HOMILIA
DE LA VIGILIA PASCUAL 2015
Muy queridos hermanos y
hermanas,
¡Cristo ha resucitado,
Aleluya, Aleluya! Este grito de júbilo brota esta noche de millones de cristianos,
congregados en vigilia de oración, en catedrales, templos, capillas, ermitas,
claustros, o sencillamente debajo de alguna enramada. Todos compartimos el mismo gozo: la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Ayer conmemoramos la
humillante e ignominiosa muerte de Jesús en la cruz y su precipitado entierro
en un jardín cercano. Lo contemplamos descendiendo todos los peldaños que lo condujeron
a los niveles más bajos de la degradación y de miseria humana: fue “comerciado”
como un vil esclavo, condenado como blasfemo por las autoridades religiosas;
ejecutado finalmente, por las autoridades imperiales romanas, como un criminal y
despojado de todos sus derechos.
Jesús, una vez muerto, iba
a quedar expuesto a la voracidad de las aves carroñeras que ya lo revoloteaban y sus restos arrojados a la fosa común del
monte de las calaveras. Pero la inminencia de la celebración de la fiesta judía
de la Pascua y la aparición, última hora, de un rico bienhechor que puso una
tumba cercana a su disposición le salvaron de esa última humillación. Todo este
descendimiento del Señor lo profesamos en el Credo: “Fue crucificado, muerto y sepultado y descendió a los infiernos”.
En un antiguo himno
cristiano encontramos esta estrofa: “Se
humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó y le dio el nombre que está por encima de todo nombre”
(Fil 2,8-9). Por eso. Porque llegó hasta los últimos atrincheramientos de la
humillación y de la obediencia, Dios lo exaltó. Lo resucitó. Esa es la gran noticia que nos traen los
evangelios y los testimonios de sus discípulos y apóstoles: en el sepulcro, no
terminó todo. El Hades no engulló a
Jesús como a todos los mortales.
Narra el evangelio
proclamado esta noche que las mujeres
que fueron muy de madrugada a embalsamar el cuerpo de Jesús, preocupadas porque
no sabían cómo iban a mover la piedra que cerraba el sepulcro, porque era muy
grande, la encontraron corrida. Un joven resplandeciente, les dijo que no se
asustaran y les anunció que Cristo ya no estaba ahí. Que Había resucitado. Que
llevaran la noticia a los apóstoles y juntos se fueran a buscarlo a Galilea
donde él los estaba esperando.
Hermanos y hermanas, lo que
parecía una triste historia, una ilusión defraudada, terminada en desastre, se
transformó de repente esa noche en una gran alegría. Esta es la fiesta que
nosotros estamos celebrando. La resurrección de Cristo de entre los muertos es
el inicio de una nueva esperanza de vida para toda la humanidad. Cuando Adán y
Eva fueron expulsados del paraíso, un ángel de fuego bloqueó la entrada. Con su
vida, su pasión, su muerte y resurrección, Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre,
despejó nuevamente el camino, corrió la piedra que bloqueaba el acceso a la
casa del Padre y abrió definitivamente para todos de par en par las puertas del
Jardín de la Vida.
Esta noche es esencial para
nosotros porque celebramos la fiesta fundamental de nuestra fe. El viernes
santo no es el final del camino. Después del viernes de tinieblas vino el
sábado de gloria. Nosotros pertenecemos a esa parte de la humanidad covencida
que después del Gólgota, el sepulcro no pudo retener a Jesús, el Padre lo
exaltó, la vida estalló más bella y fuerte que nunca, la piedra se corrió y
Cristo resurgió triunfante, rompiendo para siempre las ataduras de la muerte,
el dominio del pecado y el imperio del Maligno. Esta noche venimos a renovar la
fe que recibimos en el bautismo. Somos cristianos y proclamamos nuestra fe. Fue
crucificado, muerto y sepultado. Al tercer día resucitó de entre los muertos y
está sentado a la derecha del Padre. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y
muertos y su Reino no tendrá fin.
Somos cristianos porque
creemos además que Jesucristo no se quedó solo en su nuevo estado glorioso de
Resucitado sino que nos asoció y nos hizo partícipes de esa nueva condición por
medio del Bautismo y la Confirmación. “Si
con él morimos viviremos con él. Si con él sufrimos reinaremos con él.” (2
Tim 2,11-12). Por eso cada año, nos
reunimos en Vigilia de oración para expresar que la vida cristiana es una
permanente vigilia, un estar siempre alertas, con las lámparas encendidas en
las manos, con las túnicas del servidor puestas y ceñidas, manteniendo viva y
actual la memoria del Resucitado, aguardando su retorno para ingresar con él,
en la sala del banquete del Reino.
La Vigilia comporta muchos
símbolos. Uno de los más importantes es el cirio pascual. Esta noche el diácono, en nombre todos, prorrumpe jubiloso en un himno de alabanza,
porque Cristo Jesús, con su gloriosa resurrección ha disipado las tinieblas de
la noche, del pecado y de la muerte y ha inundado con su esplendor nuestra
existencia terrena. Cada una de nuestras velas ha tomado su luz, directa o
indirectamente, de la luz del cirio pascual, y de ese modo expresamos nuestra inserción
en Cristo Jesús, nuestro deseo de caminar al resplandor de su gracia y de
propagar su luz con nuestras vidas. Estamos
conscientes de que los poderes de la muerte y del pecado son grandes, inmensos,
aparentemente invencibles, pero nunca serán suficientes para detener el
torrente de amor y de salvación que Dios Padre ha derramado sobre este mundo
desde el costado abierto y las llagas gloriosas de su Hijo muy amado.
Alegrémonos y manifestemos nuestro júbilo
porque Cristo ha resucitado y ha corrido la piedra. Nada detendrá la fuerza de los que creen en la reconciliación,
el dinamismo de los que cultivan el perdón, el tesón de los servidores y promotores de la vida, el ímpetu
de los campeones de la solidaridad fraterna.
La actitud que debe
prevalecer esta noche, en este tiempo de Pascua, en toda la vida de la Iglesia
y en cada una de nuestras vidas es la alegría que brota de la esperanza. No una
alegría emotiva y pasajera, provocada por emociones de un momento. Sino una
alegría fundamentada en la convicción profunda, serena y confiada de que en
Cristo Resucitado ha sido decretado definitivamente la renovación del hombre y
del mundo. El Espíritu que llevó a Cristo Jesús a romper las barreras de la
muerte sigue actuando, mueve los corazones; con su acción eficaz el perdón se
impondrá sobre el odio; la indulgencia sobre la venganza; el diálogo sobre la
prepotencia del poderoso; la paz sobre las guerras; la unidad sobre las
divisiones. (Cf Prefacio de la Reconciliación II).
Dentro de unos momentos
seremos rociados con agua bendita. Cuando sintamos su salpicadura correr por
nuestros rostros digámosle al Señor. Me siento feliz de ser cristiano católico,
quítame el miedo, ayúdame a descubrir la belleza de mi bautismo, renueva mi fe para que junto con mi familia,
así como la Virgen María y los apóstoles, siempre esté dispuesto a poner toda mi
existencia cristiana a tu servicio, al servicio del bien, del amor mutuo, de la
justicia social y de la paz entre todos los seres humanos.
Maracaibo, Pascua del 2015
+Ubaldo R Santana Sequera FMI
Arzobispo de Maracaibo
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