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jueves, 22 de diciembre de 2016

MENSAJE DE NAVIDAD 2016 ¿QUÉ NAVIDAD QUEREIS CELEBRAR?

MENSAJE DE NAVIDAD 2016
¿QUÉ NAVIDAD QUERÉIS CELEBRAR?
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos…que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la virgen y se hizo hombre

La Navidad es una Buena Noticia. Mejor dicho, es LA BUENA NOTICIA. La mejor de las buenas noticias que le haya podido llegar a esta humanidad sufrida y doliente. La Navidad no es sólo un mensaje, no es una teoría, como el Big Ban; la Navidad es un acontecimiento, un hecho histórico, una evidencia del infinito amor de Dios por nosotros. Así habla Dios: a través de hechos, de acontecimientos.
En el antiguo Testamento habló a través de la historia del pueblo de Israel. En el Nuevo Testamento, habló a través de la persona de su mismo Hijo, el Verbo Eterno. Así empieza la Carta a Los Hebreos: “Muchas veces y de muchas maneras Dios habló en la antigüedad a nuestros padres por medio de los profetas. Y ahora, en este tiempo final, nos ha hablado por su Hijo” (He 1,1). Así lo narra San Juan al inicio de su evangelio: “Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros” (Jn 1,14).
Antes del evangelio escrito, hubo un evangelio vivo. Será la perfecta coherencia entre el modo de vivir de Jesucristo y sus enseñanzas que impactarán profundamente a sus oyentes y arrastrará tras de él a los discípulos. (Cf Lc 4,31-36). Por eso es tan importante que nos fijemos en cada detalle de lo ocurrido en la noche de Belén.

Cuando los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Mesías les dieron como señal: “Encontrarán a un niño recién nacido, es decir que no habla; envuelto en pañales, es decir, un criatura de padres pobres, acostado en un pesebre, no solamente pobre sino entre animales.  Este inicio de pobreza, silencio y trabajo se prolongó luego durante más de 30 años en el taller de Nazaret al lado de sus padres. Es tan fuerte este período de su vida que más adelante él será conocido como Jesús, el de Nazaret, el Nazareno.  
Su predicación respaldará plenamente esta vivencia. Proclamara: “Dichosos los pobres porque a ustedes les pertenece el Reino de Dios” (Lc 6,20). “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las revelaste a los pequeños” (Lc 10,21). “Todo lo que le hagan a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi me lo hicieron” (Mt 25,40).
La Navidad cristiana es por consiguiente en su núcleo esencial la aparición de Dios en este mundo, no como un fantasma, ni como un ídolo, ni como una fuerza suprema gravitacional, sino como un ser humano, como un  niño de padres humildes, sencillos y pobres. Siempre hay que volver al corazón mismo de esta fiesta porque hoy en día Navidad se ha vuelto un bosque de arbolitos, de adornos, de Santas, de regalos, de consumos, de gastos, de reuniones sociales, bosque tan envolvente que ha ido quitándole el puesto a la verdadera Navidad. La globalización comercial ha ido imponiendo a través de sus cuñas publicitarias el mensaje de “Felices Fiestas” en vez de “Feliz Navidad”.
Yo los invito, mis hermanos y hermanas, a detenernos un momento a ante el pesebre de nuestro templo parroquial o el de nuestra casa a para contemplarlo. Hagamos como Moisés en el desierto cuando cuidaba las ovejas de su suegro Jetró, que cambió su ruta para ir una zarza sorprendente que ardía sin consumirse (Ex 3,1-3). Detengámonos y preguntémonos: ¿Por qué el evangelista contrasta la noticia del nacimiento con la otra noticia del censo ordenado por el Emperador Augusto? ¿Cómo es eso que ese Niño-Dios no nació en una cuna en su casa, sino en pleno desplazamiento de sus padres? ¿Cómo es eso que José, siendo nativo de Belén, no encontró lugar decente y adecuado para el parto de su esposa y tuvo que acomodarla en el fondo de una cueva? ¿Cómo es eso que, si bien unos ángeles le cantaron en el cielo, los primeros testigos de su nacimiento fueron unos pobres pastores de ovejas? ¿Por qué Dios quiso llegar al mundo así, de modo tan difícil, tan pobre, con testigos de tan poca calificación? 
El evangelista Lucas quiere que entendamos que la Buena Noticia que cambia el rumbo de la historia no la da el emperador Augusto desde su palacio romano sino un infante desde una cueva en un pueblo desconocido. Los tiempos han llegado a su plenitud (Cf Gal 4,1-4) y la fuerza para construirlo no está en la dominación ni en la explotación del hombre por otro hombre sino en el poder del amor hecho entrega y servicio hasta la muerte.  La Buena Noticia no llega de una gran capital: Roma, Jerusalén, sino de Belén, un pueblito desconocido, de la periferia del mundo. Así habla Dios. Así llega Dios a este mundo. Así es el camino abierto por Dios en esta humanidad para salvarnos. Ese es el camino que nosotros también como discípulos-testigos de la noche de Belén estamos llamados a recorrer.
Una Navidad así es muy cuestionadora, muy cruda para los gustos de nuestro mundo. Mejor entonces edulcorarla, volverla un cuento bonito, como un cuento de hadas más, y reemplazarla por historias que nos embelesen pero que no nos lleven a cambiar nada en nuestras vidas. Nos sentimos sin duda más cómodos con un Santa que llega con todo su carruaje de renos repleto de regalos; con un supuesto “espíritu de navidad” con olor a mandarinas y con otras fórmulas séudo navideñas que nos incitan a centrarnos en nosotros mismos, a encerrarnos en nuestras cápsulas egoístas y a olvidarnos del sufrimiento y dolor que nos rodea.
La Navidad de este año acontece  en un mundo dominado por grandes poderes imperiales,  convulsionado por el terrorismo, con campamentos abarrotados de refugiados, por naufragios en alta mar de pateras sobrecargadas de migrantes desesperados que buscan huir de la miseria, de inmensos cruceros navideños llenos de turistas que se dan la buena vida. Acontece en una Venezuela donde los niños mueren de hambre, las familias no tienen cómo abastecerse, los enfermos no consiguen medicinas, donde no hay seguridad en ninguna parte, donde el diálogo no avanza, la miseria crece, las familias se disgregan.
En medio de tanta desesperación, necesitamos celebrar Navidad. Necesitamos escuchar nuevamente el canto de los ángeles. Necesitamos ir con los pobres pastores a ver al niño y con José y María recargar de esperanza nuestras almas vacías. Necesitamos celebrarla familiarmente, comunitariamente. Celebrarla con sencillez y austeridad pero celebrarla. José y María no pudieron celebrar su primera Navidad con su familia. Un capricho del emperador los había dispersado. Muchos de nosotros no podremos reunirnos todos en familia. Muchos estarán lejos, en otros países. No la vamos a poder celebrar con todas nuestras tradiciones culturales y culinarias. Pero eso no significa que no podamos celebrar la Navidad.
Mantengamos viva nuestra fe, nuestras celebraciones y las hermosas tradiciones que fortalecen los lazos del regalo más bello de esta tierra después del Niño Dios: la familia. No dejemos de reunirnos en familia, los que estemos, y compartamos lo poco o mucho que llevemos para la comida. No dejemos que la inseguridad o el miedo nos impida  ir juntos a la misa de Nochebuena o del día de Navidad. No dejemos de alegrarnos, de cantar  “Niño Lindo” mientras destapamos el niño Jesús de nuestro pesebre casero. No dejemos de comunicarnos con nuestros seres queridos. No dejemos de tomar en cuenta a nuestros familiares mayores, enfermos. Nadie nos puede robar el gozo de celebrar la Navidad.
Navidad es un acontecimiento. Hagamos también de nuestra Navidad un acontecimiento de amor y solidaridad. En momentos tan difíciles como los que atraviesa nuestro país, seamos solidarios y afectuosos con nuestros semejantes, con el que nos necesite, sólo así daremos un sentido pleno a la festividad del nacimiento de aquel niño, venido de Dios, y que, siendo Dios mismo, nos pidió amarnos como él nos amó. Esa, y no otra, es la verdadera esencia de la fiesta que el Señor quiere que tengamos en la tierra.
 Les deseamos a todos una Feliz y Santa Navidad 2016.

+Ubaldo R Santana Sequera FMI              + Angel F Caraballo Fermín
    Arzobispo de Maracaibo                                 Obispo Auxiliar


martes, 23 de diciembre de 2014

MENSAJE DE NAVIDAD 2014 NAVIDAD: DIOS-CON-NOSOTROS Y NOSOTROS-CON-DIOS PARA SIEMPRE.

MENSAJE DE NAVIDAD 2014
NAVIDAD: DIOS-CON-NOSOTROS Y NOSOTROS-CON-DIOS PARA SIEMPRE

Queridos sacerdotes, diáconos, personas consagradas, seminaristas, laicos asociados y no asociados:
¡Un niño nos ha nacido;  un hijo  de hombre se nos ha dado! (Is 9,5). Esa es la gran noticia que celebramos los cristianos en la  Navidad. Nuestra fiesta gira en torno al advenimiento de un pequeño ser humano que es al mismo tiempo el Hijo eterno de Dios. ¡Qué grandioso acontecimiento!: ¡El Hijo de Dios se hace hijo de los hombres, uno de nosotros!  Así lo proclama el evangelista Juan en el prólogo de su Evangelio: “Y el Verbo se hizo hombre y puso su tienda entre nosotros” (Jn 1,14).
No se trata de una presencia pasajera; de una visita de turismo por la tierra; de un toque técnico, una escala antes de volver a su trono de gloria. No.  Dios ha salido de su eternidad y ha bajado hasta los subterráneos de la tierra para habitar con los humanos y todos los seres vivos y quedarse definitivamente con ellos. El profeta Isaías lo predijo siete siglos antes, al ponerle al Mesías el nombre de Emmanuel es decir: “Dios-con-nosotros” (Is 7,14). Dios para siempre e irreversiblemente con nosotros. Un “Dios-con-nosotros” que da por resultado un “Nosotros-con-Dios”.
Lo que se produce con el nacimiento de Jesús es una alianza tan fuerte entre Dios y los hombres y mujeres de la tierra que no habrá, de allí en adelante, poder humano o satánico capaz de romperla. Para hablar de ella la Sagrada Escritura utiliza la imagen de las nupcias (Cf Os 21-22; Is 62,5). No habrá más nunca humanidad sin Dios ni Dios sin humanidad. Se cumple por fin plenamente la promesa hecha por Dios a Noé al concluir el diluvio (Gen 9,12-16).
Ese niño que nace en la penuria de un pesebre, en una recóndita población de Palestina (Cf Miq 5,1), distante de los suntuosos palacios del César, envuelto en los pañales de la fragilidad humana, es la suprema revelación del amor de Dios a todos los humanos y a los seres vivos (Cf Jn 3,16) y de su poder redentor universal (Cf Rm 8,19-25). No viene afectivamente a salvar sólo al pueblo judío, ni sólo a los católicos o a los cristianos sino a todos los seres humanos, de todos los tiempos, de todas las razas, de todas las culturas, de todas las religiones. Dice la Escritura: “Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Porque Dios es único, como único es también el mediador entre Dios y los hombres: un hombre, Jesucristo” (1 Tim 2,4).
 ¡Ésta es buena noticia! Y como todas las buenas noticias que vienen de parte de Dios, es perfecta, es buena sobre todo porque se da en la vida real. No es un discurso bonito: es un acontecimiento. Cuando los ángeles le anuncian a los pastores el nacimiento del Mesías, éstos dicen: “Vamos a Belén a ver eso que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado” (Lc 2,13-15). El evangelio prosigue: “fueron de prisa y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre”. Años más tarde, cuando Juan Bautista, encarcelado, manda sus discípulos para que le pregunten a Jesús si él es el Mesías que ha de venir, él les respondió: “Vayan y cuenten a Juan lo que están oyendo y observando: los ciegos ven,  los  cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Mt 11, 2-5).
Los pastores van y encuentran un niño. Los enviados de Juan comprueban que  ciegos ven, sordos oyen, cojos caminan, muertos resucitan. Son hechos, son realidades, son obras del Altísimo. Así habla Dios. Así habla Jesús. Desde que el Verbo se hizo carne, todo lo que viene de Dios se hace creíble porque acontece en la carne de las realidades  de nuestra historia humana, sobre todo la de los pobres, los pequeños y los humildes. Así han de hablar los cristianos.
 No nos contentemos con hablar de Navidad. Hagamos acontecer Navidad. Nuestras familias esperan la Navidad para vivir más unidas. Nuestros niños y jóvenes tienen hambre y sed de la Navidad. Regalémosles, en vez de cosas: una vida ejemplar, obras de caridad, tiempo para escucharlos y estar atentos a sus necesidades profundas. Nuestros mayores anhelan la Navidad. Regalémosles visitas frecuentes, gestos de ternura y de atención personal. Nuestros enfermos suspiran por la Navidad que trae alegría, consuelo, compañía y sanación.
Navidad no se habla; se siente en el alma y se contagia por contacto personal. No reduzcamos la Navidad a adornos, a un ambiente, a un intercambio formal de regalos. Hagamos acontecer la   única y verdadera Navidad cristiana: la del niño Jesús, hijo de María Virgen, acostado en un pesebre y envuelto en pañales y que nos trae la profunda alegría de la salvación. Esa es la que tenemos que “ser” y “hacer acontecer” hoy y aquí en la realidad venezolana. Seamos Navidad. Seamos entendimiento y esperanza ¡Feliz Navidad!

+Ubaldo R Santana Sequera FMI         + Ángel F Caraballo Fermín
Arzobispo de Maracaibo                         Obispo auxiliar


domingo, 21 de diciembre de 2014

IV Domingo de Adviento con una oración de la Iglesia Oriental...

En este cuarto domingo de adviento comparto con ustedes esta hermosa oración de la Iglesia Oriental que encontré en la homilía para este domingo de Mons. Ángel Caraballo y que describe los regalos que la creación entera le hace a Dios: 
“¿Qué podemos ofrecer, oh Cristo, a cambio de que te hayas hecho hombre por nosotros?
Toda criatura te da testimonio de su gratitud:
Los Ángeles su canto
Los cielos la estrella
Los magos los regalos
Los pastores la adoración
La tierra una gruta
El desierto un pesebre
Pero nosotros, el género humano, te ofrecemos una Madre Virgen. 

Nosotros, esto es, la humanidad entera, te ofrecemos a María”.