domingo, 5 de julio de 2020

HOMILÍA - DOMINGO XIV DEL T.O. A.2020 - UN CAMINO DE VIDA LLAMADO JESÚS


DOMINGO XIV DEL T.O. A.2020
HOMILÍA
UN CAMINO DE VIDA LLAMADO JESÚS

Muy queridos hermanos y hermanas,
Para entender mejor el mensaje contenido en el evangelio de este domingo, nos ayudará fijarnos en los relatos y episodios que lo anteceden. Narran los rechazos y la consternación con los que fue recibida la predicación de Jesús. Juan Bautista duda. Las principales ciudades y poblaciones importantes de Galilea, como Corozaín, Betsaida, Cafarnaúm, rechazan de plano su mensaje. Sus pobladores se atrincheran tercamente en sus posiciones. Jesús ve allí una dureza de corazón conectada con el pasado del pueblo de Israel y que envuelve toda una generación.
 Por otro lado, lleno de compasión por el abandono y el abatimiento en que se encuentran los moradores de caseríos y aldeas, se ha volcado hacia ellos y les ha anunciado con hechos y con palabras, el mensaje del Reino. Y a diferencia de los casos anteriores, ha encontrado acogida e interés. Es hacia esos rebaños carentes de pastor, que decide enviar sus apóstoles, y ellos también encuentran buena acogida y regresan contentos de su misión (Lc 10,17).
Y entonces, ¡oh maravilla! se produce en él un estallido de profunda alegría, un júbilo inmenso invade su alma y prorrumpe en una oración de alabanza y acción de gracias hacia su Padre. La oración ocupa tanto en la vida como en la predicación de Jesús un lugar importante. Suele retirarse de madrugada o en la noche para orar en descampado. Ora antes de realizar acciones importantes como la elección de sus apóstoles o la resurrección de Lázaro. Les deja a los suyos un compendio y un método de oración en el Padrenuestro. Solo en tres momentos tenemos acceso al contenido de su oración al Padre. Uno de esos momentos es el que hoy presenciamos.
Estamos en uno de los momentos cumbres del evangelio. Tenemos el privilegio, gracias al testimonio de los evangelistas, de entrar en esta intimidad oracional de la vida de Jesús. En primer lugar, alaba, bendice, y da gracias a su Padre, el Señor de cielo y tierra. ¿El motivo de su gratitud? El haber escogido a los pobres y sencillos aldeanos de la Galilea y no a los sabios y entendidos de Judea para compartir su designio, su plan de salvación. Ya el autor del libro del Eclesiástico, Jesús Ben Sirá, lo había anunciado: “Es grande la compasión de Dios y revela sus secretos a los humildes” (Si 3,19-20).
Otro motivo de exultación y acción de gracias: ser depositario de la develación de los planes salvadores de su Padre. Él es el único mediador entre Dios y los hombres (Cfr. 1 Tim 2,5). Para tener acceso a la voluntad salvífica del Padre hay que pasar por su Hijo Jesús. Y el Hijo, acogiéndose al beneplácito y designio de su Padre, quiere encomendar la difusión del Evangelio de salvación a los humildes y sencillos. Ellos y solo ellos serán los portadores de esta misión. Queda corroborada así la primera bienaventuranza.
No solamente pues van a ser los destinatarios preferenciales de su misión (Cfr Mt 11,4-6; Lc 4,18-21), sino también los anunciadores. Estos pobres, de los que nadie se ocupaba, que eran descalificados, los que van a ser, para Jesús, sus evangelizadores preferidos. La suegra de Pedro, una vez curada de la fiebre, empieza a servirles (8,15). El publicano Mateo lo transforma en apóstol (9,9-11). Dos ciegos, una vez recobrada la vista, se fueron y divulgaron su fama por toda la región (9,31).
Pablo lo proclamará primero con el ejemplo de su propia vida y luego con su predicación como lo hizo por ejemplo con la comunidad de Corinto tentada de ínfulas de grandeza: “Miren, hermanos, quiénes han sido llamados: entre ustedes no hay muchos sabios humanamente hablando, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Por el contrario, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes. Dios ha elegido a gente sin importancia, a los despreciados del mundo y a los que no valen nada para anular a los que creen que valen algo.” (1 Co 2,26-29).
¿Quiere Jesús dar a entender que en el cristianismo no caben los sabios ni los inteligentes? Claro que si caben, pero a condición de que se despojen de toda orgullosa prepotencia, de la utilización abusiva del poder, de la voluntad omnímoda de dominio y opresión, y utilicen su sabiduría y su ciencia para hacer el bien, promover el bienestar colectivo, favorecer la fraternidad y el entendimiento entre los pueblos, razas, culturas y religiones.  En el libro de Ben Sirá se lee: “Hijo, mío, mientras más importante seas, más humilde debes ser y alcanzarás el favor de Dios” (Si 3,18). Y Jesús lo resume de esta manera lapidaria: “Quien se engrandece será humillado, y quién se humilla será engrandecido” (Lc 14,11).
Lo que Jesús nos está revelando, mis queridos hermanos, es de gran importancia no solo para los cristianos en particular, sino para todos los hombres. Porque no hay sino un solo Dios y un solo plan de salvación que abarca toda la historia humana, toda la creación, todo el cosmos (cfr. Hech 4,12). Lo que significa que este camino que Jesús revela y que está condensado en su propia persona, el camino Jesús, es el único válido para toda la humanidad de todos los tiempos.
Todo proyecto civilizatorio auténticamente humano ha de tomar este camino de la humildad, de la sencillez como un criterio fundamental.  Los hombres, de cualquier campo de la sabiduría, de la ciencia o de la tecnología, que quieran hacer progresar esta humanidad están llamados a secundar el proyecto que Dios Padre ha dado a conocer en la persona de Jesucristo su Hijo. Un proyecto por consiguiente que tome como centro de su desarrollo, la reproducción del modelo de hombre que es Jesús.
Leemos en el Himno dedicado a Cristo, en el inicio de la carta de Pablo a los Colosenses: “En él decidió Dios que residiera toda plenitud; por medio de él quiso reconciliar consigo todo lo que existe” (Col 1,19-20). Él es el recapitulador de todas las especies humanas que hayan podido existir en este planeta hasta llegar al Homo sapiens. Con él la humanidad ha llegado al ápice, a la cumbre de su desarrollo.
Jesús termina su oración, volteándose hacia los humildes, los abatidos, los abandonados, los deprimidos de todos los tiempos, con un grito bien fuerte, invitándoles a buscarlo, a venirse con él, a entrar en su escuela de humildad, de sencillez, de mansedumbre, de paciencia. “Vengan a mí los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso para su vida.”
Yo te imagino, Señor, parado en la encrucijada de la humanidad, indicándole a los hombres de ayer, de hoy y de siempre tu camino. En una encrucijada donde hay montones de agentes publicitarios, parados allí también, ofreciendo sus caminos. ¿Cuántos te haremos caso y nos internaremos por tus senderos? Tu camino no es atractivo, Señor, no tiene adornos, no tiene colores de arcoíris. ¡Y los demás son tan atrayentes! Tus entrañas se estremecieron ante el abandono de los pobres de tu tiempo. Las nuestras se estremecen ante el dinero, el placer, el sexo, la droga, el culto del entretenimiento. Ya conocemos los gritos del 68 y siguientes: ¡Prohibido prohibir!¡ Paz y Amor! (Deja ser y deja vivir. Amor libre); ¡Just do it¡  Los que detentan los poderes políticos, mediáticos, económicos y las TICs, no se sienten ni cansados ni agobiados. No necesitan tu escuela. Más bien estorbas. No hay sitio para ti en esta posada.
Paradójicamente, después de 20 siglos, tu oferta, Señor, sigue en pie. Los poderes del infierno no han podido acallarla. Hoy se nos da la oportunidad de decir con Pedro: “¿Adónde iremos, Señor? tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68). Queremos uncirnos a tu yugo, compartirlo contigo. Solo así podremos aprender a lo largo del camino tu humildad de corazón y hacer nuestro en espíritu y en verdad, el anhelo profundo de Pablo: “Lo que quiero es conocer a Cristo y sentir en mí el poder de su resurrección, tomar parte en sus sufrimientos, configurarme con su muerte con la esperanza de alcanzar la resurrección de la muerte. 
Carora 5 de julio de 2020
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Administrador apostólico sede vacante de Carora



domingo, 28 de junio de 2020

Solemnidad del Nacimiento de san Juan Bautista

DIÓCESIS DE CARORA

ADMINISTRADOR APOSTÓLICO SEDE VACANTE


Solemnidad del Nacimiento de san Juan Bautista

Lecturas: Is 49,1-6; Salmo 138; Hech 13,22-26; Lc 1,57-66.80


Amados hermanos y hermanas en Cristo Jesús,

La Iglesia celebra a lo grande el nacimiento de san Juan Bautista, precursor del Mesías. Es de los poquísimos santos que tiene dos fiestas en el calendario litúrgico. Su patronazgo ha acompañado, desde sus inicios, la historia de este pueblo que, antes de devenir en Carora, sus principales lugareños, los Axjaguas, nombraban “Bariquigua”. Esta austera Iglesia matriz es el testigo arquitectónico y espiritual más antiguo de este patrocinio, ya que desde su fundación y su repoblación, escasos años después, esta ciudad fue puesta bajo el nombre de san Juan Bautista del Portillo de Carora.

La Liturgia de la Palabra de esta misa nos invita a tomar altura y a contemplar su misión desde una escala aún mayor: desde la misma Historia de la Salvación de la humanidad. De ella forma parte esta ciudad, desde su fundación hasta ahora. Desde esta perspectiva cobra un nuevo y profundo sentido su patronato local. Toda liturgia eucarística nos conecta con los designios salvadores de Dios sobre este mundo, con la Iglesia universal y con todas las comunidades de fieles que nos han precedido en la alabanza y acción de gracias por la protección de S. Juan.

El Evangelio de Lucas ubica el anuncio del nacimiento de Juan dentro del advenimiento de la plenitud de los tiempos; lo presenta como el inicio de la nueva alianza y del cumplimiento de todas las promesas hechas, desde antiguo, por el Señor. Juan pertenece al tiempo de la preparación y de las promesas y también al tiempo del inicio de su cumplimiento. El cierra un ciclo e inaugura otro. Es un hombre bisagra entre los dos Testamentos. 

El anuncio de su nacimiento se produce cuando su papá Zacarías oficia como sacerdote la liturgia más importante del año en el Templo, el lugar más sagrado de la ciudad santa de Jerusalén, capital del pueblo de Israel.  Sitio ideal para que los asistentes entendieran que lo que se inauguraba con el nacimiento de este niño, estaba en perfecta continuidad con toda la historia del pueblo que aguardaba su redención. 

Nada hacía presagiar un acontecimiento fuera de lo normal ese año. Palestina vegetaba, sometida al yugo imperial de los insaciables invasores romanos. Si algo imperaba en Israel era, allí como hoy aquí, el hambre, la enfermedad, la escasez, las injusticias sociales, las represiones, y con ellas, la tristeza, el desespero y la impotencia. Era una verdadera noche la que se cernía sobre aquel pueblo que luchaba por vivir de la esperanza que aun palpitaba en sus corazones. En algún momento Dios se acordaría de ellos y enviaría un restaurador, un libertador. Pero nada presagiaba que iba a ser ese año, precisamente allí en esa liturgia solemne anual. Más bien podríamos decir que todo apuntaba en la dirección opuesta, de la desesperanza y el desconsuelo.  

¿Quién era efectivamente el protagonista de la acción litúrgica?  Un sacerdote mayor, esposo de una mujer fiel y piadosa, pero anciana ella también. Habían llegado a la senectud sin hijos “porque Isabel era estéril” (Lc. 1, 7a). No tener hijos en aquella cultura era considerado un castigo divino, una maldición. Sin embargo, nunca soltaron del todo el tenue hilo de la esperanza y se aferraron a él con una persistente oración.  Fue ese día, allí en el Templo, mientras cumplía con el rito de la incensación que llegó la respuesta: “No temas, Zacarías, que tu petición ha sido escuchada” (Lc 1,13). 

Dios escoge precisamente el momento más doloroso del engranaje de ambas historias para irrumpir y darle un vuelco dramático, con la llegada de un niño con un nombre extraño. El nombre escogido por Dios para el niño es ya en sí mismo, toda una revelación. Significa “Yahvé es favorable”, es decir: “Dios se pone de tu lado”. En aquel nombre, en aquel niño está contenido el poderío del Dios de Israel, para quien no hay nada imposible. Así se lo dio a entender seis meses después a una joven virgen de Nazaret: “Para Dios nada hay imposible” (Lc 1,37). Juan es hijo de las cosas imposibles hechas posibles por el amor de Dios.

Puede ser que a los ojos de la pobre esperanza de los hombres Dios tarde, pero Él sabe cuándo ha de llegar y, cuando eso sucede, avanza y lleva indefectiblemente sus proyectos a su plena y total realización. Así se lo hace entender a Habacuc, un profeta del Antiguo Testamento, cuya incredulidad combate ordenándole escribir en una tablilla (¡una tablilla como al mudo Zacarías!) la siguiente profecía: “La visión tiene un plazo fijado, camina hacia la meta, no fallará; aunque tarde, espérala, que llegará sin retraso. El ánimo soberbio fracasará; pero el justo por su fidelidad vivirá” (Hab 2,1-4). “El que aguanta hasta al final, remachará más tarde Jesús a sus incrédulos discípulos, se salvará” (Mt 24,13).

Juan viene a recordarnos que hay que perseverar y mantenerse en la fe, porque es en lo más espeso de la noche oscura de la vida de sus padres, que Dios apareció, trayéndoles el don tan anhelado.  La aurora siempre despunta en lo más espeso de la noche. Cuando ya iba a caer el telón sobre este par de ancianos israelitas, que se creían ya condenados a dejar este mundo sin descendencia, he aquí que Dios irrumpe, se manifiesta y transforma aquella triste historia en una historia de amor, de gracia y de salvación. 

Lo que ocurrió en pequeño en el seno de esta familia es lo que Dios le pide a Juan que prepare y anuncie para la humanidad entera, haciéndose el precursor y luego el Bautista y finalmente el mártir de su Hijo Jesús. Juan nos invita a vivir conectados con el Señor, para esperar contra toda esperanza, en las noches oscuras de nuestras vidas, el momento en que con un cocuyito, una luciérnaga, anunciará su aparición y en la penumbra, oirás el nombre de Juan: Dios está de tu lado. Dios está contigo.

La vida y la misión de Juan no se entienden sino en referencia a Cristo Luz. Nadie lo conoce como hijo de Zacarías sino como Juan el Precursor de Jesús, Juan el que bautizó a Jesús. Juan la voz de la Palabra Jesús, Juan el dedo que señaló la presencia de aquel que puso fin a la mudez y a la esterilidad de este mundo pecador. La primera lectura tomada del profeta Isaías, conocida como el segundo canto del Siervo de Yahvé, aunque aparece aquí en la fiesta de san Juan, se refiere en realidad a Jesucristo, Luz de las naciones. 

Juan siempre fue claro y rotundo en su testimonio. Él no es la luz, sino un testigo de la luz, una simple lamparita de luz ardiente (Jn 5,35), que se irá apagando a medida que irá creciendo en el mundo la presencia fulgurante del Señor. “Él debe crecer y yo disminuir” (Jn 3,30), declarará siempre Juan a quienes lo interrogan y lo buscan. De esta postura clara y humilde nadie lo sacará. 

Esa fue la experiencia del Bautista a orillas del Jordán, cuando tuvo que bautizar a aquel de quien no era digno ni siquiera de desatarle las correas de sus sandalias. Cuando salió de aquellas aguas, no le quedaba ya sino una sola misión: la de ser el precursor de Jesús también en la muerte y el martirio. Hasta aquellos confines llegará en el cumplimiento de su misión. Desde el vientre de una estéril hasta su decapitación, nada ocurrió en su vida que no tuviera relación con la persona y la vida de Jesús.

Juan es el santo de la coherencia persistente del hombre de fe. La liturgia y las Escrituras nos invitan a verlo en esta profunda y salvífica vinculación y a empeñarnos nosotros también en darle a nuestras vidas esta misma fuerza testimonial. Juan nos enseña a vivir muy unido a Jesús, como la voz a la palabra, a prepararnos con paciencia y fortaleza, de manera activa, para que esa Palabra definitiva que viene de Dios, irrumpa también en nuestras vidas, sea pronunciada sobre nuestra historia, se manifieste en todo nuestro ser y nos abrace y abrase con su resplandor. 

La fecha para la celebración de su nacimiento, se colocó en junio, seis meses antes de la del Señor Jesús, ateniéndose al mensaje del arcángel Gabriel a María (Lc 1,36). Correspondió con el día que, para aquel entonces se consideraba, el más largo del año, llamado solsticio de verano, pero a partir del cual paradójicamente, comenzaba a declinar el sol. Este fenómeno cósmico y las tradiciones ancestrales ligadas al descubrimiento del fuego y a los cambios revolucionarios que trajo su manipulación y control en las civilizaciones humanas, llevó a numerosos pueblos primitivos a encender, ese día también, inmensas hogueras cultuales, festivas, como intento de retener el sol, de impedir que la claridad declinara y prolongar el gozo de su luz infinita.  

Nace Juan el día más claro y largo del año, pero esa luz no es sino resplandor de otra Luz. No es él la verdadera luz, y para que no quede duda de ello, desde ese mismo día, siguiendo el ritmo cósmico, empezará a menguar, a declinar para que “nos visite el verdadero Sol que nace de lo alto; el único que puede disipar toda tiniebla e ilumina en su totalidad a cuantos viven en tinieblas y en sombras de muerte” (Cfr. Lc. 1, 78-79). Menguando le hizo honor a su nombre y dejó todo el espacio libre para que Jesús, Sol sin ocaso, creciera en los demás sin obstáculo alguno. Cuando el novio apareció, el amigo del novio entendió que debía retirarse, apagó su lamparita, silenció su voz y se fue llenó de gozo. Había cumplido su misión (Jn 3,27-30).

Queridos hermanos, esta fiesta es verdaderamente un pregón de esperanza. Dejemos que el Bautista nos tome de la mano, nos saque de la noche y nos conduzca a Jesús, el día sin ocaso, al Cordero que quita el pecado del mundo. Todos estamos llamados a ser, con nuestras palabras y nuestros ejemplos de vida, otros Juanes y Juanas. No hay vocación más bella en este mundo que señalar a Cristo a los que no lo conocen, que llevar a Cristo otros hermanos, que abrir caminos para que Cristo se manifieste; que dar testimonio valiente de Jesús, la verdadera luz que con su muerte y resurrección, disipa las tinieblas de este mundo y traslada los hombres de las oscuridades del pecados a la luz maravillosa del Reino del Padre.

Así está san Juan Bautista en medio de nosotros, presidiendo este antiguo retablo que se levanta sobre nuestra tierra, para recordarnos que, por encima de este templo, brilla un Sol cuya claridad alcanza y disipa toda tiniebla. Lo mismo que ayer, dejemos que él nos oriente hacia el Señor, nuestra vida y nuestra paz definitivas. Amén.

Carora 24 de junio de 2020


✠ Ubaldo Ramón Santana Sequera FMI

Administrador Apostólico “sede vacante” de Carora

DOMINGO XII ORDINARIO A 2020 — HOMILIA


Mis amados hermanos y hermanas,

Una noticia largamente esperada y anhelada estalló la semana pasada en toda Venezuela. ¡Habemus beatum! El Papa Francisco, el día de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, nos hizo el gran anuncio de la beatificación del doctor José Gregorio Hernández, el médico de los pobres. ¡Qué mejor regalo para el día del Padre que la elevación a los altares de este gran hombre, que hace honor al gentilicio venezolano! 

El anuncio trae consigo una inmensa bocanada de esperanza para todos los venezolanos. Hace mucho tiempo ya que llevábamos este hombre santo en el altar de nuestro corazón. Ya su silueta, deja de ser solo parte del imaginario popular criollo, para agigantarse en un poderoso llamado que Dios nos hace a través de él, para que dejemos definitivamente atrás banderías, intereses egoístas, divisiones ideológicas, odios y rencores y nos pongamos a trabajar todos juntos en la construcción de un solo país, una sola Venezuela. 

En José Gregorio nos encontramos todos. Con él todos nos sentimos cobijados por una sola y misma bandera tricolor; sentimos correr por nuestras venas el brío del mismo caballito de la libertad. Sentimos que podemos entonar juntos el Himno Nacional, que nos podemos querer todos y construir algo que nos reconcilie, nos una, nos junte, nos hermane. ¡Eso es precisamente lo que esta Venezuela golpeada, maltratada y poco amada está esperando que suceda! ¡Hagámonos ese gran bien los unos a los otros! ¡No perdamos este tren de la esperanza, de la unidad y de la paz que la Providencia divina pone a nuestro alcance! 

Grandes lecciones de vida, vastos horizontes de esperanza, despliega ante nosotros el hijo de Benigno y de Josefa Antonia. Impresionantes sus sueños y admirable su capacidad para transformarlos en realidad. En la raíz de esa ceiba frondosa está Dios. Desde el principio quiso ser sólo de él. Quiso ser monje y allá fue a parar a la Cartuja de la Farnetta. Quiso ser sacerdote y allá fue a parar al Pontificio Colegio Pio Latino de Roma. Pero Dios le dio a entender que sí, que sería suyo, un consagrado, un santo, pero en el aula de clase, en el laboratorio, en el consultorio, en el Hospital, en la calle, en el campo. 

Cuando veamos a José Gregorio en los altares nunca se nos olviden sus correrías por las serranías y páramos de su estado natal; sus pasos apacibles por los pasillos de la UCV (¡Cuánto sufriría al recorrer hoy su Universidad y verla tan descalabrada, con sus pasillos derrumbados!); sus visitas domiciliarias por las empedradas calles de Caracas. No se nos olvide que no murió en una cama, de puro viejito, sino a los 55 años, llevándole medicinas a una abuela pobre. En la esquina de Amadores dejó sembrada para siempre su vida. ¡Qué premonición para él que fue, y sigue siendo un gran amador de los pobres! 

¡Qué grande y qué bueno que nuestro primer santo sea un civil, un médico, un profesor universitario, un investigador, un políglota, un filósofo! Los jóvenes becados que salen (o salían) a especializarse en el exterior tiene en él un ejemplo. Fue, estudió, se especializó y regresó. ¡No se quedó anclado en el primer mundo! Se devolvió a su patria para poner sus conocimientos al servicio de su pueblo. 

No hacen falta ni discursos ni argumentos para demostrar cuán fecundo puede ser el diálogo entre la fe y la ciencia. Basta mirar cómo supo armonizar su fe con sus conocimientos científicos. Trajo de Paris en su maleta el microscopio, y el santo rosario en su bolsillo. Su amistad con el eminente médico Luis Razetti, y colegas de la Universidad y del Hospital Vargas, como Domingo Luciani y Rafael Rangel, son un ejemplo de cómo, aunque se piense distinto, la gente sabia y sensata puede unirse para trabajar juntos por el progreso de su patria. 

Sin duda todos admiramos el limpio y ejemplar ejercicio de todos esos cargos y los notables servicios que le prestó al avance de la ciencia, a la formación y actualización del personal médico de Venezuela, gracias a lo cual pudo surgir, en los años treinta y cuarenta, esa gran generación de galenos sanitaristas, de la talla de Arnoldo Gabaldón, que erradicaron temibles enfermedades transmisibles como el paludismo, el sarampión, en Venezuela.  

Pero lo que más ha quedado grabado en la memoria colectiva de sus compatriotas es su entrega en cuerpo y alma, como médico, a la gente sencilla y pobre primero de su pueblo natal y luego de la capital. José Gregorio Hernández es por excelencia el médico de los pobres. En la limpia y clara sonrisa de Yaxuri Solorzano Ortega, la llanerita milagrosamente sanada por Dios, gracias a su intercesión, milagro que lo lleva hoy a los altares, deja en claro que así quiere que se le siga viendo, como el médico de los pobres.  

Este gran caballero viene a juntarse al hermoso trío de religiosas ya beatas: María de S. José, Candelaria de S. José y Carmen Rendiles. Cuatro gigantes de la caridad que Dios pone a nuestra disposición en uno de los momentos más críticos de la historia de Venezuela. Un hombre y tres mujeres sencillos, de familias iguales a las nuestras, que creyeron en Dios y en el poder que tiene el amor cuando se vive con Cristo Jesús. Cuatro modelos de vida. Envueltos totalmente en el amor de Dios, nos indican un camino, un horizonte, una salida hacia la vida, la libertad y la resurrección de Venezuela.  

En el evangelio de este domingo, Jesús al enviar a sus discípulos a anunciar la llegada del Reino de Dios “a las ovejas descarriadas del Israel”, les advierte que van “como ovejas en medio de lobos” y que van a tropezar con toda clase de asedios, presiones y persecuciones para impedir que lleven a cabo su misión. Por tres veces exhorta a los misioneros a no tener miedo. Han de poner al descubierto lo que hasta ahora está encubierto; divulgar lo que está escondido; difundir en los tejados a la luz del día lo que han aprendido con él y de él en las vigilias al descampado. La causa del evangelio no es una causa perdida, aunque a veces lo parezca; no es un proyecto humano, sino de Dios, quien dará fortaleza y confianza a los que se comprometen con ella. Él cuida a los suyos. De él son el mundo y la historia. El futuro pertenece a los que dedican su vida a hacer el bien. 

Eso lo entendió perfectamente el doctor José Gregorio Hernández. No se guardó nada para él. Todo lo que sabía, toda su vida, toda su fe, todo su valor lo puso al servicio de las jóvenes generaciones, de los pobres y sencillos. Le tocó actuar como profesional de la salud en la devastadora epidemia de la gripe española en 1918, y hoy, un siglo después, se hace nuevamente presente, para combatir con nosotros la contagiosa pandemia del COVID19. 

De esta manera una vez más Dios nuestro Padre nos manifiesta su amor y nos dice que no nos ha dejado solos, que está con nosotros, que contamos con grandes y fuertes intercesores que están a nuestro lado. Ese es el mismo mensaje que el Papa Francisco ha querido transmitirnos al escoger la fiesta del Corazón de Jesús para firmar el decreto de beatificación. Estoy con ustedes. No tengan miedo. Crean en la fuerza del amor tal como lo vivió el nuevo beato. Si se unen, se aceptan, se comprenden y ponen a su país y a su gente como único y apasionante objetivo, saldrán pronto del atolladero.  

Que la gracia de esta eucaristía y la próxima beatificación del médico de los pobres pongan fin a la pandemia, al confinamiento, abran de par en par las puertas y ventanas y entre indeteniblemente el aire puro de la esperanza y de la paz, de la justicia y de la vida, de la alegría y de la fraternidad.  Amén.

Carora, 21 de junio de 2020


+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Administrador apostólico sede plena de Carora

domingo, 29 de diciembre de 2019

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET 2019 / A - HOMILÍA

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET 2019/A
HOMILÍA

Muy queridos hermanos y hermanas,
Dentro de la fiesta de la Navidad, la Iglesia nos invita a fijar nuestra mirada en la familia que se ha constituido con José, María y Jesús. Al lado de ellos también encontramos la familia de Zacarías, Isabel y Juan el Bautista. Los acontecimientos que nos narra S. Lucas de estas dos familias transcurren en un ambiente de alabanzas al Señor por su inmensa misericordia. En los dos capítulos que recorren estos relatos encontramos los cantos de María, de Zacarías, de los ángeles, de Simeón. 
Todos se centran en reconocer que con la llegada de Jesús al mundo, Dios cumple las promesas mesiánicas en favor de su pueblo, y particularmente de los pobres, de los “anawin”: es decir de lo que supieron perseverar y esperar su venida: las dos familias, los pastores, Simeón y Ana conforman ese pequeño resto de Israel, que reciben con gozo los primeros anuncios de la Buena Noticia de la salvación. 
En el texto evangélico que nos narra la presentación del niño en el templo, la acogida que les brindan Simeón y la profetiza Ana y el retorno de la familia a Nazaret, Lucas condensa cómo se dio el misterio de la Encarnación. “El Verbo se hizo carne y plantó su carpa entre nosotros” (Jn 1,14). El Hijo de Dios se volvió en todo semejante a nosotros y asumió la condición de siervo, excepto en el pecado (Heb 4,15). 
De los treinta y tres años que vivió entre nosotros, treinta transcurrieron con sus padres en el pueblo de Nazaret, a tal punto que llegó a ser conocido como el Nazareno. Si uno quiere saber cómo fue la vida del Hijo de Dios en esos años, tiene que tratar de conocer la vida de cualquier habitante de ese poblado en aquella época, cambiar el nombre y ponerle el nombre de Jesús. S. Pablo comenta que “se hizo semejante a los hombres y mostrándose como uno más entre ellos, se humilló y se hizo obediente hasta la muerte” (Fil 2,7-8). 
Durante esos treinta años, Jesús fue un nazaretano más, sin llamar en lo más mínimo la atención sobre su condición divina. No han faltado quienes han querido fantasear episodios extraordinarios, haciéndolo peregrinar a Egipto o a la India para aprender la sabiduría de esos pueblos. No hay absolutamente nada de eso en la vida del Señor. Lucas resume esas tres décadas en la siguiente frase: “El niño crecía y fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él”.  Y en otro lugar dice: “el niño crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,52). 
Crecer en sabiduría significa asimilar los conocimientos, la experiencia humana acumulada a través de los siglos de hominización; los tiempos, los ritos, las fiestas, los remedios caseros, las plantas, las celebraciones familiares, las costumbres, en una palabra, la cultura de su pueblo galileo del siglo primero. Esta sabiduría la asimiló viviendo con su gente, conviviendo con su comunidad natural, relacionándose con sus coterráneos, compartiendo sus labores. 
Crecer en edad significa recorrer las diferentes etapas de la vida: el nacimiento, la infancia, la adolescencia, la juventud, la adultez. Es el peregrinaje de cada ser humano con sus alegrías, sus tristezas, sus enfermedades, sus descubrimientos y aprendizajes, sus contradicciones y sus amores. Esto lo aprendió viviendo y conviviendo con su madre María, con su padre nutricio José, con sus primos, sus tíos, parientes y vecinos, yendo los sábados a la sinagoga, peregrinando a Jerusalén. 
Crecer en gracia, significa la experiencia peculiar que tuvo Jesús en su relación con su Padre Dios: descubrir la presencia de Dios en su vida, sentir su acción providencial en los acontecimientos cotidianos, escuchar, en un momento dado, su llamada y descubrir cuál era su vocación, al encarnarse en esta tierra. Esta dimensión peculiar de su crecimiento interior Lucas la resume en la respuesta que el niño les dirigió a sus padres, cuando después de haberlo extraviado en el transcurso de una peregrinación a Jerusalén, lo hallaron en el templo, en medio de los doctores de la Ley. En ese momento les dijo: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo estar en los asuntos de mi Padre?” (Lc 2,48-49).  El gran aprendizaje, en esta dimensión, fue la de someterse, con humildad y fidelidad, pasare lo que pasare, al cumplimiento de la voluntad de su Padre (He 4,8).
En estas tres dimensiones Jesús contó con el ejemplo de sus padres. Tanto José como María crecieron también en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres. Supieron trasmitir a Jesús la cultura de su pueblo sencillo y campesino. Por eso Jesús sacará de esa reserva cultural la gran mayoría de sus enseñanzas, parábolas y ejemplos. Jesús siempre valorizó la cultura de los campesinos, de los labriegos y de los pastores. Y por eso supo llegar al corazón de sus oyentes y discípulos. Con José y María aprendió a colocar los planes de Dios por encima de los demás preceptos y criterios de acción. Estuvo al lado de su padre hasta su muerte y antes de expirar confió a su madre al cuidado de Juan. 
Jesús no solo honró la familia de la sangre y de la tierra, mostrándola como camino privilegiado para alcanzar la madurez y la plenitud como ser humano. También dejó muy en claro que el venía a inaugurar una nueva familia: la familia del Reino, que no se configura por lazos de la carne ni de la sangre, sino por la escucha, la meditación, la asimilación y la puesta en práctica de la voluntad de Dios (Mc 3,31-34). Esta nueva comunidad familiar es la Iglesia. Y poco a poco, nos fue revelando que el modelo primordial por el que él se guio en esta tierra fue su familia trinitaria, y su deseo ardiente de que esta familia se ensanchara, hasta integrar en ella la gran familia de la humanidad entera. “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuere así se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar” (Jn 14,1). 
Las tres familias se complementan. En las tres estamos llamados a trabajar arduamente para construir una mejor humanidad. El único modelo humano que hace al ser humano en su plenitud de crecimiento en sabiduría, edad y gracia es la familia heterosexual, acogedora de la vida, constructora de relaciones humanas, generadora de personas convivenciales. Es en ella que se constituye la otra familia, la familia Iglesia doméstica, célula fundamental de la Iglesia. 
Pero no podemos olvidar la gran tarea de trabajar para romper todas las barreras que dividen y separan a los hombres para constituir según el deseo de Jesús, la gran familia humana, basada en la fraternidad, el respeto a la dignidad de cada uno, la acogida mutua y la construcción permanente de la paz como fruto de la justicia. En todo ello nos ha de guiar la palabra de Jesús: “He venido para que todos tengan vida y la tengan en abundancia”. (Jn 10.10). “Cuando yo sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12,32). “Tengo otras ovejas que no pertenecen a este corral; a esas tengo que guiarlas para que escuchen mi voz y se forme un solo rebaño con un solo pastor” (Jn 10, 16).
Carora, 29 de diciembre de 2019


+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo emérito de Maracaibo
Administrador apostólico “sede plena” de Carora

miércoles, 18 de diciembre de 2019

DOMINGO XXXI ORDINARIO CICLO C 2019 - HOMILÍA


DOMINGO XXXI ORDINARIO CICLO C 2019
HOMILÍA

Muy queridos hermanos,
El capítulo 18 del evangelio de Lucas está lleno de muchas cegueras. Ceguera de un juez que no quiere atender los justos reclamos de una viuda, ceguera orgullosa y prepotente de un fariseo en su modo de orar y de relacionarse con sus semejantes; ceguera de un joven rico que prefiere sus riquezas a seguir a Jesús; ceguera de los apóstoles que en cada uno de esos episodios “no entendieron nada, el asunto les resultaba oscuro y no comprendían lo que Jesús hacía, les decía y les anunciaba”.
¡Jesús Hijo de David, ten piedad de mí!
La narración de la curación de un ciego en la puerta de la ciudad de Jericó, sobreponiéndose con su grito angustiado a la gente que lo quiere disuadir de llamar a Jesús, resume el grito de la humanidad que Isaías describe en una de sus profecías: “El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz intensa, los que habitaban un país de sombras se inundaron de luz” (Is 9, 1). Jesús está por llegar a Jerusalén. Allí con su muerte en la cruz, irradiará sobre la humanidad postrada en las más profundas tinieblas de la violencia, del abandono y del miedo el poderoso resplandor de la salvación:
Quedamos así preparados para entrar con Jesús en Jericó, una de las ciudades más antiguas del mundo, 11 mil años, entrar en la vida de Zaqueo, el jefe de publicanos, introducirnos con Jesús en su casa y llegar incluso a penetrar dentro de su corazón. Todos los relatos evangélicos nos transmiten la persona y el mensaje de Jesús, pero hay algunos como el de hoy cargados de una especial densidad.
Zaqueo, pequeño de estatura, hombre rico, jefe de publicanos, acoge el reino de Dios como un niño. Humillándose y arrepintiéndose de su pasado, encuentra la salvación que viene de Dios en Jesús Cristo buen Samaritano (Lc 10, 29-37), que nos viene al encuentro a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 10).
Nadie queda fuera del poder salvador que emana de Jesús
 Este Zaqueo podrá ser un recaudador de impuestos, que se ha enriquecido al servicio del imperio romano, ejerce un oficio de colaboracionista del poder opresor, pero el piso se le está moviendo por dentro, no está a gusto con lo que está haciendo; y por encima de todo un deseo se ha ido metiendo en el corazón, un deseo que no logra refrenar ni callar: Quiere ver quién era Jesús. Él también está ciego, como el ciego de la puerta de Jericó, que Jesús acaba de curar. Y él quiere ver, ver a Jesús.
Varios obstáculos se interponen para lograrlo. Es un recaudador de impuestos. Incluso un chivo. Es rico. Se ha enriquecido a costillas de sus compatriotas; se le interpone una muchedumbre novelera y curiosa y es retaco. Un oficio execrable sin duda, pero ha oído que entre los discípulos de Jesús anda un tal Mateo, publicano convertido (Mc 2,13-17). ¿La riqueza? Ya sabe lo que opina Jesús de los ricos apegados codiciosamente a los bienes de la tierra (Lc 18,24-25). Por eso ya ha empezado por su cuenta, a compartir sus bienes con los pobres, nada menos que la mitad y quiere ajustar sus cuentas con los que haya defraudado. Y el último obstáculo lo va a superar de un modo sorprendente. Sin miedo a exponerse al ridículo y a la mofa de sus conciudadanos, se encarama en un árbol por donde va a pasar Jesús.
¡Hoy tengo que hospedarme en tu casa!
Y el encuentro se produce, pero no del modo en que Zaqueo lo había pensado. Él pensaba verlo pasar. No será así. Será Jesús quien lo verá a él. El Señor alzó la vista y no solamente lo miró, sino que además le dijo que se bajara pronto de allí “porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Este momento fue inefable en la vida de aquel hombre. Él pensaba solo verlo pasar. Jesús le da entender que no quiere pasar; quiere quedarse. Una cosa es pasar y chao la vida sigue igual; otra cosa es quedarse. “Hoy tengo que hospedarme en tu casa”. Bajó enseguida y lo recibió con alegría.
Jesús va a entrar en la casa de Zaqueo; Zaqueo va a entrar en la casa y en la vida de Jesús. Jesús no viene pasar, hacer un toque técnico e irse. Quiere quedarse. Se hizo uno de nosotros y vino a este mundo, a la casa de los seres humanos, para invitarnos a su casa, para introducirnos en su intimidad familiar, a hacernos hijos de su Padre, hermanos suyos, coherederos del Espíritu Santo.
Hoy ha llegado la salvación a esta casa
Cuando Jesús entra en la casa de una familia, cuando alguien le abre la puerta del corazón, con él llega la salvación. Así sucedió con el ladrón crucificado junto con él, en el Gólgota. Le imploró a Jesús que se acordara de él cuando estuviera en su Reino y recibió esta respuesta: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 42-43). “Vino a los suyos, nos recuerda S. Juan, y los suyos no lo recibieron. Pero a los que lo recibieron, como este publicano, a los que creen en él, los hizo capaces de ser hijos de Dios” (Jn 1,11-12).
Si Jesús toca a la puerta de tu casa y tú le abres, con él entrará también la salvación y te corresponderá invitándote a entrar en su casa. “Mira que estoy a la puerta llamando. Si uno escucha mi llamada y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y el conmigo” (Ap 3,20). Ya está el Señor a punto de pasar por tu Jericó. Se apresta a pasar por tu calle. Ninguna condición humana es incompatible con la salvación. Mi hermano, ¿Ha llegado ya la salvación a tu casa? ¿Cómo están tus ansias, tus deseos de ver a Jesús? ¿Sabes que él ha venido precisamente a buscar y salvar lo perdido?”

Maracaibo 3 de noviembre de 2019


+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo emérito de Maracaibo
Administrador Apostólico sede plena de Carora

domingo, 8 de diciembre de 2019

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO /A 2019 HOMILÍA CON MOTIVO DE LAS BODAS DE PLATA DEL PBRO. ENDEER ZAPATA


SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO /A 2019
HOMILÍA CON MOTIVO DE LAS BODAS DE PLATA
DEL PBRO. ENDEER ZAPATA
Lecturas: Is 11, 1-10; Sal 71; Rm 15 4-9; Mt 3, 1-12

Muy queridos hermanos,
Nos hemos congregado este segundo domingo de adviento, con el ánimo en alto y llenos de alegría, para alabar y cantar himnos a nombre del Señor por haber llevado a cabo las promesas de salvación hechas a los patriarcas y haberse hecho presente en nuestra historia y especialmente en la historia de nuestro hermano y amigo el padre Endeer Zapata.
Le agradezco de corazón el haberme querido asociar a la celebración de sus bodas de plata sacerdotales. Desde que hemos venido trabajando juntos en el hermoso campo misionero de nuestra Iglesia en Venezuela, he podido valorar cómo ha sabido combinar su sólida preparación con una entrega y un ministerio lleno de alegría, sencillez y cercanía con sus hermanos.
Bendigo a Dios, junto con la Sra. Silvia, su mamá, su hermano Alfredo, sus familiares, amigos, la comunidad parroquial y la gran familia de las Obras Misionales Pontificias, por el don de su sacerdocio y el valioso servicio que le está prestando a la Iglesia universal desde su responsabilidad actual. Todos unidos, los presentes y los ausentes, alabamos, con un solo corazón y una sola voz, a Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por los hechos maravillosos realizados en la vida de nuestro hermano Endeer en estos 25 años de vida sacerdotal.
En todo tiempo y lugar Dios ha querido valerse de hombres y mujeres que, elige y capacita de modo totalmente gratuito y bondadoso, para asociarlos en distintos momentos de la historia a su plan de salvación en este mundo. Este tiempo de adviento, nos pone en contacto con el servicio y la misión del profeta Isaías, la Virgen María, su esposo San José, S. Juan Bautista y muchos santos como S. Francisco Javier, San Nicolás de Bari, S. Ambrosio, S. Juan Diego, Sta. Lucía y S. Juan de la Cruz.
En el evangelio de hoy sale a nuestro encuentro la figura del Bautista. A él le tocó ser precursor de Jesús, señalar su presencia entre nosotros, y bañarlo con el bautismo de penitencia. Mateo describe su atuendo y su figura con gran semejanza con el profeta Elías y ubica su actividad a las orillas del Jordán, en Judea. Toda su vida y su actividad queda orientada y subordinada a “aquel que ha de venir”, la persona de Jesús y a quien el no se considera digno ni siquiera de desatarle las correas de sus sandalias. Con su fuerte predicación, su llamado a la conversión sincera y profunda preparó el corazón de su pueblo para recibir al Mesías. Con su vida y con su muerte martirial Juan el Bautista es sin duda un gran modelo de discípulo misionero para el padre Endeer y para todos nosotros.
No basta pues declararse miembros del pueblo elegido, hijos de Abrahán como pretendían los fariseos y los saduceos. La conversión se verifica con frutos concretos, con radicales cambios en la conducta y en el estilo de vida. No es un mero cambio en la manera de comportarse para llevar una vida más coherente con la fe que se profesa. Hay que ir más allá y tomar la decisión de orientar toda la vida de acuerdo el advenimiento del Reino de los cielos del cual anuncia su inminente llegada. ¡Conviértanse! porque el Reino de los cielos ya está cerca. Que este grito profético del precursor retumbe en todas nuestras consciencias y haga mella en nuestra vida. Coloquemos a Dios en el centro de la vida y organicemos todo lo que decidamos en torno a El.
Escribió la santa carmelita francesa Isabel de la Trinidad: “es bello pensar que la vida de un sacerdote, como la de la carmelita, es un ¡adviento que prepara la encarnación en las almas! David canta en un salmo que “el fuego caminará delante del Señor” ¿Y no es el amor aquel fuego? ¿Y no es también nuestra misión preparar los caminos del Señor a través de nuestra unión con aquel que el Apóstol llama un “fuego devorador”?
Celebramos con alegría las bodas de plata sacerdotales del padre Endeer, un hijo de Dios de estas tierras trujillanas que lleva el fuego de la misión en sus entrañas. Padre Endeer recuerda hoy ese esplendoroso momento en que Mons. Vicente Hernández Peña, de feliz memoria, impuso las manos sobre ti y junto con los concelebrantes pronunció la oración consecratoria, gestos sacramentales que por la gracia del Espíritu Santo te configuraron para siempre con Cristo sumo y eterno sacerdote, Cabeza y Pastor y de su Iglesia. Esa gracia sobreabundante se derramó con el sagrado crisma sobre tus manos, sobre tus labios, sobre tu corazón y se ha transformado en un manantial inagotable de vida, de santificación, de perdón, de servicio y de amor en favor de todos a quienes te has entregado sin reserva en tu ministerio.
Después de ungirte las manos con el santo crisma, Mons. Vicente te entregó la patena con el pan y el cáliz con el vino, y te dijo estas palabras: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz de Cristo”. Como discípulo misionero presbítero te corresponde reproducir a Cristo, actuar in persona Christi capitis, y eso solo lo puedes lograr recibiendo la ofrenda del pueblo santo de Dios y presentándosela al Padre de manos de Jesús en la santa eucaristía.
La gran labor del sacerdote es reproducir lo más fielmente posible a Jesucristo Cabeza y Pastor de su Pueblo y entregarse con todas sus fuerzas a convocar, a congregar, a unificar, a hermanar, a superar luchas, conflictos y odios y a ayudar a sus hermanos a encontrar los caminos de la unidad y de la paz. Cuánta faltan hacen sacerdotes y consagradas que construyan caminos de paz, que levanten puentes de concordia, que sean sembradores de ánimo y esperanza en tiempos de tanta desolación.
Para llevar a cabo esa indispensable misión es menester alimentarse de la Palabra y de los sacramentos, particularmente de la eucaristía. Mientras más te sumerjas en la Eucaristía, Endeer, más te cristificarás y más capacitado estarás para recibir lo que el pueblo de Dios te presenta; sus trabajos, su fe, sus dolores y alegrías, sus penas y esperanzas, sus adelantos y retrocesos, sus caídas y sus levantadas.
Las bodas de plata son un punto de llegada y también un punto de partida. Recuerda las palabras de S. Juan Pablo II: “Duc in altum”. Rema mar adentro, padre Endeer. Sigue rema hacia las otras orillas; vive a fondo un sacerdocio en salida, sigue yendo hacia esas orillas culturales, territoriales y existenciales donde te esperan tus hermanos con hambre y sed de Dios, con los cuales te has substanciado con tu opción misionera. Que, al entrar en contacto con ellos, sientas el mismo estremecimiento que conmovieron las entrañas de tu Señor y Maestro, al ver tantas ovejas errantes, desamparadas y dispersas al carecer de pastor. Esta conmoción compasiva lo llevó a asociar a su misión a los doce, a sus sucesores y a servidores como tú, dispuestos y generosos a dar todo por el evangelio del Reino al lado de Jesús, junto con tus hermanos y en profunda comunión con tu Iglesia.
Rema Venezuela adentro, mundo adentro, Iglesia adentro. Que al oír estas palabras recuerdes con gratitud tu pasado, vivas con pasión tu presente y te abras con confianza, como la Virgen María del Monte Carmelo, al futuro, convencido de que Jesucristo ha vencido; su Pascua abre camino hacia un mundo nuevo y que los poderes del Mal, del pecado y de la muerte han sido definitivamente derrotados.
Dios Padre que te conoció y te eligió desde el seno de tu madre Silvia, que te predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para conquistar muchos hermanos; que te justificó con su sangre preciosa, que ya por su parte te glorificó, llene hoy tu corazón de gozo junto con tu familia, tu pueblo que se goza de tu fidelidad y entrega y te impulse con renovadas fuerzas a cantar con María tu propio Magnificat. Si! El Señor ha hecho en ti maravillas y santo es su nombre. El Señor ha sido grande con esta generosa ciudad jardín de Boconó que ha dado tantas vocaciones a la Iglesia. Glorifiquemos todos por siempre al Señor Jesús.¡Maran Atha! ¡Ven, Señor Jesús! Amén
Boconó, 8 de diciembre de 2019

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo emérito de Maracaibo
Administrador apostólico sede plena de Carora




jueves, 28 de noviembre de 2019

DÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS 2019 - HOMILÍA


DÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS 2019
HOMILÍA

Te debo, Dios mío, los votos que hice,
los cumpliré con acción de gracias;
porque libraste mi alma de la muerte, mis pies de la caída;
para que camine en presencia de Dios a la luz de la vida.
Salmo 54

Muy queridos hermanos,
En el mes de noviembre de cada año la tradición, la cultura y la sociedad estadounidense celebra el día de ACCION DE GRACIAS: “Thanksgiving Day”. Es la fecha más querida, la más esperada, la más importante y la más festejada por este pueblo que habita el norte de este continente. Otras naciones como Canada y Brasil también lo festejan.  
En USA sus pobladores hacen memoria de un hecho histórico, fundacional como Nación. Hay diversas narraciones, pero todas giran en torno a cómo, en 1621, los primeros colonos que llegaron a de Plymouth, Massachusetts, ante una cosecha insuficiente, fueron socorridos por los nativos, gesto solidario que dio lugar a una comida compartida por nativos y peregrinos. Más adelante el gobernador Bradford primero y el presidente Lincoln después le dieron carácter festivo oficial.
La memoria y celebración de este hecho histórico posee tal fuerza convocadora que todos los que habitan este país viajan, desde cualquier parte, para congregarse en familia y con sus seres queridos, para compartir el pan con alegría y regalos, pero, sobre todo, para DAR GRACIAS por todo cuanto son y tienen. Es costumbre también asociar otras personas con quienes se tiene una particular vinculación de amistad, compañerismo o solidaridad.  
Hacer memoria y DAR GRACIAS, he allí el meollo e importancia de esta celebración. Esas mismas actitudes fueron las que Dios a través de Moisés le pide al pueblo de Israel que realice cuando recoja su primera cosecha en la tierra prometida. Esa es la actitud que Jesús les pide a los apóstoles en la última cena: Hagan esto (la eucaristía) en memoria mía.
El agradecimiento es una actitud propia de la condición humana. Es de bien nacido ser agradecido reza un refrán popular. Es también la espina dorsal de la espiritualidad del judaísmo vetero-testamentario y del cristianismo. Los cristianos somos esencialmente seres eucarísticos; estamos llamados a un permanente retorno a Dios, como el leproso curado del evangelio, para darle gracias y reconocerlo como fuente permanente de donde brotan los mayores dones de la vida.  
El Thanksgiving day no se hubiera mantenido en el tiempo si no hubiera respondido a la conjunción de una actitud fundamental y ll deseo humano de buscar y expresar la felicidad que anida en lo hondo de todos los corazones. La vocación primera y la búsqueda primordial e incesante del ser humano es la de ser feliz y el cultivo de la gratitud es uno de los caminos privilegiados para cultivarla y concretarla. Por eso, el día de ACCION DE GRACIAS es un día para la felicidad, es un día en el que nos sentimos y somos felices, un día para evocar, recoger y poner de manifiesto todos los motivos que tenemos para agradecer, todos los motivos por los que somos felices. Es un día en el que cosechamos los motivos que nos colman el corazón de las más nobles y profundas alegrías.
Por eso tiene fuerza germinal. Un solo día no puede contenerla. Pero la gratitud no puede circunscribirse o limitarse a un día, a una fecha cada año, porque la vida diaria es ella misma un don, un regalo. Por lo que la GRATITUD, más que una celebración anual, ha de ser una actitud permanente en el ser y quehacer de cada uno de nosotros en particular y de todos, tanto como familia, grupo social o como Nación.
Agradecer, ser felices nos enseña el camino de una existencia histórica vista, concebida y vivida con sentido de trascendencia. Desde lo humano nos catapulta a las entrañas de Dios.  Descubrimos la vida y todo en la vida como un regalo y presencia del amor de Dios: la posibilidad, en definitiva, de vivir la vida como un espacio-tiempo de bendiciones incesantes.
Todo lo bueno que somos, tenemos y nos acontece es para agradecerlo y lo menos bueno para aprender de ello y seguir adelante. Nuestras vidas, nuestras familias, nuestros seres queridos, nuestra salud, nuestras oportunidades educativas y laborales, nuestros sueños y metas, nuestros esfuerzos cotidianos y nuestros logros personales y comunitarios reflejados en la grandeza como Nación y en la calidad de vida que podemos disfrutar. Todos estos son motivos cotidianos para agradecer, para vivir en una actitud permanente de agradecimiento.
Un día como este no debe quedarse por consiguiente en una mera celebración puntual. Ni tampoco debe dejarse encerrar en formas celebrativas centradas en la inmediatez, en el consumo, en lo efímero de la compra-venta, en el utilitarismo tangible de la oferta y la demanda, en la materialidad consumista y en el mercantilismo agotador, inmanente y pasajero. No ignoramos y todos sabemos que aquí y en la humanidad entera hay mucho por mejorar, mucho por humanizar, para extirpar muchas experiencias de injusticia de violencia y de muerte, muchos sueños frustrados y muchas esperanzas fallidas, muchas y muy variadas manifestaciones de mal por el egoísmo humano.
Este día y todos los días se nos presentan como una oportunidad para agradecer, pero, también y especialmente, como un desafío para proyectarnos y ser felices construyendo motivos para que no solamente nosotros podamos agradecer, sino para que también otros hermanos lo puedan hacer. Ayudar a un hermano a ser agradecido es hacerlo crecer en dignidad y humanidad. Así lo reflejan y lo afirman las lecturas que acabamos de escuchar, particularmente el evangelio.
El Señor Jesús curó a diez leprosos. Solo uno regresó para dar gracias. A ese, Jesús le acrecentó su fe y le regaló también la salvación.  Jesús no pretende poner de manifiesto una realidad estadística. El 10% solo da gracias. Pero el hecho es que son muchos los agraciados, pero pocos los agradecidos. A los diez leprosos les dio motivos para agradecer. Solo uno regresó donde él para manifestar su agradecimiento. Ese samaritano se transformó en nuestro maestro y guía de una forma ideal de vivir, una espiritualidad. Vivir en permanente retorno agradecido a Jesús.
La gratitud es sin duda una actitud y una conquista diaria, pero es también una inmensa gracia que hemos de pedir con insistencia al Señor. El mundo necesita crecer más en agradecimiento. El DIA DE ACCION DE GRACIAS nos envía a sembrar semillas de agradecimiento para que otros más necesitados las puedan cosechar.
El Papa Francisco ha establecido que en adviento celebremos también el día mundial de los pobres. Son dos conmemoraciones muy cercanas que deben darse la mano. Ser agradecidos y darles la oportunidad a otros hermanos de vivir y estar en condiciones de ser ellos también felices y agradecidos. Porque no puede haber verdadera y autentica ACCION DE GRACIAS cuando todavía hay aquí y en el mundo hermanos que sufren y que padecen la carencia de condiciones mínimas para vivir, creer, amar, esperar, agradecer y ser felices.
THANKSGIVING DAY es una fecha patria anual, un día en el calendario para DAR GRACIAS, pero especialmente una celebración para recordarnos que esta ha de ser nuestra actitud permanente: la de ser agradecidos para ser felices; no para relanzarnos a la búsqueda desenfrenada y egoísta de otra fiestecita pasajera más sino para construir un mundo mejor, más justo y más humano; un mundo en el que todos los habitantes de la tierra – no sólo de una nación – vivan y tengan la oportunidad de celebrar y agradecer. ¡Feliz día de Acción de Gracias! ¡Happy Thanksgiving Day!
Miami 28 de noviembre de 2019

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo emérito de Maracaibo
Administrador apostólico sede plena de Carora

N.B. Agradecimiento a mi amigo Mario J. Paredes (www.acppps.org) cuyas reflexiones para este día me han Inspirado para esta homilía.