la vida,  entre lo que se enseña y lo que se vive (Mt 23, 2-4).
La vida es un don de Dios maravilloso. Pero más importante es descubrir para qué vivo, para quien vivo,  darle sentido, transformarla en un gran servicio que ayude a otros a  vivir mejor que yo.
Por donde pasen, siempre procuren salir mejores que cómo entraron, más dispuestos a escuchar, más sabios, más tolerantes, sembradores de la cultura del encuentro que Francisco recomienda a los venezolanos y a la que Carlos Vives le ha puesto música pegajosa:
Cuando nos volvamos a encontrar
no dejaré de contemplar la madrugada
no habrá más llanto regado sobre tu almohada
no habrá mañana que no te quiera abrazar
Y traerá tu amor la primavera
y una vida nueva que aprender
nada volverá a ser como ayer
¡Cuando nos volvamos a encontrar!

El doctorado honoris causa, mis amigos y amigas, nos lo podemos ganar todos, si sabemos transformarlo en un doctorado “amoris causa”. ¿Ojalá lleguen todos a ser doctores de esta suprema sabiduría pues su  ausencia solo trae desdichas y amarguras, para nosotros y para los demás como lo vemos cada día. La pieza clave de todo el rompecabezas es Dios. Bien lo dijo otra doctora de gran calibre, Santa Teresa de Jesús, en la cual nos abrevamos Porras y este servidor: “Quien a Dios tiene nada le falta”. Muchas gracias.   
Maracaibo, 4 de Mayo de 2016
+Ubaldo R Santana Sequera FMI.