martes, 11 de abril de 2017

Misa Crismal 2017 Homilía

Misa Crismal 2017
Homilía


“El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres…” (Is. 61, 1)

Muy querido Mons. Ángel Caraballo,
Muy queridos hermanos sacerdotes  y diáconos permanentes;
Muy queridos consagrados y consagradas;
Muy queridos seminaristas, formandos y formandas.  
Muy queridos hermanos y hermanas unidos a nosotros a través de los Medios de Comunicación y Redes Sociales,
Amados hermanas y hermanos todos en Cristo Jesús,

El corazón de nuestro Padre Dios rebosa sin duda de alegría al ver a sus hijos e hijas de esta amada Iglesia Marabina, congregados en este templo catedralicio esta mañana, para celebrar la Misa Crismal. Es el mismo gozo que me envuelve ante la presencia de tan gran número de sacerdotes, seculares y religiosos, que, fieles a los compromisos que adquirieron el día de su ordenación sacerdotal, han venido, llenos de fe y entusiasmo, a renovar sus promesas sacerdotales y a recibir la gracia de Dios necesaria para perseverar en su santo servicio. Que se cumpla plenamente en cada uno de ustedes el mensaje del salmo que ha sido cantado: “Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán; por mi nombre crecerá su poder”.

Permítanme hacer mención especial de tres sacerdotes, que trabajaron tenazmente por sembrar los valores del Reino en los habitantes de nuestra iglesia, y han sido llamado este año a la casa paterna: el presbítero José Isauro Molero y los Reverendos Padres Carlos Alfonso Magasaga, agustino recoleto, y Williams González, sacerdote jesuita así como al número significativo de hermanos sacerdotes de las diócesis venezolanas que han migrado a la casa del Padre. Además quiero traer aquí el nombre del padre Arnaldo Sarabia, el más joven sacerdote del clero de Guarenas, con poco tiempo de ordenado, que viajaba en un transporte público que perdió los frenos. Allí perdió la vida.  Agradecemos el buen Pastor por el gran ejemplo que todos ellos nos dieron, y confiamos que el Padre celestial los haya hecho entrar en el banquete eterno preparado para los que le aman y han servido al pueblo creyente con alegría.
Damos nuestra más cordial bienvenida a nuestra familia presbiteral al Padre Eduardo Daboin, del clero diocesano, quien recibió la ordenación sacerdotal el pasado 7 de enero. Y a los padres, cuyas congregaciones los han enviado a esta arquidiócesis: Fray Ever José García Pérez, de la Orden de S. Agustín, al padre John Jaime Zuluaga de la Sociedad del Verbo Divino;  a los presbíteros Rafael Albornoz y Marcos Pantín, de la Prelatura del Opus Dei. Ellos se unen a nosotros para seguir construyendo esta Iglesia, casa y taller de comunión.
Felicitamos anticipadamente al presbítero José Ángel Severeyn, quien, Dios mediante, el próximo 27 de agosto, celebrará sus bodas de oro sacerdotales. Le agradecemos su servicio, jovialidad y disponibilidad, que son las características que lo han identificado en su dilatado ministerio sacerdotal. Que su vida y servicio pastoral sigan siendo estupendos. Oraremos por su perseverancia final. 
Tenemos también presentes a nuestros hermanos sacerdotes que se encuentran sirviendo a la Iglesia fuera del país: Freddy González, Gerald Cadieres, Eudo Rivera, Richard Colmenares, José Gregorio Villalobos, Jesús Colina, José Antonio Barboza, Rhonald Rivero, Valentín Rodríguez y Richard Aular.
Además de la renovación de las promesas sacerdotales, las diferentes comunidades eclesiales, asociaciones y escuelas arquidiocesanas consignarán la Campaña Compartir, fruto de las practicas penitenciales de cuaresma, que serán puestas al servicio de lo más pobres a través de nuestras Cáritas Nacional,  Arquidiocesana y Parroquiales. Y, por último, se bendecirán los Santos Oleos y se consagrará el Santo Crisma, los cuales servirán para la administración de los sacramentos del bautismo, confirmación, unción de los enfermos y orden sacerdotal.
En esta Misa Crismal, nuestra asamblea expresa en forma solemne y significativa, la unidad de la Iglesia Arquidiocesana. En efecto, el Señor nos ha reunido, “como raza elegida, reino de sacerdotes, nación consagrada, pueblo que Dios hizo suyo para proclamar sus maravillas, pues él nos ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1Pe. 2,9). En estos días santos, tendremos la bendición de celebrar la Pascua, que el Señor hizo de una vez y para siempre y selló con su Preciosísima Sangre en la Cruz del Calvario y con su Gloriosa Resurrección. Reflexionaremos, a través de los oficios litúrgicos, la entrega incondicional de Jesús que nos amó hasta el extremo (Cf Jn 13,1); que quiso quedarse bajo las especies del pan y del vino para ser nuestro alimento de vida eterna; en un acto de misericordia hacia nosotros nos entregó a su madre como madre nuestra (Jn 19,27);  nos prometió su Espíritu y nos aseguró que estaría con nosotros hasta el final del mundo (Cf Mt 28,20).

Nos ha tocado celebrar esta misa crismal, en un momento incierto y oscuro de nuestra madre patria, que reclama del pueblo de Dios, especialmente de los presbíteros, firmeza y valentía para no dejar que naufrague definitivamente el Estado de Derecho y Justicia por el que se rige nuestro país; abnegación para compartir con nuestro pueblo las penurias que padece; esperanza, porque sabemos que en Cristo muerto y Resucitado el mal y la muerte no tendrán la última palabra. Como nos lo recuerda el Papa Francisco: “Verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias, crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad comienza a brotar nuevo, que tarde o temprano produce fruto” (EG, 276).




Nuestro pueblo sufre hambre, desnutrición, y miseria. Para los que seguimos a Jesús es un deber sagrado ser la voz de los que no tienen voz y atender con abnegación a  los pequeños del Señor, a los más desvalidos y abandonados. En esta Cuaresma, a través de múltiples y variadas iniciativas, particularmente del Programa de las Ollas comunitarias,  nuestras comunidades cristianas parroquiales, a lo largo y ancho del territorio arquidiocesano,  han descubierto el verdadero y milagroso poder que cambia el mundo: compartir y servir desinteresadamente a los hermanos.
No se trata solamente de la Obra de Misericordia de dar de comer a los hambrientos sino, también y sobre todo, de ser creativos para no replicar el modelo asistencialista que anula su capacidad de participación protagónica, y hacerles descubrir, a través de estos gestos, su dignidad sagrada y la vocación y capacidad que tienen de transformarse en actores y sujetos de su propia liberación, sin tener que esperar dádivas y limosnas de nadie, sea de particulares, sea de los poderes populistas de cualquier signo que sean.
Las lecturas que han sido proclamadas son muy propicias para reflexionar sobre nuestro ser y quehacer sacerdotal, especialmente sobre el consejo evangélico de la pobreza y nuestro trabajo misionero con los pobres en este momento tan difícil que estamos viviendo en Venezuela.
El episodio del evangelio recoge el esquema del culto sinagogal sabatino, que se desarrolló después del destierro, y fue en el que creció y se educó Jesús. Ese día, de descanso y oración, los judíos se reunían en torno a la escucha de la Sagrada Escritura: “Shemá Israel” (Dt 6,4), resumen de los preceptos del Señor.  Se leía un pasaje del Pentateuco y otro de los profetas. Seguidamente el presidente invitaba a alguien de los allí presentes a dirigir la palabra y dar una enseñanza. Fue en una de esas ocasiones que Jesús intervino.
Ese día abrió el rollo del profeta Isaías en  el pasaje que hemos proclamado en la primera lectura, donde el profeta anuncia la llegada del Ungido de Dios que librará al pueblo de todas sus aflicciones. Al terminar la lectura, las primeras palabras de Jesús fueron las siguientes: “Esta lectura que acaban de oír se ha cumplido hoy” (Lc 4,21). En efecto, en Jesús se cumplen no solamente esa lectura sino todas las promesas mesiánicas contenidas en el Antiguo Testamento.  
En el Jordán fue ungido por su Padre, no por los hombres. La unción no se hizo con óleo, o ungüento material, sino con el óleo de la alegría (Cf Sal 45,8), es decir con el Espíritu Santo (Cf Mt 3,16-17). Y su misión es llevar la Buena Noticia a los pobres, destruyendo la causa de todas las injusticias, que es el pecado y su fatal consecuencia: la muerte.
Nosotros también, queridos hijos sacerdotes, hemos sido consagrados para cumplir esta misma misión. Podemos hacer nuestras las palabras de Jesús en la Sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido, me ha enviado para dar la Buena Nueva a los Pobres”. Ésta siempre ha sido la opción de la Iglesia, porque forma parte de la esencia de nuestra profesión de fe en Cristo Jesús.
La Iglesia Latinoamericana nos lo ha recordado en las grandes conferencias que se han celebrado en los últimos años, y el Papa Francisco, en su exhortación apostólica, “El gozo del Evangelio” (EG), la tiene como criterio fundamental en la evangelización: “¿A quiénes debemos privilegiar? Cuando uno lee el Evangelio, se encuentra con una orientación contundente: no tanto a los amigos y vecinos ricos sino sobre todo a los pobres y enfermos, a esos que suelen ser despreciados y olvidados, a aquellos “que no tienen con qué recompensarte” (Lc 14, 14). No deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio, y la evangelización dirigida gratuitamente a ellos es signo del Reino que Jesús vino a traer” (EG, 48)
Para amar a los pobres, hay que hacerse pobre. El Señor exige a los sacerdotes la pobreza como estilo de vida, la cual no significa despreciar los bienes, que Dios puso a disposición del hombre para su vida y su colaboración en el plan de la creación, sino desprendimiento y uso correcto de ellos, evitando acumulaciones superfluas y apegos esclavizantes.
Jesús es el modelo del desprendimiento de los bienes terrenos para el presbítero que quiere conformarse con la exigencia de la pobreza evangélica. En efecto, Jesús nació,  vivió y murió en pobreza. Amonestaba San Pablo: “Siendo rico, por ustedes se hizo pobre” (2 Cor. 8, 9). A una persona que quería seguirlo, Jesús le dijo de sí mismo: “Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nido, pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lc. 9,58) Esas palabras manifiestan un desasimiento completo de todas las comodidades terrenas.
La pobreza en la vida del sacerdote se traducirá en desinterés y desprendimiento del dinero, en la renuncia a toda avidez de posesión de bienes terrenos, en un estilo de vida sencillo, en la elección de una morada modesta, en el rechazo de todo lo que es o, incluso, a lo que solo parece lujoso, en una tendencia creciente a la gratuidad de la entrega al servicio de Dios y de los fieles y en el amor a los necesitados, en un abandono filial y confiado en las manos del padre Providente.
Siendo pobre, según el estilo de Jesús, debemos buscar los medios para socorrer en las necesidades más básicas a los que padecen enormes privaciones y llevarles la inmensa misericordia de Dios para mitigar sus penurias. Es poner por obra la palabra del Señor, mirar las miserias de los hermanos, tocarlas, hacernos cargo de ellas, trabajar juntos con todos los que buscan erradicar las raíces causales de la pobreza y de la miseria en el mundo.
La miseria en nuestra patria ha crecido desproporcionadamente en estos últimos años. Hemos llegado hasta el deprimente espectáculo de personas que se ven obligadas a hurgar en la basura en busca del necesario sustento, y son cada vez más los que  fallecen a causa de la desnutrición y de la falta de atención adecuada en los hospitales.
 La miseria material, que habitualmente llamamos pobreza, afecta a gran parte de la población, pues se encuentra privada de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad. Se traduce en pobreza crítica. En terrible calamidad. Nuestro pueblo está pasando hambre, el crecimiento y el desarrollo de nuestros niños está gravemente afectado por la falta de una alimentación balanceada, los niños sufren de  carencias que se traducirán en negativas consecuencias en su desarrollo intelectual. Daños irreversibles por mucho que se alimenten a posteriori. Los enfermos crónicos (diabetes, hipertensión, renales, oncológicos…) y los ancianos mueren por falta de tratamiento.
Hay otra miseria, la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Qué triste ver nuestras urbanizaciones y barrios plagados de depósitos, licorerías y centros de apuestas “parley”! Mientras muchas de nuestras instituciones educativas públicas se encuentran carentes de las instalaciones y servicios más elementales.
La plaga del Bachaqueo, deplorable consecuencia de la corrupción y de la falta de moralidad de muchos gobernantes, ha traído consigo una cadena de males: el acaparamiento, el sobreprecio, la mentira, la falta de piedad y la codicia. En definitiva, la explotación del pobre por el mismo pobre. Y todo esto degrada a la persona humana y la hunde en la más espantosa soledad. La deserción escolar, fruto de la miseria material, ha llevado a los jóvenes a la delincuencia y a la lucha entre bandas, no pocas veces induce a la prostitución en todas sus formas y al envilecimiento de la vida diaria.
No menos deplorable y terrible es la miseria espiritual, el alejamiento del Dios, tantas veces denunciadas por el Señor Jesús y que ha crecido desmesuradamente en estos últimos años con la presencia de sectas, de grupos idolatras, de la santería, de los brujos inescrupulosos, de los paleros, de  los babalaos, muchos de ellos amparados y financiados desde algunas instancias oficiales. Estos grupos son totalmente opuestos al cristianismo, de manera que no se puede ser católico y santero, católico y babalao. No se puede, como dice la palabra de Dios, “servir a dos señores” (Mt 6,24).
Como verán, queridos sacerdotes, el trabajo es vasto y la responsabilidad que se nos encomienda supera nuestras fuerzas, pero no las de aquel que nos llamó y nos da su Espíritu de Verdad y Gloria. Ahora más que nunca, nosotros, ministros sagrados, debemos estar muy unidos al Señor, a través de los sacramentos, la oración personal y la lectura meditada de la Palabra, para ver la realidad con los ojos de la fe, como la mira Jesús y obrar en consecuencia. Sabemos en quien hemos puesto nuestra confianza (Cf 1 Tim 1,12), y él no defrauda. Con la fuerza del amor de Cristo saldremos más que vencedores (Rm 8,37). Y las circunstancias adversas que atravesamos lejos de ser  obstáculos infranqueables, se transformarán en oportunidades para expresar mejor, con una fe purificada, nuestro amor a Dios y al pueblo al cual nos debemos.
Queridas hermanas y hermanos, les pido encarecidamente que oren por sus sacerdotes. Dentro de algunos minutos, ellos renovarán delante de mí, sus compromisos sacerdotales. Sé que cuento con un ejército de sacerdotes abnegados, enamorados de su vocación, identificados con su pueblo y dispuestos a dar la vida. Me he sentido orgulloso y contento de trabajar con ellos durante estos dieciséis años de pastoreo en Maracaibo. Pero también soy consciente que el demonio “no cansa ni descansa” y quiere desfigurar el rostro de Cristo que está impreso en cada uno de ellos, en sus corazones. De ahí, que tenemos que acompañarlos, ayudarlos, levantarlos cuando caigan y animarlos a continuar adelante, a pesar de las dificultades.
Que María Santísima, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, nos acompañe, como hizo con su hijo, estos días para celebrar solemnemente la resurrección de su hijo Jesucristo, a él la gloria y el honor por los siglos de los siglos. Amén.

Maracaibo 11 de abril de 2017

+Ubaldo Ramón Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo.

domingo, 9 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS 2017 - HOMILIA

DOMINGO DE RAMOS
HOMILIA



El Domingo de Ramos, comienzo de la Semana Santa, nos introduce en el misterio más profundo de nuestra fe cristiana. Nos coloca  frente a la suprema revelación del amor misericordioso de Dios, que se ha manifestado en Jesús. A medida que se desarrolla la semana y vamos participando en las eucaristías, en la escucha de la Palabra, en las celebraciones penitenciales, las Lectio divina,  las procesiones, los viacrucis, los ayunos y vigilias, vamos descubriendo con gran gozo, que gracias a la entrega de Cristo Jesús, que no hay  nada, ni siquiera la misma muerte, que nos pueda impedir llegar hasta Dios y darle gloria viviendo en el amor (Rom 8,38-39).

En el Antiguo Testamento, en época de grandes  crisis, el pueblo de Israel recurría a la lectura y meditación del libro del Éxodo. Nosotros, pueblo de la Nueva Alianza, envueltos  en grandes torbellinos y tormentas,  nos volvemos hacia otro éxodo,  el realizado por  Jesús, “el iniciador y perfeccionador de nuestra fe (He 12,3-4):  “El murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarlos a Dios”
(1 Pe 3,18). El camino hacia la casa del Padre, que después del pecado de Adán había quedado bloqueado por querubines de fuego Cf Gen 4,24),  ha quedado de nuevo despejado.  Jesús camina delante de nosotros,  cuan Gran Pastor de las ovejas,  dejándonos un modelo para que sigamos sus huellas. Éramos unas pobres ovejas descarriadas, pero el vino a buscarnos hasta encontrarnos y  ahora, gracias a él, podemos volver a casa (Cf 1 Pe 2,21.25).

Con la salida de la esclavitud egipcia,  el paso del Mar Rojo  y la Alianza del Sinaí,  Israel quedó constituido como pueblo de Dios, como nación santa.  Para conmemorar esta liberación y la adquisición de  su nueva dignidad, Dios le pidió por medio de Moisés, que celebraran cada año la gran fiesta de Pascua.  Para nosotros Cristo Jesús es nuestra Pascua, porque a través de su Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión al cielo y el envío del Espíritu Santo, nos ha arrancado definitivamente de la esclavitud del pecado, ha vencido la muerte y nos ha constituido Pueblo de su Padre Dios, miembros de su Cuerpo y moradas vivas de su Espíritu Santo. “Los que en un tiempo no éramos pueblo ahora somos pueblo de Dios; los que antes no éramos compadecidos, ahora somos compadecidos” (ibídem 2,10). Esta es la Gran Pascua que cada año todos los cristianos estamos llamados a celebrar con entusiasmo.

Para todas las Comunidades cristianas de todos los tiempos y del mundo entero,  cada día de la Semana Mayor, empezando por este Domingo de ramos y particularmente los días que conforman el llamado Triduo Pascual, es decir desde Jueves Santo por la tarde, hasta el Domingo de Resurrección, son como un inmenso manantial de agua viva donde venimos a sumergirnos,  donde renovamos nuestra condición bautismal y nuestra común pertenencia a la Iglesia de Cristo, en la fe, la esperanza y el amor.

El Evangelio de San Mateo que estamos leyendo este año, deja claro desde el principio que el corazón de la Nueva Alianza que Jesús ha venido a establecer,  son el amor y  la misericordia. “Quiero misericordia y no sacrificios (Os 6,6-7)”. Ahora en esta parte final de su Evangelio, nos encontramos a Jesús dándonos la misma enseñanza, no ya con parábolas y discursos, sino con su propio ejemplo.  El relato de la pasión, muerte y resurrección, que acabamos de escuchar, nos muestra a Jesús en la máxima expresión de su amor, de su entrega y de su sacrificio.  Contemplemos en silencio meditativo todo lo que le sucede; busquemos ardorosamente experimentar ese amor de Dios que se manifiesta en los comportamientos del Señor ante aquellos que lo traicionan, lo niegan, lo prenden, lo insultan, lo torturan, lo ridiculizan, lo humillan y le dan muerte.

A medida que vayamos repasando el texto, pensemos no solo en Jesús sino también en los pobladores sirios que han sido bombardeados, en los rehenes del ISIS que son vilmente ejecutados, en los manifestantes callejeros que reclaman justicia y son salvajemente golpeados, en los millones y millones de seres humanos que hoy están en las cárceles, torturados, insultados y asesinados sin juicio alguno. Jesús, en su pasión y muerte, recogió todos los dolores y sufrimientos del mundo y en vez de transformarlos en montañas de odio y venganza, los trocó en gestos de fortaleza, paciencia y valentía.
Nos podemos preguntar escuchando la Pasión de Jesús: ¿cómo se responde a la codiciosa traición de Judas? ¿Cómo se remedia la miedosa negación de Pedro? ¿Cómo reparar la huida cobarde de los apóstoles? ¿Cómo se supera el entreguismo inhumano de Pilato? ¿Cómo se perdona la manera cómo las autoridades manipulan al pueblo para que pidan la libertad de Barrabás y la condenación de Jesús? ¿Cómo olvidar la crueldad y el ensañamiento de los soldados romanos, la jauría de los espectadores sedientos de maldad y de sangre que vociferan ante el crucificado?
Las respuestas las encontramos en la solidaridad del Cirineo que ayuda a Jesús a llevar su cruz. En la valentía de María y de las demás mujeres que acompañan a Jesús hasta el Calvario. En el atrevimiento de Nicodemo de conseguir el permiso para descrucificar al Señor; en la generosidad intrépida de José de Arimatea de ofrecer su tumba para la sepultura; en la honestidad del soldado romano que confiesa al pie de la cruz, la verdadera identidad de Jesús.
Estas y tantas otras preguntas que nos podemos hacer no solo ante el juicio de Jesús sino ante el sufrimiento de tantos inocentes, solo se pueden responder desde esos gestos audaces de amor hacia Jesús. La única manera de acabar con los horrores de la guerra, los genocidios, las matanzas terroristas, la insaciable sed de poder y  las injusticias sociales es volcando con Cristo y sus discípulos sobre este mundo, no misiles ni bombas químicas, sino toneladas de gestos de solidaridad, de ayuda mutua, de cooperación generosa, de entrega abnegada, de servicio incansable y alegre a favor de los más indefensos.
Si queremos encontrar hoy verdaderamente al Hijo de Dios, no lo busquemos en lo alto, ni en el lejano cielo, ni en el Templo cuyo velo se rasgó, busquémoslo dentro de nosotros mismos, en el ser humano excluido, desfigurado, sin belleza. Busquémoslo en aquéllos que, como Jesús, dan la vida por sus hermanos. Es allí donde Dios se esconde y se revela, y es allí donde podemos encontrarlo. Allí se encuentra la imagen desfigurada de Dios, del Hijo de Dios, de los hijos de Dios. “¡No hay prueba de amor más grande que dar la vida por los hermanos!” (Jn 15,13).
Solo llegaremos a reflejar en verdad nuestra condición de hijos de Dios, nuestro mayor título de gloria, cuando también siguiendo el ejemplo y la enseñanza de Jesús nos empeñemos en sembrar nuestras vidas y nuestras relaciones con puras semillas de amor, perdón y misericordia.  (Mt 5,43-48; 7,12; 9,13; 12,7; 22,34-40). Esas son las semillas que tenemos que sembrar en nuestro desgarrado y desfigurado país. No nos dejemos arrebatar tan gran dignidad que hemos venido a aprender a los pies del trono donde reina  nuestro Maestro y Señor Jesús. 

Maracaibo 9 de abril de 2017

+Ubaldo R Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo



jueves, 6 de abril de 2017

Comunicado de la CEV ante las decisiones del TSJ


1.- Los acontecimientos de los últimos días, la reunión de la OEA y las decisiones del TSJ, plantean a la conciencia de los que habitamos este país una seria reflexión. Lo sucedido ha repercutido en las instancias políticas, jurídicas y sociales nacionales e internacionales. Es un claro indicio de que se trata de una nueva crisis nacional sumamente grave que lesiona la democracia y la convivencia de los venezolanos.
 
2.- En nuestra condición de pastores de la Iglesia Católica, sentimos que estamos ante unas ejecutorias que desconocen e inhabilitan el órgano público que representa la soberanía popular, en función del ejercicio omnímodo y unilateral del poder, sin tomar en cuenta a la gente. Son decisiones moralmente inaceptables y, por tanto, reprobables. Las dos sentencias, producto de unas medidas que sobrepasan el ejercicio equitativo del poder, han provocado reacciones de numerosos países y pueden generar en Venezuela una escalada de violencia.
 
3.- Existe una distorsión en el ejercicio del poder en Venezuela. Pareciera que todo gira en torno a lo político, entendido como conquista del poder, olvidando que las necesidades reales de la gente reclaman otra visión del poder. La incapacidad para dar solución a la escasez y carestía de los alimentos y medicinas, la creciente violencia, la incitación al odio y el desconocimiento de las normas elementales para una convivencia en paz, son, entre otras, las causas que nos tienen sumidos en un marasmo que entorpece el entendimiento y el progreso. 
 
4.- Más allá de las consideraciones jurídicas y constitucionales, la eliminación de la Asamblea Nacional, suplantándola por una representación de los poderes judicial y ejecutivo, es un desconocimiento absoluto de que la soberanía reside en el pueblo y de que a él le toca, en todo caso, dar su veredicto. Una nación sin parlamento es como un cuerpo sin alma. Está muerto y  desaparece toda posibilidad de opinión divergente o contraria a quienes están en el poder. Se abre la puerta a la arbitrariedad, la corrupción y la persecución, un despeñadero hacia la dictadura  siendo, como siempre, los más débiles y pobres de la sociedad los más perjudicados. Por estas razones, repetimos, esta distorsión es moralmente inaceptable.
 
5.- Desconocer la existencia del otro y sus derechos es, sencillamente, destruir toda posibilidad de convivencia democrática y plural. Es más bien una provocación a la desesperanza ante el atropello de derechos fundamentales del que todo gobierno debe ser el primer garante. Por el contrario, es necesario generar gestos valientes e iniciativas innovadoras que motiven a esperar contra toda esperanza (Cf. Rom. 4,18), para construir una convivencia libre, justa y fraterna; es tarea que nos compete a todos, cada cual según su posición. Es una responsabilidad ineludible porque frente al mal nadie puede permanecer como simple espectador. El llamado es a ser protagonistas del presente y del futuro de nuestro querido país (Exhortación de la CEV, Enero 2017).
 
6.- Estamos muy cerca de la Semana Santa. Para los católicos la conmemoración de los atropellos contra Nuestro Señor Jesucristo es un urgente llamado a tomar conciencia y a actuar de manera pacífica pero contundente ante la arremetida del poder. No se puede permanecer pasivos, acobardados ni desesperanzados. Tenemos que defender nuestros derechos y los derechos de los demás. Es hora de preguntarse muy seria y responsablemente si no son válidas y oportunas, por ejemplo, la desobediencia civil, las manifestaciones pacíficas, los justos reclamos a los poderes públicos nacionales y/o internacionales y las protestas cívicas.
 
7.- Como católicos, debemos vivir los actos religiosos de la Semana Santa, conmemoración de la pasión y resurrección de Cristo, las celebraciones litúrgicas y los actos piadosos, con un contenido social que nos ayude a mantener la esperanza, la alegría y la solidaridad, en medio de las naturales diferencias, propias de los seres humanos.
 
8.- Invocamos la Intercesión del Nazareno y de María Santísima para que esta hora menguada que vive nuestra patria encuentre, en la sensatez y prudencia de sus hombres y mujeres, los caminos para superar tan grave y riesgosa crisis.
 
Con nuestra afectuosa bendición episcopal.
 
Diego Rafael Padrón Sánchez
Arzobispo de Cumaná
Presidente de la CEV
 
José Luis Azuaje Ayala
 Obispo de Barinas
 1° Vicepresidente de la CEV
 
Mario Moronta Rodríguez
Obispo de San Cristóbal
2° Vicepresidente de la CEV
 
Víctor Hugo Basabe
Obispo de San Felipe
Secretario General de la CEV
Emmo. Sr. Cardenal
 
Jorge Urosa Savino
Arzobispo de Caracas
Presidente de Honor de la CEV
Emmo. Sr. Cardenal
 
 Baltazar E. Porras Cardozo
 Arzobispo de Mérida
 Presidente de Honor de la C

martes, 28 de marzo de 2017

Ha partido al encuentro del Señor Fray Carlos Alonso OAR


Fray Antonio Griman, me uno a toda la Comunidad Agustina Recoleta en la despedida de Fray Carlos. La Iglesia local de Maracaibo bendice al Señor por su testimonio de vida consagrada y su ministerio pastoral. Su Pascua nos pre anuncia la meta hacia la cual el Señor nos conduce a todos.
Sabemos que  Fray Carlos Alonso Makasaga ya está gozando del Reino de Dios en este año de la santidad en la Comunidad Agustina Recoleta.  Paz a sus restos.


domingo, 12 de marzo de 2017

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA 2017 HOMILIA CAMINAR JUNTOS CON CRISTO HACIA LA PASCUA

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA 2017
HOMILIA
CAMINAR JUNTOS CON CRISTO HACIA LA PASCUA
Muy queridos hermanos y hermanas,
Hoy iniciamos una nueva etapa del camino cuaresmal. Este domingo contrasta con el domingo anterior.  El Evangelio del domingo pasado nos mostró la humanidad de Jesús sofocando las tres tentaciones que el demonio le presentó para impedir que llevara a cabo la misión que el Padre le ha encomendado. Hoy, en cambio, nos muestra el esplendor refulgente de su divinidad y oímos una vez más la voz de su Padre, como en el bautismo en el Jordán (Cf Mt 3,17), reconociéndolo como su Hijo muy amado e invitando a los tres discípulos, testigos de su transfiguración, a escucharlo y a tomar en serio el camino que él ha escogido para llevar a cabo su misión mesiánica. Es un camino escabroso que pasa por la ignominia de la cruz, pero es el único que desemboca en la vida nueva de la Resurrección.
El evangelista Mateo reseña que allí, en lo alto de una montaña elevada, Jesús fue “transfigurado”. Entendemos por transfiguración la manifestación de su divinidad, de la cual, según un himno paulino, se había despojado para asumir la condición de una persona normal y corriente (Fil 2, 7-8). San Mateo la describe como un cambio que se produjo en el rostro y en los vestidos de Jesús. “Su rostro empezó a brillar como el sol y su ropa se hizo blanca como la luz”. El sol y la luz son elementos naturales de los que se valen los escritores bíblicos para describir de algún modo la presencia de lo divino en las realidades humanas, y por contraste asocian las tinieblas y a la oscuridad a la ausencia de Dios.
Mateo se vale de estos símbolos para describir, con una cita del AT, el momento en que Jesús sale de su casa familiar en Nazaret para iniciar su ministerio público y su predicación en Galilea: “El pueblo que habitaba en las tinieblas vio una gran luz y a los que habitaban en una región de sombras mortales una luz les iluminó” (Mt 4,16). Zacarías y su esposa Isabel se sienten envueltos en esa misma irradiación con  el don de un hijo en la vejez, Juan Bautista, y así lo cantan: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará un sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte y guiar nuestros pasos por los caminos de la paz” (Lc. 1, 78-79). El profeta Malaquías utiliza la misma terminología para describir el efecto que produce la irrupción de Dios en la vida de un ser humano que vive según los mandatos de Dios: “Pero a los que respetan mi nombre los alumbrará el sol de justicia que trae la salvación en sus rayos” (Mal 3,20; Cf Jue 5,31).
Jesús se transfigura en presencia de tres de sus discípulos, que tendrán más adelante un papel decisivo en el inicio de la difusión del Evangelio del Reino dentro y fuera de Palestina. Al transfigurarse ante ellos, los transforma en testigos de su verdadera identidad, de la naturaleza salvadora de su misión y del camino escogido para llevarla a cabo. El es Hijo de Dios hecho hombre que el Padre, en su infinito amor y misericordia, ha enviado al mundo para sacar a los hombres de las tinieblas de la muerte y del pecado y llevarlos a vivir en su verdadera condición de hijos de Dios, de hermanos unos de otros y de coherederos del Reino de libertad y de gracia, de amor, de  justicia y de paz.
Lo acontecido en lo alto de esta montaña, que la tradición identifica con el monte Tabor, quedará profundamente grabado en la mente y el corazón de Pedro. Años más tarde, en su segunda carta, dará testimonio de lo que allí ocurrió, que oyó la voz del Padre, desde la nube, pidiendo que siguiera a su Hijo. Allí aprendió que él y todos los discípulos del Señor debían de  guiarse en sus vidas por la Palabra divina “como lámpara que brilla en un lugar oscuro” (2 Pe 1, 16-21).  Cuando todo lo que allí vivió se confirmó en el Gólgota y en la mañana resplandeciente de la Resurrección, Pedro quedó con la firme convicción de que Dios lo llamaba a él, a sus compañeros y a todas las comunidades cristianas del futuro a esperar, según su promesa, “cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia” (2 Pe 3,13).
Desde hace ya once años este domingo de Cuaresma ha sido escogido para inaugurar la Semana de Doctrina Social de la Iglesia. La realización de esta importante iniciativa es el fruto de una acción mancomunada del Foro Eclesial de Laicos, fundado por el querido y recordado Dr. Jorge Porras, laico insigne y ejemplar,  la Universidad Católica Cecilio Acosta, a través  del Centro de Estudios de Doctrina Social de la Iglesia, y la parroquia Claret.
La Semana de Doctrina Social de la Iglesia en Maracaibo obedece a un imperativo del Magisterio pontificio, repercutido en Latinoamérica por todas las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano y del Caribe y concretamente en nuestro país por el Concilio Plenario de Venezuela. Inspirados en los postulados del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, hemos querido darle concreción  a la directriz pastoral contenida en el No 163  del documento conciliar venezolano “La contribución de la Iglesia a la gestación de una nueva sociedad”. Allí se  considera el estudio, el conocimiento y la aplicación de los grandes principios y criterios de la DSI como una de las grandes herramientas para contribuir en la construcción de una Venezuela más justa, fraterna y solidaria.
En este documento se detectan las graves deficiencias de nuestro actual sistema político: el resurgimiento del militarismo, el predominio del Estado, el centralismo, la creación de mecanismos de aparente participación que en realidad son excluyentes, el peligro del mesianismo político, el paternalismo, el uso clientelar de las políticas sociales, el debilitamiento de las organizaciones de base, comunitarias y vecinales, la corrupción administrativa generalizada. Todo incide en el gravísimo empobrecimiento del país (Ibídem NN. 4-46). Estos males, diagnosticados hace ya más de 15 años, lejos de disminuir, se han ido agravando desmesuradamente.  A todos ellos hay que sumar la hambruna, la carencia de insumos y medicamentos, la inseguridad y la anarquía, males que están causando un lento genocidio de la población venezolana, particularmente de los más pobres, y la fuga masiva al extranjero de gente joven y talentosa.
Hoy con gran dolor debemos hacer nuestras las palabras bíblicas: somos un pueblo que camina en las tinieblas y en sombras de muerte y aún no vemos asomarse ese sol que nace de lo alto y nos trae en sus rayos la justicia social, la convivencia y la paz. Cómo quisiéramos que se produjera un cambio rápido y profundo y en poco tiempo recuperáramos la patria que amamos y sus valores perdidos. Pero hemos de ser conscientes de que la solución completa no está a la vuelta de la esquina porque la gran mayoría de nuestros dirigentes políticos siguen pensando en forma excluyente,  carecen de valores éticos y morales sólidos y bien fundamentados,  son presa fácil de los grandes intereses económicos y políticos internacionales, están dominados por el ansia de poder,  no vacilan en enriquecerse a base de corrupción y rapiña y no están dispuestos a dar su vida por el bien y el progreso de su pueblo, particularmente de los más pobres y abandonados.
No debemos cansarnos de denunciar estas iniquidades. Pero eso no basta. Debemos sobre todo dedicar todas nuestras fuerzas a sembrar esperanza y a preparar mujeres y hombres honestos y competentes que amen con pasión a su pueblo y se entreguen con mística y tesón al noble ejercicio de la Política, como ciencia y arte de asegurar en justicia y equidad el bien común, partiendo de los pequeños y de los pobres.
Los pastores y agentes pastorales hemos cometido una grave omisión al no haber promovido e impulsado, como en otros tiempos, la formación de hombres y mujeres de fe para meterse de lleno y con tesón en el campo de la política, capacitados para influir significativamente en las decisiones que afectan a la nación en los campos cultural, social, político y económico. Tenemos que superar el rechazo y el miedo a trabajar en este campo y dejar de satanizar el desempeño del servicio público. Hemos dejado el nicho de la política vacío y lo han ocupado, con sus debidas y honrosas excepciones,  gente ignorante y corrupta, enferma de populismo perverso, que han pervertido el sentido de la verdadera democracia, han dividido a los venezolanos, han destruido nuestro sentido de convivencia y fraternidad y han clavado en el corazón de la patria el morbo del odio y del resentimiento.
Por eso es menester que los católicos del tiempo presente se formen debidamente para actuar en el campo socio-político: “Los obispos, sacerdotes y religiosos orientarán y apoyarán la formación socio-política de los venezolanos en la línea de la construcción de la paz y de la justicia. Insistirán en la participación política de los seglares (los laicos) como una opción de servicio y compromiso en la construcción de nuevos modelos de sociedad” (CIGNS 153). Lo que no sembremos hoy no lo cosecharemos mañana. Esta semana social dedicada al tema “La comunidad política y la Iglesia católica”, prestigiada por la presencia de pastores y especialistas de gran valía, quiere contribuir a la consecución de este propósito.  Ojalá en nuestras parroquias, grupos, movimientos y comunidades cristianas surjan iniciativas similares.
El misterio pascual que nos preparamos a celebrar en este tiempo de Cuaresma es para nosotros una poderosa fuente de esperanza. Las lecturas de hoy nos ha traído la gran figura de Abraham, que a pesar de su edad y de grandes dificultades, fue elegido para iniciar la formación del pueblo de Israel y cumplió a cabalidad su misión. Como San Pablo nosotros podemos decir también que gracias a la presencia de Dios en nuestras vidas “estamos acosados pero no angustiados, desorientados pero no desesperados, perseguidos pero no abandonados, derribados pero no aniquilados” (2 Co 4,8).
Desde el Tabor que es esta eucaristía, sabemos que Dios que resucitó al Señor Jesús, también nos resucitará con Jesús, que “todo contribuye al bien de los que amamos a Dios” y que “en todo saldremos más que vencedores gracias a Dios que nos ha amado en Cristo”. Que ni muerte ni vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes ni las alturas, ni las profundidades, ni cualquiera otra creatura podrá robar nuestra esperanza ni separarnos del amor de Dios manifestado en  Cristo Jesús, nuestro Señor (Cf Rom 8,28.37-39).
Hermanos y hermanas, fortalezcamos nuestra fe, guiémonos por la Palabra de Dios “como lámpara que ilumina nuestra oscuridad”, alimentémonos con el pan de vida, caminemos firmes con nuestra Madre María de Chiquinquirá llenos de esperanza de que saldremos de las tinieblas y sombras de muerte y aparecerá en el horizonte de nuestro país el cielo nuevo y la tierra nueva en la que habite la justicia, el sol radiante que nos traerá en sus rayos el ansiado don de la paz. Amén.
Maracaibo 12 de marzo de 2017

+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Arzobispo de Maracaibo

miércoles, 1 de marzo de 2017

MENSAJE CUARESMA 2017 - “HAY MAYOR ALEGRÍA EN DAR QUE EN RECIBIR”

MENSAJE CUARESMA 2017
“HAY MAYOR ALEGRÍA EN DAR QUE EN RECIBIR”
(Hech 20,35)


¡Muy amado Pueblo de Dios y personas de Buena Voluntad!
1 La Celebración Anual de Cuaresma, nos brinda la oportunidad de entrar en contacto nuevamente con ustedes para invitarles a vivir santamente este tiempo  y a cumplir la exhortación del apóstol de no echar en saco roto la gracia que Dios nos da en tiempo oportuno (2Cor. 6, 1-2).
2. En su mensaje cuaresmal de este año el papa Francisco nos dice claramente en qué consiste este importante período: “La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor”. (Mensaje de Cuaresma, 2017)
3. Para llegar a este destino glorioso es necesario que cada uno de nosotros, con seriedad y decisión, nos comprometamos a cumplir, entre otras acciones, las tres obras recomendadas por Jesús y practicadas en la gran tradición de la Iglesia: la oración, el ayuno y la limosna. A través de la oración, el hombre entra en relación directa, personal y comunitariamente, con su Creador, Redentor y Santificador.  El ayuno nos permite tener un sano dominio de nosotros mismos, y a no dejarnos arrastrar por nuestras pasiones. La limosna nos ayuda a salir de nosotros mismos, para ir al encuentro del hermano, especialmente del pobre y el necesitado.
4. Estas tres obras nos ayudan a realizarnos plenamente como personas, pues abarca las tres relaciones fundamentales del ser humano: con Dios (oración), consigo mismo (ayuno) y con el prójimo (limosna). Son tres caminos que nos permiten realizar plenamente nuestra vocación: alcanzar “la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, hasta ser un hombre de plena madurez, hasta la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”. (Ef. 4, 13). No perdamos nunca de vista esta meta.
5. Queremos centrar el mensaje de este año en la limosna, teniendo en cuenta el mensaje cuaresmal del papa Francisco y la situación tan precaria e insegura que estamos viviendo en el país, en todo lo que toca la alimentación sana y equilibrada de sus habitantes.  La grave crisis alimentaria reclama de todos los cristianos una participación más activa para, de algún modo, atenuar el hambre y la desnutrición que padecen muchos hermanos nuestros.
6. “El término “limosna”, deriva del griego y significa precisamente “misericordia”. La limosna cristiana no es, pues, un gesto frío y distante de desprendimiento. Debe brotar de una persona cuyas entrañas se estremecen de misericordia ante el dolor del otro (Cf Mt 9,36). Y como la misericordia tiene mil caminos, mil modalidades, así la limosna se expresa en tantos modos, para aliviar la dificultad de cuantos se encuentran en necesidad” (Papa Francisco, Catequesis, 09/04/2016; Cf Cat. Igl. Cat. No 2462).
7. La praxis de la limosna misericordiosa está presente en el Antiguo Testamento como una acción gratísima al Señor, que nunca queda sin su recompensa. En ocasiones viene mandada directamente por Dios: “Nunca dejará de haber pobres en la tierra; por eso, te doy este mandamiento: abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre de la tierra (Dt. 15, 11; Cf Tob. 4, 7). El libro del Eclesiástico recomienda repetidas veces la limosna, y se dice que ella es más útil que el oro y que obtiene de Dios el perdón de los pecados (3, 15.33; 17, 18; 29, 11).
8. Son innumerables los gestos mediante los cuales Jesús comparte su tiempo, su don de sanación y sus bienes con los necesitados. Para él no era cuestión de dedicar tiempo sino una opción de vida. San Pablo dice que Jesús “siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (Cf 2 Co 8,9). Y en su predicación nos invita frecuentemente a ser generosos con los más necesitados: “Den, y se les dará: se les echará en el regazo una medida llena, apretada, sacudida y desbordante. Porque con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes” (Lc. 6, 38; 12, 33).
9. Esto mismo predicaron los Apóstoles, y la Iglesia no ha cesado nunca de repetirlo y de practicarlo: “Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él? Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad” (1Jn 3, 17-18). Los primeros cristianos vivieron con generosidad la comunión de bienes (Cf Hech 4,32-35) y el apóstol Pablo promovió una gran colecta (Cf 2 Co 8 y 9), como muestra de caridad, cuando los cristianos de Jerusalén pasaron por una gran hambruna (Rom 15, 26; Hech 24, 17).
10. Dar limosna no es solamente desprendernos de bienes materiales en beneficio de los necesitados. Para que cobre su pleno significado es menester que brote de un corazón que ama a los pobres y nos lleve a compartir también con ellos, nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestros bienes espirituales (EG No 200). Acordémonos que en ellos y en su religiosidad se dan las bienaventuranzas y se encierra un gran potencial evangelizador.  Debemos abrirnos a los demás, sentir sus diversas necesidades, tocar las llagas de su dolor, de sus sufrimientos e infortunios, y buscar –no solo en nuestros recursos, sino sobre todo en nuestros corazones, en nuestro modo de comportarnos y de actuar- los medios para adelantarnos a sus necesidades o llevar alivio a sus sufrimientos y desventuras. La limosna verdadera no afecta solamente nuestros bolsillos o nuestras cuentas bancarias sino también y sobre todo nuestras entrañas de misericordia y de compasión, nuestra sensibilidad por el dolor ajeno, tal como nos lo mostró Jesús en su actuar cotidiano (Cf Mt 14,13-21).
11. “Dar limosna” no es dar migajas, no es dar lo que sobra, es darnos nosotros mismos como se dio aquella pobre viuda observada y elogiada por Jesús (Cf Lc 21,1-4). Es un primer paso para llegar a  vivir la opción preferencial por los más necesitados,  opción que hizo Jesús, y que el papa Francisco no se cansa de recordarnos en sus mensajes y en su actuar. Inspirada en ella, la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad…Esta opción está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. Por eso quiero una Iglesia pobre y para los pobres” (EG. 198).
12. Hemos de tener en cuenta, que por voluntad divina los bienes de la creación están destinado a todo el género humano. El hombre, al servirse de ellos, debe considerar que es sólo administrador, no dueño exclusivo. Si posee bienes de fortuna debe comportarse con ellos como un colaborador de la providencia divina, multiplicarlos,  hacerlos fructificar y transferir sus beneficios a sus hermanos que carecen de ellos.
13. La Iglesia no se ha cansado de denunciar insistentemente en sus mensajes sociales el grave escándalo de la desigualdad en la distribución y disfrute de los bienes de la tierra, del saber, de la tecnología y de la información.  Esta injusticia social clama al cielo y está en contra del plan de Dios. Socorrer a los necesitados es un deber de justicia aun antes que un acto de caridad. Los planes asistenciales, como las ollas comunitarias y las bolsas de comida, solo deben pensarse como respuestas coyunturales y pasajeras. “La inequidad es la raíz de todos los males”, por eso la Iglesia basada en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia, nos llama a luchar con todos los hombres y mujeres de  buena voluntad, para superar las causas estructurales de la pobreza en nuestro país y en el mundo (EG No  202).
14. Ante la magnitud de la miseria que vivimos en nuestro país no podemos quedarnos indiferentes. Nuestros bienes –riquezas, capacidades, talentos recibidos- nos han sido dados para bien de todos. ¿Estamos seguros de que hacemos servir todo lo que hemos recibido para bien de la sociedad, para bien de nuestros hermanos? ¿Es ésta la orientación que damos a nuestros negocios, a nuestros estudios, a nuestra carrera y profesión, a nuestro estilo de vida? No debemos considerar como propio lo que otros hermanos necesitan para sobrevivir. ¿Somos consecuentes con esta verdad y estamos dispuestos a sumarnos cada año a la Campaña Compartir promovida por la Cáritas Nacional y arquidiocesana en Cuaresma?
15.- El Compartir nuestros bienes no tiene que ver con la cantidad que tengamos sino con una actitud fundamental de todo cristiano pues representa un ejercicio ascético para librarnos del apego a las cosas materiales. Todos experimentamos de un modo u otro la tentación que el diablo le presentó a Jesús en el desierto (Cf Mt 4,1-11). Es fuerte la seducción de las riquezas materiales y como el Señor tenemos que alimentarnos, personalmente y en comunidad, de la Palabra de Dios para vencer esa tentación y alejar de nosotros la idolatría del dinero y de las posesiones (1Tm 6, 10; EG, 55). En lugar de ser instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz” ( Papa Francisco, Mensaje de Cuaresma 2017).
16. Para quien ha quebrantado el séptimo mandamiento: NO ROBARÁS, la limosna es un medio para restablecer la justicia y enmendar al pecador. Así lo atestigua toda la tradición y el Magisterio de la Iglesia. Al respecto, San Ambrosio afirma: “Te vendiste al pecar, redímete ahora con tus bienes, paga tu rescate con tu dinero. Viles son las riquezas, pero la misericordia es preciosa. <<La limosna libra del pecado>> (Tob 12, 8). Y en el Evangelio dice el Señor: Hagan amigos de las riquezas injustas (Lc. 4, 9). Convierte tú, como dispensador, las riquezas e instrumentos de la avaricia, en recursos de la misericordia” (San Ambrosio, Libro de Elías y el ayuno, 20; PL 14, 759).
17. Nuestro Señor Jesucristo nos señala una característica típica de la limosna cristiana: tiene que ser en secreto. “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha…así tu limosna quedará en secreto” (Mt. 6, 3-4), La preocupación principal del seguidor de Jesús es que todo vaya orientado a darle mayor gloria a Dios y ayudar al hermano necesitado sin buscar beneficios o reconocimientos personales.
18. Queridos hermanos, teniendo en cuenta estas consideraciones, les invitamos a ser generosos en su entrega cristiana, pues hay más alegría en dar que en recibir. Durante este tiempo de cuaresma, cumplamos con la obra de misericordia de dar de comer al hambriento (Mt 25,35).  La Iglesia en Venezuela, a través de la Red de Cáritas, nos propone concretamente como praxis caritativa este año,  el programa de Ollas comunitarias.  Este programa no consiste solo en alimentar el cuerpo, ni es un fin en sí mismo, sino principalmente una animación y acción pastoral que invita a la organización comunitaria, la solidaridad, el encuentro y el acompañamiento con los que más sufren ante la falta de alimentos.
19. Unámonos con alegría, entusiasmo y voluntad a participar en este importante programa de Cuaresma. Seamos creativos y busquemos juntos, incluso con los hermanos de otras Iglesias y confesiones religiosas,  la manera de disminuir las deficiencias alimentarias de nuestros hermanos más afectados. La Colecta Compartir de este año, fruto de nuestra generosidad y de nuestras privaciones y ayunos, será destinada a fortalecer en la arquidiócesis las Cáritas Parroquiales, para que estén en condiciones de llevar adelante los programas asistenciales, de promoción humana y organización comunitaria que reclaman las circunstancias.
20. Los agentes parroquiales de la pastoral social, los miembros de las Cáritas arquidiocesanas y parroquiales, los delegados de la Palabra, los catequistas y todos los agentes de pastoral, los laicos inmersos en el mundo de la política,  están invitados a participar en la XI Semana de Doctrina Social de la Iglesia, organizada por el Foro eclesial y la UNICA. Todos debemos sentirnos particularmente urgidos de prepararnos mejor para ser más eficaces y pertinentes en nuestro compromiso de trabajar por el restablecimiento de la justicia social, de la convivencia y de la fraternidad entre todos los venezolanos.
21. Queridos hermanos, entremos en este camino cuaresmal con la firme decisión de convertirnos, de escuchar el mensaje que Dios nos dirige a través de su Palabra, de dejar entrar el amor de Dios en nuestros corazones, de mostrar a través de nuestro desprendimiento la encarnación del maravilloso y alegre don del dar con generosidad.
22. María de Chiquinquirá, Madre y Sierva del Señor, nos ayude a llevar adelante la batalla espiritual de la cuaresma armados con la oración, el ayuno y la práctica generosa de la limosna, para llegar a las celebraciones de las fiestas de Pascua, renovados en el Espíritu y más convencidos de la dignidad inviolable de cada ser humano.
Con estos sentimientos, conjuntamente con mi Obispo auxiliar, les imparto mi bendición paternal.
Maracaibo 28 de febrero de 2017

+Ubaldo Ramón Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo.

+ Ángel Francisco Caraballo Fermín
Obispo Auxiliar












sábado, 18 de febrero de 2017

EUCARISTA DE ACCION DE GRACIAS POR EL JUBILEO SACERDOTAL DE MONS. ANGEL CARABALLO HOMILIA

EUCARISTA DE ACCION DE GRACIAS
POR EL JUBILEO SACERDOTAL DE MONS. ANGEL CARABALLO
HOMILIA
Lecturas: Jer 1,1-4; Sal 23; 2 Tim 1,6-8; Mt 20,25-28
Muy querido Mons. Ángel Caraballo,
Queridos hermanos concelebrantes y diáconos permanentes,
Muy queridos hermanos y hermanas,
Nos hemos congregado como una gran familia en la casa de la Madre en Maracaibo, en este día dieciocho, tan significativo para ella y para nosotros sus hijos e hijas, para dar gracias al Señor. En primer lugar por el don del sacerdocio que, en su gran misericordia, quiso Dios concederle a Mons. Ángel Caraballo. En segundo lugar por el don de la fidelidad que le ha permitido a este elegido desempeñarlo con perseverancia y entrega durante estos 25 primeros años. Por tal motivo ¡Demos gracias al Señor porque es bueno porque es eterna su misericordia! (Sal 117,1)
Para mí es una gran alegría pronunciar esta homilía ya que tuve la dicha de ordenarlo sacerdote pocos meses después de mi llegada a Ciudad Guayana el 7 de diciembre de 1991. Fue el primer sacerdote diocesano oriundo de esa nueva diócesis. Hijo de familia ferrominera. Por eso puedo hacer mías con toda propiedad las palabras de Pablo a su discípulo Timoteo que acabamos de escuchar: “Te recuerdo que avives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos”.
Mons. Ángel ha puesto especial empeño en avivarlo constantemente porque llega a estas bodas de plata profundamente enamorado de su vocación transmitiendo en torno a si la felicidad que le ha proporcionado el ser consecuente con la vocación recibida. ¡Gracias, Monseñor, por el sencillo y consecuente testimonio de tu vida sacerdotal! Te tuve a mi lado durante tus primeros diez años allá en Ciudad Guayana y ahora llevas ya cuatro años con nosotros en Maracaibo y mantienes siempre viva esa llama que el Señor encendió en tu corazón cuando estudiabas ingeniería en la Universidad Central y que lejos de apagarse arde cada día con mayor fuerza.
Cuando Dios llama y elige a alguien para enviarlo al servicio de su pueblo, establece una relación muy estrecha con esa persona. Así lo hizo con Abraham, Moisés, David y así lo sigue haciendo. Su alianza es irreversible y no la quebranta a pesar de las deficiencias de sus elegidos. Dios no retira jamás los dones que nos hace. Ya has oído muchas veces en tu vida ministerial esa frase del ritual de instituciones y ordenaciones: “Dios que empezó en ti la obra buena, él mismo lo lleve a término”. Todo es de Dios. De Dios la llamada inicial, de Dios la ordenación sacerdotal y de Dios su desenvolvimiento fiel y consumación.
Cuando tomamos conciencia de todo lo que nos ha dado, la vida entera se nos vuelve pequeña para manifestarle nuestra gratitud. Así lo dice el salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Salmo 116,12). Pero el Señor, sabiendo que no tenemos cómo hacerlo, ha venido en nuestra ayuda y ha puesto en nuestras manos una manera infalible de darle gracias: la santa misa. “Hagan esto en memoria mía” (1 Co 11,24). ¡Bendito sea el Señor que ha encontrado en ti un servidor agradecido que todos los días le expresas tu gratitud en el altar!
Con el don el Señor nos da también la gracia para actuarlo. Todo lo podemos en aquel que nos conforta. Basta permanecer unido a él como el sarmiento a la vid. Cristo se lo dijo claramente a sus discípulos en la última cena: “El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mi no pueden hacer nada” (Jn 15,5). Yo me imagino que Mons. Ángel, en este recorrido de un cuarto de siglo de vida sacerdotal, se ha dado cuenta que lleva ese inmenso tesoro y dignidad en un frágil vaso de barro (2 Co 4,7) y que resulta imprescindible vivir permanentemente unido a Cristo Jesús para mantenerse en pie y vencer la tentación de querer colocarnos en el centro en vez de dejar el lugar a Jesús.
El Papa Francisco en su Exhortación sobre “La alegría del Evangelio” nos ha advertido sobre el peligro de caer en el narcisismo y de dejarnos envolver por la mundanidad espiritual, que en palabras del Santo Padre, es querer “buscar en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (EG 93). ¡No nos soltemos nunca de Cristo Jesús!
El sacerdote es a la vez oveja y pastor. Como oveja es un cristiano, un bautizado, miembro del pueblo de Dios, del cuerpo de Cristo. Forma parte del pueblo que Dios apacienta, del rebaño que él cuida (Cf Salmo 95,7). Para llegar a ser buen pastor necesita, primero que todo, llegar a ser buena oveja que se deja conducir, lleno de confianza y sin miedo por el Señor, a través de cañadas oscuras, hacia los verdes prados, hacia las fuentes de agua, hacia la mesa que repara sus fuerzas. Se deja rejuvenecer y fortalecer por el óleo de la alegría y se goza de vivir en su presencia.
Al gusto espiritual de ser parte del pueblo, el Papa Francisco lo llama una opción evangelizadora que se ha de transformar en una pasión (EG 268). “Jesús quiere que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos la vida se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer al pueblo” (EG 270)
El salmo responsorial de hoy nos invita dejarnos conducir por Jesús Buen Pastor. Esa unión de la oveja con su pastor que la conoce por su nombre y cuya voz le es familiar, es fundamental y se realiza mediante la incardinación en una Iglesia local, pueblo y familia de Dios, en la adhesión efectiva y afectiva obediencia a Cristo en la persona del obispo, en su inserción en el colegio presbiteral donde experimenta la fraternidad, la comunión de bienes y la santidad comunitaria y en su entrega abnegada y gozosa a la evangelización del pueblo que le ha sido encomendado.
En el diálogo que el obispo ordenante sostiene con el elegido antes de imponerle las manos, le pregunta: “Quieres unirte cada día más a Cristo, sumo sacerdote, que por nosotros se ofreció al Padre como víctima santa y con el consagrarte para la salvación de los hombres?” El cumplimiento de la misión solo es posible si se mantiene viva, activa y estrecha esa unión con Cristo mismo. Lo que ocurre en su ser debe reflejarse luego en su hacer. El sacerdote está llamado a transformar en experiencia de vida la gracia de la configuración con Cristo que recibe en el sacramento.
Con esta celebración Mons. Ángel nos hace descubrir lo importante que es saber detenerse al cabo de cierto tiempo de camino recorrido para darnos cuenta si mantenemos ardiente el amor primero, si no nos hemos salido del camino, si seguimos a Jesús llenos de gozo y entusiasmo. San Pablo cuando le escribe a los Filipenses desde la cárcel hace ese monitoreo de su vida y exclama: “Cristo es para mi la razón de vivir. Todo lo que era para mi ganancia humana lo sigo estimando pérdida a causa de Jesucristo”. Lo que me interesa es el bien supremo de conocerlo, de ganarlo, de encontrarme unido a él. Continuo mi carrera por si logro conquistarlo porque para eso fui conquistado por él. “Por eso olvidando lo que dejé atrás corro en dirección a la meta hacia el premio al que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús” (Cf Fil 3, 1-15).
Un sacerdote como Pablo no puede alcanzar esa meta sino acompañado del pueblo que ha servido con amor y abnegación hasta el olvido de sí mismo. La piedra de toque de nuestra unión a Cristo se verifica en el don total de nuestra vida a los que nos necesitan particularmente los más pobres y desamparados.
Cuando Mons. Ángel recibió la ordenación sacerdotal Venezuela era otra y ejerció su ministerio en una región próspera y hermosa. Hoy le toca realizar su vocación de servicio en esta región zuliana que no conocía y en medio de una Venezuela convulsionada por el hambre, la desnutrición, las deficiencias sanitarias, la inseguridad civil y jurídica, la peste de la corrupción en todos los niveles, de la que no escapa ni siquiera la Iglesia.
Estás atravesando las cañadas oscuras del salmo 23. Pero acuérdate de las palabras de Pablo a Timoteo. Son hoy para ti también: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de dominio de si. Por tanto no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor Jesucristo…al contrario comparte conmigo el sufrimiento por el Evangelio”. Ya sabes en quien has puesto tu confianza. Convéncete que el es poderoso para conservar lo que se ha confiado hasta el día final” (2 Tim 1,7-12).
Dios que te llamó, como Jeremías, a derribar y a arrasar el mal que se anida en el corazón del hombre y de la sociedad, a construir y a edificar un pueblo en la justicia, la dignidad, el respeto y la reconciliación, te acompañe en esta nueva etapa de tu misión investido ya de la plenitud del orden sacerdotal. “Que la bondad y el amor te escolten todos los días de tu vida para que llegues a habitar en la casa del Señor a lo largo de tus días” (Sal 23,5).
Que María Santísima, Nuestra Señora de Chiquinquirá, a quien sirves en estos días desde la basílica, sea tu Madre, guía, protectora y educadora y descubras con ella la felicidad de todo servidor que escucha la Palabra, vive de ella y la hace vivir a sus hermanos.
+Ubaldo R Santana Sequera
Arzobispo de Maracaibo