martes, 27 de marzo de 2018

MISA CRISMAL 2018 - HOMILÍA


MISA CRISMAL 2018
HOMILÍA

 
Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús,
Todos los que estamos aquí congregados, estamos conscientes de la gran importancia de la fiesta de hoy y muchos de nosotros deseamos ardientemente estar en ella y vivirla con gran fervor. De manera especial para mi, por ser la última misa crismal que presidiré como arzobispo.  En efecto la Misa crismal es única en toda la arquidiócesis y constituye un momento de máxima expresión visible de lo que es nuestra Iglesia local marabina.
Dos son los aspectos relevantes de esta celebración que vamos a vivir juntos esta mañana: la manifestación de la Iglesia como Pueblo Santo de Dios y Cuerpo de Cristo, totalmente ministerializado, y el significativo lugar que ocupa, dentro de ese Cuerpo, el sacerdocio ministerial. Fiesta de la Iglesia local. Fiesta del sacerdocio: supremo y único en Cristo, pleno en el Obispo, bautismal en el pueblo y ministerial en los presbíteros.
LA IGLESIA, PUEBLO DE DIOS Y CUERPO DE CRISTO
Toda la arquidiócesis se encuentra, hoy aquí, simbólicamente presente en las naves de nuestro vetusto templo catedralicio. Aquí están las parroquias de la Guajira con toda su realidad  cultural indígena y fronteriza; las comunidades antiguas y nuevas, llenas expectativas y esperanzas, de San Francisco y La Cañada; las viejas parroquias históricas y las nuevas realidades cristianas de la gran ciudad de Maracaibo, que brotan, llenas de vida y grandes desafíos evangelizadores, en su expansión por el oeste y el norte; las extensas comunidades misioneras esparcidas por los municipios Jesús Enrique Lossada y Almirante Padilla.
Aquí está toda la riqueza ministerial del cuerpo marabino de Cristo Jesús, en constante crecimiento: la gran familia de los presbíteros seculares y religiosos, los diáconos permanentes, los bautizados de especial consagración, los candidatos al sacerdocio ministerial y al diaconado permanente, los laicos y laicas que han recibido delegaciones ministeriales diversas, la polícroma gama de asociaciones, movimientos apostólicos y realidades eclesiales de ayer y de hoy.
Todos, con los que nos siguen por los medios de comunicación social, las redes sociales, conformamos un solo pueblo, el pueblo santo de Dios. Todos formamos una gozosa y abigarrada multitud llena de amor mariano chiquinquireño. Por todos nosotros Cristo Jesús, Alfa y Omega, murió y resucitó y nos ha asociado a él por el agua, la Palabra y el Espíritu Santo. Exultamos jubilosos porque Cristo Jesús ha pagado con su preciosa sangre nuestra redención definitiva. Ahora somos, partícipes de su misma unción, linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios; en otro tiempo no éramos pueblo; ahora somos pueblo de Dios (1 Pe 2,9-10). ¡Que viva Cristo Jesús, nuestra cabeza!





Cristo es nuestra cabeza. Como pueblo mesiánico, hemos sido revestidos de la dignidad y libertad de los hijos de Dios. En nuestros corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tenemos por ley el mandato de amar y de dar la vida los unos por los otros como el mismo Cristo nos amó y se entregó por nuestra salvación. Tenemos, últimamente, como fin la dilatación del reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra. Constituidos en Iglesia por Cristo, en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad, somos instrumento de la redención universal y hemos sido enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra (Cf LG 9).
Para cumplir con esta misión, el Espíritu Santo ha derramado sobre este pueblo santo toda clase de carismas, dones y servicios. Es la misma composición que Pablo nos describe: “Constituyó a unos apóstoles, y a otros profetas; a unos predicadores del Evangelio y a otros pastores y maestros, preparando así a su pueblo santo para el servicio eficaz de la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe” (Ef. 4,11-13).
Todo esto ha sido recogido en la Idea-Fuerza que mueve y dinamiza sinérgicamente en el Plan Global de Pastoral: “La Arquidiócesis de Maracaibo, Pueblo de Dios conducido por el Espíritu Santo a través de los ministerios, carismas, dones y acompañado por la Chinita, vive, celebra y anuncia su experiencia de Cristo en comunión, participación y misión permanente como signo y presencia del Reino de Dios”. ¡Que viva nuestra Iglesia arquidiocesana marabina!
LA FIESTA DEL SACERDOCIO MINISTERIAL
Hoy pues la Iglesia quiere que celebremos el supremo y único sacerdocio de Cristo. Que celebremos el sacerdocio bautismal. Él ha querido conferir el honor de este sacerdocio real a todo su pueblo santo, el llamado sacerdocio bautismal que todos compartimos. Hoy la Iglesia también quiere que celebremos el sacerdocio ministerial que Cristo Jesús con amor de hermanos ha querido compartir con los obispos y a través de estos con los presbíteros. Hoy es la fiesta del presbiterio marabino. Un sacerdocio ministerial al servicio de la construcción de una Iglesia plenamente ministerializada y misionera.
Como nos lo recuerda el prefacio de hoy, son varones llamados y elegidos, con amor de hermano, por el mismo Cristo Jesús, entre los bautizados del pueblo de Dios, hombres entre los hombres, para que, por la imposición de las manos, en el sacramento del Orden, participen de su sagrada misión y pongan la potestad sagrada que reciben al servicio de la formación y dirección del pueblo sacerdotal, lo alimenten con la eucaristía y los demás sacramentos. Cuiden del “del rebaño que el Espíritu Santo les ha encargado guardar, como pastores de la Iglesia de Dios, que él adquirió con la sangre de su Hijo” (Hech 20,28).
Estos servidores serán reconocidos dentro de la comunidad cristiana como otros cristos, por la entrega de su vida por su Señor y la salvación de sus hermanos; por su permanente búsqueda de configuración con Cristo cabeza y pastor, y su constante, alegre y fiel testimonio de caridad en la construcción de comunidades fraternas, solidarias y misioneras.
No hay obispo sin presbiterio ni presbiterio sin obispo Este ministerio tan precioso para el crecimiento y fortalecimiento de las comunidades cristianas se presenta hoy estrechamente unido al ministerio del Obispo. La Liturgia presenta hoy al obispo como la cabeza visible de la Iglesia local y el garante de su unidad y comunión con la Iglesia universal. En este servicio recibe la indispensable colaboración de los presbíteros y de los diáconos permanentes. Este es el significado de la concelebración de todo el presbiterio.
La consagración del santo crisma y la bendición de los óleos, materia prima de los sacramentos, por parte del Obispo, rodeado de la corona presbiteral y diaconal diocesana, en presencia de toda la Iglesia local, pone de manifiesto que el Cuerpo de Cristo solo se construye en la medida en que el pueblo santo de Dios, gracias a la entrega servicial de sus ministros, se nutre de Cristo, se articula en Cristo, crece por medio de Cristo y hace a Cristo presente y actual hoy en Maracaibo y en el mundo.
El pueblo de Dios necesita a sus presbíteros. Los presbíteros necesitan de sus hermanos laicos y de sus comunidades. Hermanos. Ayuden a sus sacerdotes a ser santos, a cumplir con la vocación a la que han sido llamados, con las promesas que han hecho en el día de su ordenación y renuevan en cada misa crismal todos juntos ante su Obispo. ¿Qué prometen? Unirse más fuertemente a Cristo, configurarse con El, renunciando a sí mismos. ¿Qué prometen? Ser fieles dispensadores de los misterios de Dios principalmente en la eucaristía; desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, Cabeza y Pastor. Prometen ser desprendidos de los bienes temporales y tener por única motivación de su misión la evangelización integral de sus hermanos. El sacerdote no tiene otra fuente de felicidad que la de desgastarse para que sus hermanos vivan y vivan plenamente en Cristo Jesús.
Queridos hermanos, tanto los sacerdotes que están aquí como los que no pudieron venir o están fuera del país, ancianos, adultos mayores, adultos y jóvenes, han abandonado barcas, redes y familia, como los primeros apóstoles, para seguir a Cristo. Quieren sinceramente ponerse a tiempo completo al servicio de todos, sin buscar otra recompensa que el anuncio de Cristo muerto y resucitado, la salvación de su pueblo, en todo, la gloria de Dios. Ayúdenlos, apóyenlos.
No vienen empaquetados y hechos santos de una vez. Son hombres vulnerables y débiles como todos ustedes. Están sometidos a las mismas tentaciones que todos ustedes. Pasan por las mismas necesidades y carencias que todos ustedes. Si quieren tener pastores, cuídenlos, protéjanlos. El diablo los tienta como a Jesús, como a ustedes, con la tentación del pan. Y ante tantas carencias sienten el deseo de huir de este país, no seguir pasando hambre y necesidades, de buscar otra vida más cómoda y fácil fuera de las fronteras. Oremos por ellos, démosle nuestro apoyo, nuestros consejos. Estemos pendientes de ellos. No los dejemos solos ni dejemos que se aíslen de su obispo, de sus demás hermanos, de su comunidad, de su Iglesia diocesana.
Animémosles a seguir adelante, felicitémosles en sus fechas significativas, compartamos sus éxitos y fracasos, sus alegrías y sus penas. En una palabra, amémosles de corazón y hagámosles sentir cuanto apreciamos su ministerio, su entrega, su abnegación, su disponibilidad. Ayudémosles a vivir en estrecha comunión con su obispo, a aceptar de buen grado los cambios, a sostenerse en fraterna solidaridad entre ellos, a vivir con gozo el celibato por el Reino de Dios.
En esta Venezuela que nos toca vivir, nada es fácil. Todos los caminos están erizados de obstáculos y dificultades. Nunca ha sido fácil ser sacerdote de Cristo. Pero ahora, aquí en Venezuela, esta vocación es más difícil que nunca. Eso no debe desalentar a nuestros jóvenes ni a nuestros seminaristas. Necesitamos pastores heroicos, fuertes, capaces de acompañar a su pueblo para atravesar cualquier tempestad que se atraviese en el camino.
No quiero concluir esta homilía sin expresar mi más hondo y sentido agradecimiento a todos y cada uno de los sacerdotes y diáconos permanentes, presentes y ausentes, incluyendo a los que nos han precedido en el camino a la casa del Padre; a todos los equipos pastorales que han trabajado estrechamente a mi lado, tanto en la Curia como en las parroquias, cuasi parroquias y rectorías, cada uno según sus carismas y dones; a todos los laicos asociados y a la feligresía en general por el hermoso servicio evangelizador y misionero que han llevado a cabo junto a mí. Espero seguir contando con sus oraciones.
 Oremos también para que el Señor les depare el pastor según su corazón para que esta bella, mariana y promisoria Iglesia local marabina, se interne mar adentro o mejor lago adentro echando las redes con confianza, audacia y creatividad en nombre del Señor.
María Santísima, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, que realizó hasta el final su itinerario de fe, nos acompañe, anime y fortalezca durante estos días santos, a fin de que podamos recoger abundantes frutos de conversión y santidad. Amén.
Catedral de Maracaibo 27 de marzo de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo



domingo, 25 de marzo de 2018

DOMINGO DE RAMOS DE 2018 HOMILÍA


DOMINGO DE RAMOS DE 2018
HOMILÍA


Muy queridos hermanos,
Hoy Jesús llega a Jerusalén para cumplir la misión para la cual lo envió su Padre al mundo. Vamos a vivir con él la última semana de su ministerio, antes de enfrentar su pasión dolorosa, su cruz, su muerte y su sorprendente y admirable resurrección. Con el inicio de la Semana Santa, nosotros también estamos llegando al término de nuestro camino cuaresmal.
En el primer momento de esta liturgia, hemos contemplado a nuestro Señor entrar, a lomo de borrica, en la ciudad santa, al son de gritos y aclamaciones. La Iglesia desea que contemplemos bien al que entra. No es un personaje cualquiera. Las lecturas escogidas para este día nos dicen que se trata de una persona humilde y paciente, pero firme y tenaz en su entrega. Lo llama un siervo de Dios, bien dispuesto a llevar a cabo la misión encomendada y bien capacitado para ella. Posee la lengua de discípulo que sabe llevar, en nombre de Dios, consuelo al abatido. Cuenta con un oído despierto y atento a la voluntad de Dios y a los sufrimientos de su pueblo. Su confianza en Dios que lo envía es tal que acepta el sufrimiento que trae consigo el cumplimiento de su misión y enfrenta con valentía y abandono los ultrajes que le infligen para acallarlo.

Pablo, en la segunda lectura, le pone nombre a ese servidor. Es Jesús. Y nos pide que lo contemplemos primero en el trayecto que lo lleva desde el sublime sitial de su divinidad a la más sumisa condición de esclavo y luego en su ascensión gloriosa cuando su Padre lo levanta de la muerte y lo coloca en el puesto supremo que merece la adoración y la alabanza de toda la creación.  Este recorrido de Jesús, a la gloria por el vaciamiento de si mismo, es la manera de Dios de decirnos cuánto y hasta donde nos ama y nos quiere arrancar de lo más bajo de nuestra condición pecadora para hacernos entrar en su vida trinitaria.
El relato de la Pasión según S. Marcos tiene dos partes bien distintas: en la primera, Jesús lo acompañan sus discípulos; en la segunda, a partir de su prendimiento en el jardín de Getsemaní (Mc 14,50) cuando sus discípulos huyen, queda solo, a merced de sus adversarios. Todos los personajes que saldrán en su ayuda serán gente nueva: Simón de Cirene, el oficial romano, José de Arimatea y tres de sus seguidoras.
Con este relato, Marcos, fiel al propósito de su evangelio, nos quiere llevar al corazón de la fe cristiana. El encargado de proclamarla será el oficial romano encargado de llevar a cabo la ejecución del reo. De su boca sale cuál es la verdadera identidad del crucificado: “Realmente este hombre era Hijo de Dios” (Mc. 15,39). Esta profesión de fe no la hace ninguno de los discípulos. No la hacen las mujeres acongojadas y llorosas. La hace sorprendentemente un pagano.

Uno de los elementos fundamentales de la pasión del Señor es la soledad. Jesús va a vivir el abandono, la desolación espantosa.  Aquellos que lo debían de acompañar en Getsemaní se durmieron, en el Gólgota ya no estaban. En su momento más desolador Jesús está rodeado de enemigos que lo odian, lo desprecian y buscan, a como dé lugar, su ejecución y muerte.
Hay mucho que aprender en la pasión del Señor sobre la condición humana: la debilidad humana; la necesidad de orar y velar permanentemente para poder afrontar las pruebas “porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mc 14,38). El evangelio de hoy nos revela también la necesidad, para poder ser verdaderos discípulos de Jesús, de acompañarlo hasta el pie de la cruz. Sólo, allí, al pie del crucificado, es donde se puede descubrir, con el centurión romano, su verdadera identidad. No se puede ser discípulo a medias tintas, solo en la parte fácil del recorrido del Maestro y eximirse de seguirlo en sus horas amargas y oscuras.  Hay que ir con él hasta el final; hacer esa opción radical por él, que nos lleva donde quizá no queríamos ir, con quien quizá no queríamos estar y hacer lo que quizá no queríamos emprender.
Si nosotros también aceptamos hacer el camino completo de ese viacrucis, se nos abrirán los ojos y se nos ablandará el corazón para descubrir en ese siervo sufriente, anunciado por Isaías, que muere ignominiosamente como un vulgar asesino en la cruz, entre dos ladrones, al Hijo de Dios, al Mesías, al Señor. Entonces la Cuaresma habrá alcanzado en nosotros su cometido y nos habrá llevado al término del camino. El descarnado relato del evangelista nos lleva a nosotros también a medir la autenticidad de nuestra fe y la fuerza de nuestra determinación cuando nos declaramos cristianos, es decir discípulos y seguidores de Jesús. ¿Somos semi-discípulos o discípulos completos? ¿Seguidores en las maduras y “si te veo no te conozco” en las verdes?

Hermanos míos, no desaprovechemos esta gracia inmensa que se nos otorga de celebrar esta semana mayor 2018. Cada uno de estos días santos, al rememorar lo que le tocó al Señor vivir, meditemos y reflexionemos sobre lo que significa nuestra condición discipular y tomemos muy en serio la respuesta que le vamos a dar. No nos vaya a pasar lo que le ocurrió al pueblo de Jerusalén, que el domingo coreó y alabó a Jesús como Mesías, en las puertas de la ciudad, y el viernes siguiente, instigado por infiltrados pagados por las autoridades religiosas del momento, pidieron su ejecución.  
Fíjense, que este comportamiento es muy parecido al de los discípulos. Mientras Jesús les hizo milagros y curaciones y se presentó triunfante y poderoso, lo vitorearon, pero en cuanto apareció débil y derrotado lo abandonaron. Ya el mismo Señor lo había anunciado en varias oportunidades y la visión anticipada de lo que iba a suceder, estando ya en las cercanías de la ciudad santa lo hizo llorar (Lc 13,41) y de su corazón brotó este amargo reproche: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te han sido enviados! ¿Cuántas veces quise reunir a tus hijos como una gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, pero tú no quisiste?” (Mt. 23,37).
Que a nosotros no nos pase lo mismo. La agobiante incertidumbre que vivimos en Venezuela, la búsqueda cotidiana de comida, de medicinas, de efectivo, de transporte; el dolor de ver partir lejos a nuestros seres queridos; la inseguridad de todo tipo que nos rodea, nos puede llenar el corazón de resentimiento, de odio y de malos deseos en contra de los que consideramos culpables de nuestra miseria y abandono. Es grande la tentación de buscar el pan a cualquier condición, de enfrentarnos unos contra otros, de crear más barreras y divisiones de las que ya existen. Corremos el riesgo de perder el tesoro más grande: la paz interior y la tranquilidad necesaria para ser receptivos a lo que Dios nos quiere decir a cada uno de nosotros.
La Pasión del Señor continúa hoy en la vida sufriente y dolorosa de los venezolanos y de tantos pueblos del mundo. Son muchas las personas y los lugares que hacen realidad lo que Jesús vivió en la última parte de su vida terrenal. La lista de sufrimientos es larga, las víctimas innumerables, Bien decía un escritor, la pasión de Cristo durará hasta el fin del mundo. Mucha maldad, mucho odio que redimir, muchos Caín que perdonar, muchos Pedro que rescatar. Que nuestra desolación no nos haga insensibles al grito de los que sufren más que nosotros: nuestros niños desnutridos y en grave peligro de muerte, nuestros ancianos abandonados por los que se van y los dejan solos, los presos por manifestar sus convicciones políticas.
Que los ramos que llevamos en las manos-que este año ha costado conseguir- y esta misa de la Pasión nos disponga a vivir esta semana santa, no como espectadores indiferentes sino desde dentro, desde el mismo corazón doliente del Señor. Que la fuerza de amor que brota del crucificado penetre hondo en nosotros, para que no nos devore el miedo, no nos asfixie la desesperanza, no nos divida el odio, no nos malee la desconfianza, no nos contamine la tristeza y no nos apague el amor y la solidaridad.

En esta semana mayor, del amor en mayúscula, como nos invita la Campaña Compartir, hagámonos cercanos, sensibles, de los que necesitan nuestra cercanía y amistad. Judas se valió de gestos tan entrañables como el abrazo y el beso para traicionar. Que nuestros besos y abrazos sean para hermanar, acoger, integrar. Ese fue el camino recorrido por el Beato Arnulfo Romero, arzobispo de S. Salvador, cuyo martirio recordamos ayer. Ese es el camino completo de quien quiere seguir del Señor. Vayamos con él juntos hasta el final.
Catedral de Maracaibo 25 de marzo de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo


lunes, 26 de febrero de 2018

SIGNIFICACIÓN HISTÓRICA DE LA CONFERENCIA GENERAL DE MEDELLÍN Y LA IGLESIA DE LOS POBRES - XII SEMANA DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA


XII SEMANA DE DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

SIGNIFICACIÓN HISTÓRICA
DE LA CONFERENCIA GENERAL DE MEDELLÍN
Y LA IGLESIA DE LOS POBRES.

Acepté gustoso la invitación que me dirigió el padre Andrés Bravo y a través de él, del Foro eclesial de Laicos, de la Universidad Católica Cecilio Acosta, porque soy de la generación del 68. Ese año en que se llevó a cabo Medellín, 1968, fui ordenado sacerdote y de algún modo soy tributario de la dinámica de renovación eclesial que generó el Concilio Vaticano II a través de la lectura y aplicación de Medellín. 
Se me ha pedido que trate del significado histórico de esa Conferencia y su relación con el sueño de Francisco de una Iglesia de los pobres. Entiendo el término “significación” en el sentido de importancia, de influencia de alguna persona o de un acontecimiento. Significación proviene de la palabra signo, término teológico que tomó particular proyección en el Concilio Vaticano II, con la expresión “signos de los tiempos”. ¿Se puede decir que Medellín reviste una gran significación histórica, en sí mismo, por ser uno de esos signos de los tiempos que debemos saber discernir e interpretar?
Se me pide además que vincule esta relevancia de Medellín con la propuesta del Papa Francisco de una Iglesia pobre para los pobres. No tengo la intención de realizar una investigación exhaustiva sobre el uso de este término en el Magisterio del Papa. Me limitaré a entenderlo, tal como lo presenta en el cap. IV la Exhortación apostólica “Evangelii Gáudium” (24-11-2013). El Papa la trata en la segunda parte del capítulo IV, que lleva por título “La inclusión social de los pobres” (NN 186-216).
A la hora de valorar la importancia de un acontecimiento histórico precisa ser muy modesto. La Iglesia lleva un caminar de siglos. Ciertos acontecimientos que se han producido en su larga historia ha tenido una particular trascendencia. El impacto de muchos de ellos no ha sido inmediato, sino que se ha dado progresivamente, a través de una lenta maduración de las conciencias. La Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (aún no se había añadido el Caribe) ocurrido en Medellín, hace apenas cincuenta años, fue uno de ellos. Es un lapso muy corto aún para poder valorar su significación y su influjo en la configuración del pueblo de Dios que camina en los distintos países latinoamericanos.

Descargue aquí la ponencia completa: 






domingo, 25 de febrero de 2018

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA CICLO B 2018 - HOMILÍA


SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA CICLO B 2018
HOMILÍA
Y bajo todos los cielos,

poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros. (León Felipe)

Muy queridos hermanos,
La Iglesia nos convoca nuevamente este domingo para iluminar con la Palabra y la presencia eucarística de Jesús la ruta cuaresmal que nos ha de conducir renovados a las fiestas de Pascua y más adelante a las de Pentecostés. Desde ya doce años, con la misa de hoy, se inaugura la Semana de Doctrina social de la Iglesia.   
Las lecturas de este año nos invitan a meditar la alianza de Dios con Abraham, un párrafo de la carta a los Romanos y el relato de la transfiguración del Señor según S. Marcos. En los tres textos encontramos la mención de un hijo muy amado: en la primera lectura ese hijo es Isaac; en las dos siguientes es Jesús. En la carta a los Romanos, Pablo nos lo presenta como un Hijo que el Padre, movido por el inmenso amor que nos tiene, lo entrega por nuestra salvación (Cfr. Jn 3,16). En la Transfiguración, el Padre sale garante del mesianismo escogido por Jesús. Lo reconoce como su Hijo muy amado y les pide a los tres discípulos que lo escuchen. Les invito por consiguiente a realizar el mismo recorrido que Pedro, Santiago y Juan al Tabor, a poner nuestra mirada en ese Hijo muy amado y a meditar sobre el amor que él trae para comunicarlo al mundo.
Un amor blindado, a toda prueba.
Lo primero que les invito a contemplar es el don que Dios hace de su Hijo.  No se lo guardó, no se lo reservó, sino que lo envío al mundo y lo entregó por todos nosotros. Este es un misterio de amor que nos supera y no logramos entender: lo que no permitió que Abraham llevara a cabo, dejo que le ocurriera a su propio Hijo. Para Pablo esta revelación le transformará su vida: “Me amó y se entregó por mi” (Gal 2,20).
Este amor nos alcanza en medio de nuestra mayor miseria y totalmente alejados de Dios. Sin embargo, El Padre misericordioso va a recortar esa distancia hasta llegar a nosotros. En el camino se encontrará con grandes obstáculos: el pecado, el Mal y la muerte. Pero ninguno de ellos lo detendrá. Cristo. En su búsqueda, Jesús llegará hasta el extremo de su propia entrega para rescatarnos (Cfr. Jn 13,1). Amor tan fuerte, tan intenso que traspasa la barrera de la divinidad y se hace humano, traspasa la barrera del tiempo y se hace eterno, traspasa las barreras espaciales y se hace universal.
El mismo lo contará en la hermosa parábola del pastor que deja su rebaño para salir en búsqueda de la oveja perdida hasta que la encuentra Cfr. Lc 15, 1-6). Ese “hasta” de la parábola, describe toda la vida de Jesús. Devorado por el fuego apasionado de su amor salvador, va hasta la ignominia de la cruz para rescatar a los pecadores. La continuación del texto de la carta de Pablo que hemos escuchado es una descripción exultante de todas las barreras y obstáculos que el Hijo, en obediencia a su Padre, franquea para llegar hasta la última de las ovejas, esté donde esté y sea quien sea (Rom. 8,31-39). Tenemos a nuestro favor un aliado dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias para salvarnos y hacernos partícipes de su amor. Así lo proclamamos en uno de los artículos de nuestro Credo: “Bajó a los infiernos”.  
Un amor eterno.
El amor de Dios, manifestado en Cristo, no es un amor pasajero, de un momento, es un amor irreversible, para siempre. El amor de Dios por el hombre no tiene vuelta atrás. El Padre nos ha amado desde la eternidad. Desde que nos viene pensando y desde que nos creó no ha cesado de amarnos con amor.
Ese es el amor que trae consigo el Hijo muy amado y que el Padre pide a los tres seguidores de Jesús acojan y sigan hasta el final. La alianza que él quiere establecer con nosotros es una alianza de amor definitiva, que abarca toda nuestra existencia terrestre y toda nuestra vida eterna. No perdamos de vista la visión total y completa de nuestra historia personal, de nuestra historia como pueblo. Lo que Dios ha comenzado, lo llevará hasta el final.  
Hay una sola historia de salvación que se desarrolla en dos tiempos: el tiempo de la promesa y el tiempo de la plenitud. Nosotros pertenecemos al tiempo de la plenitud. Una plenitud incompleta por ahora y por eso pasa por la cruz, por el sufrimiento y el dolor de la pasión y de la muerte. Ahora estamos sumidos en los quebrantos, las angustias y las tribulaciones de la búsqueda angustiosa de lo más elemental para vivir como son la comida, la salud y la comunicación con los seres queridos.
Podemos nosotros también perder la visión del camino completo, de la totalidad de nuestra historia de salvación y la de toda la humanidad. Como Isaac podemos llegar a pensar: ¿Será que el Señor nos va a sacrificar, va a sacrificar al pueblo venezolano y condenarlo a la dispersión total y a la destrucción de su historia? Pero no, hermanos, Dios no quiere nuestra muerte sino nuestra vida. No quiere destruirnos sino construirnos. Dios no quiere que seamos felices solamente en el cielo, sino que lo seamos desde esta tierra. La cruz es un camino obligado, pero no es el final. El final es la transfiguración. La resurrección. La gloria.

Un amor universal
Dios quiere constituir con la humanidad un solo pueblo. Quiere que seamos el Pueblo de Dios. La alianza con Abraham es el inicio de esa aventura. La obediencia de Abraham le convence que es la persona apropiada para forjar esa alianza, en la que serán bendecidos todos los pueblos de la tierra. Lo que empezó Abraham y continuó Moisés, Dios por medio de su Hijo Jesús lo llevará a plenitud. En la entrega obediente y amorosa de su Hijo en la cruz y en su resurrección, todos los seres humanos de todos los tiempos y de todos los lugares están llamados a transformarse en hijos muy amados ellos también, en miembros hermanados en una sola familia.
Un amor transfigurador
La Iglesia es un adelanto, un signo, un sacramento de esta vocación universal a la filiación, a la fraternidad y a la unidad. Nos toca, como miembros de la Iglesia, hacer visible y concreto, allí donde estamos y vivimos, el proyecto de vida que Cristo vive y comunica con su muerte, resurrección y el don de su Espíritu. La transfiguración del Señor es la finalización, el culmen adonde quiere llevarnos, superando nosotros también con él las barreras que en este momento y en la vida entera se cruzan en nuestro camino.
El proyecto de Jesús que se expresa hoy en su fase final, no es para nosotros nada más.  No somos un club, no somos un ghetto. Somos portadores de esa experiencia. La Iglesia no tiene razón de ser si se queda encerrada dentro de sí misma. Es en el mundo la servidora del amor de Dios manifestado en Cristo. Todos hijos de Dios, todos hermanos, todos compartiendo en justicia y amor la herencia común de la creación, del tesoro de cada cultura, de los avances de la ciencia, de la tecnología y de los nuevos sistemas de información.
En ningún hombre podemos ver ya un enemigo. Ningún ser humano nos es ajeno. Así como el Padre y el Hijo, impulsados y unidos por el potente amor del Espíritu, traspasaron todas las barreras que se interponían entre ellos y la humanidad, así también nosotros, como miembros de su pueblo, unidos en la misma alianza, estamos llamados a superar las barreras actuales que se levantan entre un ser humano y otro, entre un venezolano y otro venezolano. No nos hagamos cómplices de las trampas que enrejan, separan, contraponen y dividen. Todo hombre es nuestro prójimo porque Dios se hizo prójimo, se hizo camino, se hizo hermano, compartió todo con nosotros menos el pecado.
La Semana de Doctrina Social de la Iglesia que hoy inauguramos, bajo la fulgurante luz de la transfiguración del Señor, nos envuelve a todos en esa misma dinámica de amor. Tumbemos los muros, quitemos guarimbas, eliminemos barreras. Construyamos puentes, abramos caminos en las soledades de la desolación y de las nuevas pobrezas. Esa es la verdadera dirección en la que se desplaza la historia de la salvación y la historia de la humanidad. Es en esa dirección que la eucaristía de hoy nos invita a todos a entrar. Amén.
Parroquia San Antonio Ma. Claret, Maracaibo 25/02 2018                                          


+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo



domingo, 18 de febrero de 2018

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA CICLO B 2018 - HOMILÍA

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA CICLO B 2018
HOMILÍA

Muy queridos hermanos,
El miércoles pasado, con la imposición de las cenizas, se inició el tiempo de Cuaresma, una ruta de cuarenta días de duración que ha de conducirnos a la celebración de las fiestas de Pascua. Para recorrer este camino y vivirlo a plenitud, les invito a dejarnos guiar por la Palabra de Dios que cada día de esta cuarentena, y particularmente cada domingo, la Iglesia nos ofrece, más específicamente, por el texto del evangelio según S. Marcos.
El texto de este primer domingo nos presenta, en cuatro versículos, el comienzo de la vida pública de Jesús: su ida al desierto, las tentaciones a las que lo somete Satanás, el encarcelamiento de Juan el Bautista, el inicio del anuncio de la Buena Nueva y un resumen en cuatro puntos del contenido de su predicación. Desde el comienzo de su Evangelio, Marcos nos da a entender que la Buena Nueva es, ante todo, la persona misma de Jesús, que su llegada fue objeto de una larga preparación en la historia del pueblo de Israel, narrada en el Antiguo Testamento, que, en su bautismo en el Jordán, recibió una solemne proclamación, con la manifestación de las otras dos personas divinas, el Espíritu Santo y el Padre.
El texto de hoy nos hace saber que, una vez superada la prueba de las tentaciones en el desierto, Jesús se entera que Juan ha sido arrestado y encarcelado por orden de Herodes y ve en este acontecimiento la señal de que ha llegado el momento de iniciar su misión y presentar a todo el pueblo. la buena nueva del Reino de Dios. Tanto para la comunidad a la que San Marcos dirigió este evangelio como para nosotros, esta presentación de los inicios del ministerio de Jesús, es un espejo que refleja la vida de los cristianos. El desierto, las tentaciones, la prisión formaban efectivamente en aquella época, y hoy también, parte de la vida de nuestras comunidades cristianas.  ¡Cuán importante es saber que fue en esas condiciones que Jesús inició y llevó a cabo toda su misión!
El relato de las tentaciones en este evangelio, contrariamente a los de Mateo y Lucas, es muy escueto. Solo menciona que fue el Espíritu quien lo llevó a desierto, donde Satanás lo sometió a prueba durante cuarenta días; que durante ese tiempo convivió con las fieras y era atendido por los ángeles. El texto quiere dejar claro que Jesús fue tentado (Cfr. Heb. 4,15) y que, con su victoria sobre Satanás, se acaba el tiempo del Reino del Mal en la tierra; se inicia la era de la convivencia pacífica del hombre con la creación (Cf Is 11,1-9), y que, con la ayuda de los ángeles, su Padre le muestra su amor su protección (Cfr. Sal 91,11-16). Aunque no lo menciona explícitamente, para Marcos, Jesús sale vencedor e inicia la era mesiánica porque, contrariamente al pueblo de Israel en el desierto, que cayó en la idolatría (Cf Ex 32), se acordó de la Palabra de Dios, fundamentó en ella su conducta y se atuvo siempre a ella.
Con la enseñanza de su propio ejemplo y de su predicación, Jesús dejará muy claro a sus seguidores de todos los tiempos, que las tentaciones y la confrontación con toda clase de dificultades, forman parte constitutiva de la condición discipular y que saldrán vencedores si, llenos de fe, se apoyan en la Palabra de Dios, si son constantes en la oración, si llevan su cruz con abnegación, si viven unidos y se aman y se sirven unos a otros. 
Jesús, con su comportamiento y estilo de vida, quiere mostrar a toda la humanidad, que la salvación del hombre está en aliarse con Dios. Está profundamente convencido de que la alianza de Dios con la humanidad, es la clave para que ésta alcance su plena realización. En sus Confesiones S. Agustín nos da a conocer esta convicción: “Nos has hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en Ti”. No hay otro camino de salvación.
Eso fue lo que Dios le dio a entender a Noé, a Abraham, a David, a Elías y a todos los demás profetas y sabios, que fueron testigos y portadores de este mensaje. Desconectado de Dios, el ser humano no tiene sentido y no puede alcanzar nunca su más plena realización. Esa es la convicción que lleva Jesús muy dentro de sí y por eso, el, El Hijo de Dios, siguiendo los planes de su Padre, se hizo hombre, para hacerle descubrir al hombre esta dimensión fundamental de su ser y existencia, que lleva dentro de sí desde su misma creación a imagen y semejanza de Dios (Gen. 1,26), pero que ha quedado muy debilitada y vulnerable por el pecado de Adán.
Una vez proclamado por el Espíritu y su Padre, como verdadero Hijo de Dios, y superada las tentaciones a las que Satanás lo sometió en el desierto, dejando así en claro que con él se inicia la era de la convivencia armoniosa del hombre con toda la creación según el primigenio plan de Dios (Cf Primera Lectura), Jesús está listo para iniciar su misión pública. Se va a Galilea e inicia su ministerio con una breve, pero densa, predicación que contiene cuatro puntos: 1) El tiempo de la espera ha cumplido. 2) El Reino de Dios ha llegado. 3) Hay que cambiar de vida. 4) Hay que creer en esta Buena Nueva.
La espera ha terminado. Todo el pueblo de Israel esperaba al Mesías y la llegada del Reino de Dios, pero la gran mayoría esperaba señales cósmicas, triunfales, bélicas, a veces con claras tonalidades políticas. Jesús no lo entendió así. Su mensaje encontrará aceptación en los pobres y sencillos, pero un rechazo frontal de los poderes establecidos y los vinculados con el invasor romano.
El Reino de Dios ha llegado. Para los fariseos y esenios, el Reino de Dios sería producto de actos de poder y dominio y resultado del esfuerzo humano. Para Jesús era, ante todo, una iniciativa de Dios, independientemente del esfuerzo humano, un don de su misericordiosa bondad, una presencia definitiva de Dios entre los hombres. -en varias oportunidades le hará entender a sus oyentes que el Reino se encuentra en medio de ellos, dentro de ellos” (Lc 17,21).
Cambien de vida. Para recibirlo hay que cambiar de vida, arrepentirse, convertirse. Hay que darle un vuelco total al modo de pensar de sentir de vivir y de actuar. Hay que dejar de lado el legalismo de los fariseos y abrir los ojos, destapar los oídos y desarrollar nuevas capacidades para percibir la presencia del Reino a través de los acontecimientos ordinarios y sencillos de la vida.
Crean en la Buena Nueva: He aquí la clave para estar en condiciones de recibir ese Reino de Dios y dejarlo entrar en la vida: creer. La fe es la herramienta que Jesús le ofrece a sus seguidores de parte de su padre. Es la llave que abre la puerta estrecha, la fuerza que permite caminar por los senderos empinados y pedregosos del Reino. No es fácil cambiar la mentalidad, el modo de pensar y de relacionarse aprendidos desde la infancia. Solo la fe lo hace posible.
Esta presencia nueva de Dios por medio de Jesús en medio de los pobres y sencillos que hace posible este modelo de vida, llena de servicio y amor desinteresado, es lo que Satanás quería y quiere precisamente detener. La gran tentación del diablo es precisamente hacernos creer que Dios no está presente, que Dios no vive entre nosotros, que nos ha abandonado a nuestra triste suerte. Que estamos solos. Que el único que está con nosotros es él, Satanás. Por eso lo primero que hace Jesús para implantar el Reino de su Padre es expulsar al demonio y hacerle entender que el tiempo de su dominio y de sus engaños se acabó (Cfr. Jn 12,32).
Hermanos, no nos dejemos engañar por el demonio. Dios si está con nosotros, camina con nosotros, sufre con nosotros. No nos ha dejado solos. Con Cristo Jesús hecho hombre y presente en nuestro mundo, ha empezado una nueva vida. No solamente para él, o para los que lo acompañaron en su ministerio público sino para todos nosotros. Esta es la oferta de Jesús, la oferta de la Iglesia al inicio de esta cuaresma, que yo les invito a aceptar para que vivan y vivan plenamente como se lo merecen como seres humanos hechos y amados a imagen y semejanza de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

+ Ubaldo R Santana Sequera FMI
Maracaibo 18 de febrero de 2018.



miércoles, 14 de febrero de 2018

MIERCOLES DE CENIZAS CICLO B - HOMILÍA - ENFILA, TRAS CRISTO Y CON LA IGLESIA, TU VIDA HACIA LA PASCUA


MIÉRCOLES DE CENIZAS CICLO B
HOMILIA
ENFILA, TRAS CRISTO Y CON LA IGLESIA, TU VIDA HACIA LA PASCUA
“El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, desatar las coyundas de los yugos, dejar libres a los oprimidos, romper todas las cadenas; partir tu pan con el que tiene hambre, dar hospedaje a los pobres que no tienen techo; cuando veas a alguien desnudo, cúbrelo, y no desprecies a tu semejante” (Isaías 58)


Muy amados hermanos,
Comenzamos hoy, con este miércoles de cenizas, el tiempo de Cuaresma. Es un tiempo fuerte que nos ofrece la Madre Iglesia para prepararnos personal, familiar y comunitariamente a la celebración de la fiesta más importante del cristianismo: la Pascua, es decir los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Esta fiesta es el eje central sobre el que gira toda la fe cristiana. Tiene una duración de cuarenta días y concluye, el jueves santo, con la celebración del Triduo Pascual. Para que este tiempo sea altamente provechoso y lleguemos renovados a la meta, la Iglesia llama a todos los fieles a la penitencia y a la conversión.
Todos somos pecadores. Todos estamos necesitados de conversión. La convocatoria que hace el profeta Joel, en la primera lectura, no deja a nadie afuera. Todos podemos ser mejores. No estamos llamados a vivir en la mediocridad sino en la santidad, siguiendo el modelo de vida y de comportamiento de Jesucristo.
Este tiempo de conversión y penitencia nos permite revisar a fondo cómo estamos llevando adelante nuestra vida cristiana y examinar si estamos viviendo de acuerdo a la gracia que recibimos en el bautismo. Se trata de ver si estamos caminando en la buena dirección, o si estamos estancados, o, peor aún, si estamos retrocediendo y dándole la espalda a Dios y a todos nuestros compromisos cristianos. Cuaresma es pues el tiempo propicio para poner orden en nuestra vida, revisar cuáles son las prioridades por las que nos guiamos en nuestras decisiones y comportamientos. Se impone un escaneo profundo para chequear la calidad de nuestras relaciones con Dios, con los hermanos, con nosotros mismos y con la creación.
Ustedes me dirán, que están muy metidos tratando de resolver las mil y unas dificultades de esta vida que se presentan diariamente una tras otra y que no dan ningún tipo de tregua. Y que, por consiguiente, su prioridad es conseguir comida, medicamentos, mantenerse lo más saludables posibles. Y eso está bien. Pero una cosa no quita la otra. Más aún, pienso que, si estamos bien conectados con Dios y contamos con su luz y su fuerza, más ánimo y vigor tendremos para enfrentar las luchas y pruebas de esta vida.
Porque tengamos bien claro, mis hermanos, hoy las dificultades son las necesidades que estamos padeciendo, pero mañana serán otras las que nos agobiarán.  Y no podemos vivir de agobio en agobio, desgastándonos en la atención de las vicisitudes diarias que no se pueden postergar. Para resolver los problemas diarios no basta sumergirse en ellos, hay que aprender a trascenderlos.
Así que nos hace falta centrarnos en Dios, organizar nuestra vida en torno y a partir de Él. El Señor no es ningún estorbo, ni tampoco un elemento extra en nuestras vidas, que atendemos de refilón, en nuestros tiempitos libres. Dios es el eje fundamental de nuestra existencia, es la columna vertebral que sostiene lo que somos y vivimos. San Pablo nos enseña que “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17,28). Sin El no somos absolutamente nada. Si él no nos sostiene vamos perdiendo calidad humana y nos transformamos en lobos voraces que nos devoramos los unos a los otros.
Este es precisamente el significado que tiene la imposición de la ceniza en nuestra frente el día de hoy. La ceniza no es un amuleto de buena suerte, ni una protección contra el mal de ojo, ni tampoco un escudo de defensa contra cualquier daño que nos quieran hacer. Es un reconocimiento de la fragilidad de nuestra condición humana y de la absoluta necesidad que tenemos de buscar a Dios y colocarlo en el corazón de nuestras vidas. Con la recepción de la ceniza aceptamos la invitación que la Iglesia nos hace, en nombre de Dios, de tomar en serio nuestra conversión y volver de todo corazón al Señor Dios nuestro, porque es compasivo y misericordioso. 
Sigamos el consejo de San Pablo en la segunda lectura de hoy. No podemos perder la oportunidad que se nos ofrece ya que la vida es corta y hoy estamos y mañana no. Solo Dios, y nadie más, nos puede salvar y ofrecernos la participación en su vida eterna y amorosa después de nuestra muerte. Y él lo ha hecho realidad a través de su Hijo Jesucristo, quien nos ofrece realizar con él el camino de la cruz, que es el único camino que conduce a la salvación. Nos toca pues darle un vuelco al timón y enderezar el velero de nuestra vida mar adentro, hacia Dios, asumiendo con libertad y decisión nuestra cruz y caminando tras Jesús.
Para que podamos llevar a cabo este cambio profundo de vida, la Cuaresma pone a nuestra disposición tres poderosas herramientas que se alimentan todas de la Palabra de Dios: la oración, la mortificación y la caridad. Con la oración nos reconectamos directamente con Dios, sea a través de la oración personal, familiar y comunitaria. Necesitamos intensificar la oración, bajo la forma que más alimente nuestra fe.  Con la mortificación aprendemos a dominarnos, a asumir el control de nosotros mismos, a atacar de frente nuestras debilidades, pasiones descontroladas y pecados capitales. Con la caridad, que antes se señalaba con el nombre de limosna, hacemos realidad el mandamiento del amor mutuo que Cristo nos ha dejado y le ofrendamos a nuestros hermanos nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestros bienes. Estas prácticas forman parte de nuestro entrenamiento esencial como cristianos para correr en el estadio de esta vida y llegar a resucitar con Cristo: “Todos los atletas, nos enseña S. Pablo, se imponen una dura disciplina. Ellos lo hacen para llevarse una corona (de laureles) que se marchita. Nosotros en cambio, una que no se marchita. ¡Corramos pues de tal manera que la obtengamos!” (1 Co 9,25).
La basura que se amontona aún en nuestras calles y avenidas, nos lleva a poner nuestra mirada en la basura que se acumula en nuestros corazones y que necesitamos recoger y sacar para tener una vida moral y espiritual más saludable. Esta basura compuesta de violencias, odios, rencores y resentimientos acumulados es altamente contaminante y nos impide vivir en paz con nosotros mismos, con Dios y con el prójimo. Debemos luchar contra esos males que nos amenazan con las armas del perdón, de la reconciliación, de la convivencia y de la práctica insistente e incansable de la solidaridad. Ni el mal ni la violencia se vencen reaccionando con mayores males y violencias sino a fuerza de bien (1 Tes.5,14-15; Rom 12,17-21). El sacramento de la reconciliación es uno de los dones que el Señor Jesús ha puesto a nuestro alcance para entrar en la órbita de Dios y enrumbar nuestras vidas por los senderos de Cristo.
Cuaresma he de transformarse en una escuela intensiva de amor incondicional y solidaridad desinteresada. Para ayudarnos a tomar consciencia de la vocación cristiana y de los compromisos adquiridos con el bautismo, se lleva a cabo, tanto en Maracaibo como en Cabimas, la Semana de Doctrina Social de la Iglesia. Este año estará centrada en la conmemoración de los 50 años de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Medellín y reflexionar sobre el compromiso cristiano ante las nuevas pobrezas. Formémonos todos en el conocimiento y práctica de la Doctrina Social de la Iglesia.

Contamos también en Venezuela con la Campaña Compartir, programa que este año alcanza su XXXVIII edición y se centrará, como el año pasado, en aportar entre todos, nuestra colaboración solidaria para contrarrestar el problema de la desnutrición infantil, a través del sistema SAMAN y su programa de atención VIVERO. La campaña tiene también como finalidad fortalecer y ampliar en la arquidiócesis la red de nuestras Cáritas parroquiales con miras a sensibilizarnos sobre la problemática de las personas en situaciones de pobreza, de exclusión, de vulnerabilidad y de hambre y organizarnos mejor para atenderlas.
Unámonos todos para combatir el terrible flagelo del hambre y de la desnutrición que afecta a nuestros niños, inspirándonos en Cristo Jesús que vino a este mundo para que todos tengamos vida y la tengamos en abundancia (Cfr Jn 10,10) y nos asegura que todo lo que hagamos por uno de nuestros hermanos más necesitados y humildes, por él mismo lo estamos haciendo (Cfr. Mt 25.40).
El hambre es un terrible flagelo, un pecado social que atenta contra el derecho fundamental de todo ser humano a la vida y a su integridad física. Es una grave degradación moral y humana, enriquecerse con el bachaqueo, a costa del hambre de los pobres. Si los encargados de velar por la salud la vida de nuestros niños, no están en capacidad de asegurarla, tienen la grave obligación moral de facilitar cualquier mecanismo internacional de ayuda inmediata. Si bien los gobernantes tienen una particular responsabilidad, se trata de una tarea de todos. No basta señalar el mal y denunciarlo. Tenemos que formar parte de la solución. Tenemos que unir nuestras fuerzas para impedir que un solo niño muera o quede malogrado de por vida, por falta de comida adecuada y nutritiva, para que se fortalezca el principio de subsidiariedad y la valoración prioritaria del bien común.  
Hermanos, pongamos en camino llenos de ánimo y esperanza. No estamos solos. Cristo camino delante de nosotros. Caminar con él, llevar nuestra cruz, significa experimentar la fuerza del amor por la humanidad, que lo sostuvo y le permitió ser fiel hasta el final al proyecto de salvación que su Padre le encomendó. No caminamos solos. Él es un torrente inagotable de misericordia y perdón en el cual nos podemos sumergir. El viene de parte de Dios Padre a ofrecernos una vez más este tiempo de gracia y salvación. Recordemos las palabras del hermoso salmo 103:
Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura;
él sacia de bienes tus anhelos,
y como un águila se renueva tu juventud.
Toda la Iglesia, se pone en movimiento. No perdamos de vista la meta: llegar a las fiestas de Pascua con un corazón plenamente limpio y renovado, listos y dispuestos para reasumir con nuestros hermanos los compromisos que adquirimos el día de nuestro bautismo, de ser, vivir, sentir y comportarnos como discípulos misioneros de Cristo Jesús.
Catedral de Maracaibo, 14 de febrero de 2018

+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo