¡Felices Pascuas a todos ustedes, hermanos y hermanas! Que con Cristo
resucitado se renueve como una nueva primavera la esperanza de
participar desde esta tierra de la vida plena que el Señor ha traído
para todos. Como signo de alegría comparto el mensaje de esta vigilia
pascual. Un agran abrazo para todos.
domingo, 5 de abril de 2015
sábado, 4 de abril de 2015
HOMILIA DE LA VIGILIA PASCUAL 2015
HOMILIA
DE LA VIGILIA PASCUAL 2015
Muy queridos hermanos y
hermanas,
¡Cristo ha resucitado,
Aleluya, Aleluya! Este grito de júbilo brota esta noche de millones de cristianos,
congregados en vigilia de oración, en catedrales, templos, capillas, ermitas,
claustros, o sencillamente debajo de alguna enramada. Todos compartimos el mismo gozo: la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Ayer conmemoramos la
humillante e ignominiosa muerte de Jesús en la cruz y su precipitado entierro
en un jardín cercano. Lo contemplamos descendiendo todos los peldaños que lo condujeron
a los niveles más bajos de la degradación y de miseria humana: fue “comerciado”
como un vil esclavo, condenado como blasfemo por las autoridades religiosas;
ejecutado finalmente, por las autoridades imperiales romanas, como un criminal y
despojado de todos sus derechos.
Jesús, una vez muerto, iba
a quedar expuesto a la voracidad de las aves carroñeras que ya lo revoloteaban y sus restos arrojados a la fosa común del
monte de las calaveras. Pero la inminencia de la celebración de la fiesta judía
de la Pascua y la aparición, última hora, de un rico bienhechor que puso una
tumba cercana a su disposición le salvaron de esa última humillación. Todo este
descendimiento del Señor lo profesamos en el Credo: “Fue crucificado, muerto y sepultado y descendió a los infiernos”.
En un antiguo himno
cristiano encontramos esta estrofa: “Se
humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre”
(Fil 2,8-9). Por eso. Porque llegó hasta los últimos atrincheramientos de la
humillación y de la obediencia, Dios lo exaltó. Lo resucitó. Esa es la gran noticia que nos traen los
evangelios y los testimonios de sus discípulos y apóstoles: en el sepulcro, no
terminó todo. El Hades no engulló a
Jesús como a todos los mortales.
Narra el evangelio
proclamado esta noche que las mujeres
que fueron muy de madrugada a embalsamar el cuerpo de Jesús, preocupadas porque
no sabían cómo iban a mover la piedra que cerraba el sepulcro, porque era muy
grande, la encontraron corrida. Un joven resplandeciente, les dijo que no se
asustaran y les anunció que Cristo ya no estaba ahí. Que Había resucitado. Que
llevaran la noticia a los apóstoles y juntos se fueran a buscarlo a Galilea
donde él los estaba esperando.
Hermanos y hermanas, lo que
parecía una triste historia, una ilusión defraudada, terminada en desastre, se
transformó de repente esa noche en una gran alegría. Esta es la fiesta que
nosotros estamos celebrando. La resurrección de Cristo de entre los muertos es
el inicio de una nueva esperanza de vida para toda la humanidad. Cuando Adán y
Eva fueron expulsados del paraíso, un ángel de fuego bloqueó la entrada. Con su
vida, su pasión, su muerte y resurrección, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre,
despejó nuevamente el camino, corrió la piedra que bloqueaba el acceso a la
casa del Padre y abrió definitivamente para todos de par en par las puertas del
Jardín de la Vida.
Esta noche es esencial para
nosotros porque celebramos la fiesta fundamental de nuestra fe. El viernes
santo no es el final del camino. Después del viernes de tinieblas vino el
sábado de gloria. Nosotros pertenecemos a esa parte de la humanidad covencida
que después del Gólgota, el sepulcro no pudo retener a Jesús, el Padre lo
exaltó, la vida estalló más bella y fuerte que nunca, la piedra se corrió y
Cristo resurgió triunfante, rompiendo para siempre las ataduras de la muerte,
el dominio del pecado y el imperio del Maligno. Esta noche venimos a renovar la
fe que recibimos en el bautismo. Somos cristianos y proclamamos nuestra fe. Fue
crucificado, muerto y sepultado. Al tercer día resucitó de entre los muertos y
está sentado a la derecha del Padre. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y
muertos y su Reino no tendrá fin.
Somos cristianos porque
creemos además que Jesucristo no se quedó solo en su nuevo estado glorioso de
Resucitado sino que nos asoció y nos hizo partícipes de esa nueva condición por
medio del Bautismo y la Confirmación. “Si
con él morimos viviremos con él. Si con él sufrimos reinaremos con él.” (2
Tim 2,11-12). Por eso cada año, nos
reunimos en Vigilia de oración para expresar que la vida cristiana es una
permanente vigilia, un estar siempre alertas, con las lámparas encendidas en
las manos, con las túnicas del servidor puestas y ceñidas, manteniendo viva y
actual la memoria del Resucitado, aguardando su retorno para ingresar con él,
en la sala del banquete del Reino.
La Vigilia comporta muchos
símbolos. Uno de los más importantes es el cirio pascual. Esta noche el diácono, en nombre todos, prorrumpe jubiloso en un himno de alabanza,
porque Cristo Jesús, con su gloriosa resurrección ha disipado las tinieblas de
la noche, del pecado y de la muerte y ha inundado con su esplendor nuestra
existencia terrena. Cada una de nuestras velas ha tomado su luz, directa o
indirectamente, de la luz del cirio pascual, y de ese modo expresamos nuestra inserción
en Cristo Jesús, nuestro deseo de caminar al resplandor de su gracia y de
propagar su luz con nuestras vidas. Estamos
conscientes de que los poderes de la muerte y del pecado son grandes, inmensos,
aparentemente invencibles, pero nunca serán suficientes para detener el
torrente de amor y de salvación que Dios Padre ha derramado sobre este mundo
desde el costado abierto y las llagas gloriosas de su Hijo muy amado.
Alegrémonos y manifestemos nuestro júbilo
porque Cristo ha resucitado y ha corrido la piedra. Nada detendrá la fuerza de los que creen en la reconciliación,
el dinamismo de los que cultivan el perdón, el tesón de los servidores y promotores de la vida, el ímpetu
de los campeones de la solidaridad fraterna.
La actitud que debe
prevalecer esta noche, en este tiempo de Pascua, en toda la vida de la Iglesia
y en cada una de nuestras vidas es la alegría que brota de la esperanza. No una
alegría emotiva y pasajera, provocada por emociones de un momento. Sino una
alegría fundamentada en la convicción profunda, serena y confiada de que en
Cristo Resucitado ha sido decretado definitivamente la renovación del hombre y
del mundo. El Espíritu que llevó a Cristo Jesús a romper las barreras de la
muerte sigue actuando, mueve los corazones; con su acción eficaz el perdón se
impondrá sobre el odio; la indulgencia sobre la venganza; el diálogo sobre la
prepotencia del poderoso; la paz sobre las guerras; la unidad sobre las
divisiones. (Cf Prefacio de la Reconciliación II).
Dentro de unos momentos
seremos rociados con agua bendita. Cuando sintamos su salpicadura correr por
nuestros rostros digámosle al Señor. Me siento feliz de ser cristiano católico,
quítame el miedo, ayúdame a descubrir la belleza de mi bautismo, renueva mi fe para que junto con mi familia,
así como la Virgen María y los apóstoles, siempre esté dispuesto a poner toda mi
existencia cristiana a tu servicio, al servicio del bien, del amor mutuo, de la
justicia social y de la paz entre todos los seres humanos.
Maracaibo, Pascua del 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo
viernes, 3 de abril de 2015
HOMILIA DEL VIERNES SANTO 2015 - Camino de la cruz, camino de la vida
HOMILIA DEL VIERNES SANTO 2015
Camino de la cruz, camino de la vida
Muy queridos
hermanos y hermanas presentes en este templo catedralicio y que nos siguen a
través de la TV, de la radio, de Internet y de las redes sociales:
Nos encontramos de
nuevo hoy para celebrar un momento clave del misterio pascual: la pasión,
muerte y sepultura de Nuestro Señor Jesucristo. Hoy no se celebra misa. Es un
día de ayuno y abstinencia marcado también por la oración y la contemplación de
Jesús crucificado. Es el día en que escuchamos la predicación de las siete
palabras pronunciadas por el Señor en el Calvario. En esta oportunidad, en honor al año de la
vida Consagrada declarado por el Papa Francisco, Fray Richard Godoy, sacerdote
perteneciente a la Orden de Ntra. Sra. de la Merced, conocidos popularmente
como los padres Mercedarios, las ha acaba de predicar en esta catedral. Este
día también caminamos detrás de las imágenes de Jesús crucificado, del Santo
Sepulcro, de la Dolorosa y sus acompañantes, María Magdalena y Juan
Evangelista. Fueron las personas más cercanas a Jesús en el Calvario y las que
nos ayudan a descubrir el sentido del trágico desenlace de la vida del Señor.
¿Cuál es el sentido
último de la Pasión y Muerte de Jesús? ¿Por qué tuvo que morir tan joven? ¿Por
qué de manera tan horrorosa? Esta pregunta se la ha hecho siempre la humanidad,
nos la hacemos nosotros, no solo ante la muerte de una persona como Jesús sino
ante los millones de seres humanos asesinados en el vientre de sus madres, asfixiados
en las cámaras de gas de los nazis, ejecutados por millares en genocidios
provocados por gobernantes locos, muertos en los bombardeos de ciudades y
campos en las dos guerras mundiales, ametrallados por grupos terroristas,
decapitados por fundamentalistas, tiroteados por bandas criminales, masacrados
por narcotraficantes, descuartizados por comerciantes de órganos.
¡Cuántos verbos tenemos para decir matar! Cada
día alcanzamos mayor grado de refinamiento en el arte de aniquilarnos los unos
a los otros, de infectarnos con virus mortales, de envenenarnos químicamente,
de reducirnos a meros vegetales, de exterminarnos, de desecharnos y volvernos
chatarras humanas. ¿Qué sentido tiene
todo eso? ¿Por qué la muerte y el sufrimiento de los inocentes? Preguntas que
vuelven insistentemente a nuestra mente, asaltan nuestra conciencia y se quedan sin respuesta.
Ninguna religión las puede contestar satisfactoriamente. Tampoco el
cristianismo.
Ante tanta
atrocidad, la Iglesia nos invita hoy a mirar en silencio al crucificado. A
todos esos “Job” del mundo Dios no les contesta sino con el envío de su hijo a
este mundo. El que impidió que Abraham ejecutara a su hijo Isaac (cf Gen 22,
10-12), que estableció el mandamiento “No
matarás” (Ex 20,13), no impidió que
arremetieran contra su Hijo Jesús. A tanto salvajismo solo opuso la fuerza
divina de su amor infinito, el torrente
incontenible de su solidaridad compasiva, la irresistible revolución de su
ternura. La respuesta de Dios no fue una palabra bonita de consolación, una
promesa hueca sino el don de sí mismo en la persona de su hijo Jesús. De ese
modo nos quiso decir: “No les puedo explicar el sufrimiento, el mal y la
muerte. Pero me vengo a vivirlos con ustedes, vengo a ayudarles a enfrentar el
mal, a asumir el peso del sufrimiento, a confrontarse con el vértigo de la
muerte. Vengo a enseñarles como salir de semejante laberinto a fuerza de
perdón, de compasión, de ternura y de amor. Ahí les mando a mi Hijo único. Fíjense
en él, mi Predilecto, en quien he puesto toda mi complacencia (cf Mt 3,17;
17,5). Tomen su cruz y síganlo. Vayan adonde el vaya. Vayan hasta donde él vaya.
Aunque pasen por valles tenebrosos, nada teman porque él estará con ustedes; su
vara y su cayado les darán seguridad” (cf Sal 23,4; Is 43,1-7)).
Esa es la respuesta
del Padre. La carta a los Hebreos
empieza con este texto: “Muchas veces y
de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de
los profetas, ahora en este momento final nos ha hablado por medio del Hijo” (He
1,1). Lo sabemos todos, cuando una persona atraviesa por un gran dolor, porque
sicarios han matado a su hijo, porque un avión quedó en manos de un
desequilibrado mental, porque unos matones irrumpieron en una casa de familia,
lo importante no son las palabras que digamos sino que estemos allí, al lado de
los seres afectados por la tragedia y los acompañemos en su aflicción. Eso fue
lo que hicieron Juan Evangelista y María Magdalena y María de Salómé con la
Virgen María al pie de la cruz (cf Jn 19,25-27). Muchos siglos antes, el
salmista lo expresó hermosamente con
estas palabras: “Lo libraré porque se
aferró a mí, lo protegeré pues conoce mi nombre; me llamará y le responderé,
estaré a su lado en la desgracia” (Salmo 92, 14-15). Así está Jesús hoy a
nuestro lado.
Son grandes los
sufrimientos que está pasando nuestro pueblo, por la inseguridad reinante, por
la carencia de los bienes básicos, por las insuficiencias hospitalarias, por la
entronización de la corrupción como
forma vergonzosa de ganarse la vida. No le falta ninguna estación al
viacrucis venezolano. Tampoco le faltará la de la Resurrección. Una vez más
ante la disyuntiva planteada por Poncio Pilatos: “¿a quién quieren que les
suelte: a Jesús Nazareno, rey de los judíos, o al ladrón Barrabas? (cf Jn
18,38-40), igual que los habitantes de Jerusalén, todos preferimos que suelte al ladrón y
encarcele al inocente.
La enfermedad de
Venezuela es que hemos liberado al Barrabás que llevamos por dentro, hemos
optado por ser Barrabás los unos para los otros y no Jesús de Nazaret,
acaparando los productos regulados para “bachaquearlos”, explotando con precios
exorbitantes a nuestros propios hermanos, transformando en objetos de presa y
de codicia a nuestra propia familia. Por ese camino, será muy difícil que
encontremos los caminos de la paz, de la justicia y de la sana y fraterna
convivencia. La sentencia de Jesús es dura y lapidaria: “Si ustedes no se convierten, todos perecerán igualmente” (Lc
13,5).
Así no actuó Jesús. Ese no fue su
camino. El no dio ningún motivo “revolucionario” para que le matasen. No fue un
agitador social, ni un líder político, ni un guerrillero. No lo mataron por
eso, aunque le acusaron de eso, levantándole calumnias ante los romanos para
que lo condenaran a muerte. Hubiera sido un pobre líder, rápidamente olvidado y
reemplazado, si hubiera avalado la muerte y la violencia como caminos válidos
de liberación.
Lo mataron por ser un revolucionario
de mucha mayor envergadura: por creer en un Dios distinto, Padre de todos sin
distinción ni discriminación alguna, por devolverle su plena dignidad a los
pobres, por poner a su alcance la Palabra de Dios, por convivir con ellos, por
denunciar y condenar las idolatrías del poder, del placer y del dinero. Ese fue el camino seguido por ejemplo por
Mons. Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, que pronto será
beatificado y por eso lo asesinaron. Todos
estamos sometidos a la tentación de adorar falsos dioses, de claudicar ante
desigualdades y discriminaciones, colocarnos
a la sombra de los ricos y olvidarnos de los pequeños, de prosternarnos ante
los poderosos y los potentados de este mundo.
El camino de Jesús
es otro muy distinto. Se hizo realmente nuestro hermano. Prefirió dejarse matar
antes que utilizar la violencia para defenderse. “Guarda tu espada, le increpó a Pedro que quiso defenderlo con un
arma. Que todo el que pelea con espada a
espada morirá. O ¿crees que no puedo acudir a mi Padre, que pondría en seguida
a mi disposición más de doce legiones de ángeles? (Mt 26,52-53). Jesús pudo
esconderse en Galilea, bajar de la cruz, alejar de si el cáliz del sufrimiento
pero prefirió dar la cara, ir hasta el final
del escándalo de la cruz. Pasó sed, aguantó golpes, escarnios, flagelos,
vilipendios, traiciones, negaciones y
abandonos. Soportó todo calladamente cuando, por fin, pudo clamar, en
los estertores de su agonía: “Todo está
cumplido”. (Jn 19,30). Ya podía por fin entregarse tranquilo y apaciguado
en los brazos de su Padre: “Padre, en tus
manos encomiendo mi espíritu” (cf Lc
23,46). Había llevado a cabo su misión en esta tierra.
Hermanos y hermanas,
la violencia, las ideologías que enarbolan la bandera de la lucha de clases no
son respuestas válidas para sacar a la humanidad de los laberintos de la muerte,
de las injusticias sociales ni de las guerras. La respuesta está en la cruz y
solo en la cruz de Jesucristo. Solo en ella, como Pablo, hemos de gloriarnos
porque en ella se concentra la energía indispensable para doblegar las fuerzas demoníacas
de este mundo. (cf Gal 6,14). No busquemos otra luz que nos saque de nuestras
tinieblas porque “El es la luz del mundo”
(Jn 8,12). No busquemos otra agua con la cual saciar nuestra sed (cf Jer 2,13),
porque la que brota de su costado, junto con su sangre, es la fuente de agua
viva que convierte a quien bebe de ella “en
manantial que brota hasta la vida eterna” (Jn 4,13-14). No busquemos otro
maestro que nos enseñe a amar porque no hay mejor escuela que el Cenáculo y más
prestigiosa cátedra que la cruz del
Gólgota para aprenderlo. Sólo este tipo de amor, que llega hasta la locura extrema
de perder para ganar, hasta el colmo de dar la vida por sus enemigos, tiene
poder para transformarlos en amigos, hermanos e hijos de Dios (cf Jn 15,13).
San Pablo saca la
conclusión práctica de este camino cristiano y a través de su exhortación a sus
hermanos de la comunidad de Roma nos invita a recorrerlo: “A nadie devuelvan mal por mal; procuren hacer el bien ante todos los
hombres. Hagan lo posible, en cuanto de ustedes dependa, por vivir en paz con
todos. No hagan justicia por sus propias manos, queridos míos, sino dejen que
Dios castigue…Por tanto si tu enemigo tiene hambre dale de comer; si tiene sed,
dale de beber. Actuando así, harás que enrojezca de vergüenza. No te dejes
vencer por el mal; por el contrario, vence al mal a fuerza de bien” (Rm 12,
17-21).
TE ADORAMOS, O
CRISTO Y TE BENDECIMOS PORQUE POR TU SANTA CRUZ HAS REDIMIDO EL MUNDO.
REDIMENOS A NOSOTROS TAMBIÉN, CON EL PODER DE LA SANGRE GLORIOSA QUE BROTA DE
TU COSTADO ABIERTO. QUE EN COMPAÑÍA DE
MARIA NO TENGAMOS MIEDO DE ACOMPAÑARTE HASTA EL PIE DE TU CRUZ Y DE CADA UNA DE
LAS CRUCES DE NUESTRA VIDA PARA QUE
HEREDEMOS EL DON DE TU ESPIRITU DE AMOR, SEAMOS LAVADOS DE NUESTROS PECADOS Y
ENVIADOS A SER PORTADORES DE TU PERDON Y DE TU RECONCILIACION HASTA LOS
CONFINES DEL MUNDO. AMEN.
Maracaibo 3 de abril
de 2015
+Ubaldo R
Santana Sequera FMI
Arzobispo de
Maracaibo
jueves, 2 de abril de 2015
HOMILÍA DEL JUEVES SANTO 2015 - HAGAN ESTO EN MEMORIA MÍA
HOMILIA
DEL JUEVES SANTO 2015
HAGAN
ESTO EN MEMORIA MÍA
Muy queridos hermanos y
hermanas,
Este jueves por la tarde
concluye el tiempo de Cuaresma y se inicia el Sagrado Triduo Pascual de la
muerte, sepultura y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Aunque celebremos
cada uno de estos acontecimientos en días separados, todos forman parte de un
único misterio de salvación: el Misterio Pascual. Nos encontramos en el corazón
de nuestra fe cristiana. Los cuarenta días de oración, ayuno, penitencia,
limosna y escucha de la Palabra de Dios no tenían otro objetivo que el de
prepararnos a vivir en toda su plenitud las fiestas de la Pascua cristiana.
Esta noche celebramos el preludio de todos esos
acontecimientos: la Última Cena del Señor con sus discípulos. El evangelista
San Juan, cuando nos narra esta parte de la historia de Jesús, quiere que
caigamos en la cuenta de la importancia decisiva de las cosas que iban a
suceder en esa Cena. Por eso enmarca su relato con esta solemne introducción: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo
Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado
a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn
13,1).
¿Qué ocurrió aquella noche
en el recinto del Cenáculo tan digno de semejante prólogo? Ocurrieron muchas
cosas, de las cuales Juan nos cuenta sólo algunas. Entre ellas estas cuatro: Jesús
instituyó la Eucaristía, constituyó el sacerdocio de la Nueva Alianza, entregó
el mandato del Amor mutuo y consagró la vida de servicio como único camino válido
para los que quieran seguirlo.
Sobre el pan pronunció las
palabras: “Este es mi cuerpo entregado
por ustedes. Hagan esto en memoria mía”; sobre la copa de vino: “Este cáliz es la nueva alianza sellada con
mi sangre; cuántas veces beban de él, háganlo en memoria mía” (1 Co
11,23-26). En plena cena, se quitó la túnica, se ciño una toalla y con gran
escándalo de sus apóstoles, echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies
a cada uno de ellos. Al concluir les dijo: “¿Comprenden
lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman el Maestro y el Señor y dicen
bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies,
también ustedes deben lavarse los pies unos a otros; les he dado ejemplo para
que lo que yo he hecho con ustedes, ustedes también los hagan” (Jn 13,12-15).
Finalmente, en el coloquio de la sobremesa, les entregó un mandamiento y les
recalcó que sería el mandamiento distintivo de los suyos: “Les doy un mandamiento nuevo: Ámense los unos a los otros. Como yo los
he amado, así también ámense los unos a los otros. Por el amor que se tengan
los unos a los otros reconocerán todos que son mis discípulos” (Jn 13,34).
Eucaristía, sacerdocio,
mandamiento del amor y ejemplo de servicio: cuatro momentos intensos y
recapituladores de la vida y del mensaje de Jesús. Los entregó juntos, en el
mismo lugar, en un solo momento. Le pidió a sus discípulos que no solamente no
los olvidaran sino que los practicaran siempre en su nombre, “en memoria suya”, porque eran indispensables para que pudieran ser reconocidos como discípulos
suyos y su Iglesia pudiera subsistir los embates del demonio. Les pedía velar para mantenerlos siempre
unidos, tanto en la predicación, como en la celebración y en la vida.
No les estaba permitido separarlos sino entregarlos en un solo bloque
existencial. Solamente así podían
producir su verdadera eficacia salvadora.
Los gestos y palabras del
Cenáculo se aplican a todos los cristianos, discípulos misioneros de Jesús,
pero hoy, jueves santo, cobran particular fuerza en los ministros ordenados, es
decir los obispos, presbíteros y diáconos. Todos los sacerdotes del mundo
nacieron esa noche en el Cenáculo. Nuestra acta de nacimiento como sacerdotes
está fechada en un solo lugar: el Cenáculo de Jerusalén. Nacimos junto con la
Eucaristía y para la Eucaristía; en el servicio y para el servicio; en el amor extremo y para
el amor hasta el extremo. Nacimos en el lavatorio para hacer presente que la historia
de la salvación del mundo se llevó a cabo en el anonadamiento, la humildad, la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz
(cf Fil 2,5-8). Hemos sido sellados con el mandato del amor para ser, como sacerdotes de la nueva alianza,
memorias vivas de la fuerza incontenible
y transformadora que tiene la práctica constante de este mandamiento tal como
Jesús lo practicó.
No hay eucaristía sin sacerdocio ni sacerdocio
sin eucaristía. Tenemos que recordar al mundo que la humildad de Jesús es la
única fuerza capaz de decapitar el
pecado de la arrogancia, del orgullo y
de las ansias de poder que desde Adán y
Eva, envenenan la mente y el corazón de todos los seres humanos, llevan a los que
detentan autoridad y gobierno a volverse opresores de sus pueblos y transformar
así el mundo en un infierno. El
mandamiento del amor mutuo nos revela que “Dios
es amor” (1 Jn 4,7) a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la
perfección humana y por tanto de la transformación del mundo es el mandamiento
nuevo que nos dejó Jesús (cf GS 38), “la noche en que iba a ser entregado”.
El Cenáculo se consumó el
día siguiente en el Calvario. Los
acontecimientos del jueves fueron un adelanto sacramental de lo que le tocaría
vivir a Jesús el viernes santo y la noche de la Resurrección (1 Co 11, 23). Al
día siguiente, el Señor entregó efectivamente su cuerpo en la cruz, derramó
realmente su sangre por el costado abierto, por las heridas de la flagelación, las
punzadas de la corona de espinas y las desgarraduras de sus manos y de sus
pies. Nos lavó con su sangre preciosa, no solamente los pies como a Pedro y a
los apóstoles, sino todo nuestro ser, limpiándonos de nuestros pecados; nos dio
muestras de lo que significa amar hasta el colmo, hasta la locura, dejándose crucificar, él, el justo
inocente, el cordero sin mancha, como un vil criminal, entre dos ladrones. Todo
¡por nosotros y por nuestra salvación!
Cuando Jesús llegó a
Jerusalén con sus discípulos, éstos les preguntaron: “¿Dónde quieres que te preparemos la Pascua?”. El les contestó: “Sigan a un hombre que lleva un cántaro de
agua y díganle: el maestro quiere celebrar la Pascua en tu casa”. El lugar
escogido se transformó en el Cenáculo donde ocurrieron todos los hechos que
acabamos de comentar. Si nosotros le hacemos ahora al Señor la misma pregunta:
“Señor, ¿dónde quieres que celebremos la Pascua este año? Seguramente nos dará
la misma respuesta: “Quiero celebrar la Pascua en tu casa”. “Mira, que estoy junto a la puerta y llamo.
Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él
conmigo” (Ap 3,20).
¿Estamos dispuestos a abrirle la puerta al
Señor y poner nuestra casa a su
disposición para que celebre su Pascua?
Si el entra, la transformará en Cenáculo y nos hará descubrir la maravilla de
su Eucaristía; nos lavará los pies y nos
enseñará a lavárselo a los demás y encontrar nuestra máxima felicidad en servir
a los demás; nos entregará su mandato de amor y nos enseñará a dar la vida por
nuestros amigos.
No dudemos, mis hermanos,
en dejar entrar al Señor. Entremos, junto con él, en este santo Triduo Pascual.
Que no haya un solo Cenáculo. Que haya miles, millones de Cenáculos donde el
Señor siga entregando su cuerpo y derramando su sangre; donde los sacerdotes
celebren la Eucaristía; donde los seres humanos aprendan la dicha de vivir
sirviendo a los demás; donde se haga práctica cotidiana el mandamiento del amor
mutuo. Así se hará realidad lo que el
Señor le pidió a los suyos aquella noche: “Hagan
esto en memoria mía”. Si lo hacen el mundo reconocerá que son discípulos
míos. Amén.
Maracaibo 2 de abril de 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo
miércoles, 1 de abril de 2015
SOLEMNIDAD DE JESÚS NAZARENO 2015
SOLEMNIDAD
DE JESÚS NAZARENO 2015
Muy queridos hermanos y hermanas,
Se ha hecho tradicional en
muchas partes de Venezuela celebrar el miércoles santo mirando hacia Jesús
llevando su cruz a cuestas hacia el Calvario, bajo la popular imagen de El
Nazareno. El Nazareno de San Pablo en Caracas y el de Achaguas en el Edo Apure, hermosas imágenes de
abolengo y tradición, atraen multitud de fieles que acuden llenos de fe, en
búsqueda de consuelo, de fortaleza, de paz, de
favores para sí, para sus seres queridos y para su patria.
Me alegro mucho al ver cómo,
año tras año, va creciendo la devoción de esta parroquia por su Santo Patrono y
cómo se desbordan en las calles de fieles caminando tras su imagen con cánticos
y plegarias. En Semana Santa caminamos tras muchas imágenes, por devoción, para
pagar promesas, para compartir la fe tradicional de la familia.
Pero lo más importante que
no debemos olvidar nunca es que a través de las procesiones, La Semana Santa
nos ofrece la maravillosa oportunidad de buscar a Jesús, de acercarnos a él, de
poner nuestras pisadas en las suyas y de compartir la fe con nuestra familia y
con nuestra comunidad parroquial. Durante su ministerio público Jesús insistió
para que sus oyentes y seguidores aprovecharan la oportunidad de su presencia,
de su predicación y se convirtieran, le dieran la espalda a los vicios y
pasiones desordenadas, salieran de las tinieblas del pecado y buscaran la luz y
la misericordia que él les estaba ofreciendo.
Hermanos y hermanas, todos
somos pecadores, todos necesitamos convertirnos. Por eso no debemos dejar caer
en saco roto la invitación que Jesús nos hace nuevamente este año para
abandonar los caminos del mal y ponernos a caminar con él. El Señor dijo en una
oportunidad: “Vengan a mí todos los que
están fatigados y agobiados y yo los aliviaré” (Mt 11,28). No hay nada que
nos agobie más que vivir en el odio, en el rencor, en los vicios y en las
tinieblas de la droga o del alcohol. El pecado nunca viene solo. Siempre nos
arrastra a cometer otros pecados. El pecador vive no solamente de espaldas a
Dios sino también de espaldas a su verdadera vocación y felicidad. El salmista
en el salmo 69 describe cómo se ve el pecador cuando se da cuenta el daño que
le está causando: “Sálvame, Oh Dios, que
estoy con el agua hasta el cuello. Estoy hundido en un pantano sin fondo, no
puedo hacer pie, estoy metido en aguas profundas. Me arrastra la corriente”
(v 1-2). El ser humano sin Dios no vale nada, perjudica su vida y la vida de los demás.
El pecado es poderoso; nos
hace mucho daño. Arrastró a Judas a la traición de su Maestro; a Pedro a
negarlo por tres veces; a los demás apóstoles a huir, llenos de miedo, cuando
arrestaron a Jesús. El pecado quiere apoderarse de nuestras vidas, imponer sus
leyes, suprimir las virtudes e implantar los vicios como estilo normal de vida.
Es una verdadera epidemia de muerte. Afortunadamente ni el pecado ni el
príncipe del pecado tienen la última palabra sobre nosotros, sobre la historia
y sobre el mundo. La última palabra la tiene Dios. Es una palabra de amor, de
reconciliación, de perdón, de salvación. La última palabra Dios la pronunció,
en su infinita misericordia, en la venida a este mundo de la persona de su Hijo
Jesús.
San Pablo en su carta a los
Romanos describe con toda crudeza la vida pecaminosa del hombre sin Dios, pero
luego afirma con gozo que “donde abundó
el pecado sobreabundó la gracia”. Que Dios no nos ha dejado tirados en el
estercolero de nuestros pecados sino que nos ha tendido la mano y nos ha sacado
a flote por la gracia salvadora de Cristo Jesús. “Nosotros estábamos incapacitados para salvarnos pero Cristo murió por
los impíos”. Dio la vida por nosotros pecadores y nos abrió grandes las
puertas del perdón, de la reconciliación y de la vida (cf Rm 5, 6-11).
Desde que llegó a esta
tierra Cristo nos demostró, de muchas maneras, cuán grande era su amor por nosotros.
Devolvió la vista a ciegos; puso en pie a paralíticos; curó leprosos; expulsó
demonios; revivió a muertos. Pero todo eso no favoreció sino a aquellos que
fueron objeto en ese momento de su intervención sanadora. Pero donde realmente
quedó patente la inmensidad sin límites de su amor fue al final de su
vida, en los trágicos acontecimientos de
su pasión y de su muerte en cruz, cuando dio su vida no por un ciego, o por un
sordo o por un paralítico sino por todos los ciegos, los cojos, los paralíticos
y muertos y del mundo, hombres y mujeres del mundo de ayer, hoy y mañana que
esperaban con ansias su salvación.
Él lo predijo en varias
oportunidades: “Y yo una vez que haya
sido elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mi” (Jn 12,32). Y en
otra oportunidad dijo: “No he venido a
ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por todos” (Mc 10,45).
Y en el coloquio después de la última cena con sus discípulos les dijo: “Nadie tiene
amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Si
queremos saber cuánto nos ama Jesús, hemos de mirarlo llevando humilde y
calladamente su cruz hacia el Calvario; contemplarlo crucificado en el Calvario
perdonando a los que lo ejecutan, admitiendo al buen ladrón en el paraíso,
abandonándose en los brazos de su Padre, entregando su madre María a su
discípulo Juan. Así lo describe la impresionante profecía de Isaías: “Sufrió el castigo para nuestro bien y con
sus heridas nos sanó. Andábamos todos errantes como ovejas, cada uno por su
camino y el Señor cargó sobre él todas nuestras culpas…Mi siervo, el justo,
traerá a muchos la salvación” (Is 53,5-11).
Con el Papa Francisco, los
invito, mis queridos hermanos y hermanas, en cualquier situación en que se
encuentren, a salir en busca de Jesús, a renovar con motivo de esta fiesta su
encuentro personal con él o por lo menos tomar la decisión de dejarse encontrar
por él. Que nadie piense que está excluido de esta invitación. El Señor Jesús
ha venido a buscar a los extraviados, a sanar a los enfermos, a salvarnos a
todos. Demos un paso hacia Jesús, aunque sea pequeño y entonces nos daremos cuenta
que Jesús nos está esperando con los brazos abiertos. Mientras caminamos al lado del Nazareno
digámosle esa hermosa oración que nos propone el Papa: “Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero
aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito, Rescátame de
nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tu brazos redentores” (EG 3). Nos
hace tanto bien volver a él cuando nos hemos extraviado. Acordémonos siempre
que Dios nunca se cansa de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de
acudir a su misericordia (cf EG 3).
Vengamos dónde Cristo. El nos
cargará nuevamente sobre sus hombros, nos devolverá nuestra dignidad perdida y
llenará nuestro corazón de alegría. Ojalá salgamos de esta fiesta esta noche,
con la cabeza alta, el corazón en paz, con el firme propósito de ir sembrando
el bien en torno a nosotros, en nuestra casa, en nuestro trabajo. Ese es el
camino para estar preparados para las próximas fiestas de Pascua. Que nadie nos
prive de esta alegría y de las ganas de contagiar a otros con ella. Que esta
santa eucaristía nos de la fe y la fuerza necesarias para dar nosotros también
mucha vida, mucho amor, mucho perdón. Si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida
por los hermanos (1 Jn 3,16), amándonos mutuamente como él nos amó.
Maracaibo 1 de abril de 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo
martes, 31 de marzo de 2015
HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL 2015
HOMILÍA DE LA MISA CRISMAL 2015
Muy querido Mons.
Ángel Caraballo, obispo auxiliar; Muy querido Mons. Jesús E Hernández, Vicario
General.
Muy queridos
hermanos sacerdotes concelebrantes presentes particularmente los que participan
como sacerdotes, por primera vez, en la Misa crismal; muy queridos hermanos
sacerdotes ausentes por causa de enfermedad o por vivir fuera del país.
Muy queridos
hermanos y hermanas religiosas y religiosos y miembros de los distintos
Institutos de Vida consagrada.
Muy queridos miembros
de Movimientos, Asociaciones apostólicas y nuevas realidades eclesiales
Queridos hermanos
comunicadores y todos los que gracias a ellos
nos siguen por TV, Radio, Internet y Redes sociales.
Hermanos y hermanas
de otras confesiones cristianas
Muy queridos
hermanos y hermanas en el Señor,
Esta mañana, como
todos los días, muchos de los aquí presentes iniciamos nuestra jornada con
estas palabras del salmo 50: “Señor, abre mis labios y mi boca proclamará
tu alabanza”. Los invito a todos ustedes, miembros de este hermoso pueblo
de Dios que se congrega en esta Iglesia local desde hace 118 años, a pedirle a
Dios que abra sus labios y sus corazones para alabar y bendecir su santo Nombre
con gratitud y alegría.
Esta gran y hermosa
asamblea está constituida por cristianos y cristianas provenientes de todos los
rincones de la geografía arquidiocesana. Formamos un gran mosaico compuesto por
personas de toda raza, lengua, pueblo y nación (cf Ap 5,9); por niños,
jóvenes, adultos, matrimonios, novios, ministros ordenados, religiosos y
religiosas de diversos institutos religiosos. Todos ostentamos la dicha de
haber sido sumergidos en Cristo (cf Rm 6,4), en el momento de nuestro bautismo
y de
participar, desde entonces, de su único sacerdocio.
Formamos un solo cuerpo; somos un solo pueblo. El
Señor no quiso salvarnos aisladamente, “sin
conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le
confesara en verdad y le sirviera santamente.” (LG 9). Nos ha dispensado la
gracia de ser “un linaje escogido,
sacerdocio regio, nación santa, pueblo de su adquisición, que en un tiempo no
era pueblo y ahora es pueblo de Dios”. (cf. 1 Pe 2,9-10).
Todos revestidos del
sacerdocio bautismal; todos capitaneados por Cristo, nuestra cabeza; todos sellados con la dignidad y la
libertad de los hijos de Dios (cf Gal 5,1); todos habitados por el mismo
Espíritu Santo (cf 1 Co 6,19); todos llamados a ser santos como Dios es santo;
todos llamados a poner en práctica la ley del
mandato de amar al prójimo como Cristo nos amó (cf Jn 13,34); todos
enviados a predicar el evangelio y a dilatar el Reino de Dios hasta los últimos
confines de la tierra (Mt 28,20). Cristo nos instituyó como pueblo mesiánico “para ser comunión de vida, de caridad y de
verdad, se sirve de él como instrumento de redención universal y lo envía por
todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf Mt 5,13-16)”
(Ibid).
Hermanos y hermanas,
esta misa crismal es, en primer lugar, la celebración del sacerdocio bautismal
que une a todos los cristianos; así lo subraya la antífona de entrada y la
segunda lectura del libro del Apocalipsis: “Jesucristo
nos ha convertido en un Reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre. A Él la
gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”. Es una celebración
única en todo el año litúrgico. Siempre la preside el obispo diocesano y la concelebran todos los presbíteros de esta
Iglesia local.
La concelebración,
en esta oportunidad, no es algo accidental, como ocurre en las demás misas,
sino propio y constitutivo de esta eucaristía. No hay otra como ella. Es en este
sentido muy especial. En ella vivimos la máxima manifestación de la comunión de
los presbíteros con su obispo y con el
pueblo fiel en el único sacerdocio de Cristo. Aparece así en toda su belleza la Iglesia como casa, escuela y
taller de comunión y solidaridad. Cada signo, cada gesto de esta solemnidad
expresa esta comunión.
La Iglesia de Cristo
es bella aunque integrada por pecadores;
sin mancha ni arruga aunque permanentemente llamada a convertirse (cf Ef 5,27);
una Iglesia alimentada directamente por Cristo en la eucaristía (cf Jn
6,53-58). Es pues justo y necesario
dar gracias al Padre por esta Iglesia
particular marabina; por la vida y la
salvación que Cristo nos comunica a través de su existencia, de los
sacramentos, de los ministerios ordenados y de la práctica incesante de la
caridad. Dentro de pocos momentos bendeciremos los óleos y consagraremos el
santo crisma. Y se hará realidad para nosotros el salmo 133: “¡Qué agradable y delicioso es que los
hermanos vivan unidos! Es como ungüento perfumado derramado en la cabeza”.
Desde el siglo XIII
hasta 1955 la misa, en la que se bendecían los óleos, se fusionaba con la del
jueves santo. En 1955 el Papa Pio XII
restituyó la celebración del Triduo Pascual en horas vespertinas, y de ese modo
la Misa crismal comenzó a tener su espacio propio el Jueves Santo en la mañana.
Años más tarde, la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II permitió
que, por razones pastorales, esta misa se
pudiera celebrar unos días antes, siempre cercanos a la Pascua. Nos hemos
valido de estas razones para colocarla el martes santo.
Hace ya sesenta años
que nuestra Iglesia local tiene la oportunidad de celebrar esta misa crismal
tal como la restituyó el beato Paulo VI.
Ya son 15 años que tengo la dicha de presidirla y de beber junto con ustedes de
los raudales de agua viva que brotan del costado abierto de Cristo (cf Ez 47,
1-12). Alabemos y bendigamos al Señor por todos los pastores que el Señor
colocó, desde su creación, al frente de esta grey, gracias a cuya presencia se
ha hecho viva y patente la comunión entre los zulianos y con la Iglesia
Universal.
Este año quiero
recordar de modo especial al insigne arzobispo Mons. Domingo Roa Pérez, con
motivo del centenario de su nacimiento (El Cobre, 21-02-1915- Maracaibo, 1 de
enero del 2000), quien rigió esta Iglesia por 31 años. Amó esta tierra y su
gente hasta consumirse por ella; dio vigoroso testimonio de Cristo Jesús, su
Señor; sembró por doquier el evangelio de la familia, de la educación y de la
vida; ejerció a manos llenas la caridad a favor de los pobres, defendió con ardor la dignidad humana y se
irguió sin miedo como insigne paladín de los derechos fundamentales del hombre.
En cuanto a mi me toca, le doy las gracias por haber sido uno de los
consagrantes de mi ordenación episcopal, hace 25 años, y haberme impuesto las
manos ese día.
Su feliz memoria, me
hace recordar otro gran pastor latinoamericano, que pronto será inscrito en el
catálogo de los beatos y que honra el gentilicio cristiano de este continente:
me refiero al mártir Mons. Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador. Voz
de los sin voz, defensor de los pobres, que tronó, como los antiguos profetas de
Israel, como los frailes dominicos Pedro
Montesinos y Bartolomé de las Casas en la Isla de la Española, en nombre del
Dios de la justicia y de la paz, contra los poderes opresores y los llamó
valientemente a la conversión. ¡Bendito
y alabado sea el Señor por estos dignos sucesores de Cristo Jesús, pastores con
olor a ovejas!
Estos pastores no
hicieron otra cosa que correr tras la fragancia de Cristo. Y ese ha de ser el
rastro que han de seguir sus discípulos y, entre ellos, de modo particular sus
ministros. Jesús no vino a este mundo a condenar al mundo sino a salvarlo (cf
Jn 3,17). No tuvo donde reclinar la cabeza (cf Lc 9,58); no vino a ser servido
sino a servir y a entregar su vida por todos (cf Mc 10,45). Dejó bien claro que
quien quisiera servirle que lo siguiera y estuviera con él, corriera la misma
suerte que él y confesara sin miedo su nombre ante los poderes de este mundo
(Jn 12,26; Mt 10,26-33).
El Papa Francisco ha
actualizado esta enseñanza evangélica con sus gestos, sus peregrinaciones, sus
intervenciones y enseñanzas. Nos pide encarecidamente ser una Iglesia “en salida misionera”, que abandone sus
refugios seguros y se exponga para atender a los heridos en plena vía de la
vida. Una Iglesia pobre y de los
pobres. Una Iglesia que tome la iniciativa, escuche, se involucre, acompañe,
llevando consigo la revolución de la ternura y de la compasión. Una Iglesia en
permanente estado de conversión, ajena a mundanidades y privilegios, que se renueve constantemente a
la luz del evangelio. Una iglesia que lleve el sencillo mensaje de amor a Jesús
para la salvación de las almas de todos aquellos que lo acepten.
En esta solemne
celebración que proclama el servicio y la ministerialidad como notas
constitutivas de la Iglesia, ha quedado ubicada, desde que el Beato Paulo VI
así los dispuso en 1969, la renovación de las promesas sacerdotales, por las
cuales los presbíteros se comprometieron el día de su ordenación, a poner su
sacerdocio ministerial al servicio del sacerdocio común de los fieles (cf LG
10). Ellas contienen la imagen
auténtica de lo que ha de ser un sacerdote
cristiano: una expresión eminente y cualificada del servicio evangélico que la
Iglesia ha de prestarle al mundo. Oremos
intensamente, hermanos y hermanas, por nuestros queridos sacerdotes, para que
se cumpla en ellos, con la fuerza del Espíritu Santo, lo que el Papa pide para
todos y, especialmente para los ministros ordenados de la Iglesia, en su
Exhortación “La alegría del Evangelio”.
Que, mediante esta
renovación, den decididamente la espalda a la idolatría del dinero, a la acedia
egoísta , al pesimismo estéril , a las peleas, a los personalismos, y a las divisiones internas; superen la tentación de transformar su autoridad en cotos de poder y se vuelvan pastores orantes, compasivos, “con
olor a ovejas”, perdidamente enamorados de su vocación, evangelizadores con Espíritu “a tiempo y a
destiempo” (2 Tim 4,2) ; fundamenten su ministerio en la Palabra de Dios y en
la espiritualidad misionera; cuiden de
la familia cristiana, se dediquen a formar discípulos misioneros;
engendren, como el apóstol Pablo y sus
colaboradores, comunidades apostólicas; vivan entre ellos en íntima fraternidad
y solidaridad sacramental; dejen ver,
con su alegría contagiosa y buen trato, el gusto espiritual de ser pueblo, el
regocijo de tener en sus vidas a Aquel que todo lo puede y siempre los conforta
. En una palabra sean otros Cristos, devorados por una insaciable vocación de
servicio, con el arado en las manos, roturando,
sin mirar atrás, los labrantios del Reino de Dios hasta sus últimos linderos. (cf
Lc 9,62).
Les invito a vivir,
en actitud de alabanza, este momento y todos los demás ritos de esta misa
crismal, particularmente la bendición de los óleos, la consagración del santo crisma y la entrega
de la Colecta de la Campaña Compartir. El óleo en la Sagrada Escritura es signo
de bendición divina y del cumplimiento de las promesas mesiánicas (cf Sal
132,11-17). Así como María, en Betania, derramó sobre los pies de Cristo, pocos
días antes de la Pascua, un frasco entero de nardo puro, “inundando toda la casa con su fragancia” (Jn 12,3), así también,
por medio de los sacramentos, de los cuales estos óleos son materia prima, sigan
saliendo de entre nosotros discípulos misioneros que expandan, en las
periferias territoriales y ambientales de esta Iglesia, el buen olor de Cristo
(cf 2 Co 2,15) y la fuerza de su
salvación.
Maracaibo 31 de
marzo de 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
III Arzobispo de Maracaibo
domingo, 29 de marzo de 2015
HOMILIA DEL DOMINGO DE RAMOS 2015
HOMILÍA DEL DOMINGO DE RAMOS 2015
Queridos hermanas y
hermanos,
La Cuaresma llega a su
punto culminante con la celebración del domingo de Ramos y el inicio de la
Semana Mayor. Los cuarenta días de Cuaresma tenían precisamente por finalidad
conducirnos, a través de una intensa vida de oración, de ayuno, de caridad y de
escucha atenta de la Palabra de Dios, a la renovación de nuestra fe bautismal. Ahora al mirar hacia atrás nos preguntarnos
si de verdad hemos aprovechado ese tiempo favorable de gracia (2 Co 6,1) que Dios nos ha dado para
darle un giro radical a nuestra vida y enrumbarla por los caminos de la
conversión.
Hoy les pregunto a todos
ustedes: ¿cómo vemos la Semana Santa? ¿Como una semana más, igual a las demás? ¿Como
una semana de vacaciones dedicada a la diversión? Es importante, en este
domingo de ramos, puerta grande para entrar en los demás días santos, que
advirtamos el valor decisivo que tiene esta semana para nosotros los
cristianos. Hermanos, hermanas, ¡no nos dejemos robar el valor y el significado
de la Semana Santa! Hagamos todo lo que
esté a nuestro alcance para vivirla con intensidad. Preocupémonos también por
ayudar a otros hermanos nuestros a descubrir su verdadero sentido. Cada semana mayor es una oportunidad que se
le ofrece a muchos hermanos alejados o indiferentes para volver a la Iglesia,
por medio de una buena confesión, y re encontrarse con el Señor Jesús.
Hemos de tener bien claro
que el corazón, el meollo de esta semana es el encuentro con la persona, la
vida, la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Los invito,
por consiguiente, con palabras de la Carta a los Hebreos a “correr con perseverancia en la carrera que
se abre ante nosotros, fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de nuestra fe, el cual,
animado por la alegría que le esperaba, soportó sin acobardarse la cruz y ahora
está sentado a la derecha del trono de Dios. Fíjense pues en aquel que soportó
en su persona tal contradicción de parte de los pecadores a fin de que no se
dejen vencer por el desaliento” (He 12,1-3).
Este domingo es
popularmente conocido como el domingo de Ramos. Por eso es importante que entiendan
qué significan esas palmas o ramos que tienen en sus manos y se van a llevar a
sus casas. Hace poco se bendijeron y vinimos con ellos, en procesión, hacia la catedral
entonando vivas y cantos en honor a Jesús, el Mesías, el Bendito que viene en
nombre del Señor. Esta procesión es la
más antigua de todas las procesiones, es la madre de todas las procesiones.
Todas las demás, inclusive las devocionales que se originaron hace algunos
siglos en honor a la Virgen María o de los Santos, se deben interpretar a la
luz de esta procesión en honor a Jesús Redentor. El significado profundo de esta procesión es
la entrada triunfal de Jesús Resucitado en la nueva Jerusalén. Una entrada que
no realiza Jesús solo. Entra con su trofeo, es decir con nosotros los redimidos
en su sangre preciosa, con todos aquellos que hoy como ayer lo reconocen como
el Hijo de David, el Mesías anunciado por los profetas. Desde el pórtico de la
semana santa debe calar muy hondo en nosotros aquellas palabras de Jesús a los
discípulos de Emaús: “era necesario que
el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria” (Lc 24,26).
Esta procesión no es pues
un mero acto de piedad popular ni menos aún un escenificación del ingreso del
Mesías en la ciudad santa; tampoco un simple acto conmemorativo de aquel acontecimiento histórico. Es un acto profundo
de fe en el poder salvador de Cristo Jesús;
es la reafirmación de nuestra
disposición de ir con él hasta el final en nuestro camino como discípulos
suyos, aunque nos resulte difícil comprenderlo y aceptarlo. Siempre debemos
tener presentes las palabras que Jesús
dirigió a sus discípulos de ayer y de hoy: “Si
alguno quiere venir en pos de mi, que renuncie a sí mismo, que cargue con su
cruz y me siga” (Mc 8,34). “Si
alguien quiere servirme que me siga; correrá la misma suerte que yo. Todo aquel
que me sirva será honrado por mi Padre” (Jn 12,26).
Con nuestra procesión expresamos
la firme convicción de la validez del camino de Jesús para nuestra Iglesia. Cristo
camina delante de nosotros, está al lado
de cada una de las ovejas de este rebaño y con su palabra y su ejemplo nos
anima a afrontar con gran fortaleza espiritual todas las vicisitudes y pruebas
que se presenten y lleguemos, con la fuerza de su luz y de su amor, a la
plenitud de la salvación. Nuestras
palmas no son adornitos ni amuletos para la buena suerte. En el libro del
Apocalipsis las llevan en sus manos los cristianos martirizados que bañaron sus
túnicas en la sangre del cordero inmolado (Cf Ap 7,9). Llevémoslas bien en
alto, como antorchas de vida, de
justicia, de amor y esperanza. Nos recordarán, allí donde las coloquemos,
nuestro deseo de que Cristo Jesús camine también al frente de nuestros hogares,
de nuestras familias, de nuestros trabajos, porque sólo con él podemos
encontrarle verdadero sentido a lo que somos, vivimos, sufrimos y gozamos.
Hemos comenzado pues, la
liturgia de la Semana Mayor con un gesto fuerte y contundente con el que
reafirmamos nuestra certeza de que Cristo camina delante de nosotros
abriéndonos caminos y hemos manifestamos nuestra disponibilidad de seguirlo, de
ser sus discípulos, de asumir con mayor seriedad nuestro compromiso cristiano:
implantar el Reino de Dios, su Padre y nuestro Padre, en nuestras vidas, en
nuestros hogares, en nuestro país.
La celebración eucarística
de este domingo está centrada en la narración de la Pasión de Nuestro Señor
Jesucristo según San Marcos, precedida por las lecturas de una profecía de
Isaías y de un himno de la carta de Pablo a los Filipenses. Ellas nos ayudan a
comprender más a fondo que Jesús entró en Jerusalén para cumplir de manera
completa y cabal, como siervo humilde y obediente los designios de su
Padre. Escogió el camino del abajamiento
hasta la muerte de cruz, totalmente confiado en que, en ningún momento, su
Padre lo abandonaría y lo conduciría a la victoria sobre la muerte. Al final
del relato de la Pasión, Marcos coloca en boca del centurión, encargado de la
ejecución de Jesús, una profesión de fe que debe brotar de nuestros labios y
ser el timón de nuestras vidas: “Verdaderamente
este hombre era el Hijo de Dios” (Mc 15,39).
Si desde hoy, en esta misa,
proclamamos a Cristo como Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación,
estamos entrando con buen pie en la
semana santa. Hermanos y hermanas, enfoquémonos en lo esencial de nuestra fe no
andemos por las ramas. Y ¿qué es lo esencial de nuestra fe? el amor infinito
que Dios que se revela en Jesús y sobre todo en la cruz gloriosa. Nunca
llegaremos al fondo de este amor. Amor por nosotros, por nuestra salvación, por
la remisión de nuestros pecados, la curación de nuestras heridas. Es un amor
para los hombres y mujeres de hoy acosados por mensajes y acontecimientos de
muerte, de violencia, de odio, de división, de fanatismos fratricidas. ¿Cuándo
nos terminaremos de convencer de que no hay poder mayor para cambiar el mundo
que el amor contenido en el hombre crucificado.
“Te adoramos, Oh Cristo, y te
bendecimos, porque con tu santa cruz has redimido el mundo”.
Hermanos, hermanas, es
verdaderamente triste ver cómo los hombres y mujeres de hoy se están olvidando
de Dios y cuán caro nos está costando este olvido. Mientras más de lado lo
dejamos más lobos feroces nos volvemos
En este olvido, en esta indiferencia los cristianos tenemos una grave
responsabilidad porque vivimos nuestra fe con mucha comodidad, con mucha
tibieza, con mucho conformismo. Somos malos propagadores del incendio de amor
que Dios encendió en este mundo con la
venida de su Hijo y por eso muchos, decepcionados, se alistan en las filas de los que promueven
la vida pagana, sin valores, sin normas,
sin principios. Todo esto trae consigo un grave deterioro de nuestra sociedad y
sirve de caldo de cultivo para toda clase de calamidades.
Recibamos entonces esta
Semana como un gran regalo para darle mayor tonicidad a nuestra vida de fe. Busquemos más
a Dios, sigamos más de cerca a Jesús, vivamos más a fondo de su Palabra,
fortalezcamos más la fe en nuestras familias. No hagamos como los que
recibieron a Jesús a las puertas de Jerusalén. Lo aclamaron, le pusieron sus
túnicas como alfombra a su paso pero después se desentendieron de él cuando lo
condenaron y a lo mejor hasta gritaron con los que pidieron su crucifixión.
Hermanos, hermanas, no
seamos solamente católicos de palma bendita, católicos aclamadores que le
cierran las puerta de sus vidas a Jesús, católicos de domingos de Ramos que no
llegan ni al viernes santo ni al domingo de Pascua. Que esta celebración nos
lleve a todos, con nuestras familias, nuestras comunidades a abrirle de par en par las puertas al Redentor para que
él entre e implante el estandarte de su cruz gloriosa y el Reino de su Padre,fuente
de vida, de gracia y de paz se haga para una realidad.
Maracaibo 29 de marzo de
2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo
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