viernes, 14 de abril de 2017

VIERNES SANTO 2017 - LAS SIETE PALABRAS

LAS SIETE PALABRAS

Juan 19:17-18.- Nuestro Señor Jesucristo, cargando su cruz, salió al lugar llamado de la calavera, en hebreo, Gólgota. Allí lo crucificaron con otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio.
Esta lectura bíblica nos invita a presenciar el drama presentado un día en el calvario. Nuestra mirada debe estar dirigida en el redentor crucificado, y nuestros oídos abiertos para escuchar esa voz sempiterna que ha cruzado todas las edades. 
Cada una de las siete palabras permite visualizar y apreciar la importancia de la cruz. Un mundo en tinieblas, un cordero y una cruz fue lo que se veía durante aquel sacrificio.
¡Virgen de los dolores y Madre nuestra, Madre de todos los tele espectadores y Madre de todos los radio escuchas, ojalá seamos como Tú, que,  acompañaste siempre a Jesús durante su vida, redención y muerte. Madre Santa, que así como Jesús vino a salvarnos aquí en la tierra, podamos nosotros  glorificarlo de manera que, lo adoremos por toda la eternidad, estando  junto a Él y junto a Ti.
Todo esto Te lo pedimos por tu aflicción y martirio, al pie de la Cruz. Asístenos  siempre, Señor,  especialmente en los últimos momentos del combate cristiano, antes de la muerte, y así estaremos seguros que se abrirá la eternidad feliz, en compañía de todos tus santos.
Señor Jesucristo, que, por tu amor agonizaste en la cruz quisiste pagar con tu sacrificio la deuda de nuestros pecados, abre tus divinos labios para alcanzarnos el perdón de nuestros pecados,  ten misericordia de todos los hombres y mujeres que están agonizando en nuestra ciudad  y que por los méritos de tu preciosísima Sangre derramada para nuestra salvación, dadnos un dolor tan intenso de nuestros faltas, que muramos contigo en el regazo de tu infinita misericordia.

LA PRIMERA PALABRA
"PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN.”
(Lucas, 23: 34).

Queridos amigos que me están siguiendo por la televisión, la radio, por las redes sociales y los aquí presentes en esta sacrosanta Catedral metropolitana de Maracaibo.

Contemplemos en este momento a Cristo elevado en lo alto del patíbulo que, como ustedes  saben, es un tablado en donde ejecutan a los condenados a muerte.

Veamos a Jesús despreciado y condenado por nosotros, que nos llamamos hijos de Dios, y él ante las afrentas está dispuesto a consolar y animar a quienes  sentimos el dolor y la tristeza de tanta injusticia.  Hoy en Venezuela se repite la misma escena. Con todos los regalos que Dios ha dado a nuestro país, nosotros como pueblo nos hemos dedicado a despreciar al Autor de todo bien.

No somos capaces de reconocer nuestros pecados y por supuesto, menos aun de reconocer la misericordia que el Todopoderoso nos ha concedido que es, el perdón de nuestras faltas. Sí,  el perdón, que no es otra cosa que: el don que Dios nos da por nuestras ofensas; Dios nos demuestra que no tiene sentido de venganza hacia nosotros sino todo lo contrario. Tengamos en cuenta que si amar es dar, perdonar es seguir dando. Y así Jesús no hace otra cosa  que tenernos paciencia  hasta que reconozcamos que los errados somos los humanos.

Ahora bien, cuánta necesidad tenemos en nuestra patria de desarrollar el sentido del perdón ya sea en entre los esposos, cuanto odio se comprueba en las parejas que no los dejan disfrutar del amor conyugal,   los padre con los hijos, los hijos con los padres, los nietos con los abuelos, los amigos entre sí. El perdón de los tribunales, ya sabemos que hay tantos presos a quienes no les han dictado sentencia, sabiendo que no todos los que están en las cárceles son culpables.

LA SEGUNDAPALABRA
"YO TE ASEGURO: HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO."
(Lucas, 23: 43)

La razón por la que Jesús invita al ladrón al paraíso es porque ese malhechor reconoció su pecado: Lc. 23:41. "Nosotros de verdad  padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros errores".

Aquél acto de reconocer su pecado lo llevó a formar parte de los llamados por Jesucristo, cuando dijo: ”No he venido a llamar a justos, sino a pecadores para que se arrepientan." Lc 5:32. 
La actitud de este hombre, entonces,  marca la senda segura hacia una permanencia en Cristo que transciende hasta los cielos.  No bastó sólo el reconocer que había hecho el mal, sino aceptar que su mal proceder merecía el castigo de la justicia, lo cual aceptaba con resignación (Lc 23:41 "Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros crímenes".
Este reconocimiento de su pecado lo condujo a su vez a la obediencia,al llamado a arrepentirse de su pecado y depositar su fe en el único que era capaz de declararlo inocente.

Aquel hombre tuvo la gracia de  reconocer el señorío de Jesús. Lc 23:42 Y dijo a Jesús: "Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino". 
El letrero en la cruz, que de forma sarcástica, lo declaraba Rey, pero que el delincuente arrepentido creyó en la autenticidad de su reino, y sin pruebas de que éste fuera Rey,  hizo efectiva los elementos de la fe como es creer sin ver. Sin embargo su fe,  lo dirigió a creer no en un Rey humano, ya que evidentemente estaba en las mismas condiciones que él, más bien este hombre llegó a la conclusión de que su reinado iba más allá de lo terrenal al decir: "...mas Éste, ningún mal hizo." y sólo un Rey así, que sin hacer ningún tipo de mal, muere como malhechor, debe tener un reino que transciende lo terrenal.

En la respuesta de Jesús al ladrón "Hoy estarás conmigo en el Paraíso", indica que el ladrón estaba equivocado en el tiempo del cumplimiento de su esperanza, no era en el futuro cuando Jesús iba a estar en su reino, no era en el futuro cuando él se iba acordar de él y llenarlo de su misericordia, era HOY, desde el momento en que ambos dejen de respirar.

Así debe ser también nuestra fe, el reino de Dios está entre nosotros, por lo tanto también Jesús nos llama a estar con Él en el paraíso celestial. De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso. (Lucas 23:43)

LA TERCERA PALABRA:
"HE AQUÍ A TU HIJO: HE AQUÍ A TU MADRE"
(Jn. 19, 26)

La responsabilidad de hijo a madre continua latente en el corazón de Jesús. Jesús hizo los arreglos para que su muerte no fuera dejar a María desamparada. Jesús tenía plena confianza en Juan. María lo aceptaría como otro hijo.
Jesucristo en cuanto a su divinidad tiene un solo Padre, el que lo engendró en los cielos. Hebreos 1,5. Jesucristo en cuanto a su humanidad tiene una sola Madre, la que lo engendró en la tierra,  Lucas 1,31. María no es una diosa porque no engendró a Cristo en cuanto a su divinidad, pero sí es Madre de Dios porque engendró a Cristo en cuanto a su humanidad. Y como en Cristo hay una sola persona, la persona divina del Verbo, María es Madre de Dios.

Y María como madre, cómo es,
1.          ALEGRE, En las letanías lauretanas invocamos a María como “causa de nuestra alegría”. Y es lógico preguntarse ¿cómo va a causar en otros algo que Ella misma no tiene en abundancia? Nadie da lo que no posee. Si María puede ser la causa de nuestra la alegría es porque Ella misma no cabía en sí de felicidad. Rebosaba alegría y la contagiaba por doquier.
2.          AMOROSA, Entre los muchos títulos con los que nos referimos a María está el de Madre del Amor misericordioso. Es la Madre de Cristo, la Madre de Dios. Y Dios es amor. Dios quiso, sin duda, escogerse una Madre adornada especialmente de la cualidad o virtud que a Él lo define. Por eso María debió vivir la virtud del amor, de la caridad en grado elevadísimo. Fue, ciertamente, uno de sus principales distintivos.
3.          COMPASIVA, La compasión se difunde desde el corazón, no desde las emociones. Hablamos del corazón en el sentido bíblico, es decir, el centro de la persona. Su primer motor es el perdón y la misericordia. No olvidemos que la manifestación más brillante de la gloria de la Trinidad santa es su misericordia.
4.              COMPRENSIVA, Admiramos en María, por los datos evangélicos de que disponemos, su pureza virginal, su humildad profunda, su sentido exquisito de la Voluntad de Dios, su fe y confianza plenas en Dios, su fortaleza ante el dolor, su caridad sin límites, su condición de mujer de oración, su espíritu de servicio silencioso, su sencillez de vida, su desapego de las cosas materiales, su amor entrañable por su Hijo, su ejemplo de mujer, de madre y de esposa, y otras muchas cosas FIEL
5.          .     PIADOSA, el “Magnificat” es sin duda la oración por excelencia de María. Además de ser relativamente larga, tiene un contenido espiritual muy grande. Refleja en gran medida la piedad de María.
Para María orar no es sólo un asunto personal entre ella y Dios. María se siente como parte integrante de un gran pueblo,
6.               Hermosa, María era una mujer con el corazón en el cielo. María veía todo a través del cielo. ¿Qué importancia tenían el sufrimiento, las carencias, las luchas, los sacrificios, los esfuerzos, las renuncias, los momentos difíciles, cuando todo eso se ve desde el cielo.
7.               Obediente, María, ejemplo de obediencia a Dios. Por el diálogo entre María y el Ángel se deduce que la propuesta de Dios a María chocaba frontalmente con los planes de María misma sobre su vida. Sin embargo, nada más escuchar María el plan de Dios y resolver cómo se realizaría aquel plan, Ella se entrega con aquellas palabras maravillosa que debieron conmover el mismo Corazón de Dios: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra".(Lc 1, 38).


CUARTA PALABRA
DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS DESAMPARADO?
(Mateo 27:47)

La soledad es una de las más terribles experiencias que cualquier ser humano pueda tener. Separar a una persona de los demás en una prisión es el castigo más terrible. Psicológicamente afecta en el sentido de que el hombre es un ser social.

La soledad de Cristo fue un desamparo espiritual. Su sufrimiento fue sin la ayuda de su naturaleza divina o la intervención del Padre. Jesús quedó solo literalmente.

Debido a que Dios es Espíritu, no podemos tocarlo físicamente ni verlo. Muchas veces Satanás usará esto como un medio para probar que Dios no es real. Sin embargo, primero tenemos que reconocer que la vida cristiana se vive por la fe en Dios, incluso cuando no podemos ver ni sentir. Jesús dijo a Tomás: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”(Juan 20:29). A través del regalo del Espíritu Santo, se nos asegura la presencia de Dios en nuestras vidas. Aun cuando no podemos percibir la presencia por la fe en Dios creemos su palabra que Él nunca nos dejará ni nos abandonará. (Hebreos 13: 5)

Como creyentes en Cristo Jesús, podemos creer en nuestro corazón que nunca estamos solos.
Algunos de nosotros tenemos épocas de soledad a causa de las relaciones rotas. Esto podría ser debido a la separación / divorcio, o lazos familiares tensos o malentendidos entre amigos. En muchos casos, nuestro orgullo o el orgullo de los otros puede traer división que nos lleva a estar solos. La restauración toma ambas partes para llegar a un lugar de acuerdo y que no siempre es posible. Sin embargo, si hemos pecado contra cualquier persona en una situación, tenemos que asumir la responsabilidad de confesar y pedir perdón. Al hacerlo, podemos ganar a un hermano o hermana, o si se niegan a aceptar nuestra petición, entonces somos libres para seguir adelante y dejar que Dios traiga gente nueva a nuestra vida.

Algunos de nosotros estamos solos porque estamos esperando que Dios envíe gente a nuestra manera. Mientras el Señor puede llevar a otros a hacerse amigo de nosotros, muchas veces nos toca a nosotros dar el primer paso. Cuando nos acercamos a los demás, dejamos que el Espíritu Santo pueda revelar las verdaderas amistades para nosotros. El cuerpo de Cristo es un grupo de cristianos que adoran y sirven a Dios juntos. Ninguno de nosotros está destinado a estar solo en la obra del reino de Dios. Nos necesitamos mutuamente para fortalecer y animar a otros en estos días malos.

Entender El Pensamiento Acerca De Estar Solo
“Pero él se apartaba a lugares solitarios para orar” (Lucas 05:16).
Jesús dio el ejemplo de retirarSE a los lugares solitarios (a veces sin sus discípulos) para estar en comunión con su Padre. La soledad no es siempre algo malo. Hay épocas en nuestras vidas cuando tenemos que alejarnos de la gente para volver a conectarnos y escuchar de Dios. El mundo que nos rodea es fuerte, evasivo, y de distracción para las reflexiones tranquilas y meditaciones necesarias para crecer espiritualmente. Aquellos creyentes más usados por Dios se han disciplinado a sí mismos para estar solos, a veces por breves períodos a lo largo de una semana o un número X de días. Los creyentes que utilizan este tiempo para conocer mejor a Dios se encuentran más fuertes en los días de tentación.

LA QUINTA PALABRA
TENGO SED
(Juan 19:28)

Por un simple pronunciamiento de su naturaleza divina aquella sed hubiera sido saciada y satisfecha. Pero no, Jesús no lo hizo.
En esta expresión Jesús expresó su sufrimiento no fingido.
Jesús tuvo sed por nosotros, para que tú y yo pudiéramos beber del agua de la vida. (Juan 4:10, Apo. 7:17; 21:6; 22:1, 17).

Resulta muy interesante y hasta irónico que Jesús estuviera pidiendo agua.  Él era el mismo que le dijo a la mujer Samaritana “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.” (Juan 4:10), el mismo que  el último día de las fiestas de los tabernáculos (Juan 7) dijo “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. El es el mismo que según nos dice el gran Apóstol “Cristo es la roca espiritual que dio agua al pueblo de Israel en el desierto” (1 Corintios 10:4.)

Pero ahora vemos que Cristo, la fuente de vida “tiene sed”.  La sed que sufrió Cristo fue para que nosotros nunca jamás tengamos sed.  Y estas palabras son reales.  Tal como en los días de Moisés, Cristo (la roca) puede darnos agua después que ha sido “golpeada” una sola vez. Por eso Moisés sufrió castigo por haber golpeado la roca (tipo de Cristo) más de una vez.  Este error le costó a Moisés su entrada a la tierra prometida. 

Cristo, la piedra angular que es fuente de agua viva, fue golpeado una vez y para siempre (en la cruz del calvario) para que nosotros podamos beber del agua que salta para vida eterna. (Juan 4, 7).

La muerte de Cristo aunque similar a las de aquellos hombres que estaban crucificados junto a Él fue al mismo tiempo muy distinta.  Cuando Cristo murió lo hizo en lugar nuestro.  En la cruz Él sufrió no solamente una muerte y sufrimiento físicos sino que sufrió la paga infernal que nosotros deberíamos sufrir.  Cristo llevaba sobre sus lomos la condenación del pecado de su pueblo.
La Escritura nos dice “el castigo de nuestra paz fue sobre el” (Isaías 53).  Cristo sufrió el castigo por nuestra salvación la cual nos trae “paz con Dios” (Ro. 5:1).  En la cruz Cristo, como el rico de la historia de Lázaro se encontraba “en tormentos” y también sufrió de sed. 

LA SEXTA PALABRA:
CONSUMADO ES.
(Juan 19:30)

Sus tres años y medio de ministerio se completan en la cruz.
Muchas escenas de su infancia, ministerio y encuentros con personas pasan por su mente hasta que admite: Consumado es.
En el calvario caducó el antiguo pacto de la ley, y un nuevo pacto entra en vigor. (Pacto de La gracia)

Mira, éste está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, para ser señal de contradicción y a ti misma una espada te atravesará el alma a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.” Lucas 2:34-35

Cuando Jesús dijo en la cruz, “todo está consumado” o “todo se ha cumplido”, claramente dijo que su muerte no fue sólo el resultado de un error judicial ni de una casualidad, sino que estaba prevista y era el resultado de su testimonio, de su misión.

Él dijo: “he venido a echar fuego sobre la tierra ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado ¡Qué angustiado estoy hasta que se cumpla! ¿Piensan que he venido para dar paz a la tierra? No, sino división, se los aseguro.” (Lucas 12:49-51)

Se refería al bautismo de sangre, al testimonio de su muerte en la cruz. No solamente al bautismo del agua que ya había recibido, junto con el testimonio del Espíritu Santo. Juan nos dice al respecto: “Jesucristo, no solamente en el agua, sino en el agua y en la sangre.” (1 Juan 5:6).

Este testimonio, este martirio, no es un hecho aislado, sino se relaciona con que Jesús no vino a dar paz a este mundo, sino división. Jesús no calló entonces la verdad sobre el mundo y en particular sobre el tiempo en que vivía. Por eso llamaba hipócritas a quienes saben interpretar las señales del clima, pero no las señales de los tiempos y pregunta “¿Cómo no investigan sobre esta época?” (Lucas 19:54).

Jesús habló claro sobre su época y sobre los pecados concretos de su época. Llamó las cosas por su nombre: “¡Ay de ustedes escribas y fariseos hipócritas... cuelan el mosquito y se tragan el camello... por dentro están llenos de rapiña e iniquidad... sepulcros blanqueados... serpientes, raza de víboras... les voy a enviar profetas, sabios y escribas, a unos los matarán y crucificarán, a otros los azotarán en sus comunidades y los perseguirán, de ciudad en ciudad!”. (Mateo 23:3-36.)

“Entonces Jesús le dijo a sus discípulos: ‘si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá.” (Mateo 16:24.)

Algunos tal vez pensarán ahora, que ¿para qué más cruces? Acaso ¿no basta que Jesús haya dado su vida en la cruz y haya resucitado para que estemos seguros de nuestra salvación? Pero sin embargo Jesús nos llama a seguirlo y a cargar nuestra propia cruz: “Si alguno me sirve, que me siga y donde yo esté, allí estará también mi servidor.” (Juan 12:26).


LA SEPTIMA PALABRA
PADRE EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU.
(Lucas 23:46)

Hemos llegado a la última palabra que Nuestro Señor pronunció. En el momento de la muerte de Jesús, «dando un fuerte grito, dijo, "Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu"»[326]. Explicaremos cada palabra separadamente. «Padre». Merecidamente llama a Dios su Padre, pues Él era un Hijo que había sido obediente a su Padre incluso hasta la muerte, y era propio que su último deseo, que con seguridad iba a ser escuchado, sea precedido por tan dulce nombre. «En tus manos». En las Sagradas Escrituras las manos de Dios significan la inteligencia y la voluntad de Dios, o en otras palabras, su sabiduría y poder, o también, la inteligencia de Dios que conoce todas las cosas, y la voluntad de Dios que puede hacer todas las cosas. Con estos dos atributos como manos, Dios hace todas las cosas, y no necesita ningún instrumento en el cumplimiento de su voluntad. San León dice: «La voluntad de Dios es su omnipotencia»[327]. En consecuencia, con Dios querer es hacer.

«Todo cuanto quiso lo ha hecho»[328]. «Te encomiendo». Entrego a tu cuidado mi Vida, con la seguridad de que me será devuelta cuando venga el tiempo de mi resurrección. «Mi espíritu». Hay diversidad de opinión en cuanto al significado de esta palabra. Ordinariamente la palabra espíritu es sinónimo de alma, que es la forma substancial del cuerpo, pero puede significar también la vida misma, pues respirar es el signo de la vida. Aquellos que respiran viven, y mueren los que dejan de respirar. Si por la palabra Espíritu entendemos aquí el alma de Cristo, debemos guardarnos de pensar que su alma, en el momento de la separación del cuerpo, estaba en peligro. Estamos acostumbrados a encomendar con muchas oraciones y ansiedades las almas de los agonizantes, porque están a punto de aparecer delante del tribunal de un Juez estricto para recibir su recompensa o castigo por sus pensamientos, palabras y hechos. El alma de Cristo no estaba en tal necesidad, porque disfrutaba de la Visión Beatífica desde el tiempo de su creación, estaba unida hipostáticamente a la persona del Hijo de Dios, y podía incluso ser llamada el Alma de Dios, y también porque dejaba el cuerpo victoriosa y triunfante, objeto de terror para los demonios, y no un alma a ser asustada por ellos. Si la palabra "espíritu" es entonces tomada como sinónimo de alma, el sentido de estas palabras de Nuestro Señor «Te encomiendo mi Espíritu» es que el Alma de Dios que estaba en el cuerpo como en un tabernáculo estaba a punto de lanzarse a las manos del Padre como en un lugar de confianza, hasta que debiera regresar al cuerpo, de acuerdo a las palabras del Libro de la Sabiduría:

El Unigénito de Dios no estuvo exento de la muerte.
Nació humanamente y murió humanamente.
Su madre lo vio nacer y también lo vio morir.
Sin su muerte la expiación jamás se hubiera llevado a cabo.
Jesús fue el cordero escogido desde la eternidad. (1 Pedro 1:19-20)
Jesús fue el cordero mudo que se dejó llevar al matadero. (Isaías 53:7)
Jesús fue el cordero inmolado. (Apo. 5:12)
Jesús fue el cordero de Dios que quita el pecado. Juan 1:29.

Debemos ser agradecidos con Jesucristo por todo lo que hizo por nosotros, por sus méritos es que somos justificados, a él sea la gloria por siempre. Amen


ORACION
Dios nuestro, que con el escándalo de la cruz has manifestado de una manera admirable tu sabiduría escondida, concédenos contemplar, con tal plenitud de fe, la gloria de la pasión de tu Hijo, que encontremos siempre nuestra gloria en su cruz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Maracaibo, viernes santo, 14 de abril de 2017

Pbro. José Ángel Severeyn

martes, 11 de abril de 2017

Misa Crismal 2017 Homilía

Misa Crismal 2017
Homilía


“El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres…” (Is. 61, 1)

Muy querido Mons. Ángel Caraballo,
Muy queridos hermanos sacerdotes  y diáconos permanentes;
Muy queridos consagrados y consagradas;
Muy queridos seminaristas, formandos y formandas.  
Muy queridos hermanos y hermanas unidos a nosotros a través de los Medios de Comunicación y Redes Sociales,
Amados hermanas y hermanos todos en Cristo Jesús,

El corazón de nuestro Padre Dios rebosa sin duda de alegría al ver a sus hijos e hijas de esta amada Iglesia Marabina, congregados en este templo catedralicio esta mañana, para celebrar la Misa Crismal. Es el mismo gozo que me envuelve ante la presencia de tan gran número de sacerdotes, seculares y religiosos, que, fieles a los compromisos que adquirieron el día de su ordenación sacerdotal, han venido, llenos de fe y entusiasmo, a renovar sus promesas sacerdotales y a recibir la gracia de Dios necesaria para perseverar en su santo servicio. Que se cumpla plenamente en cada uno de ustedes el mensaje del salmo que ha sido cantado: “Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán; por mi nombre crecerá su poder”.

Permítanme hacer mención especial de tres sacerdotes, que trabajaron tenazmente por sembrar los valores del Reino en los habitantes de nuestra iglesia, y han sido llamado este año a la casa paterna: el presbítero José Isauro Molero y los Reverendos Padres Carlos Alfonso Magasaga, agustino recoleto, y Williams González, sacerdote jesuita así como al número significativo de hermanos sacerdotes de las diócesis venezolanas que han migrado a la casa del Padre. Además quiero traer aquí el nombre del padre Arnaldo Sarabia, el más joven sacerdote del clero de Guarenas, con poco tiempo de ordenado, que viajaba en un transporte público que perdió los frenos. Allí perdió la vida.  Agradecemos el buen Pastor por el gran ejemplo que todos ellos nos dieron, y confiamos que el Padre celestial los haya hecho entrar en el banquete eterno preparado para los que le aman y han servido al pueblo creyente con alegría.
Damos nuestra más cordial bienvenida a nuestra familia presbiteral al Padre Eduardo Daboin, del clero diocesano, quien recibió la ordenación sacerdotal el pasado 7 de enero. Y a los padres, cuyas congregaciones los han enviado a esta arquidiócesis: Fray Ever José García Pérez, de la Orden de S. Agustín, al padre John Jaime Zuluaga de la Sociedad del Verbo Divino;  a los presbíteros Rafael Albornoz y Marcos Pantín, de la Prelatura del Opus Dei. Ellos se unen a nosotros para seguir construyendo esta Iglesia, casa y taller de comunión.
Felicitamos anticipadamente al presbítero José Ángel Severeyn, quien, Dios mediante, el próximo 27 de agosto, celebrará sus bodas de oro sacerdotales. Le agradecemos su servicio, jovialidad y disponibilidad, que son las características que lo han identificado en su dilatado ministerio sacerdotal. Que su vida y servicio pastoral sigan siendo estupendos. Oraremos por su perseverancia final. 
Tenemos también presentes a nuestros hermanos sacerdotes que se encuentran sirviendo a la Iglesia fuera del país: Freddy González, Gerald Cadieres, Eudo Rivera, Richard Colmenares, José Gregorio Villalobos, Jesús Colina, José Antonio Barboza, Rhonald Rivero, Valentín Rodríguez y Richard Aular.
Además de la renovación de las promesas sacerdotales, las diferentes comunidades eclesiales, asociaciones y escuelas arquidiocesanas consignarán la Campaña Compartir, fruto de las practicas penitenciales de cuaresma, que serán puestas al servicio de lo más pobres a través de nuestras Cáritas Nacional,  Arquidiocesana y Parroquiales. Y, por último, se bendecirán los Santos Oleos y se consagrará el Santo Crisma, los cuales servirán para la administración de los sacramentos del bautismo, confirmación, unción de los enfermos y orden sacerdotal.
En esta Misa Crismal, nuestra asamblea expresa en forma solemne y significativa, la unidad de la Iglesia Arquidiocesana. En efecto, el Señor nos ha reunido, “como raza elegida, reino de sacerdotes, nación consagrada, pueblo que Dios hizo suyo para proclamar sus maravillas, pues él nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1Pe. 2,9). En estos días santos, tendremos la bendición de celebrar la Pascua, que el Señor hizo de una vez y para siempre y selló con su Preciosísima Sangre en la Cruz del Calvario y con su Gloriosa Resurrección. Reflexionaremos, a través de los oficios litúrgicos, la entrega incondicional de Jesús que nos amó hasta el extremo (Cf Jn 13,1); que quiso quedarse bajo las especies del pan y del vino para ser nuestro alimento de vida eterna; en un acto de misericordia hacia nosotros nos entregó a su madre como madre nuestra (Jn 19,27);  nos prometió su Espíritu y nos aseguró que estaría con nosotros hasta el final del mundo (Cf Mt 28,20).

Nos ha tocado celebrar esta misa crismal, en un momento incierto y oscuro de nuestra madre patria, que reclama del pueblo de Dios, especialmente de los presbíteros, firmeza y valentía para no dejar que naufrague definitivamente el Estado de Derecho y Justicia por el que se rige nuestro país; abnegación para compartir con nuestro pueblo las penurias que padece; esperanza, porque sabemos que en Cristo muerto y Resucitado el mal y la muerte no tendrán la última palabra. Como nos lo recuerda el Papa Francisco: “Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias, crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad comienza a brotar nuevo, que tarde o temprano produce fruto” (EG, 276).




Nuestro pueblo sufre hambre, desnutrición, y miseria. Para los que seguimos a Jesús es un deber sagrado ser la voz de los que no tienen voz y atender con abnegación a  los pequeños del Señor, a los más desvalidos y abandonados. En esta Cuaresma, a través de múltiples y variadas iniciativas, particularmente del Programa de las Ollas comunitarias,  nuestras comunidades cristianas parroquiales, a lo largo y ancho del territorio arquidiocesano,  han descubierto el verdadero y milagroso poder que cambia el mundo: compartir y servir desinteresadamente a los hermanos.
No se trata solamente de la Obra de Misericordia de dar de comer a los hambrientos sino, también y sobre todo, de ser creativos para no replicar el modelo asistencialista que anula su capacidad de participación protagónica, y hacerles descubrir, a través de estos gestos, su dignidad sagrada y la vocación y capacidad que tienen de transformarse en actores y sujetos de su propia liberación, sin tener que esperar dádivas y limosnas de nadie, sea de particulares, sea de los poderes populistas de cualquier signo que sean.
Las lecturas que han sido proclamadas son muy propicias para reflexionar sobre nuestro ser y quehacer sacerdotal, especialmente sobre el consejo evangélico de la pobreza y nuestro trabajo misionero con los pobres en este momento tan difícil que estamos viviendo en Venezuela.
El episodio del evangelio recoge el esquema del culto sinagogal sabatino, que se desarrolló después del destierro, y fue en el que creció y se educó Jesús. Ese día, de descanso y oración, los judíos se reunían en torno a la escucha de la Sagrada Escritura: “Shemá Israel” (Dt 6,4), resumen de los preceptos del Señor.  Se leía un pasaje del Pentateuco y otro de los profetas. Seguidamente el presidente invitaba a alguien de los allí presentes a dirigir la palabra y dar una enseñanza. Fue en una de esas ocasiones que Jesús intervino.
Ese día abrió el rollo del profeta Isaías en  el pasaje que hemos proclamado en la primera lectura, donde el profeta anuncia la llegada del Ungido de Dios que librará al pueblo de todas sus aflicciones. Al terminar la lectura, las primeras palabras de Jesús fueron las siguientes: “Esta lectura que acaban de oír se ha cumplido hoy” (Lc 4,21). En efecto, en Jesús se cumplen no solamente esa lectura sino todas las promesas mesiánicas contenidas en el Antiguo Testamento.  
En el Jordán fue ungido por su Padre, no por los hombres. La unción no se hizo con óleo, o ungüento material, sino con el óleo de la alegría (Cf Sal 45,8), es decir con el Espíritu Santo (Cf Mt 3,16-17). Y su misión es llevar la Buena Noticia a los pobres, destruyendo la causa de todas las injusticias, que es el pecado y su fatal consecuencia: la muerte.
Nosotros también, queridos hijos sacerdotes, hemos sido consagrados para cumplir esta misma misión. Podemos hacer nuestras las palabras de Jesús en la Sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido, me ha enviado para dar la Buena Nueva a los Pobres”. Ésta siempre ha sido la opción de la Iglesia, porque forma parte de la esencia de nuestra profesión de fe en Cristo Jesús.
La Iglesia Latinoamericana nos lo ha recordado en las grandes conferencias que se han celebrado en los últimos años, y el Papa Francisco, en su exhortación apostólica, “El gozo del Evangelio” (EG), la tiene como criterio fundamental en la evangelización: “¿A quiénes debemos privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos “que no tienen con qué recompensarte” (Lc 14, 14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio, y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer” (EG, 48)
Para amar a los pobres, hay que hacerse pobre. El Señor exige a los sacerdotes la pobreza como estilo de vida, la cual no significa despreciar los bienes, que Dios puso a disposición del hombre para su vida y su colaboración en el plan de la creación, sino desprendimiento y uso correcto de ellos, evitando acumulaciones superfluas y apegos esclavizantes.
Jesús es el modelo del desprendimiento de los bienes terrenos para el presbítero que quiere conformarse con la exigencia de la pobreza evangélica. En efecto, Jesús nació,  vivió y murió en pobreza. Amonestaba San Pablo: “Siendo rico, por ustedes se hizo pobre” (2 Cor. 8, 9). A una persona que quería seguirlo, Jesús le dijo de sí mismo: “Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nido, pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc. 9,58) Esas palabras manifiestan un desasimiento completo de todas las comodidades terrenas.
La pobreza en la vida del sacerdote se traducirá en desinterés y desprendimiento del dinero, en la renuncia a toda avidez de posesión de bienes terrenos, en un estilo de vida sencillo, en la elección de una morada modesta, en el rechazo de todo lo que es o, incluso, a lo que solo parece lujoso, en una tendencia creciente a la gratuidad de la entrega al servicio de Dios y de los fieles y en el amor a los necesitados, en un abandono filial y confiado en las manos del padre Providente.
Siendo pobre, según el estilo de Jesús, debemos buscar los medios para socorrer en las necesidades más básicas a los que padecen enormes privaciones y llevarles la inmensa misericordia de Dios para mitigar sus penurias. Es poner por obra la palabra del Señor, mirar las miserias de los hermanos, tocarlas, hacernos cargo de ellas, trabajar juntos con todos los que buscan erradicar las raíces causales de la pobreza y de la miseria en el mundo.
La miseria en nuestra patria ha crecido desproporcionadamente en estos últimos años. Hemos llegado hasta el deprimente espectáculo de personas que se ven obligadas a hurgar en la basura en busca del necesario sustento, y son cada vez más los que  fallecen a causa de la desnutrición y de la falta de atención adecuada en los hospitales.
 La miseria material, que habitualmente llamamos pobreza, afecta a gran parte de la población, pues se encuentra privada de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad. Se traduce en pobreza crítica. En terrible calamidad. Nuestro pueblo está pasando hambre, el crecimiento y el desarrollo de nuestros niños está gravemente afectado por la falta de una alimentación balanceada, los niños sufren de  carencias que se traducirán en negativas consecuencias en su desarrollo intelectual. Daños irreversibles por mucho que se alimenten a posteriori. Los enfermos crónicos (diabetes, hipertensión, renales, oncológicos…) y los ancianos mueren por falta de tratamiento.
Hay otra miseria, la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Qué triste ver nuestras urbanizaciones y barrios plagados de depósitos, licorerías y centros de apuestas “parley”! Mientras muchas de nuestras instituciones educativas públicas se encuentran carentes de las instalaciones y servicios más elementales.
La plaga del Bachaqueo, deplorable consecuencia de la corrupción y de la falta de moralidad de muchos gobernantes, ha traído consigo una cadena de males: el acaparamiento, el sobreprecio, la mentira, la falta de piedad y la codicia. En definitiva, la explotación del pobre por el mismo pobre. Y todo esto degrada a la persona humana y la hunde en la más espantosa soledad. La deserción escolar, fruto de la miseria material, ha llevado a los jóvenes a la delincuencia y a la lucha entre bandas, no pocas veces induce a la prostitución en todas sus formas y al envilecimiento de la vida diaria.
No menos deplorable y terrible es la miseria espiritual, el alejamiento del Dios, tantas veces denunciadas por el Señor Jesús y que ha crecido desmesuradamente en estos últimos años con la presencia de sectas, de grupos idolatras, de la santería, de los brujos inescrupulosos, de los paleros, de  los babalaos, muchos de ellos amparados y financiados desde algunas instancias oficiales. Estos grupos son totalmente opuestos al cristianismo, de manera que no se puede ser católico y santero, católico y babalao. No se puede, como dice la palabra de Dios, “servir a dos señores” (Mt 6,24).
Como verán, queridos sacerdotes, el trabajo es vasto y la responsabilidad que se nos encomienda supera nuestras fuerzas, pero no las de aquel que nos llamó y nos da su Espíritu de Verdad y Gloria. Ahora más que nunca, nosotros, ministros sagrados, debemos estar muy unidos al Señor, a través de los sacramentos, la oración personal y la lectura meditada de la Palabra, para ver la realidad con los ojos de la fe, como la mira Jesús y obrar en consecuencia. Sabemos en quien hemos puesto nuestra confianza (Cf 1 Tim 1,12), y él no defrauda. Con la fuerza del amor de Cristo saldremos más que vencedores (Rm 8,37). Y las circunstancias adversas que atravesamos lejos de ser  obstáculos infranqueables, se transformarán en oportunidades para expresar mejor, con una fe purificada, nuestro amor a Dios y al pueblo al cual nos debemos.
Queridas hermanas y hermanos, les pido encarecidamente que oren por sus sacerdotes. Dentro de algunos minutos, ellos renovarán delante de mí, sus compromisos sacerdotales. Sé que cuento con un ejército de sacerdotes abnegados, enamorados de su vocación, identificados con su pueblo y dispuestos a dar la vida. Me he sentido orgulloso y contento de trabajar con ellos durante estos dieciséis años de pastoreo en Maracaibo. Pero también soy consciente que el demonio “no cansa ni descansa” y quiere desfigurar el rostro de Cristo que está impreso en cada uno de ellos, en sus corazones. De ahí, que tenemos que acompañarlos, ayudarlos, levantarlos cuando caigan y animarlos a continuar adelante, a pesar de las dificultades.
Que María Santísima, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, nos acompañe, como hizo con su hijo, estos días para celebrar solemnemente la resurrección de su hijo Jesucristo, a él la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén.

Maracaibo 11 de abril de 2017

+Ubaldo Ramón Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo.

domingo, 9 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS 2017 - HOMILIA

DOMINGO DE RAMOS
HOMILIA



El Domingo de Ramos, comienzo de la Semana Santa, nos introduce en el misterio más profundo de nuestra fe cristiana. Nos coloca  frente a la suprema revelación del amor misericordioso de Dios, que se ha manifestado en Jesús. A medida que se desarrolla la semana y vamos participando en las eucaristías, en la escucha de la Palabra, en las celebraciones penitenciales, las Lectio divina,  las procesiones, los viacrucis, los ayunos y vigilias, vamos descubriendo con gran gozo, que gracias a la entrega de Cristo Jesús, que no hay  nada, ni siquiera la misma muerte, que nos pueda impedir llegar hasta Dios y darle gloria viviendo en el amor (Rom 8,38-39).

En el Antiguo Testamento, en época de grandes  crisis, el pueblo de Israel recurría a la lectura y meditación del libro del Éxodo. Nosotros, pueblo de la Nueva Alianza, envueltos  en grandes torbellinos y tormentas,  nos volvemos hacia otro éxodo,  el realizado por  Jesús, “el iniciador y perfeccionador de nuestra fe (He 12,3-4):  “El murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarlos a Dios”
(1 Pe 3,18). El camino hacia la casa del Padre, que después del pecado de Adán había quedado bloqueado por querubines de fuego Cf Gen 4,24),  ha quedado de nuevo despejado.  Jesús camina delante de nosotros,  cuan Gran Pastor de las ovejas,  dejándonos un modelo para que sigamos sus huellas. Éramos unas pobres ovejas descarriadas, pero el vino a buscarnos hasta encontrarnos y  ahora, gracias a él, podemos volver a casa (Cf 1 Pe 2,21.25).

Con la salida de la esclavitud egipcia,  el paso del Mar Rojo  y la Alianza del Sinaí,  Israel quedó constituido como pueblo de Dios, como nación santa.  Para conmemorar esta liberación y la adquisición de  su nueva dignidad, Dios le pidió por medio de Moisés, que celebraran cada año la gran fiesta de Pascua.  Para nosotros Cristo Jesús es nuestra Pascua, porque a través de su Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión al cielo y el envío del Espíritu Santo, nos ha arrancado definitivamente de la esclavitud del pecado, ha vencido la muerte y nos ha constituido Pueblo de su Padre Dios, miembros de su Cuerpo y moradas vivas de su Espíritu Santo. “Los que en un tiempo no éramos pueblo ahora somos pueblo de Dios; los que antes no éramos compadecidos, ahora somos compadecidos” (ibídem 2,10). Esta es la Gran Pascua que cada año todos los cristianos estamos llamados a celebrar con entusiasmo.

Para todas las Comunidades cristianas de todos los tiempos y del mundo entero,  cada día de la Semana Mayor, empezando por este Domingo de ramos y particularmente los días que conforman el llamado Triduo Pascual, es decir desde Jueves Santo por la tarde, hasta el Domingo de Resurrección, son como un inmenso manantial de agua viva donde venimos a sumergirnos,  donde renovamos nuestra condición bautismal y nuestra común pertenencia a la Iglesia de Cristo, en la fe, la esperanza y el amor.

El Evangelio de San Mateo que estamos leyendo este año, deja claro desde el principio que el corazón de la Nueva Alianza que Jesús ha venido a establecer,  son el amor y  la misericordia. “Quiero misericordia y no sacrificios (Os 6,6-7)”. Ahora en esta parte final de su Evangelio, nos encontramos a Jesús dándonos la misma enseñanza, no ya con parábolas y discursos, sino con su propio ejemplo.  El relato de la pasión, muerte y resurrección, que acabamos de escuchar, nos muestra a Jesús en la máxima expresión de su amor, de su entrega y de su sacrificio.  Contemplemos en silencio meditativo todo lo que le sucede; busquemos ardorosamente experimentar ese amor de Dios que se manifiesta en los comportamientos del Señor ante aquellos que lo traicionan, lo niegan, lo prenden, lo insultan, lo torturan, lo ridiculizan, lo humillan y le dan muerte.

A medida que vayamos repasando el texto, pensemos no solo en Jesús sino también en los pobladores sirios que han sido bombardeados, en los rehenes del ISIS que son vilmente ejecutados, en los manifestantes callejeros que reclaman justicia y son salvajemente golpeados, en los millones y millones de seres humanos que hoy están en las cárceles, torturados, insultados y asesinados sin juicio alguno. Jesús, en su pasión y muerte, recogió todos los dolores y sufrimientos del mundo y en vez de transformarlos en montañas de odio y venganza, los trocó en gestos de fortaleza, paciencia y valentía.
Nos podemos preguntar escuchando la Pasión de Jesús: ¿cómo se responde a la codiciosa traición de Judas? ¿Cómo se remedia la miedosa negación de Pedro? ¿Cómo reparar la huida cobarde de los apóstoles? ¿Cómo se supera el entreguismo inhumano de Pilato? ¿Cómo se perdona la manera cómo las autoridades manipulan al pueblo para que pidan la libertad de Barrabás y la condenación de Jesús? ¿Cómo olvidar la crueldad y el ensañamiento de los soldados romanos, la jauría de los espectadores sedientos de maldad y de sangre que vociferan ante el crucificado?
Las respuestas las encontramos en la solidaridad del Cirineo que ayuda a Jesús a llevar su cruz. En la valentía de María y de las demás mujeres que acompañan a Jesús hasta el Calvario. En el atrevimiento de Nicodemo de conseguir el permiso para descrucificar al Señor; en la generosidad intrépida de José de Arimatea de ofrecer su tumba para la sepultura; en la honestidad del soldado romano que confiesa al pie de la cruz, la verdadera identidad de Jesús.
Estas y tantas otras preguntas que nos podemos hacer no solo ante el juicio de Jesús sino ante el sufrimiento de tantos inocentes, solo se pueden responder desde esos gestos audaces de amor hacia Jesús. La única manera de acabar con los horrores de la guerra, los genocidios, las matanzas terroristas, la insaciable sed de poder y  las injusticias sociales es volcando con Cristo y sus discípulos sobre este mundo, no misiles ni bombas químicas, sino toneladas de gestos de solidaridad, de ayuda mutua, de cooperación generosa, de entrega abnegada, de servicio incansable y alegre a favor de los más indefensos.
Si queremos encontrar hoy verdaderamente al Hijo de Dios, no lo busquemos en lo alto, ni en el lejano cielo, ni en el Templo cuyo velo se rasgó, busquémoslo dentro de nosotros mismos, en el ser humano excluido, desfigurado, sin belleza. Busquémoslo en aquéllos que, como Jesús, dan la vida por sus hermanos. Es allí donde Dios se esconde y se revela, y es allí donde podemos encontrarlo. Allí se encuentra la imagen desfigurada de Dios, del Hijo de Dios, de los hijos de Dios. “¡No hay prueba de amor más grande que dar la vida por los hermanos!” (Jn 15,13).
Solo llegaremos a reflejar en verdad nuestra condición de hijos de Dios, nuestro mayor título de gloria, cuando también siguiendo el ejemplo y la enseñanza de Jesús nos empeñemos en sembrar nuestras vidas y nuestras relaciones con puras semillas de amor, perdón y misericordia.  (Mt 5,43-48; 7,12; 9,13; 12,7; 22,34-40). Esas son las semillas que tenemos que sembrar en nuestro desgarrado y desfigurado país. No nos dejemos arrebatar tan gran dignidad que hemos venido a aprender a los pies del trono donde reina  nuestro Maestro y Señor Jesús. 

Maracaibo 9 de abril de 2017

+Ubaldo R Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo



jueves, 6 de abril de 2017

Comunicado de la CEV ante las decisiones del TSJ


1.- Los acontecimientos de los últimos días, la reunión de la OEA y las decisiones del TSJ, plantean a la conciencia de los que habitamos este país una seria reflexión. Lo sucedido ha repercutido en las instancias políticas, jurídicas y sociales nacionales e internacionales. Es un claro indicio de que se trata de una nueva crisis nacional sumamente grave que lesiona la democracia y la convivencia de los venezolanos.
 
2.- En nuestra condición de pastores de la Iglesia Católica, sentimos que estamos ante unas ejecutorias que desconocen e inhabilitan el órgano público que representa la soberanía popular, en función del ejercicio omnímodo y unilateral del poder, sin tomar en cuenta a la gente. Son decisiones moralmente inaceptables y, por tanto, reprobables. Las dos sentencias, producto de unas medidas que sobrepasan el ejercicio equitativo del poder, han provocado reacciones de numerosos países y pueden generar en Venezuela una escalada de violencia.
 
3.- Existe una distorsión en el ejercicio del poder en Venezuela. Pareciera que todo gira en torno a lo político, entendido como conquista del poder, olvidando que las necesidades reales de la gente reclaman otra visión del poder. La incapacidad para dar solución a la escasez y carestía de los alimentos y medicinas, la creciente violencia, la incitación al odio y el desconocimiento de las normas elementales para una convivencia en paz, son, entre otras, las causas que nos tienen sumidos en un marasmo que entorpece el entendimiento y el progreso. 
 
4.- Más allá de las consideraciones jurídicas y constitucionales, la eliminación de la Asamblea Nacional, suplantándola por una representación de los poderes judicial y ejecutivo, es un desconocimiento absoluto de que la soberanía reside en el pueblo y de que a él le toca, en todo caso, dar su veredicto. Una nación sin parlamento es como un cuerpo sin alma. Está muerto y  desaparece toda posibilidad de opinión divergente o contraria a quienes están en el poder. Se abre la puerta a la arbitrariedad, la corrupción y la persecución, un despeñadero hacia la dictadura  siendo, como siempre, los más débiles y pobres de la sociedad los más perjudicados. Por estas razones, repetimos, esta distorsión es moralmente inaceptable.
 
5.- Desconocer la existencia del otro y sus derechos es, sencillamente, destruir toda posibilidad de convivencia democrática y plural. Es más bien una provocación a la desesperanza ante el atropello de derechos fundamentales del que todo gobierno debe ser el primer garante. Por el contrario, es necesario generar gestos valientes e iniciativas innovadoras que motiven a esperar contra toda esperanza (Cf. Rom. 4,18), para construir una convivencia libre, justa y fraterna; es tarea que nos compete a todos, cada cual según su posición. Es una responsabilidad ineludible porque frente al mal nadie puede permanecer como simple espectador. El llamado es a ser protagonistas del presente y del futuro de nuestro querido país (Exhortación de la CEV, Enero 2017).
 
6.- Estamos muy cerca de la Semana Santa. Para los católicos la conmemoración de los atropellos contra Nuestro Señor Jesucristo es un urgente llamado a tomar conciencia y a actuar de manera pacífica pero contundente ante la arremetida del poder. No se puede permanecer pasivos, acobardados ni desesperanzados. Tenemos que defender nuestros derechos y los derechos de los demás. Es hora de preguntarse muy seria y responsablemente si no son válidas y oportunas, por ejemplo, la desobediencia civil, las manifestaciones pacíficas, los justos reclamos a los poderes públicos nacionales y/o internacionales y las protestas cívicas.
 
7.- Como católicos, debemos vivir los actos religiosos de la Semana Santa, conmemoración de la pasión y resurrección de Cristo, las celebraciones litúrgicas y los actos piadosos, con un contenido social que nos ayude a mantener la esperanza, la alegría y la solidaridad, en medio de las naturales diferencias, propias de los seres humanos.
 
8.- Invocamos la Intercesión del Nazareno y de María Santísima para que esta hora menguada que vive nuestra patria encuentre, en la sensatez y prudencia de sus hombres y mujeres, los caminos para superar tan grave y riesgosa crisis.
 
Con nuestra afectuosa bendición episcopal.
 
Diego Rafael Padrón Sánchez
Arzobispo de Cumaná
Presidente de la CEV
 
José Luis Azuaje Ayala
 Obispo de Barinas
 1° Vicepresidente de la CEV
 
Mario Moronta Rodríguez
Obispo de San Cristóbal
2° Vicepresidente de la CEV
 
Víctor Hugo Basabe
Obispo de San Felipe
Secretario General de la CEV
Emmo. Sr. Cardenal
 
Jorge Urosa Savino
Arzobispo de Caracas
Presidente de Honor de la CEV
Emmo. Sr. Cardenal
 
 Baltazar E. Porras Cardozo
 Arzobispo de Mérida
 Presidente de Honor de la C