domingo, 9 de octubre de 2016

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO. - LOS DIEZ LEPROSOS (Lucas 17,11-19)

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO.
LOS DIEZ LEPROSOS (Lucas 17,11-19)
Voy contigo, Señor, de viaje, agradecido
Ya mi lepra, con tu amor, se me ha quitado

TEXTO
Mientras iba a Jerusalén, Jesús atravesaba los confines de Samaría y Galilea. Al entrar en una ciudad le salieron al encuentro diez leprosos que se detuvieron a distancia y le gritaron diciendo: “¡Jesús, Maestro, compadécete de nosotros!”. Jesús los vio y les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes!”. Mientras iban quedaron purificados de su lepra. Uno de ellos, al ver que había quedado sano, volvió glorificando a Dios a grandes voces y le dio gracias a Jesús postrándose ante él. Este hombre era un samaritano. Jesús preguntó: “¿No eran diez los que quedaron purificados? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Sólo este extranjero volvió para glorificar a Dios?” Después le dijo: “¡Levántate! Te puedes ir, tu fe te ha salvado”

PALABRA DE DIOS


REFLEXION

El Señor prosigue su viaje a Jerusalén. Es su santa peregrinación hacia la ciudad donde consumará su entrega amorosa y obediente al Padre que ha puesto en sus manos la salvación del mundo. Se apresta a entrar en una aldea, en los confines entre Samaria y Galilea, cuando oye el grito de diez leprosos: “Jesús, ten piedad de nosotros”. El texto griego dice: “Kyrie eleison”, palabras que forman parte del rito penitencial de la misa.  
¿Qué significaba ser leproso en tiempo de Jesús? Ser una persona impura, expulsada de su familia, privada de toda vida social y excluida del culto a Dios. ¿Quiénes son los leprosos de hoy? Los millones de exiliados, de desplazados, de refugiados, de inmigrantes que no tienen puesto en las mesas abundantes de los países industrializados.

Al verlos Jesús les grita a su vez: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Fueron y en el camino quedaron curados. Uno de ellos, al darse cuenta de la sanación, se devuelve glorificando a Dios a grandes voces. Todo es gritado en este evangelio. Como para que todo el mundo se entere. De los diez uno solo vuelve para dar gracias. Uno sobre diez. Jesús lo recalcará. ¿Será esta la proporción de la gente que se acuerda de dar gracias, cuando recibe algún beneficio? El evangelista acota además que era un samaritano.
Me imagino que aunque andaban en los confines entre Samaria y Galilea, se encontraban aún en territorio galileo, porque Jesús destaca la condición de extranjero del que ha vuelto.  Nueve pues  eran presumiblemente galileos y uno solo samaritano. Jesús le reprochó varias veces a sus paisanos galileos su incredulidad, su dureza de corazón y su mal agradecimiento: “Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betzaida, porque si en Tiro y Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, ya hace tiempo que se habrían convertido… ¿Y tú, Cafarnaún? ¿Acaso te levantarás hasta el cielo? Te hundirás hasta el abismo!” (Lc 10, 13-15; Mc 6,1-6).
Jesús tomó varias veces a extranjeros como ejemplos de fe,  de conversión y de misericordia (Cf Lc 7,1-10; 10,25-37;Mc 7,24-30) . En este caso se trata de un samaritano. Al verse sanado, volvió sobre sus pasos para darle las gracias a Jesús. Mientras vamos de camino con Jesús se nos van curando muchos males. Cuando descubrimos esas sanaciones, ¿volvemos agradecidos hacia el Señor, reconociendo la acción de su voz y el toque de su mano sanadora sobre nosotros? ¿Corremos nuevamente hacia el Señor, llenos de alegría, y reconocemos en él la fuente de nuestra verdadera felicidad? El hijo pródigo volvió arrepentido, el leproso volvió agradecido, Pedro volvió pacificado. Siempre es tiempo de darnos cuenta, de desandar el camino errado, de re-encontrarnos con nosotros  mismos y con Dios.
Volvió y le dio gracias a Jesús postrándose ante él. Dar gracias. San Lucas utiliza el verbo eucaristizar, verbo que se nos ha hecho entrañable porque de él proviene  la palabra eucaristía. Todo gesto, toda palabra de gratitud dicha a Dios, dicha a un hermano, a un prójimo forma parte de una sola acción de gracias, de esa inmensa acción de gracias que brotó del corazón de Jesús hacia su Padre en momentos álgidos de su ministerio (Lc 10,21-22) y sobre todo en la última cena y que luego quiso que se perpetuara y actualizara en cada misa.
La gratitud, dar gracias, no es solo una palabra, un gesto de urbanidad, un simple protocolo de buena convivencia. Es mucho más. Para un discípulo seguidor de Jesús ha de ser un estilo de vida, un modo de ser permanente. La vida entera se nos ha de transformar en un retorno agradecido a Dios por haberla recibido de él y por todos los dones espléndidos que, dentro del decurso de esa misma existencia, Dios no cesa de ofrecernos.
Si estuviéramos atentos a todos los gestos de amor, de protección, de cuidado providencial que Dios Padre tiene para con nosotros quedaríamos abrumados. Eso fue lo que le pasó al leproso curado. Lo que le pasó al salmista cuando exclamó: “¿Cómo te pagaré, Señor, todo el bien que me has hecho? Alzaré la copa de la acción de gracias y mi canto de alabanza” (Salmo 115,19. Ante tus desbordantes gestos de amor, al agradecimiento nunca cesa. Nos toca recorrer el camino de la vida, en compañía de Jesús y de los hermanos, en permanente actitud eucarística.

+Ubaldo R Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 2 de octubre de 2016

DOMINGO 27 ORDINARIO. CICLO C - DIOS MISMO ES NUESTRA RECOMPENSA



DOMINGO 27 ORDINARIO. CICLO C
DIOS MISMO ES NUESTRA RECOMPENSA

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy nos llevan a descubrir un nuevo perfil de quien quiere seguir a Jesús y transformarse en su discípulo.
En la segunda parte del viaje que conduce a Jesús a Jerusalén, donde consumará su pasión y su regreso al Padre, Jesús ha ido poniendo de manifiesto los rasgos que deben identificar a sus seguidores y las comunidades en las que se agrupan. Seguirlo a él implica enfrentar dificultades y renuncias (entrar por la puerta angosta), no dejarse arrastrar por las corrientes de presión por más fuertes que sean; estar dispuestos a regir su vida por la voluntad del Padre Dios y la fuerza de su amor; darle siempre la primacía a la dignidad humana por encima de las leyes; ser humildes, no correr tras honras y glorias terrenales; hacer el bien sin esperar ninguna retribución; colocar la búsqueda del Reino de Dios por encima de la familia y de otros afanes materiales; colocar el amor a Jesús por encima del amor a su propia familia; cargar con el oprobio y el sufrimiento que puede traer escoger a Jesús y colocarlo en el primer lugar;  renunciar a posesiones o bienes que impidan seguirlo y estar con él; no negociar nunca su condición de discípulo(ser sal de la tierra); seguir el modelo de misericordia que el Padre Dios tiene para con los humanos; ser incondicionalmente misericordiosos con todos como El.
 En los evangelios de estos últimos domingos Jesús ha centrado su enseñanza en el peligro que representa la codicia del dinero. Hemos de hacer un sabio uso de los bienes de este mundo para que no nos impidan alcanzar la salvación. Los bienes y las riquezas de esta tierra están hechos para asegurar una digna y sobria existencia, eliminar la miseria del planeta y hacer el bien particularmente a los más pobres.   
Antes de llegar al texto del evangelio de hoy Lucas registra una terrible advertencia de Jesús contra aquellas personas que con su ejemplo, consejos, negocios o acciones arrastran a otros al pecado, en particular aquellos que son más vulnerables e indefensos por su edad, simplicidad o condición social.  Es tal el mal y tal el castigo que Jesús invita a su comunidad a estar siempre atenta para prevenir oportunamente el abuso de los pequeños. Por eso la Iglesia ha adoptado severas sanaciones a los que han abusado sexualmente de menores de edad.
El evangelio de hoy el Señor recalca que en las relaciones con Dios y con los hermanos en comunidad, debe prevalecer siempre la gratuidad y no el interés. Jesús nos advierte que no podemos transformar nuestra relación con Dios en una relación mercantilista. En latín decimos una relación basada en el “do ut des”. Traducido al lenguaje popular: te doy si tu me das o también ¿“cuanto hay pa’ eso?”.
La sociedad en que vivimos está particularmente contaminada por lo que en Venezuela se ha venido en llamar el comportamiento “bachaquero”: hay quienes quieren vivir a costillas de la explotación de los demás; sacar abusivos y exagerados beneficios de la compra de productos regulados, de un dato, de una palanca. Se ha instalado en muchos estamentos de las organizaciones oficiales y privadas el cobro de la comisión. Muchos funcionarios públicos viven  de las comisiones, cobros, vacunas que le sacan a cualquier transacción o negociación. Se ha perdido el sentido de la honestidad. El robo se ha oficializado. Con mayor razón hemos perdido el sentido de la gratuidad. La corrupción se ha metido en todas las esferas sociales. Hoy Jesús nos interpela: ¡Alerta! Porque ese vicio  puede también contaminar nuestra vida de fe y nuestros encargos pastorales.
Esta advertencia vale tanto para nuestra relación con Dios, como para nuestra devoción a los santos y actos de piedad. Muchas novenas, cadenas, oraciones, sacrificios y penitencias están viciados porque están inspirados en el interés de tipo comercial.  Esa misma actitud puede estar presente en los servicios que prestamos en nuestras comunidades eclesiales. Entendemos así la misión que nos confían en la parroquia como un “encargo” al que debemos de sacar alguna ganancia o por el que nos tienen que estar agradecidos: darnos una recompensa, subirnos de categoría, otorgarnos un título honorífico.
Nada más contrario a la conducta de un creyente seguidor de Jesús. La vida con Jesús en esta tierra y la eterna es un don, un regalo gratuito que Dios nos otorga y no un salario o un vale que nos permite reclamar como un privilegio, el acceso al cielo. Nosotros los discípulos de Jesús no tenemos derecho a exigir que Dios nos conceda tal o cual don a cambio de una vela, de una novena, de una cadena, de una oración, de un sacrificio o de una peregrinación. Hemos sido salvados gratuitamente por la muerte y resurrección de Jesús, independientemente de nuestras obras y méritos que nos queramos atribuir. Esta verdad la remacha San Pablo por activo y por pasivo en todas sus cartas (Cf Rm 5,8; Ef 2,4-5). Lo que recibimos de nuestro PADRE Dios no está en proporción alguna con lo que hacemos o dejamos de hacer. Lo que recibimos de él proviene de su infinita y gratuita bondad y es siempre mucho mejor  que lo que podemos anhelar.
Ante Dios sus discípulos son siempre servidores que solo cumplen sus obligaciones y encuentran su gozo y alegría en el mismo servicio que prestan sin esperar recompensa alguna. Lo que del Señor proviene por la riqueza de misericordia y compasión no es en pago a ningún tipo de mérito que hayamos acumulado por el deber cumplido. La gratuidad, el desinterés es un rasgo fundamental que todos los cristianos debemos cultivar en nuestras relaciones familiares, en nuestra comunidad de amistad. El Papa Benedicto en su hermosa encíclica “Caritas in Veritate” afirma que el principio de gratuidad ha de introducirse también en las relaciones entre las naciones para alcanzar la verdadera paz. Por eso hace años atrás la Iglesia, con motivo del advenimiento del nuevo milenio, la Iglesia abogó por la condonación de la deuda a favor de los países pobres.
“Lo que han recibido gratis entréguenlo también gratis” (Mt 10,8). Estemos siempre alegres y agradecidos por todo lo que hacemos para glorificar a Dios y hacer más llevadera y digna la vida de los más necesitados. Nunca llegaremos a ponernos a la altura de todo lo que hemos recibido de Dios, así que debemos vivir en permanente y gozoso retorno agradecido. “Dios ama al que da con alegría” (2 Co 9,7). Tenemos mucho camino que recorrer en nuestra Iglesia para introducir esta consigna de Jesús en nuestras comunidades, parroquias y diócesis y desterrar todo lo que parezca que estamos comerciando con las cosas sagradas y con los sacramentos.
La conciencia del servidor de Jesús es la de una persona que, abandonada en la fe, con la vida centrada en su Señor, se da sin reservas y con gratuidad en el servicio aspirando siempre al cumplimiento cabal de su “deber”. ¡Cuánto repudió Jesús esa actitud de quien sirve a Dios y a los hermanos con la expectativa de la recompensa! ¡Los hombres no pueden pasarle facturas a Dios! ¡La relación con Dios no puede darse a partir de reclamos!
No olvidemos que la parábola está dirigida a los apóstoles, y como tal, nos pide a nosotros, los líderes de la Iglesia, que revisemos nuestra actitud: el servicio a Dios y a los hermanos –que tiene como fundamento la experiencia de la fe- no da ni adjudica derechos para alguna paga. Tampoco nos autoriza para andar proclamando a los cuatro vientos lo que  hacemos. Ni la pretensión ni la vanidad pertenecen al espíritu de Jesús.
El servidor de la comunidad puede sentirse feliz por el hecho de haber cumplido bien su tarea. Es aquí donde la fe –que se concreta en el vivir bajo el “Señorío” de Jesús- verdaderamente “crece”, no por vías de cantidad sino por la ruta cualitativamente cierta, que es la justa actitud con él, esto es, el abandono total y la confianza absoluta en Dios en quien “somos nos movemos y existimos” (Cf Hech 17,38) y lo tenemos todo. Es el reconocimiento humilde de que nuestra vida depende de él. Este es el mínimo, el granito de mostaza, de dónde proviene una fuerza sorprendente que nos hace aptos para animar la vida comunitaria y emprender la misión.

Maracaibo 2 de octubre de 2016
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo

domingo, 5 de junio de 2016

DECIMO DOMINGO ORDINARIO, CICLO C. 2016: "JOVEN, A TI TE LO DIGO ¡LEVÁNTATE!"



DECIMO DOMINGO ORDINARIO. CICLO C. 2016
JOVEN, A TI TE LO DIGO ¡LEVÁNTATE!

En esta parte de su Evangelio, Lucas nos presenta a Jesús manifestando el Reino de Dios de manera sorprendente.  A través de sus enseñanzas y milagros, junto con el Reino de Dios aparece con mayor claridad la misma identidad de Jesús y cómo concibe su vocación mesiánica. Se va viendo con mayor claridad que sus actuaciones están en perfecta coherencia con la presentación que hizo de sí mismo en la sinagoga de Nazaret y en el anuncio de las Bienaventuranzas. Allí el dijo que era un ungido del Espíritu Santo y un enviado suyo para anunciar el evangelio a los pobres, la liberación a los presos, la curación a los enfermos y para declarar la implantación de un año de gracia. Declaró que “son dichosos los que ahora están llorando porque reirán”.
El capítulo siete dentro del cual se encuentra el relato de la vuelta a la vida del hijo de una viuda, se inicia con la curación a distancia del servidor de un centurión romano. Cuando el centurión le manifiesta que no es necesario que llegue hasta su casa para realizar la curación primero porque  él no es digno de recibirlo y en segundo lugar porque  puede curarlo con el poder de una sola palabra desde donde está. Esta actitud le arrancará a Jesús uno de los pocos elogios que le conocemos. Se quedó en admiración ante las palabras del centurión y declaró ante la muchedumbre: “Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande”.  
Los paganos eran considerados impuros y un judío piadoso no debía de entrar en su casa. Sin embargo este pagano romano, a pesar de pertenecer al ejército invasor, se comporta generosamente con la población de Naín. Jesús está dispuesto a entrar en la casa del pagano contrayendo impureza legal. El oficial no lo quiere exponer a ese descrédito porque le pide que haga la curación a distancia. Pero para Jesús lo más importante es la persona. El ha venido a hacer el bien a todos, sin excepción alguna, siguiendo el modelo de su Padre, que es misericordioso,   y que hacer salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos (Mt 5,45). Hay fe en todas partes no solo entre los hombres religiosos de Israel.
Así ha de ser también el comportamiento de sus discípulos: “Sean misericordiosos como su Padre celestial es misericordioso” (Lc 6,36). En este año de la Misericordia estamos llamados a detenernos en esta revelación de Jesús, a saborear todas las dimensiones de su misericordia e ir descubriendo las entrañas de la compasión de Dios hacia sus criaturas. El evangelio de hoy nos narra la conmoción interna que sacudió a Jesús cuando se encontró en la calle con el entierro del hijo único de una mujer viuda. ¿Será porque Jesús vio en ese cuerpo el suyo y en esa mujer a su madre viuda? En todo caso Jesús detiene el cortejo, conmovido le dice a la mujer que no siga llorando; toca el féretro y da una orden terminante: “¡Joven, a ti te digo, levántate!”.
La comitiva fúnebre, testigo del milagro, declara que Jesús es un profeta, tal como lo hizo la viuda de Sarepta, cuando el profeta Elías le devolvió la vida a su hijo, confundiéndolo con Elías. Aquí se cumple la bienaventuranza: “Dichosos los que lloran porque reirán”. El llanto en la biblia siempre acompaña el pecado y la muerte. Solo desaparecen si Dios se manifiesta perdonando el pecado y devolviendo la vida, causas mayores de la aflicción humana. En uno de sus espléndidos mensajes de esperanza el profeta Isaías presenta la última y definitiva manifestación de Dios de esta manera: “Destruirá la muerte para siempre; el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo. Y aquel día se dirá: Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!” (Is 25, 8-9).
San Agustín comenta este texto diciendo que Jesús le devolvió  la vida tres personas: a la pequeña hija de Jairo, jefe de la sinagoga, en su propio lecho de muerte; al joven hijo de la viuda de Naín, camino al cementerio y Lázaro de Betania, un adulto que llevaba ya cuatro días de sepultura. Comenta que Jesús ha venido a esta tierra investido del poder de Dios, para perdonar los pecados del hombre. Porque, dice él, quien peca, mata su alma. Muere. Jesús utiliza su poder para perdonar, para compadecerse, para devolver a la vida a quien yace muerto por el pecado. Devuelve la vida a quien recién ha pecado y quiere enmendarse dentro de su corazón. De este perdón es signo la niña de Jairo. Se compadece también del pecador que ya vive públicamente su pecado y va camino derecho al cementerio, como el joven de Naín. Y también tiene poder para devolverle la vida al pecador más empedernido, que ya ha hecho de su vida de pecado un hábito a tal punto que ya está sepultado bajo los escombros de sus culpas. ¡Que ya hiede! De ese estado de muerte es signo su amigo Lázaro, como lo es también María Magdalena. A ambos el Señor con todo el poder de su compasión y de su amor, les devuelve la vida mediante su cruz redentora.


+Ubaldo R Santana Sequera FMI 
Arzobispo de Maracaibo

viernes, 3 de junio de 2016

JUBILEO DE LOS SACERDOTES: "Dejarnos cargar sobre los hombros del Gran Pastor"



JUBILEO DE LOS SACERDOTES
En estrecha sintonía con el Santo Padre Francisco, que le da una particular importancia a la comunión en simultaneidad, estamos hoy congregados en nuestra catedral para celebrar nuestro jubileo en este año de la Misericordia mientras se desarrolla el Jubileo en Roma. Ya vamos por la mitad del recorrido del año jubilar y es mucha la gente que ha gozado de este “Kairós”  gracias a nuestro ministerio.

Hoy nos toca a nosotros dejarnos cargar sobre los hombros del Gran Pastor de las ovejas y escuchar gozosos las palabras de Dios en el profeta Ezequiel: “Así habla el Señor: Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él…Me ocuparé de mis ovejas y las libraré de todos los lugares donde se habían dispersado, en un día de nubes y tinieblas…Las traeré y las apacentaré en buenos pastizales…allí descansarán en un buen lugar de pastoreo y se alimentarán de ricos pastos sobre las montañas de Israel”.

En su Magnificat María de la Visitación canta: “Y su misericordia llega de generación en generación a sus fieles” (Lc 1,50). Es inmensa la muchedumbre, que desde que Jesús fue alzado en lo alto de la cruz, ha sido atraída por corazón compasivo y se ha sumergido en el torrente de su misericordia, que brota inagotable de su costado abierto. Hoy nos toca a nosotros entrar con júbilo en estas aguas que riegan la ciudad de Dios. Como María nosotros también podemos decir: “Se ha fijado en la insignificancia, la pequeñez de sus siervos”.

Por medio de tres parábolas: la oveja perdida y hallada, la moneda perdida y encontrada, el hijo perdido y retornado, Jesús responde a los fariseos y doctores de la ley que lo critican porque se junta a comer con pecadores. En tiempo de Jesús, las comidas y banquetes creaban lazos de amistad y hasta de parentesco entre los comensales. Para no contaminarse y volverse impuro legalmente los judíos piadosos no comían en la misma mesa con reconocidos pecadores, cobradores de impuestos y extranjeros. Jesús se opone a esta mentalidad de exclusión, revelando cuál es el comportamiento de su Padre Dios con los pecadores: sale al encuentro de ellos, los busca y se alegra inmensamente cuando hacen penitencia y se convierten.

Jesús compara esta alegría a la de un pastor, una dueña de casa y un paterfamilias cuando encuentran lo que daban por perdido. El Pastor de la parábola de hoy, en cuanto fiel figura de Dios, muestra un particular interés por su oveja extraviada. La oveja No 100 le importa grandemente precisamente porque no está en su rebaño. Por eso va a cometer digamos así la locura de dejar las 99 restantes en al descampado y sale a buscar la oveja perdida hasta encontrarla.

En esta acción “salir a buscar” muchos padres ven la salida del Verbo Divino de la intimidad trinitaria, enviado por el Padre, y su llegada a este mundo, encarnándose en el seno de María, para buscar la humanidad, la oveja 100. Podemos decir incluso que en el momento en que el Verbo se hace ser humano en el seno de esta joven nazaretana, ya ha encontrado la primera oveja 100. La madre lo lleva en su vientre pero es él el que la carga sobre sus hombros. Es Él quien la está regresando gozoso al redil del Padre.

De allí en adelante se despliega la inmensa búsqueda emprendida por este Pastor inflamado de amor apasionado por la humanidad extraviada, para dar con cada oveja 100 hasta encontrarla. Así ha pasado con nosotros. Nos buscó, nos encontró, nos sanó, nos cargó sobre la cabalgadura de sus hombros benditos, nos introdujo en el redil y luego con un gesto de inconmensurable bondad, nos pidió que nos uniéramos a él para salir en búsqueda de las ovejas 100 que andan perdidas y no descansar hasta encontrarla. No podemos volver al redil con las manos vacías. Hoy damos gracias al Señor y le cantamos con alegría porque nos ha misericordiado y nos ha transformado en pastores en salida, pastores rastreadores de ovejas extraviadas.

Cada vez que veo a un joven diácono tendido en el suelo, mientras se canta la letanía de los santos, momentos antes de que el obispo consagrante le imponga las manos, haga la oración consecratoria y lo unja de crisma, pienso: allí está una oveja perdida, una ovejita 100, que el buen Pastor rescató y se trajo lleno de alegría al redil y convocó a una fiesta por el hallazgo.

Y ahora le da la gran sorpresa de transformarla de oveja en pastor asociado a él para que lo ayude a buscar ovejas extraviadas. Allí está tendido en el suelo, como una alfombra, con los brazos abiertos, listo para transformarse en un puente, un pontifex, por donde van a pasar infinidades de ovejas perdidas para regresar a su casa, para sumergirse en las fuentes de la misericordia, para gozarse del abrazo del Padre que las acoge y las introduce de nuevo en su casa.

Hermanos sacerdotes, es un gran gozo sin duda, que nuestra vida, nuestra carne, nuestro ser cante, como María, la victoria de Dios. Como la Iglesia y dentro del seno de la Madre Iglesia nosotros somos discípulos de Jesús en la medida en que nos dejamos enviar por él, en que vivimos como María en permanente visitación, en que nos dejamos transformar por el Señor en pastores en salida, en búsqueda de ovejas 100. Con nuestras propias vidas, con nuestro anuncio, nuestra vida sacramental, con nuestra vida fraterna y en caridad, nosotros estamos llamados permanentemente a poner en evidencia la victoria de Dios. Digámosle a nuestra gente que deje ganar a Dios en sus vidas. Que sea él en su Hijo Jesús el que se lleve la victoria.

 “La gente más simple, los pecadores, los enfermos, los endemoniados, son exaltados inmediatamente por el Señor, que los hace pasar de la exclusión a la inclusión plena, de la distancia a la fiesta. Esta es la expresión: la misericordia nos hace pasar de la distancia a la fiesta”, lo dijo el Papa Francisco en la primera meditación del Retiro Espiritual dirigido a los seminaristas y presbíteros de todo el mundo que participan en el Jubileo de los Sacerdotes, sobre el tema:

En su primera meditación el Obispo de Roma recordó que “la misericordia es tanto el fruto de una ‘alianza’ como un ‘acto’ gratuito de benignidad y bondad que brota de nuestra psicología más profunda y se traduce en una obra externa”. Por ello, el Pontífice señaló que esta obra se manifiesta en la actitud de “compadecerse del que sufre, conmoverse ante el necesitado, indignarse, que se revuelvan las tripas ante una injusticia patente y ponerse inmediatamente a hacer algo concreto, con respeto y ternura, para remediar la situación”.
Y, partiendo de este sentimiento visceral, el Sucesor de Pedro invitó a los sacerdotes a mirar a Dios desde la perspectiva de este atributo primero y último con el que Jesús lo ha querido revelar para nosotros, es decir que el nombre de Dios es Misericordia. “Nada une más con Dios que un acto de misericordia, agrego el Papa, ya sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, ya sea de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre”.