domingo, 5 de abril de 2015

¡Felices Pascuas a todos ustedes, hermanos y hermanas!

¡Felices Pascuas a todos ustedes, hermanos y hermanas! Que con Cristo resucitado se renueve como una nueva primavera la esperanza de participar desde esta tierra de la vida plena que el Señor ha traído para todos. Como signo de alegría comparto el mensaje de esta vigilia pascual. Un agran abrazo para todos. 

sábado, 4 de abril de 2015

HOMILIA DE LA VIGILIA PASCUAL 2015

HOMILIA DE LA VIGILIA PASCUAL 2015

Muy queridos hermanos y hermanas,
¡Cristo ha resucitado, Aleluya, Aleluya! Este grito de júbilo brota esta noche de millones de cristianos, congregados en vigilia de oración, en catedrales, templos, capillas, ermitas, claustros, o sencillamente debajo de alguna enramada.  Todos compartimos el mismo gozo: la  resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Ayer conmemoramos la humillante e ignominiosa muerte de Jesús en la cruz y su precipitado entierro en un jardín cercano. Lo contemplamos descendiendo todos los peldaños que lo condujeron a los niveles más bajos de la degradación y de miseria humana: fue “comerciado” como un vil esclavo, condenado como blasfemo por las autoridades religiosas; ejecutado finalmente, por las autoridades imperiales romanas, como un criminal y despojado  de todos sus derechos.  
Jesús, una vez muerto, iba a quedar expuesto a la voracidad de las aves carroñeras que ya lo revoloteaban  y sus restos arrojados a la fosa común del monte de las calaveras. Pero la inminencia de la celebración de la fiesta judía de la Pascua y la aparición, última hora, de un rico bienhechor que puso una tumba cercana a su disposición le salvaron de esa última humillación. Todo este descendimiento del Señor lo profesamos en el Credo: “Fue crucificado, muerto y sepultado y descendió a los infiernos”.
En un antiguo himno cristiano encontramos esta estrofa: “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre” (Fil 2,8-9). Por eso. Porque llegó hasta los últimos atrincheramientos de la humillación y de la obediencia, Dios lo exaltó. Lo resucitó.  Esa es la gran noticia que nos traen los evangelios y los testimonios de sus discípulos y apóstoles: en el sepulcro, no terminó todo. El Hades no engulló  a Jesús como a todos los mortales.
Narra el evangelio proclamado  esta noche que las mujeres que fueron muy de madrugada a embalsamar el cuerpo de Jesús, preocupadas porque no sabían cómo iban a mover la piedra que cerraba el sepulcro, porque era muy grande, la encontraron corrida. Un joven resplandeciente, les dijo que no se asustaran y les anunció que Cristo ya no estaba ahí. Que Había resucitado. Que llevaran la noticia a los apóstoles y juntos se fueran a buscarlo a Galilea donde él los estaba esperando.
Hermanos y hermanas, lo que parecía una triste historia, una ilusión defraudada, terminada en desastre, se transformó de repente esa noche en una gran alegría. Esta es la fiesta que nosotros estamos celebrando. La resurrección de Cristo de entre los muertos es el inicio de una nueva esperanza de vida para toda la humanidad. Cuando Adán y Eva fueron expulsados del paraíso, un ángel de fuego bloqueó la entrada. Con su vida, su pasión, su muerte y resurrección, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, despejó nuevamente el camino, corrió la piedra que bloqueaba el acceso a la casa del Padre y abrió definitivamente para todos de par en par las puertas del Jardín de la Vida.
Esta noche es esencial para nosotros porque celebramos la fiesta fundamental de nuestra fe. El viernes santo no es el final del camino. Después del viernes de tinieblas vino el sábado de gloria. Nosotros pertenecemos a esa parte de la humanidad covencida que después del Gólgota, el sepulcro no pudo retener a Jesús, el Padre lo exaltó, la vida estalló más bella y fuerte que nunca, la piedra se corrió y Cristo resurgió triunfante, rompiendo para siempre las ataduras de la muerte, el dominio del pecado y el imperio del Maligno. Esta noche venimos a renovar la fe que recibimos en el bautismo. Somos cristianos y proclamamos nuestra fe. Fue crucificado, muerto y sepultado. Al tercer día resucitó de entre los muertos y está sentado a la derecha del Padre. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin.  
Somos cristianos porque creemos además que Jesucristo no se quedó solo en su nuevo estado glorioso de Resucitado sino que nos asoció y nos hizo partícipes de esa nueva condición por medio del Bautismo y la Confirmación. “Si con él morimos viviremos con él. Si con él sufrimos reinaremos con él.” (2 Tim 2,11-12).  Por eso cada año, nos reunimos en Vigilia de oración para expresar que la vida cristiana es una permanente vigilia, un estar siempre alertas, con las lámparas encendidas en las manos, con las túnicas del servidor puestas y ceñidas, manteniendo viva y actual la memoria del Resucitado, aguardando su retorno para ingresar con él, en la sala del banquete del Reino. 
La Vigilia comporta muchos símbolos. Uno de los más importantes es el cirio pascual.  Esta noche el diácono, en nombre todos,  prorrumpe jubiloso en un himno de alabanza, porque Cristo Jesús, con su gloriosa resurrección ha disipado las tinieblas de la noche, del pecado y de la muerte y ha inundado con su esplendor nuestra existencia terrena. Cada una de nuestras velas ha tomado su luz, directa o indirectamente, de la luz del cirio pascual, y de ese modo expresamos nuestra inserción en Cristo Jesús, nuestro deseo de caminar al resplandor de su gracia y de propagar su luz con  nuestras vidas. Estamos conscientes de que los poderes de la muerte y del pecado son grandes, inmensos, aparentemente invencibles, pero nunca serán suficientes para detener el torrente de amor y de salvación que Dios Padre ha derramado sobre este mundo desde el costado abierto y las llagas gloriosas de su Hijo muy amado.
 Alegrémonos y manifestemos nuestro júbilo porque Cristo ha resucitado y ha corrido la piedra. Nada detendrá  la fuerza de los que creen en la reconciliación, el dinamismo de los que cultivan el perdón, el tesón de los  servidores y promotores de la vida, el ímpetu de los campeones de la solidaridad fraterna.
La actitud que debe prevalecer esta noche, en este tiempo de Pascua, en toda la vida de la Iglesia y en cada una de nuestras vidas es la alegría que brota de la esperanza. No una alegría emotiva y pasajera, provocada por emociones de un momento. Sino una alegría fundamentada en la convicción profunda, serena y confiada de que en Cristo Resucitado ha sido decretado definitivamente la renovación del hombre y del mundo. El Espíritu que llevó a Cristo Jesús a romper las barreras de la muerte sigue actuando, mueve los corazones; con su acción eficaz el perdón se impondrá sobre el odio; la indulgencia sobre la venganza; el diálogo sobre la prepotencia del poderoso; la paz sobre las guerras; la unidad sobre las divisiones. (Cf Prefacio de la Reconciliación II).
Dentro de unos momentos seremos rociados con agua bendita. Cuando sintamos su salpicadura correr por nuestros rostros digámosle al Señor. Me siento feliz de ser cristiano católico, quítame el miedo, ayúdame a descubrir la belleza de mi bautismo,  renueva mi fe para que junto con mi familia, así como la Virgen María y los apóstoles, siempre esté dispuesto a poner toda mi existencia cristiana a tu servicio, al servicio del bien, del amor mutuo, de la justicia social y de la paz entre todos los seres humanos.
Maracaibo, Pascua del 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo


viernes, 3 de abril de 2015

HOMILIA DEL VIERNES SANTO 2015 - Camino de la cruz, camino de la vida

HOMILIA DEL VIERNES SANTO 2015

Camino de la cruz, camino de la vida  

Muy queridos hermanos y hermanas presentes en este templo catedralicio y que nos siguen a través de la TV, de la radio, de Internet y de las redes sociales:

Nos encontramos de nuevo hoy para celebrar un momento clave del misterio pascual: la pasión, muerte y sepultura de Nuestro Señor Jesucristo. Hoy no se celebra misa. Es un día de ayuno y abstinencia marcado también por la oración y la contemplación de Jesús crucificado. Es el día en que escuchamos la predicación de las siete palabras pronunciadas por el Señor en el Calvario.  En esta oportunidad, en honor al año de la vida Consagrada declarado por el Papa Francisco, Fray Richard Godoy, sacerdote perteneciente a la Orden de Ntra. Sra. de la Merced, conocidos popularmente como los padres Mercedarios, las ha acaba de predicar en esta catedral. Este día también caminamos detrás de las imágenes de Jesús crucificado, del Santo Sepulcro, de la Dolorosa y sus acompañantes, María Magdalena y Juan Evangelista. Fueron las personas más cercanas a Jesús en el Calvario y las que nos ayudan a descubrir el sentido del trágico desenlace de la vida del Señor.

¿Cuál es el sentido último de la Pasión y Muerte de Jesús? ¿Por qué tuvo que morir tan joven? ¿Por qué de manera tan horrorosa? Esta pregunta se la ha hecho siempre la humanidad, nos la hacemos nosotros, no solo ante la muerte de una persona como Jesús sino ante los millones de seres humanos asesinados en el vientre de sus madres, asfixiados en las cámaras de gas de los nazis,  ejecutados por millares en genocidios provocados por gobernantes locos, muertos en los bombardeos de ciudades y campos en las dos guerras mundiales, ametrallados por grupos terroristas, decapitados por fundamentalistas, tiroteados por bandas criminales, masacrados por narcotraficantes, descuartizados por comerciantes de órganos.

 ¡Cuántos verbos tenemos para decir matar! Cada día alcanzamos mayor grado de refinamiento en el arte de aniquilarnos los unos a los otros, de infectarnos con virus mortales, de envenenarnos químicamente, de reducirnos a meros vegetales, de exterminarnos, de desecharnos y volvernos chatarras humanas.  ¿Qué sentido tiene todo eso? ¿Por qué la muerte y el sufrimiento de los inocentes? Preguntas que vuelven insistentemente a nuestra mente, asaltan  nuestra conciencia y se quedan sin respuesta. Ninguna religión las puede contestar satisfactoriamente. Tampoco el cristianismo.

Ante tanta atrocidad, la Iglesia nos invita hoy a mirar en silencio al crucificado. A todos esos “Job” del mundo Dios no les contesta sino con el envío de su hijo a este mundo. El que impidió que Abraham ejecutara a su hijo Isaac (cf Gen 22, 10-12), que estableció el mandamiento “No matarás”  (Ex 20,13), no impidió que arremetieran contra su Hijo Jesús. A tanto salvajismo solo opuso la fuerza divina de su amor infinito,  el torrente incontenible de su solidaridad compasiva, la irresistible revolución de su ternura. La respuesta de Dios no fue una palabra bonita de consolación, una promesa hueca sino el don de sí mismo en la persona de su hijo Jesús. De ese modo nos quiso decir: “No les puedo explicar el sufrimiento, el mal y la muerte. Pero me vengo a vivirlos con ustedes, vengo a ayudarles a enfrentar el mal, a asumir el peso del sufrimiento, a confrontarse con el vértigo de la muerte. Vengo a enseñarles como salir de semejante laberinto a fuerza de perdón, de compasión, de ternura y de amor. Ahí les mando a mi Hijo único. Fíjense en él, mi Predilecto, en quien he puesto toda mi complacencia (cf Mt 3,17; 17,5). Tomen su cruz y síganlo. Vayan adonde el vaya. Vayan hasta donde él vaya. Aunque pasen por valles tenebrosos, nada teman porque él estará con ustedes; su vara y su cayado les darán seguridad” (cf Sal 23,4; Is 43,1-7)).

Esa es la respuesta del Padre.  La carta a los Hebreos empieza con este texto: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas, ahora en este momento final nos ha hablado por medio del Hijo” (He 1,1). Lo sabemos todos, cuando una persona atraviesa por un gran dolor, porque sicarios han matado a su hijo, porque un avión quedó en manos de un desequilibrado mental, porque unos matones irrumpieron en una casa de familia, lo importante no son las palabras que digamos sino que estemos allí, al lado de los seres afectados por la tragedia y los acompañemos en su aflicción. Eso fue lo que hicieron Juan Evangelista y María Magdalena y María de Salómé con la Virgen María al pie de la cruz (cf Jn 19,25-27). Muchos siglos antes, el salmista  lo expresó hermosamente con estas palabras: “Lo libraré porque se aferró a mí, lo protegeré pues conoce mi nombre; me llamará y le responderé, estaré a su lado en la desgracia” (Salmo 92, 14-15). Así está Jesús hoy a nuestro lado.

Son grandes los sufrimientos que está pasando nuestro pueblo, por la inseguridad reinante, por la carencia de los bienes básicos, por las insuficiencias hospitalarias, por la entronización de la corrupción como  forma vergonzosa de ganarse la vida. No le falta ninguna estación al viacrucis venezolano. Tampoco le faltará la de la Resurrección. Una vez más ante la disyuntiva planteada por Poncio Pilatos: “¿a quién quieren que les suelte: a Jesús Nazareno, rey de los judíos, o al ladrón Barrabas? (cf Jn 18,38-40), igual que los habitantes de Jerusalén,  todos preferimos que suelte al ladrón y encarcele al inocente.

La enfermedad de Venezuela es que hemos liberado al Barrabás que llevamos por dentro, hemos optado por ser Barrabás los unos para los otros y no Jesús de Nazaret, acaparando los productos regulados para “bachaquearlos”, explotando con precios exorbitantes a nuestros propios hermanos, transformando en objetos de presa y de codicia a nuestra propia familia. Por ese camino, será muy difícil que encontremos los caminos de la paz, de la justicia y de la sana y fraterna convivencia. La sentencia de Jesús es dura y lapidaria: “Si ustedes no se convierten, todos perecerán igualmente” (Lc 13,5).

Así no actuó Jesús. Ese no fue su camino. El no dio ningún motivo “revolucionario” para que le matasen. No fue un agitador social, ni un líder político, ni un guerrillero. No lo mataron por eso, aunque le acusaron de eso, levantándole calumnias ante los romanos para que lo condenaran a muerte. Hubiera sido un pobre líder, rápidamente olvidado y reemplazado, si hubiera avalado la muerte y la violencia como caminos válidos de liberación. 

Lo mataron por ser un revolucionario de mucha mayor envergadura: por creer en un Dios distinto, Padre de todos sin distinción ni discriminación alguna, por devolverle su plena dignidad a los pobres, por poner a su alcance la Palabra de Dios, por convivir con ellos, por denunciar y condenar las idolatrías del poder, del placer y del dinero.  Ese fue el camino seguido por ejemplo por Mons. Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, que pronto será beatificado  y por eso lo asesinaron. Todos estamos sometidos a la tentación de adorar falsos dioses, de claudicar ante desigualdades y  discriminaciones, colocarnos a la sombra de los ricos y olvidarnos de los pequeños, de prosternarnos ante los poderosos y los potentados de este mundo.  

El camino de Jesús es otro muy distinto. Se hizo realmente nuestro hermano. Prefirió dejarse matar antes que utilizar la violencia para defenderse. “Guarda tu espada, le increpó a Pedro que quiso defenderlo con un arma. Que todo el que pelea con espada a espada morirá. O ¿crees que no puedo acudir a mi Padre, que pondría en seguida a mi disposición más de doce legiones de ángeles? (Mt 26,52-53). Jesús pudo esconderse en Galilea, bajar de la cruz, alejar de si el cáliz del sufrimiento pero prefirió dar la cara,  ir hasta el final del escándalo de la cruz. Pasó sed, aguantó golpes, escarnios, flagelos, vilipendios, traiciones, negaciones y  abandonos. Soportó todo calladamente cuando, por fin, pudo clamar, en los estertores de su agonía: “Todo está cumplido”. (Jn 19,30). Ya podía por fin entregarse tranquilo y apaciguado en los brazos de su Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi  espíritu” (cf Lc 23,46). Había llevado a cabo su misión en esta tierra.

Hermanos y hermanas, la violencia, las ideologías que enarbolan la bandera de la lucha de clases no son respuestas válidas para sacar a la humanidad de los laberintos de la muerte, de las injusticias sociales ni de las guerras. La respuesta está en la cruz y solo en la cruz de Jesucristo. Solo en ella, como Pablo, hemos de gloriarnos porque en ella se concentra la energía indispensable para doblegar las fuerzas demoníacas de este mundo. (cf Gal 6,14). No busquemos otra luz que nos saque de nuestras tinieblas porque “El es la luz del mundo” (Jn 8,12). No busquemos otra agua con la cual saciar nuestra sed (cf Jer 2,13), porque la que brota de su costado, junto con su sangre, es la fuente de agua viva que convierte a quien bebe de ella “en manantial que brota hasta la vida eterna” (Jn 4,13-14). No busquemos otro maestro que nos enseñe a amar porque no hay mejor escuela que el Cenáculo y más prestigiosa  cátedra que la cruz del Gólgota para aprenderlo. Sólo este tipo de amor, que llega hasta la locura extrema de perder para ganar, hasta el colmo de dar la vida por sus enemigos, tiene poder para transformarlos en amigos, hermanos e hijos de Dios (cf Jn 15,13).

San Pablo saca la conclusión práctica de este camino cristiano y a través de su exhortación a sus hermanos de la comunidad de Roma nos invita a recorrerlo: “A nadie devuelvan mal por mal; procuren hacer el bien ante todos los hombres. Hagan lo posible, en cuanto de ustedes dependa, por vivir en paz con todos. No hagan justicia por sus propias manos, queridos míos, sino dejen que Dios castigue…Por tanto si tu enemigo tiene hambre dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Actuando así, harás que enrojezca de vergüenza. No te dejes vencer por el mal; por el contrario, vence al mal a fuerza de bien” (Rm 12, 17-21).  

TE ADORAMOS, O CRISTO Y TE BENDECIMOS PORQUE POR TU SANTA CRUZ HAS REDIMIDO EL MUNDO. REDIMENOS A NOSOTROS TAMBIÉN, CON EL PODER DE LA SANGRE GLORIOSA QUE BROTA DE TU COSTADO ABIERTO.  QUE EN COMPAÑÍA DE MARIA NO TENGAMOS MIEDO DE ACOMPAÑARTE HASTA EL PIE DE TU CRUZ Y DE CADA UNA DE LAS CRUCES DE NUESTRA VIDA PARA  QUE HEREDEMOS EL DON DE TU ESPIRITU DE AMOR, SEAMOS LAVADOS DE NUESTROS PECADOS Y ENVIADOS A SER PORTADORES DE TU PERDON Y DE TU RECONCILIACION HASTA LOS CONFINES DEL MUNDO. AMEN.

Maracaibo 3 de abril de 2015


+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo






jueves, 2 de abril de 2015

HOMILÍA DEL JUEVES SANTO 2015 - HAGAN ESTO EN MEMORIA MÍA

HOMILIA DEL JUEVES SANTO 2015
HAGAN ESTO EN MEMORIA MÍA

Muy queridos hermanos y hermanas,
Este jueves por la tarde concluye el tiempo de Cuaresma y se inicia el Sagrado Triduo Pascual de la muerte, sepultura y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Aunque celebremos cada uno de estos acontecimientos en días separados, todos forman parte de un único misterio de salvación: el Misterio Pascual. Nos encontramos en el corazón de nuestra fe cristiana. Los cuarenta días de oración, ayuno, penitencia, limosna y escucha de la Palabra de Dios no tenían otro objetivo que el de prepararnos a vivir en toda su plenitud las fiestas de la Pascua cristiana.
Esta noche  celebramos el preludio de todos esos acontecimientos: la Última Cena del Señor con sus discípulos. El evangelista San Juan, cuando nos narra esta parte de la historia de Jesús, quiere que caigamos en la cuenta de la importancia decisiva de las cosas que iban a suceder en esa Cena. Por eso enmarca su relato con esta solemne introducción: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). 
¿Qué ocurrió aquella noche en el recinto del Cenáculo tan digno de semejante prólogo? Ocurrieron muchas cosas, de las cuales Juan nos cuenta sólo algunas. Entre ellas estas cuatro: Jesús instituyó la Eucaristía, constituyó el sacerdocio de la Nueva Alianza, entregó el mandato del Amor mutuo y consagró la vida de servicio como único camino válido para los que quieran seguirlo.
Sobre el pan pronunció las palabras: “Este es mi cuerpo entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía”; sobre la copa de vino: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; cuántas veces beban de él, háganlo en memoria mía” (1 Co 11,23-26). En plena cena, se quitó la túnica, se ciño una toalla y con gran escándalo de sus apóstoles, echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies a cada uno de ellos. Al concluir les dijo: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman el Maestro y el Señor y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros; les he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también los hagan” (Jn 13,12-15). Finalmente, en el coloquio de la sobremesa, les entregó un mandamiento y les recalcó que sería el mandamiento distintivo de los suyos: “Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros. Como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros. Por el amor que se tengan los unos a los otros reconocerán todos que son mis discípulos” (Jn 13,34).
Eucaristía, sacerdocio, mandamiento del amor y ejemplo de servicio: cuatro momentos intensos y recapituladores de la vida y del mensaje de Jesús. Los entregó juntos, en el mismo lugar, en un solo momento. Le pidió a sus discípulos que no solamente no los olvidaran sino que los practicaran siempre en su nombre, “en memoria suya”,  porque eran indispensables para que  pudieran ser reconocidos como discípulos suyos y su Iglesia pudiera subsistir los embates del demonio.  Les pedía velar para mantenerlos siempre unidos, tanto en la predicación, como en la celebración y  en la vida.  No les estaba permitido separarlos sino entregarlos en un solo bloque existencial.  Solamente así podían producir su verdadera eficacia salvadora.
Los gestos y palabras del Cenáculo se aplican a todos los cristianos, discípulos misioneros de Jesús, pero hoy, jueves santo, cobran particular fuerza en los ministros ordenados, es decir los obispos, presbíteros y diáconos. Todos los sacerdotes del mundo nacieron esa noche en el Cenáculo. Nuestra acta de nacimiento como sacerdotes está fechada en un solo lugar: el Cenáculo de Jerusalén. Nacimos junto con la Eucaristía y para la Eucaristía; en el servicio  y para el servicio; en el amor extremo y para el amor hasta el extremo. Nacimos en el  lavatorio para hacer presente que la historia de la salvación del mundo se llevó a cabo en el anonadamiento, la humildad,  la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz (cf Fil 2,5-8). Hemos sido sellados con el mandato del amor  para ser, como sacerdotes de la nueva alianza,  memorias vivas de la fuerza incontenible y transformadora que tiene la práctica constante de este mandamiento tal como Jesús lo practicó.
 No hay eucaristía sin sacerdocio ni sacerdocio sin eucaristía. Tenemos que recordar al mundo que la humildad de Jesús es la única fuerza capaz de  decapitar el pecado de la arrogancia,  del orgullo y de las ansias de poder  que desde Adán y Eva, envenenan la mente y el corazón de todos los seres humanos, llevan a los que detentan autoridad y gobierno a volverse opresores de sus pueblos y transformar así el mundo en un infierno.  El mandamiento del amor mutuo nos revela que “Dios es amor” (1 Jn 4,7) a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana y por tanto de la transformación del mundo es el mandamiento nuevo que nos dejó Jesús (cf GS 38),  “la noche en que iba a ser entregado”.
El Cenáculo se consumó el día siguiente en el Calvario.  Los acontecimientos del jueves fueron un adelanto sacramental de lo que le tocaría vivir a Jesús el viernes santo y la noche de la Resurrección (1 Co 11, 23). Al día siguiente, el Señor entregó efectivamente su cuerpo en la cruz, derramó realmente su sangre por el costado abierto, por las heridas de la flagelación, las punzadas de la corona de espinas y las desgarraduras de sus manos y de sus pies. Nos lavó con su sangre preciosa, no solamente los pies como a Pedro y a los apóstoles,  sino todo nuestro ser,  limpiándonos de nuestros pecados; nos dio muestras de lo que significa amar hasta el colmo, hasta  la locura, dejándose crucificar, él, el justo inocente, el cordero sin mancha, como un vil criminal, entre dos ladrones. Todo ¡por nosotros y por nuestra salvación!
Cuando Jesús llegó a Jerusalén con sus discípulos, éstos les preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?”. El les contestó: “Sigan a un hombre que lleva un cántaro de agua y díganle: el maestro quiere celebrar la Pascua en tu casa”. El lugar escogido se transformó en el Cenáculo donde ocurrieron todos los hechos que acabamos de comentar. Si nosotros le hacemos ahora al Señor la misma pregunta: “Señor, ¿dónde quieres que celebremos la Pascua este año? Seguramente nos dará la misma respuesta: “Quiero celebrar la Pascua en tu casa”. “Mira, que estoy junto a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).
 ¿Estamos dispuestos a abrirle la puerta al Señor  y poner nuestra casa a su disposición  para que celebre su Pascua? Si el entra, la transformará en Cenáculo y nos hará descubrir la maravilla de su Eucaristía; nos  lavará los pies y nos enseñará a lavárselo a los demás y encontrar nuestra máxima felicidad en servir a los demás; nos entregará su mandato de amor y nos enseñará a dar la vida por nuestros amigos.
No dudemos, mis hermanos, en dejar entrar al Señor. Entremos, junto con él, en este santo Triduo Pascual. Que no haya un solo Cenáculo. Que haya miles, millones de Cenáculos donde el Señor siga entregando su cuerpo y derramando su sangre; donde los sacerdotes celebren la Eucaristía; donde los seres humanos aprendan la dicha de vivir sirviendo a los demás; donde se haga práctica cotidiana el mandamiento del amor mutuo.  Así se hará realidad lo que el Señor le pidió a los suyos aquella noche: “Hagan esto en memoria mía”. Si lo hacen el mundo reconocerá que son discípulos míos. Amén.
Maracaibo 2 de abril de 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo


miércoles, 1 de abril de 2015

SOLEMNIDAD DE JESÚS NAZARENO 2015

SOLEMNIDAD DE JESÚS NAZARENO 2015

Muy queridos hermanos y hermanas,
Se ha hecho tradicional en muchas partes de Venezuela celebrar el miércoles santo mirando hacia Jesús llevando su cruz a cuestas hacia el Calvario, bajo la popular imagen de El Nazareno. El Nazareno de San Pablo en Caracas y el de  Achaguas en el Edo Apure, hermosas imágenes de abolengo y tradición, atraen multitud de fieles que acuden llenos de fe, en búsqueda de consuelo, de fortaleza, de paz,  de  favores para sí, para sus seres queridos y para su patria.
Me alegro mucho al ver cómo, año tras año, va creciendo la devoción de esta parroquia por su Santo Patrono y cómo se desbordan en las calles de fieles caminando tras su imagen con cánticos y plegarias. En Semana Santa caminamos tras muchas imágenes, por devoción, para pagar promesas, para compartir la fe tradicional de la familia.
Pero lo más importante que no debemos olvidar nunca es que a través de las procesiones, La Semana Santa nos ofrece la maravillosa oportunidad de buscar a Jesús, de acercarnos a él, de poner nuestras pisadas en las suyas y de compartir la fe con nuestra familia y con nuestra comunidad parroquial. Durante su ministerio público Jesús insistió para que sus oyentes y seguidores aprovecharan la oportunidad de su presencia, de su predicación y se convirtieran, le dieran la espalda a los vicios y pasiones desordenadas, salieran de las tinieblas del pecado y buscaran la luz y la misericordia que él les estaba ofreciendo.
Hermanos y hermanas, todos somos pecadores, todos necesitamos convertirnos. Por eso no debemos dejar caer en saco roto la invitación que Jesús nos hace nuevamente este año para abandonar los caminos del mal y ponernos a caminar con él. El Señor dijo en una oportunidad: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados y yo los aliviaré” (Mt 11,28). No hay nada que nos agobie más que vivir en el odio, en el rencor, en los vicios y en las tinieblas de la droga o del alcohol. El pecado nunca viene solo. Siempre nos arrastra a cometer otros pecados. El pecador vive no solamente de espaldas a Dios sino también de espaldas a su verdadera vocación y felicidad. El salmista en el salmo 69 describe cómo se ve el pecador cuando se da cuenta el daño que le está causando: “Sálvame, Oh Dios, que estoy con el agua hasta el cuello. Estoy hundido en un pantano sin fondo, no puedo hacer pie, estoy metido en aguas profundas. Me arrastra la corriente” (v 1-2). El ser humano sin Dios no vale nada, perjudica su vida y  la vida de los demás.
El pecado es poderoso; nos hace mucho daño. Arrastró a Judas a la traición de su Maestro; a Pedro a negarlo por tres veces; a los demás apóstoles a huir, llenos de miedo, cuando arrestaron a Jesús. El pecado quiere apoderarse de nuestras vidas, imponer sus leyes, suprimir las virtudes e implantar los vicios como estilo normal de vida. Es una verdadera epidemia de muerte. Afortunadamente ni el pecado ni el príncipe del pecado tienen la última palabra sobre nosotros, sobre la historia y sobre el mundo. La última palabra la  tiene Dios. Es una palabra de amor, de reconciliación, de perdón, de salvación. La última palabra Dios la pronunció, en su infinita misericordia, en la venida a este mundo de la persona de su Hijo Jesús.
San Pablo en su carta a los Romanos describe con toda crudeza la vida pecaminosa del hombre sin Dios, pero luego afirma con gozo que “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”. Que Dios no nos ha dejado tirados en el estercolero de nuestros pecados sino que nos ha tendido la mano y nos ha sacado a flote por la gracia salvadora de Cristo Jesús. “Nosotros estábamos incapacitados para salvarnos pero Cristo murió por los impíos”. Dio la vida por nosotros pecadores y nos abrió grandes las puertas del perdón, de la reconciliación y de la vida (cf Rm 5, 6-11).
Desde que llegó a esta tierra Cristo nos demostró, de muchas maneras, cuán grande era su amor por nosotros. Devolvió la vista a ciegos; puso en pie a paralíticos; curó leprosos; expulsó demonios; revivió a muertos. Pero todo eso no favoreció sino a aquellos que fueron objeto en ese momento de su intervención sanadora. Pero donde realmente quedó patente la inmensidad sin límites de su amor fue al final de su vida,  en los trágicos acontecimientos de su pasión y de su muerte en cruz, cuando dio su vida no por un ciego, o por un sordo o por un paralítico sino por todos los ciegos, los cojos, los paralíticos y muertos y del mundo, hombres y mujeres del mundo de ayer, hoy y mañana que esperaban con ansias su salvación.
Él lo predijo en varias oportunidades: “Y yo una vez que haya sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12,32). Y en otra oportunidad dijo: “No he venido a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por todos” (Mc 10,45). Y en el coloquio después de la última cena con sus discípulos les dijo: “Nadie tiene  amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Si queremos saber cuánto nos ama Jesús, hemos de mirarlo llevando humilde y calladamente su cruz hacia el Calvario; contemplarlo crucificado en el Calvario perdonando a los que lo ejecutan, admitiendo al buen ladrón en el paraíso, abandonándose en los brazos de su Padre, entregando su madre María a su discípulo Juan. Así lo describe la impresionante profecía de Isaías: “Sufrió el castigo para nuestro bien y con sus heridas nos sanó. Andábamos todos errantes como ovejas, cada uno por su camino y el Señor cargó sobre él todas nuestras culpas…Mi siervo, el justo, traerá a muchos la salvación” (Is 53,5-11).
Con el Papa Francisco, los invito, mis queridos hermanos y hermanas, en cualquier situación en que se encuentren, a salir en busca de Jesús, a renovar con motivo de esta fiesta su encuentro personal con él o por lo menos tomar la decisión de dejarse encontrar por él. Que nadie piense que está excluido de esta invitación. El Señor Jesús ha venido a buscar a los extraviados, a sanar a los enfermos, a salvarnos a todos. Demos un paso hacia Jesús, aunque sea pequeño y entonces nos daremos cuenta que Jesús nos está esperando con los brazos abiertos.  Mientras caminamos al lado del Nazareno digámosle esa hermosa oración que nos propone el Papa: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito, Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tu brazos redentores” (EG 3). Nos hace tanto bien volver a él cuando nos hemos extraviado. Acordémonos siempre que Dios nunca se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia (cf EG 3).
Vengamos dónde Cristo. El nos cargará nuevamente sobre sus hombros, nos devolverá nuestra dignidad perdida y llenará nuestro corazón de alegría. Ojalá salgamos de esta fiesta esta noche, con la cabeza alta, el corazón en paz, con el firme propósito de ir sembrando el bien en torno a nosotros, en nuestra casa, en nuestro trabajo. Ese es el camino para estar preparados para las próximas fiestas de Pascua. Que nadie nos prive de esta alegría y de las ganas de contagiar a otros con ella. Que esta santa eucaristía nos de la fe y la fuerza necesarias para dar nosotros también mucha vida, mucho amor, mucho perdón. Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos (1 Jn 3,16), amándonos mutuamente como él nos amó.
Maracaibo 1 de abril de 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Arzobispo de Maracaibo

martes, 31 de marzo de 2015

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL 2015

HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL 2015


Muy querido Mons. Ángel Caraballo, obispo auxiliar; Muy querido Mons. Jesús E Hernández, Vicario General.
Muy queridos hermanos sacerdotes concelebrantes presentes particularmente los que participan como sacerdotes, por primera vez, en la Misa crismal; muy queridos hermanos sacerdotes ausentes por causa de enfermedad o por vivir fuera del país.
Muy queridos hermanos y hermanas religiosas y religiosos y miembros de los distintos Institutos de Vida consagrada.
Muy queridos miembros de Movimientos, Asociaciones apostólicas y nuevas realidades eclesiales
Queridos hermanos comunicadores y todos los que gracias a ellos  nos siguen por TV, Radio, Internet y Redes sociales.
Hermanos y hermanas de otras confesiones cristianas
Muy queridos hermanos y hermanas en el Señor,
Esta mañana, como todos los días, muchos de los aquí presentes iniciamos nuestra jornada con estas palabras  del salmo 50: “Señor, abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza”. Los invito a todos ustedes, miembros de este hermoso pueblo de Dios que se congrega en esta Iglesia local desde hace 118 años, a pedirle a Dios que abra sus labios y sus corazones para alabar y bendecir su santo Nombre con gratitud y alegría.
Esta gran y hermosa asamblea está constituida por cristianos y cristianas provenientes de todos los rincones de la geografía arquidiocesana. Formamos un gran mosaico compuesto por personas  de toda raza,  lengua, pueblo y nación (cf Ap 5,9); por niños, jóvenes, adultos, matrimonios, novios, ministros ordenados, religiosos y religiosas de diversos institutos religiosos. Todos ostentamos la dicha de haber sido sumergidos en Cristo (cf Rm 6,4), en el momento de nuestro bautismo y  de  participar, desde entonces, de su único sacerdocio.

Formamos  un solo cuerpo; somos un solo pueblo. El Señor no quiso salvarnos aisladamente, “sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente.” (LG 9). Nos ha dispensado la gracia de ser “un linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo de su adquisición, que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios”. (cf. 1 Pe 2,9-10).
Todos revestidos del sacerdocio bautismal; todos capitaneados por Cristo, nuestra  cabeza; todos sellados con la dignidad y la libertad de los hijos de Dios (cf Gal 5,1); todos habitados por el mismo Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19); todos llamados a ser santos como Dios es santo; todos llamados a poner en práctica la ley del  mandato de amar al prójimo como Cristo nos amó (cf Jn 13,34); todos enviados a predicar el evangelio y a dilatar el Reino de Dios hasta los últimos confines de la tierra (Mt 28,20). Cristo nos instituyó como pueblo mesiánico “para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve de él como instrumento de redención universal y lo envía por todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf Mt 5,13-16)” (Ibid).
Hermanos y hermanas, esta misa crismal es, en primer lugar, la celebración del sacerdocio bautismal que une a todos los cristianos; así lo subraya la antífona de entrada y la segunda lectura del libro del Apocalipsis: “Jesucristo nos ha convertido en un Reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”. Es una celebración única en todo el año litúrgico. Siempre la preside el obispo diocesano y  la concelebran todos los presbíteros de esta Iglesia local.
La concelebración, en esta oportunidad, no es algo accidental, como ocurre en las demás misas, sino propio y constitutivo de esta eucaristía. No hay otra como ella. Es  en  este sentido muy especial. En ella vivimos la máxima manifestación de la comunión de los presbíteros  con su obispo y con el pueblo fiel en el único sacerdocio de Cristo. Aparece así en toda su  belleza la Iglesia como casa, escuela y taller de comunión y solidaridad. Cada signo, cada gesto de esta solemnidad expresa esta comunión.
La Iglesia de Cristo es bella aunque  integrada por pecadores; sin mancha ni arruga aunque permanentemente llamada a convertirse (cf Ef 5,27); una Iglesia alimentada directamente por Cristo en la eucaristía (cf Jn 6,53-58).  Es pues justo y necesario dar  gracias al Padre por esta Iglesia particular marabina;  por la vida y la salvación que Cristo nos comunica a través de su existencia, de los sacramentos, de los ministerios ordenados y de la práctica incesante de la caridad. Dentro de pocos momentos bendeciremos los óleos y consagraremos el santo crisma. Y se hará realidad para nosotros el salmo 133: “¡Qué agradable y delicioso es que los hermanos vivan unidos! Es como ungüento perfumado derramado en la cabeza”.  

Desde el siglo XIII hasta 1955 la misa, en la que se bendecían los óleos, se fusionaba con la del jueves santo.  En 1955 el Papa Pio XII restituyó la celebración del Triduo Pascual en horas vespertinas, y de ese modo la Misa crismal comenzó a tener su espacio propio el Jueves Santo en la mañana. Años más tarde, la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II permitió que,  por razones pastorales, esta misa se pudiera celebrar unos días antes, siempre cercanos a la Pascua. Nos hemos valido de estas razones para colocarla el martes santo.
Hace ya sesenta años que nuestra Iglesia local tiene la oportunidad de celebrar esta misa crismal tal como la  restituyó el beato Paulo VI. Ya son 15 años que tengo la dicha de presidirla y de beber junto con ustedes de los raudales de agua viva que brotan del costado abierto de Cristo (cf Ez 47, 1-12). Alabemos y bendigamos al Señor por todos los pastores que el Señor colocó, desde su creación, al frente de esta grey, gracias a cuya presencia se ha hecho viva y patente la comunión entre los zulianos y con la Iglesia Universal.
Este año quiero recordar de modo especial al insigne arzobispo Mons. Domingo Roa Pérez, con motivo del centenario de su nacimiento (El Cobre, 21-02-1915- Maracaibo, 1 de enero del 2000), quien rigió esta Iglesia por 31 años. Amó esta tierra y su gente hasta consumirse por ella; dio vigoroso testimonio de Cristo Jesús, su Señor; sembró por doquier el evangelio de la familia, de la educación y de la vida; ejerció a manos llenas la caridad a favor de los pobres,  defendió con ardor la dignidad humana y se irguió sin miedo como insigne paladín de los derechos fundamentales del hombre. En cuanto a mi me toca, le doy las gracias por haber sido uno de los consagrantes de mi ordenación episcopal, hace 25 años, y haberme impuesto las manos ese día.
Su feliz memoria, me hace recordar otro gran pastor latinoamericano, que pronto será inscrito en el catálogo de los beatos y que honra el gentilicio cristiano de este continente: me refiero al mártir Mons. Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador. Voz de los sin voz, defensor de los pobres, que tronó, como los antiguos profetas de Israel,  como los frailes dominicos Pedro Montesinos y Bartolomé de las Casas en la Isla de la Española, en nombre del Dios de la justicia y de la paz, contra los poderes opresores y los llamó valientemente a la conversión.  ¡Bendito y alabado sea el Señor por estos dignos sucesores de Cristo Jesús, pastores con olor a ovejas!
Estos pastores no hicieron otra cosa que correr tras la fragancia de Cristo. Y ese ha de ser el rastro que han de seguir sus discípulos y, entre ellos, de modo particular sus ministros. Jesús no vino a este mundo a condenar al mundo sino a salvarlo (cf Jn 3,17). No tuvo donde reclinar la cabeza (cf Lc 9,58); no vino a ser servido sino a servir y a entregar su vida por todos (cf Mc 10,45). Dejó bien claro que quien quisiera servirle que lo siguiera y estuviera con él, corriera la misma suerte que él y confesara sin miedo su nombre ante los poderes de este mundo (Jn 12,26; Mt 10,26-33).
El Papa Francisco ha actualizado esta enseñanza evangélica con sus gestos, sus peregrinaciones, sus intervenciones y enseñanzas. Nos pide encarecidamente ser una Iglesia “en salida misionera”, que abandone sus refugios seguros y se exponga para atender a los heridos en plena vía de la vida. Una Iglesia   pobre y de los pobres. Una Iglesia que tome la iniciativa, escuche, se involucre, acompañe, llevando consigo la revolución de la ternura y de la compasión. Una Iglesia en permanente estado de conversión, ajena a mundanidades y  privilegios, que se renueve constantemente a la luz del evangelio. Una iglesia que lleve el sencillo mensaje de amor a Jesús para la salvación de las almas de todos aquellos que lo acepten.
En esta solemne celebración que proclama el servicio y la ministerialidad como notas constitutivas de la Iglesia, ha quedado ubicada, desde que el Beato Paulo VI así los dispuso en 1969, la renovación de las promesas sacerdotales, por las cuales los presbíteros se comprometieron el día de su ordenación, a poner su sacerdocio ministerial al servicio del sacerdocio común de los fieles (cf LG 10).  Ellas contienen la imagen auténtica  de lo que ha de ser un sacerdote cristiano: una expresión eminente y cualificada del servicio evangélico que la Iglesia ha de prestarle al mundo.  Oremos intensamente, hermanos y hermanas, por nuestros queridos sacerdotes, para que se cumpla en ellos, con la fuerza del Espíritu Santo, lo que el Papa pide para todos y, especialmente para los ministros ordenados de la Iglesia, en su Exhortación “La alegría del Evangelio”.
Que, mediante esta renovación, den decididamente la espalda a la idolatría del dinero, a la acedia egoísta , al pesimismo estéril , a las peleas, a los personalismos,  y a las divisiones internas; superen  la tentación de  transformar su autoridad en cotos de poder y  se vuelvan pastores orantes, compasivos, “con olor a ovejas”, perdidamente enamorados de su vocación,  evangelizadores con Espíritu “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2) ; fundamenten su ministerio en la Palabra de Dios y en la espiritualidad misionera;  cuiden de la familia cristiana, se dediquen a formar discípulos misioneros; engendren,  como el apóstol Pablo y sus colaboradores, comunidades apostólicas; vivan entre ellos en íntima fraternidad y solidaridad sacramental;  dejen ver, con su alegría contagiosa y buen trato, el gusto espiritual de ser pueblo, el regocijo de tener en sus vidas a Aquel que todo lo puede y siempre los conforta . En una palabra sean otros Cristos, devorados por una insaciable vocación de servicio, con el arado en las manos,  roturando, sin mirar atrás, los labrantios del Reino de Dios hasta sus últimos linderos. (cf Lc 9,62).
Les invito a vivir, en actitud de alabanza, este momento y todos los demás ritos de esta misa crismal, particularmente la bendición de los óleos,  la consagración del santo crisma y la entrega de la Colecta de la Campaña Compartir. El óleo en la Sagrada Escritura es signo de bendición divina y del cumplimiento de las promesas mesiánicas (cf Sal 132,11-17). Así como María, en Betania, derramó sobre los pies de Cristo, pocos días antes de la Pascua, un frasco entero de nardo puro, “inundando toda la casa con su fragancia” (Jn 12,3), así también, por medio de los sacramentos, de los cuales estos óleos son materia prima, sigan saliendo de entre nosotros discípulos misioneros que expandan, en las periferias territoriales y ambientales de esta Iglesia, el buen olor de Cristo (cf 2 Co 2,15) y  la fuerza de su salvación.  
Maracaibo 31 de marzo de 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
III Arzobispo de Maracaibo




domingo, 29 de marzo de 2015

HOMILIA DEL DOMINGO DE RAMOS 2015

HOMILÍA DEL DOMINGO DE RAMOS 2015


Queridos hermanas y hermanos,
La Cuaresma llega a su punto culminante con la celebración del domingo de Ramos y el inicio de la Semana Mayor. Los cuarenta días de Cuaresma tenían precisamente por finalidad conducirnos, a través de una intensa vida de oración, de ayuno, de caridad y de escucha atenta de la Palabra de Dios, a la renovación de nuestra fe bautismal.  Ahora al mirar hacia atrás nos preguntarnos si de verdad hemos aprovechado ese tiempo favorable  de gracia (2 Co 6,1) que Dios nos ha dado para darle un giro radical a nuestra vida y enrumbarla por los caminos de la conversión.
Hoy les pregunto a todos ustedes: ¿cómo vemos la Semana Santa? ¿Como una semana más, igual a las demás? ¿Como una semana de vacaciones dedicada a la diversión? Es importante, en este domingo de ramos, puerta grande para entrar en los demás días santos, que advirtamos el valor decisivo que tiene esta semana para nosotros los cristianos. Hermanos, hermanas, ¡no nos dejemos robar el valor y el significado de la Semana Santa!  Hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para vivirla con intensidad. Preocupémonos también por ayudar a otros hermanos nuestros a descubrir su verdadero sentido.  Cada semana mayor es una oportunidad que se le ofrece a muchos hermanos alejados o indiferentes para volver a la Iglesia, por medio de una buena confesión, y re encontrarse con el Señor Jesús.
Hemos de tener bien claro que el corazón, el meollo de esta semana es el encuentro con la persona, la vida, la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los invito, por consiguiente, con palabras de la Carta a los Hebreos a “correr con perseverancia en la carrera que se abre ante nosotros, fijos los ojos en Jesús, autor  y perfeccionador de nuestra fe, el cual, animado por la alegría que le esperaba, soportó sin acobardarse la cruz y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Fíjense pues en aquel que soportó en su persona tal contradicción de parte de los pecadores a fin de que no se dejen vencer por el desaliento” (He 12,1-3).
Este domingo es popularmente conocido como el domingo de Ramos. Por eso es importante que entiendan qué significan esas palmas o ramos que tienen en sus manos y se van a llevar a sus casas. Hace poco se bendijeron y vinimos con ellos, en procesión, hacia la catedral entonando vivas y cantos en honor a Jesús, el Mesías, el Bendito que viene en nombre del Señor.  Esta procesión es la más antigua de todas las procesiones, es la madre de todas las procesiones. Todas las demás, inclusive las devocionales que se originaron hace algunos siglos en honor a la Virgen María o de los Santos, se deben interpretar a la luz de esta procesión en honor a Jesús Redentor.  El significado profundo de esta procesión es la entrada triunfal de Jesús Resucitado en la nueva Jerusalén. Una entrada que no realiza Jesús solo. Entra con su trofeo, es decir con nosotros los redimidos en su sangre preciosa, con todos aquellos que hoy como ayer lo reconocen como el Hijo de David, el Mesías anunciado por los profetas. Desde el pórtico de la semana santa debe calar muy hondo en nosotros aquellas palabras de Jesús a los discípulos de Emaús: “era necesario que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria” (Lc 24,26).
Esta procesión no es pues un mero acto de piedad popular ni menos aún un escenificación del ingreso del Mesías en la ciudad santa; tampoco un simple acto conmemorativo de aquel  acontecimiento histórico. Es un acto profundo de fe en el poder salvador de Cristo Jesús;  es la reafirmación de  nuestra disposición de ir con él hasta el final en nuestro camino como discípulos suyos, aunque nos resulte difícil comprenderlo y aceptarlo. Siempre debemos tener presentes las palabras que  Jesús dirigió a sus discípulos de ayer y de hoy: “Si alguno quiere venir en pos de mi, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mc 8,34). “Si alguien quiere servirme que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquel que me sirva será honrado por mi Padre” (Jn 12,26).
Con nuestra procesión expresamos la firme convicción de la validez del camino de Jesús para nuestra Iglesia. Cristo camina delante de nosotros,  está al lado de cada una de las ovejas de este rebaño y con su palabra y su ejemplo nos anima a afrontar con gran fortaleza espiritual todas las vicisitudes y pruebas que se presenten y lleguemos, con la fuerza de su luz y de su amor, a la plenitud de la salvación.  Nuestras palmas no son adornitos ni amuletos para la buena suerte. En el libro del Apocalipsis las llevan en sus manos los cristianos martirizados que bañaron sus túnicas en la sangre del cordero inmolado (Cf Ap 7,9). Llevémoslas bien en alto, como  antorchas de vida, de justicia, de amor y esperanza. Nos recordarán, allí donde las coloquemos, nuestro deseo de que Cristo Jesús camine también al frente de nuestros hogares, de nuestras familias, de nuestros trabajos, porque sólo con él podemos encontrarle verdadero sentido a lo que somos, vivimos, sufrimos y gozamos.


Hemos comenzado pues, la liturgia de la Semana Mayor con un gesto fuerte y contundente con el que reafirmamos nuestra certeza de que Cristo camina delante de nosotros abriéndonos caminos y hemos manifestamos nuestra disponibilidad de seguirlo, de ser sus discípulos, de asumir con mayor seriedad nuestro compromiso cristiano: implantar el Reino de Dios, su Padre y nuestro Padre, en nuestras vidas, en nuestros hogares, en nuestro país.
La celebración eucarística de este domingo está centrada en la narración de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos, precedida por las lecturas de una profecía de Isaías y de un himno de la carta de Pablo a los Filipenses. Ellas nos ayudan a comprender más a fondo que Jesús entró en Jerusalén para cumplir de manera completa y cabal, como siervo humilde y obediente los designios de su Padre.  Escogió el camino del abajamiento hasta la muerte de cruz, totalmente confiado en que, en ningún momento, su Padre lo abandonaría y lo conduciría a la victoria sobre la muerte. Al final del relato de la Pasión, Marcos coloca en boca del centurión, encargado de la ejecución de Jesús, una profesión de fe que debe brotar de nuestros labios y ser el timón de nuestras vidas: “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios” (Mc 15,39).
Si desde hoy, en esta misa, proclamamos a Cristo como Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación, estamos  entrando con buen pie en la semana santa. Hermanos y hermanas, enfoquémonos en lo esencial de nuestra fe no andemos por las ramas. Y ¿qué es lo esencial de nuestra fe? el amor infinito que Dios que se revela en Jesús y sobre todo en la cruz gloriosa. Nunca llegaremos al fondo de este amor. Amor por nosotros, por nuestra salvación, por la remisión de nuestros pecados, la curación de nuestras heridas. Es un amor para los hombres y mujeres de hoy acosados por mensajes y acontecimientos de muerte, de violencia, de odio, de división, de fanatismos fratricidas. ¿Cuándo nos terminaremos de convencer de que no hay poder mayor para cambiar el mundo que el amor contenido en el hombre crucificado.  “Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu santa cruz has redimido el mundo”.
Hermanos, hermanas, es verdaderamente triste ver cómo los hombres y mujeres de hoy se están olvidando de Dios y cuán caro nos está costando este olvido. Mientras más de lado lo dejamos más lobos feroces nos volvemos  En este olvido, en esta indiferencia los cristianos tenemos una grave responsabilidad porque vivimos nuestra fe con mucha comodidad, con mucha tibieza, con mucho conformismo. Somos malos propagadores del incendio de amor que Dios encendió  en este mundo con la venida de su Hijo y por eso muchos, decepcionados,  se alistan en las filas de los que promueven la vida  pagana, sin valores, sin normas, sin principios. Todo esto trae consigo un grave deterioro de nuestra sociedad y sirve de caldo de cultivo para toda clase de calamidades.
Recibamos entonces esta Semana como un gran regalo para darle mayor  tonicidad a nuestra vida de fe. Busquemos más a Dios, sigamos más de cerca a Jesús, vivamos más a fondo de su Palabra, fortalezcamos más la fe en nuestras familias. No hagamos como los que recibieron a Jesús a las puertas de Jerusalén. Lo aclamaron, le pusieron sus túnicas como alfombra a su paso pero después se desentendieron de él cuando lo condenaron y a lo mejor hasta gritaron con los que pidieron su crucifixión.
Hermanos, hermanas, no seamos solamente católicos de palma bendita, católicos aclamadores que le cierran las puerta de sus vidas a Jesús, católicos de domingos de Ramos que no llegan ni al viernes santo ni al domingo de Pascua. Que esta celebración nos lleve a todos, con nuestras familias, nuestras comunidades a abrirle  de par en par las puertas al Redentor para que él entre e implante el estandarte de su cruz gloriosa y el Reino de su Padre,fuente de vida, de gracia y de paz se haga para una realidad.
Maracaibo 29 de marzo de 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Arzobispo de Maracaibo